Un atardecer de octubre y el recuerdo de Tía Carmen

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Era otoño, octubre para más señas y jueves, como día de la semana. La tarde caía lentamente sobre los tejados y allí estaba él, mirando a un lado y a otro del horizonte. El paso de una efímera tormenta había calado hasta los huesos de la vieja ciudad que, cansada, se refugiaba en las horas postreras de una siesta con regusto a sémola en su paladar. Sentía la humedad de sus zapatillas subiendo por su espalda y de manera inútil subió el cuello de su camisa de manga corta, para intentar mitigar así la destemplanza de su cuerpo.

El azul del cielo parecía a punto de reventar de su alta intensidad y el blanco reflejo de las nubes, algodonadas e iluminadas por un sol escondido, le cegaba hasta hacer imposible mantener fija la mirada. La lluvia había devuelto la tonalidad rojiza del desvencijado baldosín catalán bajo sus pies, reviviéndolo después de largos meses de sequía y los viejos rezumes de agua habían vuelvo a pintar baberos a los pretiles de la terraza.

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La quinta planta del viejo inmueble no representaba una atalaya única, pero ofrecía unas vistas privilegiadas sobre las calles del casco antiguo y representaba el refugio perfecto para quien, desde niño, se había escondido de todo cuanto le atemorizaba o no era capaz de entender…

Hasta allí había subido para comer a escondidas las gominolas que le daba Tía Carmen, como premio por ser su sobrino favorito. Allí descubrió el placer del amor propio, al masturbarse recordando los voluminosos pechos de Lola, la practicante que iba a casa cuando caía enfermo. Allí contó, una a una, las estrellas de un cielo que a veces parecía más cuajado de cuerpos luminosos, mientras apuraba con avidez las caladas de sus primeros porros de marihuana. Allí jugó partidas de póker, allí se emborrachó, allí hizo el amor bajo la luz de la luna, allí folló a plena luz del día e incluso también allí fue el lugar en el que repasó apuntes de muchos de los exámenes de su licenciatura.

La Tía Carmen, una solterona de armas tomar, era la hermana menor de su abuela materna. Una mujer encantadora, de belleza serena, de talla menuda, que había vivido en el autoexilio suizo en los años más vergonzosos de nuestra historia, esa que cada vez parece más reciente. Allí no solo sobrevivió, sino que vivió y bienvivió, haciéndose con un patrimonio que le permitió volver a la tierra patria con el futuro asegurado, gracias a una cuenta corriente de la que entonces se decía de seis cifras. Las malas lenguas murmuraban de cierto lupanar que regentaba bajo el nombre de Carmen de Merimée, como la famosa zarzuela, aunque ella siempre presumió de sus dotes como negociadora, que le valieron un puesto de dirección en una prestigiosa empresa internacional de componentes eléctricos y una jubilación anticipada, muy bien pagada, de manera vitalicia.

Sea como fuere, aquella mujer transmitía confianza, una visión de la vida distinta a la de su época y se convirtió en la aliada perfecta de un hijo único al que unos padres preocupados de sí mismos, colmaron de caprichos para paliar la falta del afecto que siempre habían derrochado solo entre ellos. Tía Carmen daba hospedaje durante cada viaje de papá y mamá, y poco a poco se fue convirtiendo en esa abuela que nunca llegó a tener, por culpa de una gripe mal curada y una insuficiencia cardiaca, que se llevaron para el otro barrio a las madres de sus dos progenitores.

Con el tiempo llegó a tener su propia habitación en casa de la tía, pasando periodos de tiempo cada vez más largos conforme se fue haciendo mayor. Era la situación perfecta para las tres partes: para sus padres el modo de disfrutar de su libertad de manera despreocupada, para Tía Carmen cubrir ese instinto maternal que de forma voluntaria había congelado con el frío alpino, y para él, suplir la carencia de afecto sin perder un ápice de esa libertad que había recibido, más como despreocupación que como regalo.

El edificio, propiedad de la familia al completo, contaba con un único bajo comercial, donde el Señor Medina regentaba, desde hacía tres décadas, la droguería con más solera de toda la ciudad. Por encima de este establecimiento, cuatro viviendas, una por cada planta. Tía Carmen era la propietaria del bajo y de las viviendas de planta primera y tercera, mientras que la segunda y cuarta planta les pertenecían a sus padres.

Gracias a la situación privilegiada dentro de la ciudad, era fácil comprender que las dos segundas viviendas jamás permanecieran cerradas, suponiendo una renta fija tanto para Tía Carmen, como para el matrimonio. Así, el edificio estaba arrendado en sus dos primeras plantas, mientras que las dos siguientes y últimas pertenecían a la familia.

En realidad, ese edificio pertenecía a la familia tan solo desde mediados de los setenta, justo después del regreso de Tía Carmen de su exilio helvético. La oportunidad surgió al enterarse una mañana de octubre, cuando fue a comprar jabón en escamas. El Señor Medina, como buen tendero y afectado en primera persona, le confesó amargamente que se veía en la calle, ya que su dueño y casero se veía abocado a la ruina por su mala cabeza. Mala cabeza que le había llevado a dinamitar toda su fortuna entre los tapetes de casinos de tres al cuarto y las sábanas de seda de los mejores burdeles de ciudades limítrofes, porque una cosa estaba clara…

– Cualquier casino vale para ganar una partida, pero para comerse un buen coño no vale cualquier fulana –le argumentó Don Ernesto al Señor Medina, antes de anunciarle que, si no conseguía vender aquel edificio en menos de dos meses, se vería obligado a tener que hacer alguna locura.

Don Ernesto, no diga usted esas cosas y déjese de locuras, que la vida es muy hermosa y seguro que encuentra una salida –le consoló el Señor Medina, más preocupado por su futuro laboral, que por el destino que le deparase al chocho propietario su dichosa locura.

Locura, cuya verdad se escondía entre las piernas de una cubana veinteañera, recién llegada de La Habana y cuyo color de piel y ojos de ensueño le empezaron a limpiar la cartera desde la primera caricia. La necesidad y el hambre de su vieja, recién enviudada, y sus dos hermanos, al otro lado del charco, eran una hucha sin fondo en la que meter los ahorros del aquel encoñado amante.

Tía Carmen lo comprendió, tal vez por su capacidad como buena negociadora o tal vez por su perfecto conocimiento de lo que una mujer es capaz de sacar y un hombre es capaz de perder, cuando el deseo nubla la razón y la única cabeza que toma la decisión es la que se esconde detrás de una bragueta; comprendió que aquel viejo enamorado no pediría mucho por aquel solariego edificio.

Lo consensuó con su sobrina y el marido de esta, que por entonces ya tenían una buena posición gracias al dinero que él había recibido de sus padres, como dote de boda. Ella invirtió casi la mitad de los ahorros en quedarse con tres de las cinco propiedades y el matrimonio adquirió el resto. Las dos partes quedaron satisfechas, el Señor Medina se aseguró su jubilación y el futuro de su hija, como heredera y sucesora del negocio, Don Ernesto tuvo la erección más prominente que jamás recordaría y la joven cubana respiró aliviada al saber que no les faltaría el pan y la posibilidad de dar estudios a sus hermanos.

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Hacía tiempo que no subía allí arriba, de hecho, le resultaba imposible recordar cuándo había sido la última vez. Sin embargo, todo le resultaba tan familiar como siempre y parecía como si nada hubiese cambiado. Se giró sobre sí mismo y quedó mirando la puerta que daba a la escalera; era de hierro, casi oxidada en su totalidad, con pequeños restos de un lacado blanco que casi se imaginaba, más que asegurarse. El vidrio era traslúcido y estaba resquebrajado; su superficie presentaba relieve en forma de pequeñas hojas y apenas dejaba pasar la luz a través de él, por lo que la figura de cualquier cuerpo, al otro lado, apenas si se apreciaba cuando se encontraba pegado al otro lado de la puerta.

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De repente vio acerarse una figura y la manivela de la puerta giró para dejar pasar la luz al interior de la caja de la escalera… era Tía Carmen.

Diego, ¿pero se puede saber qué demonios haces ahí como un pasmarote? Venga, que tus padres te están esperando para marcharnos… todos buscándote y tú aquí arriba, con la mañana tan fresca que ha amanecido y de manga corta. Solo falta que cojas ahora una pulmonía. Vamos, hombre, que como lleguemos tarde… Venga, venga, corre –dijo con apremio, casi atropellando literalmente al niño. Y siguió hablando. – ¿Has cogido el Misal, te has puesto la medalla?, venga, vamos hombre, vamos…

Todo estaba preparado para recibir su Primera Comunión.

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Era otoño, octubre para más señas y jueves, como día de la semana. La tarde caía lentamente sobre los tejados y allí estaba él, mirando a un lado y a otro del horizonte… Tía Carmen seguía estando allí y con ella sus recuerdos, pasados, pero nunca olvidados…

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Octubre, 2015

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El recuerdo de Tía Carmen

Historias, recuerdos caídos como lluvia de otoño. Vidas entrelazadas, episodios por contar… si te ha gustado este relato piloto, si crees que puede esconder historias que leer, házmelo saber, ¿continuamos? Muchas gracias.

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2 comentarios a Un atardecer de octubre y el recuerdo de Tía Carmen

  • EVA  dice:

    Me ha gustado, tiene muchas posibilidades… te sitúas en la infancia de esa época… continúa Paco, la tía Carmen ¿tiene una vida excéntrica para la época? Diego .. . Tendrá muchas anécdotas

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Eva! Un enorme placer verte por aquí, muchas gracias por regalarme tu visita y tu comentario… Tía Carmen y Diego estaban muy unidos, y con la demostración de tu interés volverán a dejarse asomar por este rincón, contándonos algunas de sus historias de aquellos años. Espero que sigan despertando tu interés.

      Hasta entonces, recibe mi agradecimiento por tu presencia. Besos.

      Paco.-

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