Adiós

Ha llegado el momento de deciros adiós, de decirnos adiós, sí, lo siento pero es así; nuestra relación toca a su fin y de nada sirve prolongar inútilmente esta agónica situación. Sé que el tiempo ha pasado rápido, demasiado rápido y nuestros primeros pasos, prudentes y cautos se volvieron tan fugaces como estrellas, en tan solo un abrir y cerrar de ojos. De nada valdría ya seguir, puesto que así solo conseguiríais hacerme más daño a mí y vosotras destrozaros un poquito más cada día.

Nuestro flechazo fue fulminante y pese a lo que ahora podáis imaginar no he dejado de quereros ni un solo día, sin embargo debéis comprender que lo nuestro tenía fecha de caducidad y esa fecha, ese final, ha llegado. Pero no sufráis, no estéis tristes, porque pese a nuestro adiós no caeréis en el olvido y no será extraño volver a vernos paseando juntos, ya sea para ir a comprar el pan o por qué no, para dar una vuelta una mañana de domingo

Recuerdo el día que os vi: fue una tarde de sábado, llevaba dos largas horas buscando entre todas vosotras unas que me ofreciesen lo que yo necesitaba, pero todas me parecíais iguales. Llamativas y atractivas, sí, pero en el fondo vulgares, sin nada que os hiciese especiales y sin nada nuevo que ofrecerme, salvo vosotras. Al veros supe que erais las que me estaban esperando, no lo dudé, lo supe.

Vuestro tacto, suave como un guante, me atrapó; erais ligeras como una pluma y vuestra discreción fue lo que me terminó de enganchar sin remisión. No me lo pensé, salí con vosotras de allí mismo y comencé a disfrutar de vuestros encantos. Me sentía flotar, mis pies parecían no tocar el suelo y desde ese momento supe que juntos llegaríamos lejos, tanto como me propusiese y me dejaseis. Acabábamos de conocernos y como había ocurrido meses atrás volví a quedar enganchado, pero esta vez de vosotras.

Siempre estuvisteis listas para mí y jamás os importó la hora del día en la que os hiciese salir a la calle, como tampoco os importó qué tiempo nos esperara ahí fuera. Ni la lluvia, ni el viento, ni tampoco el frío o el calor fueron inconvenientes para vosotras y siempre supisteis estar a la altura en cada momento, dando lo mejor de vosotras y permitiendo que llegase, poco a poco, allá donde pretendía.

Paseamos juntos por el centro de la ciudad dormida, tantas como las veces que lo hicimos lejos de ella, por caminos de huerta, entre árboles frutales, embriagados por el azahar; también lo hicimos bajo frondosos pinos erguidos sobre el irregular perfil de un monte cuajado de tomillo y romero, o junto a la orilla del mar, con el sabor a salitre en mi garganta y el sonido del cántico afónico de las gaviotas buscando alguna presa bajo la superficie cristalina y serena.

Me acompañasteis en cada viaje, en cada salida, nunca me dejasteis solo y juntos recorrimos los rincones más hermosos de las ciudades que visitamos. Fuisteis mis mejores compañeras, mis mejores confidentes, capaces de guardar mis secretos y escuchar uno a uno todos mis miedos, ayudándome a buscar el camino en los momentos donde precisamente era el camino el que andaba perdido.

Pero todo principio tiene su final y este es el nuestro, llega el momento de nuestro adiós. No os sintáis dolidas, no olvidéis todos esos ratos compartidos y recordad que aquello que logramos juntos siempre estará ahí para nuestro deleite. Debo seguir mirando hacia adelante, no puedo quedarme parado y debo empezar de nuevo. Para mí no es fácil saber que a partir de mañana ya no compartiremos juntos nuevos amaneceres, ni disfrutaremos del silencio que acompaña a la luz de la luna. No, todo eso se acabó, pero nuestro amor jamás se apagará.

No sufráis, no entristezcáis, sabíais desde el principio que esto pasaría; solo espero que no aparezcan celos o reproches, no estarán justificados, ya que vosotras mismas ocupasteis el hueco de mi anteriores compañeras o ¿acaso no lo recordáis ya? No, no entraré en eso, sé que pese a vuestro arrebato lo comprendéis, como también sé que os alegrareis cuando me veáis salir con ellas. Mi alegría será vuestra alegría y mis logros serán también parte vuestra.

Ahora es tiempo de cambiar vuestro adiós por su hola y empezar esa etapa donde mis ojos serán solo para ellas. Sí, también las inmortalizaré antes de nada en una fotografía, tal y como hice con vosotras, tal y como hago con todas. Presumiré de ellas, diré a los cuatro vientos que son mis nuevas compañeras y por fin dejaré de esconder un secreto que no podía esperar más. Atrás habrán quedado los remordimientos que durante semanas me han atormentado y desnudaré al fin la realidad… vosotras siempre estaréis en mi recuerdo, pero comprendedlo, ellas ahora son mis nuevas zapatillas y eso, perdonadme, pero no puedo ni quiero ocultarlo.

* * * * *

La relación de un runner y su par de zapatillas va mucho más allá de lo puramente deportivo, es una unión que está por encima de kilómetros y entrenamientos, por encima de carreras y dorsales. Unas zapatillas son como esa novia que ardes en deseos de presentar a tus amigos, y de la que no puedes dejar de pensar. Sí, ese sentimiento agridulce que provoca la jubilación de tus viejas zapatillas y el estreno de las nuevas no es un plato de buen gusto, pero al final ellas lo comprenden y tú, tú no puedes hacer nada más que atarte las nuevas zapatillas y salir a correr, mientras las viejas, en la oscuridad de su caja de cartón, sueñan con esos días en los que entonces eran ellas las que corrían contigo y lejos, muy lejos, quedaba este:

Adiós.

adiós

Adiós (coleccionando amores)

Un corredor cambiará sus zapatillas, pero nunca las abandonará. Esa relación aunque cambie los unirá para siempre y con el paso del tiempo, una y otra vez, se repetirá la tristeza de un adiós con la emoción de una nueva bienvenida. Y tú, ¿has sentido esa mezcla de sentimientos cada vez que has cambiado tus zapatillas o estoy exagerando un simple gesto como estrenar unas nuevas? Deja tu punto de vista sobre qué te ha parecido este post y si te ha gustado, compártelo. Muchas gracias.

¡Comparte!

Deja una respuesta