Adiós, Badajoz

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Esta vez ha tocado decir “Adiós”Badajoz comenzó a aparecer en el imaginario horizonte de mi mente allá por el mes de noviembre, cuando se había cumplido poco más de un mes desde mi participación en el último maratón, que tan buen resultado y dulce sabor de boca me dejó y siempre tendré. Aquel maratón no fue otro que el de Berlín. Pero Berlín ya era pasado y mis piernas pedían una nueva cita con la gran distancia y mi cabeza, contagiada por ellas y enganchada a esa irrepetible experiencia de correr de nuevo 42 kilómetros, comenzó a pensar en la posibilidad de otro maratón más, el que iba a ocupar el séptimo lugar en mi particular palmarés como corredor popular.

¿Y por qué Badajoz?, me preguntaron quienes se enteraban, que no podían evitar ocultar extrañeza y curiosidad. La explicación de porqué Badajoz era muy sencilla y se fundamentaba en el hecho de no tener que preparar una prueba como el maratón cuya fecha de celebración obligase a entrenarlo con el verano de por medio, sobre todo cuando uno vive en una tierra como Murcia, muy bonita y hermosa sí (como dice la famosa frase: Murcia, qué hermosa eres”), pero también calurosa y mucho. Además, atrás quedaban mis participaciones en los maratones de Bruselas, Murcia, Valencia y Berlín, todos ellos con el recuerdo de haber sudado la gota gorda los veranos previos a esos compromisos.

Por lo tanto la fecha debía estar dentro del primer semestre del año que estaba por empezar, 2016, y además con la premisa de no repetir destino, por lo que importantes maratones como Sevilla y Barcelona quedaban descartados. En la Ciudad Condal debuté como maratoniano, allá por el año 2011 y en la Ciudad del Guadalquivir conseguí bajar por primera vez de la importante barrera de 3h:00’:00’’ en un maratón. Sin duda dos motivos de peso para no olvidar y cuyo recuerdo quiero que sigan manteniéndose así para siempre, sin otros que esos otros recuerdos que podrían quedar tras una nueva participación y que seguro interferirían en aquellos primeros.

Badajoz cumplía esas premisas iniciales y además contaba con un valor añadido que podría jugar en mi contra, pero al que quería medirme sin miedo alguno: la gran diferencia de pasar de un maratón de 40.000 personas a otro de poco más de 2.000 y donde el público presente en una prueba y otra también iba a ser muy distinto. Sin duda era una baza a tener muy en cuenta y que debía pensar bien, pero por aquel entonces pensé y así lo sigo pensando, que un maratón se corre no sólo con las piernas, tal y como he aprendido y este nuevo objetivo se iba a caracterizar por tener que entrenar con especial cuidado mi cabeza.

Todo encajaba a la perfección, por un lado el tiempo que mediaba entre Berlín y Badajoz, de casi seis meses, era prudencial como para poder afrontar con garantías otros 42K. La fecha, casi terminando el invierno, me motivaba puesto que por mis características físicas suelo sentirme más a gusto y rendir más cuando la climatología es más fría y encima me encontraba en un buen estado de forma, por lo que todo apuntaba a que la ciudad extremeña podía convertirse en un destino del todo acertado.

La decisión estaba tomada, Badajoz salió del cajón para colocarse en un lado de la estantería, donde no estorbase, donde apenas tuviese presencia, pero cuya silueta me hiciese tener muy presente cuál era mi objetivo a medio-largo plazo, ese por el que mis piernas comenzarían a entrenar y mi mente a pensar, pero despacio, sin prisa, puesto que era mucho el tiempo que restaba y si algo he aprendido durante todos estos años, cuando uno tiene una meta, es que hay que ir por ella sin descanso, pero al mismo tiempo sin obsesionarse y sabiendo ver cuánto hay en ese camino.

Un camino que parecía la continuidad del trabajo de meses atrás y en el que partía aprovechando la inercia de la preparación del maratón de Berlín. De nuevo volvieron las semanas de seis sesiones, la carga de kilómetros fue subiendo de forma paulatina y los sábados y domingo me hicieron sacar el traje de faena, para poder afrontar las tiradas de mayor volumen. El guión de empezaba a escribirse.

El invierno, inusualmente templado, me hizo echar en falta esas frías mañanas de enero, en las que salir a correr al abrigo de un sol casi estéril siempre es un gran placer. Lo que no eché en falta, sin embargo, fue su oscuridad, esa oscuridad que dota a las madrugadas más largas del año y en las que adentrarse en soledad se convierte casi en una necesidad. Oscuridad, soledad, zancadas persiguiendo kilómetros y pensamientos, todo en uno y uno en todo. El maratón comenzaba a atraparme una vez más como sólo él sabe hacerlo y de vez en cuando me susurraba al oído el lugar donde me esperaba, donde volveríamos a vernos: Badajoz.

El silencio volvió a ser protagonista del trabajo que lleva la preparación de la distancia reina y poco a poco empecé a sentirme más cerca del destino marcado. Los días pasaban, las semanas se marchaban con ellos y los meses se caían del calendario preñados de kilómetros. Las sensaciones eran buenas, los ritmos los deseados y la ilusión se dejaba asomar de vez en cuando, pero siempre con la timidez y la prudencia que le caracteriza. Y cómo no, mientras corría pensaba y en esos pensamientos cada vez aparecía más a menudo Badajoz y su maratón.

Durante el trayecto, cómo no, sesiones casi semanales que me ayudasen a aliviar mi cargada zona lumbar, estiramientos a diario con los que equilibrar la musculatura y algún que otro kilómetro zambullido en la piscina para tonificar el cuerpo y descargarlo de entrenos de intensidad, en los que las series en pista se erigían como protagonistas dos veces por semana. Era una parte más de la rutina, como las habituales molestias que todo corredor padece y que en caso de no tenerlas le hace pensar, con toda seguridad, que es porque no está haciendo las cosas bien.

Tal vez por eso, por estar haciendo las cosas bien o tal vez no, fueron aumentando las molestias y sin saber exactamente en qué momento éstas atravesaron la línea que separa lo normal de lo excepcional y un nubarrón empezó a aparecer en el horizonte, en ese donde Badajoz estaba ya muy cerca, casi tan cerca que podía tocarlo. Casi, pero aún no, porque a pesar de estar todo el trabajo hecho aún restaba la parte más importante de un maratón y que no es otra que la más próxima al día de su celebración.

Y de repente lo supe, sin saber por qué, pero lo supe… corría, era domingo, 21 días tan sólo me separaban de mi nuevo destino y al instante me di cuenta que se hallaba vacío ese hueco que había estado ocupado a un lado de la estantería. Mis piernas corrían a pesar del dolor y aunque mis pensamientos intentaban volar no conseguían despegar sus pies del suelo… algo en mi interior me dijo que ahí se acababa esa ilusión comenzada tiempo atrás y al mirar al horizonte lo vi alejarse, dando la espalda, despacio, muy despacio, se marchaba el maratón y con él decía adiós a Badajoz. Los días fueron pasando y con ellos se evidenció aquello que en silencio ya sabía, pero que a pesar de todo me costó aceptar.

Adiós maratón, he quedado en el camino, ese en el que se te sigue, se te ama y se te odia, pero que siempre nos ata a ti y nos vuelve a llamar una y otra vez. No has querido que me enfrente a ti de momento, tal vez porque has entendido que era demasiado pronto o tal vez porque me tienes deparado otro momento, cualquiera sabe. Lo que sí me has hecho comprender es que va a pasar tiempo sin que vuelva a pensar en ti, ya que este año no llevaba escrito que nos viésemos las caras y así va a ser, pero aguardo con paciencia el momento, ese que con toda seguridad llegará, ese en el que de nuevo te miraré a los ojos y entonces… entonces correré lo que esta vez ya no he podido hacer.

Me dejas parado, moralmente tocado, con nostalgia de kilómetros y hambre de esa libertad que sólo concede el correr. Resignado a este descanso obligado y con ansiedad por saber hasta cuándo tendré que cumplir esta condena… una condena sin juez, ni abogado, ni tampoco acusado, pero donde cada día siento el frío acero del estilete más certero.

Hasta luego maratón y a ti, Badajoz, te digo: “Adiós”

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Adiós, Badajoz

Cuántas veces nos vemos apartados de los sueños que perseguimos, cuántas veces no podemos seguir el camino que teníamos marcado y qué amargo resulta entonces el trago que acompaña a ese adiós inesperado. Pero sólo es un alto en el camino y tras él las huellas volverán a dejar las marcas de su paso. Y tú, ¿te has visto identificado con este post? Si es así, cuenta tu experiencia y si te ha gustado, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Adiós, Badajoz

  • DAVID SANCHEZ  dice:

    Animo Paco, estás experiencias también nos ayudan a mejorar en un futuro.

    Ahora toca trabajar a tope para recuperarse.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, David! Muchas gracias por tus ánimos, son todo un empujón. Sí, ahora toca ser paciente, dar con la tecla que le ponga solución a la lesión y ponerse el traje de faena.

      Un abrazo y todo honor contar con tu “presencia” en este rincón.

      Paco.-

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