Comida internacional

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– Ummm, qué rico… Virgen Santa, qué placer para los sentidos, bendito Diosssss –decía en voz alta con auténtico fervor, a pesar de encontrarse sólo en casa. Sentado sobre uno de los tres taburetes altos que vestían el rincón de la enorme cocina, degustaba con verdadera pasión una Mousaka griega que él mismo había preparado el día anterior; cualquiera que lo hubiera oído y no visto, habría jurado sin titubear que aquel varón de edad adulta estaba experimentando un orgasmo de duración excesivamente larga y de una intensidad que a todas luces resultaba anormal.

Amante del buen comer, en particular y de la buena vida, en general, se encontraba en lo que coloquialmente se suele denominar la Flor de la vida: cuarentón, físicamente apuesto y deportivamente bien formado. Pero no era esa la única flor que tenía, ni mucho menos, tenía otra y bien grande, que nacía del interior del orificio de su esfínter… sí, exactamente, dicho de manera vulgar, tenía una flor en el culo, una hermosa y frondosa flor.

Si alguien le hubiera preguntado a Jorge qué era lo que le había cambiado la vida, habría dicho sin pestañear que su matrimonio con Eva. Una mujer cuya belleza, serena y elegante, no era de las que iban provocando el giro de cuello de cuantos caballeros pasaban a su lado, pero sí de esas con la que podías quedar totalmente atrapado si te dirigía su mirada. Educada y culta, era hija única de un adinerado banquero, de esos con derecho a tarjeta de crédito ilimitada, lo que le permitía gastar sin rubor la inmensa fortuna paterna, a sabiendas de que jamás en su vida tendría que dar un palo al agua.

Eva disfrutaba de múltiples aficiones con las que llenaba sus despreocupadas jornadas, entre las que se encontraban desde las interminables sesiones donde se sometía a todo tipo de tratamientos de belleza, hasta la participación en mercadillos benéficos donde su simple asistencia era lo único que debía hacer en ellos, pasando por las habituales compras con las que no paraba de renovar su fondo de armario, las clases de aeróbic y su media hora de piscina cada dos días, sin olvidarse, cómo no, de los aperitivos a mediodía con sus amigas del club de golf.

Claro que si había una afición que la volvía loca por encima de todas, era de la de cocinar. Como le ocurría a Jorge, era otra amante del buen comer y el placer por disfrutar de ello le empujaba a acumular cursos y cursos culinarios de coste desorbitado, al alcance de muy pocos y de los que quedaba perdidamente enamorada. Desde comida francesa hasta japonesa, pasando por italiana, marroquí, mejicana, argentina, tailandesa, hindú, turca y algunas menos conocidas, como la vietnamita o la mongola. Con semejante inquietud culinaria no era de extrañar que la amplia biblioteca, que presidía una de las paredes del moderno salón de estar, contara entre sus estanterías con una mayoría aplastante de libros de recetas, por encima de enciclopedias, novelas u otro tipo de encuadernaciones.

Fue precisamente en una degustación de quesos donde ambos se conocieron y a partir de ahí comenzaron a escribir una historia de amor cargada de sabor, sazonada con especies de todo tipo y acompañada de verduras, carnes, pescados y los postres más dulces, donde el chocolate siempre era el principal ingrediente.

La culpa fue de un exquisito Brie de Normandía, maridado con un tinto riojano cosecha del 2001, que los hizo mirarse a los ojos de una manera que habría terminado de manera irremediable con un beso, de no haber sido por encontrarse en plena cata de vinos, por lo que lo aplazaron de mutuo acuerdo velado para que fuese el preludio de una noche donde dieron rienda suelta a unos deseos que se habían vuelto incontrolables.

Como en toda relación, la pasión del momento fue dando paso a las habituales etapas del enamoramiento y tras el deseado y tradicional paso por el altar se convirtieron en una pareja más, acomodadas en su rutina diaria, sin hijos y con una par de momentos íntimos semanales donde intercambiaban fluidos, casi siempre los jueves en la noche y el domingo en la mañana, al despertar. Lejos de ahí, cada uno tenía su propio espacio, su independencia y la libertad que siempre concede una posición económica totalmente despreocupada.

Jorge, por su parte, provenía de una familia modesta y trabajadora, aunque su gusto por la buena vida y su costumbre por aparentar, más de lo que era, le confería un aspecto cercano al de un varón de clase social alta. Por ello, no era de extrañar que la conquista de Eva hubiera sido la mejor apuesta de su vida y que, como afortunado y millonario consorte, pudiera permitirse el lujo de tomarse sus obligaciones laborales casi como una ociosa ocupación semanal, disfrutando de una salud económica desahogada y lógicamente despreocupada.

Su trabajo en la entidad donde papá había hecho carrera era una garantía laboral vitalicia y al mismo tiempo todo un estorbo silencioso de cuantos compañeros pasaban por su lado, de ahí que no resultaba extraño que todos suspiraban aliviados cada vez que abandonaba su despacho para dedicarle tiempo a su deporte favorito: el running. Una pasión, junto al placer por la comida, que le había permitido mejorar una forma física que si bien siempre había sido buena, se había visto mejorada con creces gracias a la práctica de esa nueva disciplina deportiva.

Sesiones de gimnasio, entrenamientos de fuerza, series de velocidad, salidas aeróbicas, cambios de ritmo, algo de natación y ejercicios funcionales complementarios, todo supervisado por un entrenador personal y enfocado a conseguir una mejora continua en su rendimiento, que se veía plasmado en cada carrera que participaba.

Aquel día, como cada último jueves de mes, tocaba su plato preferido: el Pollo Tandoori, y sólo de imaginarlo no le había permitido concentrarse en su enésima partida de Candy Crash, por lo que adelantó su escapada del despacho hasta la pista de atletismo y así poder llegar a comer a casa antes de los previsto. Unas series de mil y de cuatrocientos metros, los habituales estiramientos y una ducha rápida, mientras su estómago parecía empezar a segregar ya parte de los jugos gástricos que en una hora ayudarían a la digestión de aquel manjar.

El entrenamiento había salido perfecto y en casa le esperaba aquella delicatesen, por lo que su estado de ánimo estaba en lo más alto de la escala, hasta el punto que de existir un termómetro que marcase los grados de ese febril estado habría sido capaz de romperlo por exceso. Sí, se sentía resplandeciente y el hecho de encontrarse en plenas fiestas navideñas lo hacía estar aún más feliz. Le encantaba esa parte final del año y pese a que esos días siempre suelen ser un contraste de alegría y tristeza, para él era un motivo más por el que sonreír. La vida le marchaba a pedir de boca y eso, rodeado de las luces, el colorido y las canciones de Navidad potenciaban aún más ese bienestar interior. Estaba de buen humor y ello se traducía en un silbido distraído y una sonrisa de esas que iluminan el rostro.

Con ese aire de seguridad de quien no tiene preocupaciones y disfruta de cuanto le rodea, entró en el portal del edificio. Un inmueble con solera de principios del siglo XX, restaurado hacía poco más de cinco años y situado en pleno centro histórico de la ciudad. Nada más entrar se encontró con Aurora, la esposa de Miguel; ambos formaban el matrimonio que desde hacía tres décadas trabajaban como porteros de la finca, velando por la seguridad y el bienestar de los propietarios que allí residían.

– Buenos días, Don Jorge… ¡Usted tan risueño como siempre!, ¡ay!, si mi Miguel tuviera esa alegría… le alegra usted el día a cualquiera. Hoy viene más temprano. ¿Cómo se presentan las fiestas? ¿Ha corrido usted hoy? ¿Se ha enterado de lo del robo en la casa de campo de los Ruipérez?, está poniéndose todo imposible, ¿no cree? –ametralló la señora. Aurora era tan servicial y atenta, como charlatana, además de entrometida (como buena portera) e incluso algo inocentona, incapaz de percatarse que no a todos los vecinos sentaba igual de bien ese interrogatorio sin intención al que era capaz de someterlos en poco más de quince segundos.

– Hombre, Aurora, muy buenos días, ¡qué guapa está usted hoy! No sé los años que le quedan a usted para jubilarse, pero antes de que eso ocurra tengo que proponer a la comunidad dejarla con nosotros de manera vitalicia. Bueno, a usted y a su Miguel, aunque sea un poco gruñón, pero qué serían el uno sin el otro, ¿no le parece? Es usted la alegría de la calle y la envidia de los vecinos del barrio –le dijo Jorge, mientras la vieja portera lo miraba embelesada.

– ¡Ay!, qué cosas me dice, Don JorgeDoña Eva tiene que estar con usted como una quinceañera. ¡Qué pico tiene, qué porte y qué bien huele siempre… Jesús, María y José! –le soltó la mujer, que solo tenía ojos para Jorge, en cuanto este asomaba por la puerta de la entrada.

Aurora, como nos oiga su Miguel se va a poner celoso y miré usted que un marido celoso es lo peor que hay –le dijo Jorge, guiñándole un ojo a la portera.

– ¡Qué nos va a oír!, si está más sordo que una tapia… además siempre lo tengo cansado. Ha subido a limpiar la terraza y seguro que ahora bajará, se meterá en la portería y se pasará toda la tarde con la cabeza fuera para controlar quién entra y quién sale. ¡Qué vejez más mala va a tener! –le explicó.

– Jajajajajaja, pobre Miguel, desde luego… seguro que con usted no se aburre –dijo Jorge, para ir cortando la conversación. Las ganas de comer apretaban y estaba deseando llegar a casa.

– ¿Aburrirse?, semejante aburrido está hecho él… –concluyó, percatándose de que Jorge deseaba concluir la conversación, pero aun así le hizo una última pregunta: ¿Y qué plato tenemos hoy para comer, Don Jorge?

Señora Aurora, estamos en el último jueves del mes, así que hoy toca mi comida internacional favorita: el Pollo Tandoori… no me creo que se le haya pasado eso a usted –regañó de modo bromista Jorge.

– Calle, Don Jorge, lleva usted razón… ¡ay!, con tantas fiestas no sé ni en el día que vivo. Si es que pasado mañana nos estamos comiendo otra vez las uvas, ¡la madre del cordero! –se lamentaba la incorregible Aurora.

– Que le aproveche Señora Aurora, voy para casa, que parece que llevo un felino de grandes dimensiones en el estómago –se despidió Jorge.

– ¿Que lleva usted qué?… –preguntó con extrañeza la incorregible portera.

– Que me muero de hambre, jajajajajaja. Hasta luego –dijo Jorge, mientras cerraba las portezuelas de madera de la cabina del viejo ascensor.

– Vaya usted con Dios –terminó diciendo Aurora.

– Joder, cualquiera diría que estoy pegando un estirón… no es la una todavía y estoy que me muero de hambre. Bueno, mientras termina Eva de hacer la comida preparo algo de picar con un Martini y vamos matando el hambre… yinguel bel, yinguel bel, yinguel oldeguei –se dijo en silencio, canturreando mentalmente la pegadiza canción navideña que se le había metido en su cabeza, nada más escucharla a través del hilo musical en la sección del gourmet de los grandes almacenes que habían cerca de casa, mientras compraba el vino para la comida.

Nada más abrir la puerta de casa quedó embriagado por el aroma que lo esperaba, a modo de bienvenida. El lujurioso perfume culinario, proveniente de la cocina, inundaba todo el lujoso apartamento y a partir de ese momento también parte del zaguán de la escalera, en su planta quinta. Jorge cerró tras de sí la puerta de casa a cámara lenta, como si quisiese saborear el aroma que le rodeaba, dejó su bolsa de deporte en el pasillo del recibidor y se fue directo, sigiloso, hasta la cocina. Se encontraba al borde del éxtasis y como abeja a la miel se acercó hasta la isla de cocción para cerrar los ojos y alimentar aún más su apetito.

Transcurridos unos segundos volvió a abrir sus ojos y al girar su cabeza hacia la puerta que daba al salón, quedó paralizado: sobre el sofá de tres plazas yacía su mujer como Dios la había traído al mundo, con un delantal blanco como única prenda de ropa y unos zapatos rojos de tacón. Sobre ella se hallaba su maestro cocinero, un maromo de tez amarillo-parduzca, con un mantel de Papá Nöel atado a la cintura y su cabeza perdida bajo aquel delantal blanco, terminando de hacer su comida… internacional.

Por su mente comenzaron a desfilar, a velocidad de vértigo, decenas de escenas, unas tras otras, hilvanadas entre ellas… su primera cita, el día de su boda, los viajes, el día a día… mientras su rostro, atónito, era incapaz de cerrar su boca, que había quedado abierta por completo al sentir su mandíbula inferior el efecto de la gravedad. El temporizador, con un exclusivo y minimalista diseño en forma de pepino, sonó de manera estridente al llegar al fin de su tiempo programado y sacó a los tres protagonistas, de súbito, de sus respectivos estados de ensimismamiento.

Cruzaron sus miradas dos a dos, a cuál más sorprendido y Jorge, como ultrajado marido, tragó saliva, tomó la palabra y solo atinó a decir:

Mañana preparo yo el cuscús… ¿vale?

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Comida internacional

A veces, la vida, nos regala sorpresas más o menos sabrosas o tal vez debemos ser nosotros los que hemos de saber sacarle a las cosas el mejor sabor posible… como a la comida que degustamos cada día, ya sea nacional o como en este caso, internacional. Si te ha gustado este relato breve o crees que a alguien puede gustarle compártelo. Muchas gracias.

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