Como capas de una cebolla

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Daba vueltas y vueltas a la cebolla, que a fuego lento comenzaba a tornarse transparente, evidenciando las muestras del efecto del calor de la lumbre que la sofreía. Sus ojos aún guardaban el recuerdo de las lágrimas que a cualquiera le habría provocado el corte en rodajas del herbáceo y su olor le transportaba, irremediablemente, a los recuerdos de su niñez. Era un ritual que se repetía cada vez que la cocinaba, un acto incontrolable, al que recurría aún sin tener la necesidad de preparar ningún plato de comida.

La mañana que mamá dijo adiós para siempre empezó aquella curiosa e inexplicable costumbre… papá y ella hacía tiempo que no se aguantaban e incluso las malas lenguas hablaban de líos de faldas. Era una época en la que eso era algo habitual, hasta incluso estaba bien visto, pero mamá fue incapaz de aguantar más y lo dejó. Cerró la puerta sin hacer ruido, con una pequeña bolsa en la que metió un par de mudas y se marchó. La realidad siempre tiene otra cara que no imaginamos y en ese caso se llamaba Gabriel; un taxista con el que se fugó sin importarle nada lo que dejaba atrás –Siempre fue ligera de cascos –le dijo una y mil veces su abuelaYa en mi vientre sabía que esa hija iba a tener la entrepierna caliente –le confesó, mientras cortaba su primera cebolla.

La vieja no tuvo problema en seguir viviendo con su yerno y su nieto, y con ellos estuvo, a su lado, como lo llevaba haciendo desde el primer día. Él sustentaba económicamente la unidad familiar y ella hacía las veces de matriarca, en todos los sentidos, en una familia que había quedado marcada por el abandono de la que había sido sangre de su sangre. En realidad, se convirtió en su primera madre, llegando incluso no solo a doblar los calzoncillos de papá, sino también a quitárselos.

La tarde de mayo que regresó antes del colegio y los sorprendió, a hurtadillas, sobre el lecho de matrimonio, sintió de nuevo aquella descorazonadora sensación de vacío, de rabia, de impotencia, ni tristeza, se incredulidad, incluso de complicidad, porque en el fondo tenía un acuciado e inexplicable sentido de la razón, que le ayudaba encontrar explicación a todo. Dos cebollas sirvieron para enjugar aquel mal trago, que por la noche recalentó la abuela y sirvió como acompañamiento de unos riquísimos filetes de atún de almadraba.

Por pura ley de vida debían haber quedado conviviendo papá y él, pero un resfriado mal curado de este derivó en una neumonía, que encontró abono en unos pulmones castigados por el exceso de tabaco. Dos meses ingresado en el hospital y una pequeña esquela en el periódico local fueron el punto y final de su insignificante vida. Mamá lo hizo un hijo abandonado, años atrás, y papá lo había convertido entonces en un huérfano más, quedando tan solo cogido de la mano de la abuela que para él era todo en su vida.

La primera noche de papá bajo tierra, sofrió la cebolla más grande que encontró en la despensa; junto a dos patatas, cuatro huevos y un chorro de leche cocinó su primera tortillaTienes la misma mano que tu abuela Fina, que en paz descanse, hijo mío. Nunca he probado mejores pucheros que los que ella hacía, ¡cómo cocinaba! –La mayoría de edad estaba a la vuelta de la esquina.

Aquella mayoría de edad dio paso a los años más convulsos, en los que al fin explotó, experimentando una pubertad tardía, ahogada hasta entonces por la sobreprotección de su querida abuela. Fue una época con las emociones a flor de piel y en las que el desconcierto y la falta de lucidez en sus ideales lo hicieron dar tumbos tanto en lo académico como en lo personal. Comenzó y abandonó varios estudios de carácter profesional, mientras compaginaba trabajos como pinche de cocina en un pequeño establecimiento de comidas para llevar. Allí, entre cebollas, siguió enjugando los desencantos amorosos y las decepciones estudiantiles que lo abocaban de manera irremediable hacia un futuro incierto y con un horizonte inexistente.

El día que Marisa, su primera novia formal, le confesó la evidente infidelidad que mantenía con su mejor amigo y la ruptura de su relación, pasó toda una tarde pochando cebolla. Hasta ocho cebollas, una tras otra y sin parar, llegó a pelar; partidas unas en rodajas, otras en cuadraditos, alguna picada y todas sofritas en medio dedo de aceite. Al día siguiente, Comidas Caridad sirvió a sus clientes las mejores cebollas rellenas que se recuerdan; unas con carne, otras con pescado, pero todas con un toque sutil y exquisito que hizo correr la voz por los rincones gastronómicos de la ciudad.

Pocos meses después y a pesar de su escasa experiencia, recibió la oportunidad de ponerse al frente de la cocina de un restaurante, que con el tiempo se convertiría en un referente en la ciudad. Fue gracias al instinto de un viejo y visionario cocinero, de larga carrera culinaria, que supo ver en aquel joven un diamante en bruto –Eres como una tremenda cebolla, dorada, lisa, perfectamente redondeada, de geometría única y de sabor inigualable… te quiero en mi cocina -le dijo, cuando probó, sobre el propio mostrador de la casa de comidas, la cebolla rellena de carne picada adobada y salpimentada, magistralmente, de manera inimaginable.

La abuela festejó como nadie el logro de su nieto y aquella noche se empinó las dos botellas de orujo que guardaba escondidas, en el viejo mueble-bar del salón, desde el día siguiente en el que enviudó (…y descansó -como le gustaba decir). Hasta la última gota de las botellas se bebió, cayendo en un dulce estado de embriaguez que, junto a una desconocida diabetes, la sacó de esta vida, entre recuerdos mezclados con la hija prófuga, el yerno amante y aquel marido déspota que ejerció el mayor de los abusos.

La pérdida de la vieja fue como si le hubiesen quitado su última capa; sintió como si el frío acero de un afilado cuchillo lo acabase de desnudar por completo. Impertérrito, frente al féretro de la abuela dio su último adiós, mientras acariciaba una pequeña cebolla en su mano derecha, guardaba, escondida, en el bolsillo de su americana enlutada. Fue en una fría y soleada mañana del último jueves de febrero.

Dos horas después, con el búcaro de las cenizas de la abuela bajo el brazo y antes de llegar a casa, pasó por el mercado de abastos para comprar cinco kilos de cebollas. Las compró de diferentes tamaños y de todas las variedades… seca, dulce, roja… algo más de treinta unidades, todas ellas contenidas dentro de dos bolsas de plástico de color verde.

Una vez en casa, dejó cuanto llevaba en sus manos sobre la encimera de la cocina y muy despacio se desnudó. Acto seguido comenzó a pelar cebollas, una a una, una a una. Lo hacía de manera pausada, como quien deshoja una margarita. Cuando tuvo todas las cebollas peladas, sacó media docena de platos hondos, una tabla de madera y un cuchillo de hoja ancha. Fue partiéndolas todas, una a una, una a una. Lo hacía de manera pausada, como quien deshoja una margarita. Cogió una gran olla, cubrió el culo con dos dedos de aceite y vertió todo aquel montón de cebolla sobre él. Comenzó a remover toda la mezcla, toda a una. Lo hacía de manera pausada, como quien deshoja una margarita.

Lloraba, no había dejado de hacerlo desde el mismo instante en el que había metido el cuchillo para quitar la piel a la primera cebolla. Lloró al pelar cada una de ellas, lloró al partirlas, al sofreírlas… lloraba sin consuelo. Los fuertes vapores que se escapaban de aquella gran concentración de cebollas le habrían provocado a cualquiera una tremenda quemazón en los ojos, casi hasta el punto de evitar que estos permaneciesen abiertos, pero él no lloraba por efecto alguno de las cebollas, no. Jamás le habían hecho efecto, pero lloraba.

Cuando toda aquella cebolla estuvo en su punto la aderezó con una mezcla caprichosa y precisa de especies, y por último vertió una cucharada de las cenizas del fúnebre recipiente de cristal, en el que reposaban los restos de su amada abuela. Un chorrito de vino blanco, un poco de harina, el fuego a medio gas y veinte minutos más de cocción. El resultado fue un refinado y exquisito sabor, diferente y con cierto toque a hierbas, sin duda debido al aromático y añejo orujo que corrió por las venas de la fallecida, antes de emprender su eterno viaje.

Y así permaneció, desnudo e inmóvil, de pie junto al hornillo, tiritando a ratos y removiendo sin parar con una pequeña cuchara de madera, hasta que concluyó el cocinado. Verse despojado de ropa lo hizo sentirse como una cebolla más, tal vez por eso quiso quedarse en cueros. No solo desnudó su cuerpo, durante aquel litúrgico cocinado se confesó consigo mismo, sacando de su interior los miedos, los complejos y los prejuicios que siempre le habían acompañado. Siempre al cobijo de unas faldas protectoras en las que esconderse.

Asomó su cabeza dentro de la olla y aspiró hondamente los vapores que emanaba la cebolla y comprendió, no sin miedo y con un tremendo vértigo, que ya no tenía más capas de las que despojarse. Había llegado de momento de abrirse al exterior y enseñarle a todo el mundo lo que era capaz de hacer tan solo con una cebolla… –Mañana toca ponerse el delantal –se dijo a sí mismo.

Durante aquel fin de semana las llamadas colapsaron el teléfono del restaurante cuya cocina comandaba… se había corrido la voz de un sofrito de cebolla único y todo el mundo quería degustarlo. Hubo quien asegura que jamás volvió a probar unas empanadillas de cebolla iguales, ni un entrecot con reducción de cebolla como el de aquellos días, incluso aún se recuerda el sorbete de tarta de cebolla con reminiscencias de orujo, preparado para la ocasión.

Ese fue tan solo el comienzo de una exitosa trayectoria gastronómica donde la cebolla fue su seña de identidad y el principal ingrediente de sus elaboraciones, a las que añadía el toque secreto de la especie que guardaba, en silencio, en el interior de aquel frío y serio jarrón de color marrón.

Los años pasaron y con él llegaron los reconocimientos y galardones, que tan solo evidenciaron algo en lo que la mayoría coincidía: era uno de los mejores cocineros del país. Sin embargo, para él, no era más que cebolla y todo se resumía en dar vueltas y vueltas…

Daba vueltas y vueltas a la cebolla, que a fuego lento comenzaba a tornarse transparente, evidenciando las muestras del efecto del calor de la lumbre que la sofreía. Sus ojos aún guardaban el recuerdo de las lágrimas que a cualquiera le habría provocado el corte en rodajas del herbáceo y su olor le transportaba, irremediablemente, a los recuerdos de su niñez. Era un ritual que se repetía cada vez que la cocinaba, un acto incontrolable, al que recurría aún sin tener la necesidad de preparar ningún plato de comida.

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Como capas de una cebolla

Una cebolla… somos como una cebolla, con capas por quitar, con capas por descubrir. El protagonista de este relato breve se sintió así y poco a poco supo encontrar qué escondía bajo su propia piel. Si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

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