¿Ácido qué…?

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Si un día de éstos, alguien me hubiera pedido que enumerara una lista con los ácidos que conozco, habría contestado, así a bote pronto y sin darle muchas vueltas a la cabeza, los siguientes: ácido sulfúrico, ácido clorhídrico, ácido acético, ácido acetilsalicílico y… sinceramente creo que hasta ahí habría llegado mi respuesta, la verdad. Hace años, bastantes años ya, cuando estaba metido de lleno en mi etapa de estudiante, a buen seguro que habría contestado un buen puñado más, sobre todo por el carácter técnico de mis estudios, pero a día de hoy, poco más que añadir.

Sin embargo y gracias a la práctica del running tuve conocimiento no hace mucho, todo sea dicho, de la existencia de un ácido que produce en nuestro propio organismo y que está muy presente en este deporte. Pero vayamos por partes, porque no pretendo hacer de este post una clase teórica de química orgánica y sí acercaros a algunos conceptos que probablemente no conozcáis (como me pasaba a mí) o tal vez sí, en cuyo caso podéis dejar de perder el tiempo con mi palabrería y utilizarlo en algo más provechoso.

Por una parte, conviene recordar que la actividad física se divide en dos tipos, en función de la intensidad de ésta y de su duración. Así, tenemos:

Ejercicio aeróbico, cuya intensidad es moderada y la duración del mismo es larga; y

Ejercicio anaeróbico, de intensidad muy elevada y una duración breve, donde el metabolismo tiene lugar en los músculos y sus reservas de energía, sin consumir el oxígeno proveniente de la respiración.

Con independencia del tipo de ejercicio que estemos realizando, nuestro organismo demanda energía, es decir, nuestras células piden a gritos “más madera”, para poder seguir desarrollando su actividad. Energía que tomará del azúcar presente en nuestro cuerpo y haciendo que las moléculas grandes se conviertan en otras más pequeñas, de manera que puedan así obtener el combustible que demandan.

Durante la actividad aeróbica se consigue obtener más energía pero, por su tipo de duración, ésta de consigue de la misma manera, es decir, de forma lenta. Sin embargo, para la actividad anaeróbica conseguiremos obtener una menor cantidad de energía, pero eso sí, de una manera mucho más rápida. En el primer caso el combustible se obtiene a partir de los carbohidratos, mientras que en el segundo caso ese combustible procede de la descomposición de los azúcares y es ahí, cuando se produce la descomposición de glucosa sin presencia de oxígeno donde aparece el ácido láctico.

Por lo tanto, el ácido láctico es consecuencia de la reacción que se produce en nuestro cuerpo durante la obtención de energía anaeróbica y al mismo tiempo se convierte en combustible para la demanda aeróbica, ya que gran parte de él se transforma en glucosa y glucógeno (molécula de reserva energética), que con posterioridad se utilizará ante la demanda de energía.

De esta manera, cuando llevamos a cabo entrenamientos intensos, de calidad (como son las series, por ejemplo), estamos favoreciendo la producción de ácido láctico; así, hemos de saber de la gran importancia de esta molécula, puesto que su papel es fundamental en el citado proceso que desarrolla nuestro organismo, donde se produce la obtención de energía necesaria para el sistema muscular, mientras está desarrollando esa actividad de intensidad.

No obstante, si nos paramos un segundo y analizamos detenidamente el origen del ácido láctico, nos damos cuenta que éste aparece cuando desarrollamos un ejercicio intenso, como consecuencia de la reacción molecular que se produce en nuestro organismo y que su exceso servirá para convertirse en una reserva de combustible. Hasta ahí bien, pero ¿puede tener alguna consecuencia perjudicial ese exceso?, porque no nos olvidemos que su origen lo tiene en los azúcares y a mayor presencia, es lógico imaginar que menor energía almacenada, ¿no?, además su elevada acumulación puede provocar acidez muscular (por la concentración de iones de hidrógeno que van asociados a él) y ello se puede traducir en fatiga y una menor capacidad para la actividad de nuestros músculos.

Efectivamente, es posible que nuestro sistema muscular se encuentre en déficit de azúcares para “gastar” y sin embargo tener esas otras reservas en forma de ácido láctico que debe poder y saber consumir, o de lo contrario estaremos dentro del llamado agotamiento muscular. Y es ahí precisamente donde radica una parte muy importante del entrenamiento, cuyo objetivo debe ser conseguir una adecuada adaptación a los dos sistemas de obtención de energía, es decir, la demanda aeróbica y la anaeróbica.

Por lo tanto, la mejor manera de evitar esa concentración de ácido láctico no es otra que con entrenamiento, así acostumbraremos a nuestro organismo a esa adaptación y haremos que nuestros músculos soporten su presencia de forma más efectiva y todo eso se traducirá en un control de éste ácido, que nos permitirá no sólo tener un mejor rendimiento, sino además será esencial para las actividades de gran duración, como los largos rodajes con carga de kilómetros.

Así, si educamos nuestro organismo a entrenamientos de intensidad, de carácter anaeróbico, combinados con entrenamientos aeróbicos, esteramos favoreciendo el transporte de ácido láctico y ello permitirá que nuestro cuerpo vaya, poco a poco, transformándose para poder llegar a convertirnos en unos buenos corredores. Así que ya sabéis:

Echarle a las piernas una buena sesión de ácido láctico y a quemarlo

Y si alguien os habla alguna vez de él, ya no os pasará como a mí, que con cara de pez pregunté entonces aquello de:

“¿Ácido qué…?”

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Ácido láctico

¿Conocías la existencia de este ácido y su importancia para un deporte como el running?, en tu plan de entrenamiento, ¿sueles tener días de intensidad que favorezcan su producción? Anímate y deja tu punto de vista, y si te ha parecido interesante este post, compártelo. Muchas gracias.

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