Un dolor cualquiera

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El dolor de la cadera volvió a despertarlo una vez más. Apenas llevaba cuatro horas durmiendo y las molestias volvían a repetirse una noche más y ya eras muchas, demasiadas. Por más vueltas que le daba a su cabeza, no encontraba la explicación que diese una respuesta concluyente del origen de aquella situación que se repetía, noche tras noche, desde hacía casi tres meses.

Pasaban cuarenta minutos de las cuatro de la mañana y el silencio de la noche era el único ruido que se escuchaba, hasta que el portazo de su vecino de planta sonó, desvergonzado, dando un tremendo puntapié a la calmada madrugada. Miró de nuevo los dígitos de su despertador: 4:50 horas. Volvió a girar sobre sí mismo, para intentar encontrar una posición que le aliviase aquel dolor que le subía hasta por la columna y una nueva punzada le hizo escapar un quejido sordo de dolor. No aguantaba más, se levantó.

El cansancio de su cuerpo era devorado por aquellos dichosos dolores nocturnos, por lo que ponerse en marcha era el mejor alivio y la única receta que había encontrado hasta la fecha. De nada le habían servido las clases de Pilates y de Yoga, como tampoco había sido solución la compra de un nuevo colchón, el cambio de almohada, los tres días de natación, incluso había probado con el cambio de alimentación. Pero nada de eso había valido.

Resonancias, radiografías, sesiones de fisioterapia e incluso la opinión de tres traumatólogos distintos, eran el bagaje médico por el que había apostado, aliviando, que no sanando, su dichosa dolencia, que seguía agazapada durante todo el día, lista para asomarse cada noche, como una criatura en la oscuridad que esperase su momento y que resultaba imposible de esquivar.

El eco del portazo aún peinaba el silencio, como las ondas que alteran la calma del agua de un estanque sobre el que cae una piedra de manera fortuita. Sintió como si su cuerpo fuese un pequeño barco de papel, que se meciese arriba y abajo por el efecto de las ondas en el agua. Cogió, a tientas, unos pantalones y una sudadera. Se vistió.

Solía emplear ese tiempo de vigilia, hasta la hora de ponerse en marcha para ir a trabajar, para ponerse delante del portátil, consultar las noticias, escribir en una especie de diario en el que recogía parte su día a día o para ver algunas de las series de televisión que seguía. Sin embargo, en aquella ocasión decidió salir a la calle para dar un paseo, aprovechando la llegada del buen tiempo, que había acabado con el frío que siempre reinaba a esas horas.

– Cualquiera que me vea a estas horas pensará que estoy loco de atar… -se dijo para sí. Su delicado vecino trabajaba de vigilante jurado en una industria química y entendía que saliese tan temprano, pero él –¿Qué demonios se me habrá perdido a mí en plena madrugada? –se preguntó. ¿Acaso le importaba la respuesta?, no, lo cierto es que no, por lo que rápidamente desapareció de su mente esa cuestión.

Salió a calle, metió las manos en los bolsillos de su pantalón de chándal y comenzó a caminar. Estaba solo, como era de esperar y sintió como si fuese el único habitante del planeta; una sensación que sin saber por qué le agradó, dándole una seguridad carente de sentido. Tampoco reparó más allá, ni buscó una explicación y continuó caminando.

Las luces de las farolas parecían murmurar entre ellas y hasta los coches, aparcados junto a las aceras, parecían mirarlo de reojo al pasar. Era curioso, pero a pesar de lo temprana de la hora esperaba ver algún vehículo circulando por las calles: un camión de basura o algún furgón de reparto… taxis, tampoco veía taxis, ni coche alguno de policía. Todo estaba en calma, en una excesiva calma, claro que para él era la primera vez que estaba a esas horas en la calle y en parte tampoco sabía si aquello era o no habitual. Por extraño que resultase, nunca, ni incluso cuando era un veinteañero, había sido de trasnochar, por lo que se sentía como un novato en la madrugada.

Sus pasos lo llevaban a su capricho por una y otras calles, sin reparar que no era su razón, sino ellos, los que gobernaban su caminar. Hacía algo más de frío del que había imaginado y su dolor de cadera, como era normal, se había disipado poco después de levantarse de la cama, sin embargo, sabría que el muy cruel aparecer de nuevo si se volvía a meter bajo el edredón, tal y como había comprobado en otras ocasiones.

Debía llevar más de treinta minutos caminando, pero se había dejado el reloj en casa y no estaba seguro de qué hora sería. Buscó a su alrededor algún reloj de esos que salpican el paisaje urbano de la ciudad, mostrando la hora y la temperatura de manera alterna, y con un anuncio publicitario sobre él, pero parecía como si hubiesen decidido retirarlos todos de la ciudad.

– Bueno, pues camino unos diez minutos más y para casa –se dijo. Calculó que llegaría a los cuarenta y cinco minutos, y con el regreso completaría la hora y media. De esa manera debería hacérsele las seis y media, que era la hora habitual a la que solía despertarse siempre, antes de empezar a sufrir la tortura de su cadera.

Las calles seguían vacías, normal y extrañamente vacías y aún no había llegado a cruzarse con nadie. De repente, al doblar la esquina por la estrecha calle que caminaba, se abrió ante su vista una silenciosa multitud de gente. Todas aquellas personas estaban a poco más de cien metros de él y caminaban, dándole la espalda. Nadie hablaba y de no haberla visto habría pasado junto a esa muchedumbre sin reparar en ella.

Se sintió intrigado, como era de esperar. Dudó por un instante si acercarse o no hasta toda aquella gente y tras unos segundos se encaminó hacia allí. Nadie hablaba, ningún sonido, ningún murmullo, era como si no se viesen, como si estuviese sola cada una de las personas que allí se amontonaba. Se puso de puntillas, miró por encima de sus cabezas, intentado ver qué había al otro lado de toda esa gente, hacía qué se dirigían, qué les atraía, pero solo conseguía ver sus espaldas.

Por un momento había dejado de importarle la hora que fuese y si se le haría tarde o no para regresar a casa, pero la soledad y el extraño silencio de esa madrugada le estaban inquietando cada vez más. Comenzó a abrirse paso entre los cuerpos, ni un “Perdone”, ni un “¿Me deja usted pasar?”, tampoco oyó algún “¿Dónde va?”, ni un “No empuje, por favor”. Conseguía avanzar sin resistencia y en apenas unos segundos se vio en medio de aquel intrigante grupo, como un miembro más. Seguía sin ver dónde estaba la cabeza de la comitiva.

Varios minutos después logró ponerse delante de todos. Miró a su derecha, miró a su izquierda; todos miraban al frente, nadie parpadeaba, nadie emitía sonido alguno. Giró su cabeza, para que sus ojos dirigiesen la mirada hacia el lugar donde lo hacía el resto… estaban detenidos frente a un edificio de la administración pública, de esos de principios del siglo XX y que tras pasar por varias manos adquirió el Estado para albergar en él una de sus consejerías. Su fachada, de estilo neoclásico, tenía grandes ventanales y en su planta baja unos altos soportales. En el lado derecho, en un pequeño rincón que estaba flanqueado por parte de la rampa de minusválidos…

El dolor lo volvió a despertar, al dar otra media vuelta en la cama. Se despertó de súbito y abandonó al instante aquel lugar donde se encontraba. Su cara permanecía bañada por el reflejo de luz verde, que desprendían los dígitos del despertador: marcaba las 5:50 AM. Cerró los ojos con todas sus fuerzas, como queriendo volver al estado onírico en el que se encontraba y continuar en aquel lugar, rodeado de toda esa gente y mirando… mirando no sabía qué, pero que había captado su atención y la del resto.

Las siguientes noches repitieron el mismo argumento de las anteriores y tras cuatro horas de sueño, volvía a tener la visita puntual de aquel dolor que le impedía dormir más allá de ese breve espacio de tiempo. Su cadera no daba tregua y resignado solo pedía que el dolor no le robase más horas de sueño. Siempre había sido de dormir poco, pero bastaba que su cuerpo se lo impidiese, para que su mente pareciese necesitar un mayor descanso.

Durante aquellos días se preguntó, repetidamente, qué demonios sería lo que miraban todas aquellas personas en el sueño de noches atrás. Teniendo en cuenta el sentido caprichoso que suelen tener los estados de ensoñación, seguro que no sería nada lógico, nada que tuviese una explicación sensata, pero aun así le intrigaba. Por ese motivo y por su empeño en alejar aquel dolor de él, se aferraba a su almohada cada noche, nada más apagar la luz de su mesilla, con el afán de conocer el final de aquel dichoso sueño.

Pasó noches con una antigua novia, de su época de adolescente, cuando el acné y el vello en el bigote eran sus peores enemigos; volvió a sentarse en aquellos bancos de madera de la facultad, con los bolsillos llenos de chuletas y los nervios por la tensión de un examen; se bañó de nuevo en la costa de Huelva, donde el helor del agua casi le corta la respiración; e incluso tocó el piano, algo que siempre deseó desde niño; pero no hubo resquicio alguno de aquel paseo en la madrugada, no volvió a salir a la calle y su esperanza por ponerle un final concreto a ese sueño, sin importarle la lógica del mismo, parecía desaparecer.

Dos semanas después de aquella noche o, dicho de otro modo, quince días más soportando el quejido de su cadera, fue el tiempo transcurrido hasta que el dolor volvió a despertarlo a las 4:50 de la madrugada. La primavera había entrado como un elefante en una cacharrería y las primeras horas del nuevo día eran más propias de la estación estival que de una mañana de mayo. El calor de días atrás ya se había instalado en casa y atraído por el frescor de la mañana decidió ponerse un pantalón y una camiseta, y salir a caminar hasta que llegase la hora de marcharse a trabajar.

Salió a la calle y como la noche de semanas atrás, comenzó a caminar. Pero en esta ocasión lo hizo con un rumbo determinado, en concreto repitió el mismo recorrido que había seguido entonces. De nuevo calles desiertas, ausencia de sonidos y la falta del reloj en su muñeca. Sus pasos eran firmes, decididos y rápidos. En poco más de veinte minutos dobló la esquina de aquella calle en cuyo final se agolpaba la gente. Aquella noche, como esperaba, la multitud volvía a estar allí. Tuvo una extraña sensación de alivio y sin llegar a pensar echó a correr hacia allí.

Se coló de manera decidida entre la masa de noctámbulos, sabía que no era necesario pedir permiso, y en un par de minutos se puso al frente, junto a los primeros de aquellos compañeros desconocidos. El silencio volvía a ser el protagonista. Todo le resultaba familiar, cercano, pero a la vez frío y vacío. Miró a ambos lados de donde se encontraba, ignorando qué había frente a él, como queriendo observar las caras, las miradas de las personas entre las que se encontraba. Eran miradas inertes, pero con atisbos de esperanza, deseo, envidia, compasión, hastío, miradas resignadas, miradas calladas.

Dejó de mirar sus rostros, sus expresiones y giró su cabeza al frente. Otra vez aquella fachada de principios del XX, con el techo de los soportales ennegrecidos por la contaminación del tráfico y con alguna que otra grieta, que demandaba a gritos una nueva restauración. Despacio, pese a su impaciencia, fue llevando su mirada hacia la derecha, dilatando ese instante que llevaba días esperando. Allí, en el mismo rincón de la noche anterior, flanqueado por parte de la rampa de minusválidos, yacía un indigente.

Su cuerpo estaba tendido sobre un lecho hecho a base de cartones y a su lado, apoyada en la pared, había una vieja y sucia mochila. Tenía el pelo desaliñado y una evidente falta de higiene tanto él, como el enjuto pastor alemán que permanecía acurrucado a pies. Ambos dormían. Lo hacían placenteramente, ajenos a las miradas de toda esa gente que los observaba, callados, impasibles.

Como uno más, quedó abstraído y enseguida lo comprendió. Envidió a ese viejo vagabundo y a su perro. Estaban en medio de la calle, con el cielo de la noche como único techo, al cobijo de los muros de aquel edificio señorial y dormían, tan solo eso, dormían. Algo que él era incapaz de hacer desde hacía muchos días, muchos más de los que su cadera lo estaba martirizando, pero no se había dado cuenta. A su lado, aquellos insomnes espectadores carecían de ese descanso, que con total inconsciencia disfrutaba aquel viejo harapiento y perruno compañero.

Algo tan insignificante como el sueño los había llevado hasta allí. Vidas plenas, llenas de todo cuanto necesitaban, felices y afortunados, pero esclavos del dolor… del dolor por la falta de sueño, por la falta de descanso. Prisioneros de su vida, de sus alegrías y sus tristezas, de sus abundancias y de sus carencias, aferrados al dolor de preocupaciones, necesidades, ambiciones, envidias y todo lo superfluo de una vida empeñada en atarnos a lo material, a lo innecesario, a lo pasajero.

Aquel viejo dormía, ajeno a todo y a todos. No tenía nada, porque nada necesitaba, pero dormía, era su tesoro más valioso, ese que cualquiera de los que lo contemplaban habrían comprado al peso, pagando lo que les hubiese pedido. Pero sus dolores, aquellos dolores, no se pagaban con dinero, sino con su vida, con su hermosa y placentera vida. El perro rascó su oreja izquierda con su pata trasera del mismo lado y él…

Despertó. Eran casi las cinco de la mañana. Su cadera no había sido culpable esa vez de su desvelo. Miró el reloj despertador, eran casi las cinco de la mañana. La puerta de su vecino insultó al silencio de la noche con un nuevo portazo y en la calle, a lo lejos, distinguió el sonido de un camión de basura.

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Un dolor cualquiera

Un dolor, un sueño, una necesidad, una realidad… cuántas veces anhelamos lo que no tenemos y cuántas son las cosas que tenemos y no necesitamos, o tal vez no, tal vez todo sea dolor y sueños. Si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

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