Caminos

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– La vida tiene cientos, miles, millones de caminos, tantos como personas habitamos este planeta y tantos como los pensamientos que pueden pasar por nuestras cabezas a lo largo de nuestra existencia. En definitiva, existen infinitos caminos, de ahí que el hecho de coincidir tú y yo en este mismo instante, en este punto del camino sin importar por dónde hayan ido nuestros pasos antes de este momento, ni dónde irán mañana. Tal vez vivamos el resto de nuestros días sin volver a cruzarnos, sin unir nuestros caminos, pero ahora están en el mismo punto… –se decía mentalmente, sin apartar su mirada de aquella chica con la que había coincidido en otras carreras.

– ¿Cuántas veces más necesitas que se crucen nuestros caminos? ¿Acaso no te has dado cuenta de que siempre estoy detrás de ti antes de que suene el pistoletazo de salida? Ajustarás tus auriculares, tocarás una y mil veces las patillas de tus gafas y pondrás tus manos sobre tu cabeza antes de mirar al cielo y cerrar los ojos –susurraba en voz completamente imperceptible, incluso para ella misma.

Recuerdo la primera vez que te vi, fue en el aquel medio maratón a mediados de diciembre. Hacía frío y pese a todo me llamó la atención que fueses de las pocas chicas que luciese camiseta de tirantes. Cruzamos nuestros caminos en cada cambio de dirección y me resultó inevitable apartar mi vista de ti. Me dejaste hipnotizado, sin embrago fui tan estúpido que pese a todo me marché a casa nada más entrar en meta –se lamentaba, mientras prendía el dorsal de su camiseta.

– Volveremos a cruzar nuestras miradas y me sonreirás… qué trabajo te costó sonreírme por primera vez; fue en aquella carrera por Carnaval… tú corriste la distancia larga y yo elegí la corta. Te vi llegar a meta y tú, como haces siempre, abriste tus brazos justo antes de pasar bajo el arco de llegada. Y allí, como una más de la multitud, estaba yo, pensando qué carrera sería la próxima en la que coincidirían nuestros caminos –recordaba, cuando comenzó a calentar, apenas treinta minutos antes de que comenzase la prueba.

– Cuando creí que ya se habían perdido nuestros caminos volviste a aparecer por sorpresa. Yo recogía mi dorsal y tres filas más allá estabas tú. Menuda, casi escondida bajo una amplia gorra blanca que ocultaba tus grandes ojos marrones; tu piel bronceada y el sol de media tarde se recreaba bañándote con la luz que solo agosto es capaz de conceder –recordaba, cuando por megafonía anunciaban los nombres de algunos de los candidatos a ganar la prueba y él ajustaba la banda de su pulsómetro, dejando parte de tu torso al descubierto.

– Si supieras que eres el motivo que me hace poner las zapatillas cada día, si imaginaras que me muerdo los labios cada vez que pienso en ti, si creyeras que guardo mis clasificaciones junto a las tuyas de cada carrera en la que coincidimos, si descubrieras que te busco con la mirada para recibir de nuevo el premio de tu sonrisa… si supieras –fantaseaba, ajustándose los cordones de sus zapatillas.

– Demasiadas veces te he pensado, tantas como las que me he dicho que en la próxima ocasión me acercaría hasta ti… pero, ¿y para qué? Estúpido fantasioso, cobarde enamoradizo… como si fueses a estar esperándome a mí, precisamente a mí. Dime, dime que tu sonrisa tan solo es tu educada manera de decirme “Hola”, que no hay nada más allá y que mi cabeza tan solo se ha convertido en el refugio donde han anidado los sueños de un tonto enamorado de alguien que no conoce… que no conoce, pero que sonríe como los ángeles –se convencía, para justificar una nueva ocasión perdida, que fallecería cuando cruzase la línea de meta y se marchase como siempre, para casa, pensando con una nueva oportunidad.

– Estúpida manía la mía esta de fijarme en ti, que tan solo recibe el premio de consolación de tu sonrisa y silencio… pero tú no tienes culpa alguna y toda esta enfermiza obsesión es tan solo el fruto de una ingenua que siempre creyó que el amor es como dos trenes que viajan por caminos distintos hasta que un cruce de vías equivocado los hace chocar de manera fortuita e inevitable –se culpaba de su injustificado enamoramiento, cuando se colocaba entre la multitud que se agrupaba en su mismo cajón de tiempos.

Apenas faltaban cinco minutos para que diese comienzo la prueba y como en otras ocasiones, él se colocó delante. Ella lo vio y él, pese a parecer ajeno, sabía que estaba tras de sí. No lo pensó, se dio la vuelta y levantándose las gafas de sol le dijo:

– Mucha suerte y feliz carrera –dijo, sintiendo cómo un incontrolable rubor subía por sus mejillas. (¡Vaya estupidez acabo de soltar, qué ridículo! –pensó)

Un eléctrico escalofrío recorrió su espalda, desde lo alto de su nuca hasta la parte más inferior de su espalda. Espontánea, respondió:

– Muchas gracias, feliz carrera también para ti… me llamo Sonia –correspondió educadamente, intentando disimular la alegría que acaba de sentir. (Joder, ¿acaso me ha preguntado mi nombre?… ¡seré bocazas!)

– Gracias, Sonia… me llamo Martín. Buena temperatura hace, ¿verdad? –se presentó, casi a punto de tartamudear. (¿Y a qué cojones viene lo del tiempo?… ¡estoy sembrado!)

– Sí, hace una temperatura fantástica para correr, aunque algunos son frioleros –dijo más relajada, pero no menos emocionada, al tiempo que señalaba con su mirada hacia su izquierda, donde un corredor se enfundaba bajo un cortavientos pasado de moda, con el que parecía estar dispuesto a sudar más que nadie bajo una piel sintética que a buen seguro no le dejaría transpirar bien su cuerpo.

– Jajajajaja, sí, hay gente para todo y tú y yo sin mangas, como debe ser –bromeó, algo más cómodo –Por cierto, ¿sabes que los caminos a veces se cruzan? –le preguntó con un descaro que no habría sido capaz de imaginar.

– Sí, incluso a veces se llegan a chocar, jajajajaja –respondió, imaginando dos trenes en su mente.

En ese mismo instante comenzó la cuenta atrás que daba comienzo a la carrera, ambos cruzaron sus miradas, se sonrieron y pusieron sus pulgares sobre el botón que pondría sus cronómetros en marcha. El director de carrera apretó el gatillo de la pistola de fogeo que anunció el comienzo; los dedos de miles de corredores comenzaron a pulsar sus relojes y la mano derecha de aquel corredor del cortavientos de aspecto vintage accionó el detonador del chaleco que llevaba oculto, adosado a su cuerpo.

Todos aquellos caminos, llegados por itinerarios tan dispares, habían confluido en el mismo punto, donde la estupidez de la sinrazón y el fervor religioso unido a la incultura los hizo saltar por los aires. Silencio, desconcierto, desolación, el lejano sonido de sirenas acercándose y kilómetros, miles de kilómetros, desbocados como corceles salvajes, inundando de sueños truncados el aire en busca de caminos que nunca se debieron de cruzar… al menos en aquella ocasión.

Un lamento tardío, un amor encontrado y la felicidad de una ilusión hecha realidad que duró menos que un suspiro, pero que logró el triunfo de quien jamás llora por aquello que le es ajeno y sigue haciendo de sus deseos el motivo para continuar en busca de caminos que lo lleven allá donde le espera su destino… un destino que en esa ocasión los unió de nuevo bajo una misma lista. Lamentablemente fue la última en la que aparecerían.

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Caminos.

A lo largo de nuestra vida elegimos, decidimos sobre nuestros caminos, sin darnos cuenta que tal vez, solo tal vez, nosotros mismos seamos los caminos que decide seguir el destino. Si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

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