Correr, pensar, correr: lo que pienso mientras corro (II)

correr, pensar (ii)

Correr, pensar: imposible entender lo primero en ausencia de lo segundo”… así empieza el primer post de esta serie: “Lo que pienso mientras corro”, publicado hace un par de meses, en el que hablaba de los caminos que toma la mente, mientras las piernas siguen por los suyos, totalmente diferentes a los primeros. Correr, pensar e intentar recordar esas ideas que van pasando mientras las piernas hacen sus kilómetros a un ritmo constante, sin importarles nada más que el asfalto que va dejando tras de sí.

A diferencia de otro domingo cualquiera, éste no pude salir a correr, debido a la lesión que arrastro en la zona lumbar y sacra, sufrida a raíz de mi participación en el Medio Maratón de Albacete, celebrado el pasado día 11 de mayo. Sabía que me jugaba una lesión si forzaba corriendo esa carrera y así fue, quince días de parón por el momento y con la esperanza de poder volver a ponerme las zapatillas cuanto antes.

No pude salir a correr, no, pero al igual que cualquier otro domingo, en el que la rutina de mi entrenamiento me hace comenzar el último día de la semana, madrugué. El cuerpo se habitúa a lo que uno lo acostumbra y si tiene por costumbre despertarse temprano, éste lo hará, con independencia del día de la semana que sea, con mayor o menor alegría, con mayor o menor ganas, pero de igual manera.

Despierto, mientras el mundo parecía dormido (gran parte lo estaba), me preparé un desayuno de pan tostado, con aceite y sal y después tomé una naranja, de esas de huerta, de las que “crujen” al separar sus gajos con los dedos y cuyo dulzor es más propio de un terrón de azúcar y que me hizo recordar aquellas naranjas de muchos años atrás…

Paco, date prisa, que ya son las tres, ¿no has terminado de comer? Muchacho, venga, cómete la naranja, que se te va a hacer tarde para llegar al colegio”… sobre la mesa un plato pequeño con restos de ensalada y otro plato hondo, en el que sólo quedaba la cuchara, ambos transparentes y con el borde polilobulado. Mordía un gajo y su jugo chorreaba por mis manos, sin poder separar mi boca del plato vacío de comida, que recogía entonces las gotas de aquel dulce zumo.

Terminé de desayunar y mientras recogía no pude evitar pensar en las lesiones que últimamente me han tenido parado. No han sido lesiones continuas, pero desde septiembre hasta ahora he tenido tres momentos que me han obligado a aparcar mis salidas. Primero fue una fisura de costilla, en diciembre una rotura de isquiotibiales y ahora la contractura de la parte baja de mi columna. Todas diferentes, pero en cualquier caso, lesiones al fin y al cabo.

Al tirar los restos de mi desayuno, me di cuenta que había vuelto a hacer una sola monda a la naranja que me acaba de comer…

Caminaba, casi corría hacia el colegio, con la cartera colgada de los hombros, el sabor a naranja aún en mi boca, recién peinado y bañado en colonia, con el beso de mamá marcado en mi mejilla y la cabeza perdida en mil cosas, entre ellas la curiosidad que me provocaba ver las peladuras de naranjas colgadas de algunos balcones, secándose al sol…

Me puse a hacer un par de ejercicios, siguiendo las instrucciones del fisio, a ver si así conseguía arañar algún día a la recuperación. Pero mucho me temí y me temo, que esto llevará los días que deba llevar. Puede parecer enfermizo, lo sé, esa obsesión por querer salir a entrenar, por hacer ejercicio, por correr; tal vez habrá quien no llegue a entenderlo, es comprensible, pero cuando esa rutina se convierte en una parte de tu día a día y sirve como válvula de escape, la buscas, la necesitas, la echas de menos y tu cabeza anda huérfana.

Todavía no eran y media, aún quedaba cinco largos minutos, que daban para echarse dos o tres “mete-gana”. “¿Puedo jugar? Vale, el que pierda sale y entras tú… goooolll. Venga entra”. Uno contra uno, las carteras haciendo de improvisadas porterías, el campo de poco más de cuatro por dos metros y una redonda naranja, del huerto de al lado, como balón. “¡¡Uuyyy!!, al poste… ostras, la sirena”. Carteras al hombro y alguien que dio el pisotón al esférico, que quedó desjugado sobre la losa del patio, con su ácido color anaranjado y algún que otro hueso asomando.

Desayunado y con los “deberes” hechos, me senté delante del ordenador, me puse frente a un virtual folio en blanco, pensando y deseando que ojalá falten aún muchos años hasta que tenga que dejar de correr definitivamente, pero siendo consciente que tarde o temprano eso sucederá y entonces rebuscaré dentro del cajón que hay dentro de mí e intentaré sacar otra pasión que me haga sentir casi tan bien.

Al salir de clase, llovía y yo sin paraguas, pero no importaba, el examen de mates había salido bien… la naranja del suelo seguía allí, era viernes.

Después de una hora sentado, cerré el portátil y el dolor de mi espalda, al ponerme de pié, me volvió a traer a la realidad: mi cuerpo había estado parado, pero mi mente no. Detrás de mí, un frutero con media docena de naranjas

correr, pensar (ii)

Lo que pienso mientras corro: La naranja

 

En esta ocasión he escrito “lo que pienso mientras NO corro”, porque correr es mucho más, son pensamientos, ideas que van y vienen, incluso cuando tus piernas no se llegan a mover. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Correr, pensar, correr: lo que pienso mientras corro (II)

  • Cristina  dice:

    Un post muy personal con un pequeño toque a una infancia no muy lejana en tu mente , increíblemente original la mezcla de los dos argumentos ha sido fantástica conjunción y por ello te doy mi boto de enhorabuena por este post me ha encantado,gracias .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cristina! Llevas razón, hago un pequeño guiño a la infancia, esa época que para los que tenemos cierta edad puede parecer que esté muy lejana, pero que sin embargo va unida a nosotros, como si una cuerda invisible nos atara a ella. Y, ¿sabes?, cada día reviso que esa cuerda esté bien atada y no se vaya a soltar, porque el día que se suelte y me haga perder esa época, será como morir un poquito en silencio y ya no habrá vuelta atrás.

      Muchas gracias por leerme, saludos.
      Paco.-

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