En compañía del silencio

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¿Puede haber mejor compañía que el silencio? Esa pregunta, lanzada así, de manera tan fortuita tiene una respuesta, obvia y tajante: . Por supuesto que puede haber mejor partenaire que el silencio o ¿quizá podemos encontrar en él a un compañero capaz de sustituir instantes maravillosos, eternos, en los que disfrutemos de una buena compañía o de un momento que nos llene el alma, en el que él, el silencio, sea el último capaz de asomarse en nuestra mente?

El silencio, esa manifestación sonora del vacío, una ausencia absoluta de ruido, con el que tan solo al nombrarlo ya nos contagia de su sentido, de su razón. Él, puede ser el preámbulo del mayor de los estruendos, de la explosión de júbilo que acontece al fallo de aquello que esperamos con vehemencia… la proclamación de un vencedor, el resultado positivo de un anhelo perseguido, la obtención de un sueño hecho realidad… él, puede contagiar y enmudecer al mismo tiempo, borrando de súbito el sentido de cualquier palabra y extendiendo su sombría presencia, sin importarle si está ante una sola persona o delante de toda una multitud.

Compañero ideal de enamorados, que acoge entre sus brazos suspiros, deseos callados, caricias y miradas que encuentran en él, en el silencio, el cómplice perfecto, capaz de guardar en secreto las palabras que no precisan pronunciarse…. el mismo que otras veces se vuelve incómodo y molesto acompañante, capaz de contaminar el aire y provocar la asfixia con reproches que se ahogan en la garganta.

Elemento imprescindible de la naturaleza, sereno preludio de la hermosa sinfonía que cada mañana sigue al amanecer, necesario reposo que acalla los ecos de toda tormenta, protagonista que rivaliza con la oscuridad en la quietud de la noche… tensa espera rota por la incontrolable embestida de animales en estampida, del agua que precipita por el acantilado, del fuego que mana de un volcán en erupción… silencio.

El silencio en la plaza donde el torero espera la salida de la bestia, el silencio que rodea al mago en cuya mano esconde la verdad de un truco que solo conoce su chistera, el silencio que interrumpe la respiración justo antes del salto al vacío del trapecista que tiene en el aire su destino, el silencio del gimnasta que ase las anillas que lo auparán a la gloria, el silencio del cirujano antes de operar, del cura antes de oficiar su misa, del verdugo antes de ajusticiar… de unas manos antes de aplaudir. Silencio… tan callado y tantas veces nombrado, tantas veces referido, ¿verdad? Solo eso, silencios y más, silencios

Y sí, como no podía ser de otra manera, también el silencio forma parte de este deporte que nos une, de este deporte donde mientras te pones las zapatillas ya sientes como el silencio te invade. El silencio, la incansable pareja de baile de la soledad, esa que nunca abandona a todo corredor de fondo, ya vaya solo o en compañía.

Silencio y soledad, un binomio de aparente indisolubilidad que pese a todo pueden ser completamente yuxtapuestos o ¿acaso no hemos sentido la mayor de las soledades estando acompañados, rodeados de sonido, de la misma manera que hemos sentido compañía mientras estamos únicamente nosotros y por única manifestación sonora el eco de los pensamientos en nuestra cabeza?

Sí, otra vez sí… sí a ese silencio y a esa soledad acompañada, pero por supuesto sí a esa placentera sensación de encontrar en la soledad el silencio necesario que te llena, ese que nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y con aquello que nos hace saborear el momento, descubriendo quienes somos y qué escondemos en nuestro interior.

Correr es el vehículo que te lleva por esa carretera de única dirección y sentido, donde nunca encontrarás a nadie salvo a ti mismo. Correr es silencio, tu silencio y también es soledad, tu soledad… una carretera hecha de kilómetros y pensamientos, los tuyos, a la que también se asoman tus recuerdos, tus miedos y tus fortalezas, siempre en soledad, en silencio y cómo no, siempre sin dejar de correr.

Bendita pasión de correr, correr sin más, una terapia que no precisa de palabras, de divanes, ni de sesiones de psicoanálisis, tan solo de silencio y del movimiento de unas piernas, incansables, que encuentran en cada zancada un motivo con el que convertir la soledad en fortaleza y su esfuerzo en la mejor excusa para rodearse cada día de la mejor compañía.

Tal vez por eso me guste correr, no solo por esa sensación placentera que sigue al cansancio físico, no solo por la satisfacción de sentirme bien anímicamente, no solo por tener una oportunidad de disfrutar de una soledad buscada, entendida y apreciada, sino también por descubrir cómo en el silencio se esconde una parte de mí, esa que jamás habría llegado a imaginar y que una vez encontrada no quiero perder… tal vez por eso me guste correr y tal vez por eso haya descubierto el sabor que tiene su

silencio.

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Tan solo silencio…

 

Correr regala grandes momentos, grandes sensaciones y una ellas es su silencio, ese que pese a todo cuanto te rodea te embarga y te engancha… y tú, ¿crees que se silencio es una parte fundamental de este deporte? Anímate y deja tu punto de vista y si conoces a alguien a quien pueda gustarle este post, compártelo. Muchas gracias.

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