Correr, pensar, correr: lo que pienso mientras corro (IV)

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Correr, pensar: no importa donde estés, donde vayas, porque ahí estarán tus pensamientos, acompañándote de manera caprichosa, sin importarles tu voluntad; se colarán dentro de ti de la manera que deseen y serán inútiles tus intentos por querer dominarlos, porque sólo ellos decidirán si se dejan atrapar o tal vez prefieren volar, para regresar en otro momento.

Este pasado domingo, tras cinco largas semanas de reposo y sin tener aún curada mi lesión de espalda, decidí que era el momento de volver a ponerme las zapas. Sin estar recuperado al cien por cien, comprendía que debía hacer una evaluación sobre mi estado de forma y saber si mi recuperación iba por buen camino o si por el contrario seguía en un punto muerto.

Cuando cogí la caja de las zapatillas y la abrí, me quedé parado, observándolas. Sólo habían pasado 35 días y sin embargo parecía como si el tiempo transcurrido, desde ese 11 de mayo, hubiese sido una eternidad. Me sentía extraño, raro y un sentimiento con regusto a culpabilidad me inundaba: durante todo ese tiempo no había abierto su caja, no habían vuelto a ver la luz y era como si ese objeto inerte se sintiera decepcionado por mi silencio, por mi ausencia.

Junto a ellas cogí el resto de los complementos que me acompañan en cada salida, en cada entreno, como son el cronómetro, el reproductor de MP3, la gorra y las gafas de sol. Nada de esto había vuelto a ver durante todo ese tiempo y parecía como si “todos” nos saludáramos y alegráramos de volvernos a ver, de volver a juntarnos para compartir un rato y dejarnos contagiar por el entusiasmo y la ilusión de mis piernas al correr.

Parecía como si estuviese a punto de enfrentarme a una carrera, a una nueva e importante prueba y el momento de vestirme, de prepararme para salir, se hizo inusualmente largo. Una parte de mí estaba impaciente por volver a correr, sin embargo, otra parte se resistía a enfrentarse a ese momento y era como si intentase demorarlo, por miedo a que el resultado no fuese el esperado y sintiera el revés que supone el no encontrarse recuperado.

Así, con ese monólogo silencioso, con esa mezcla de sentimientos, de deseos, de temores, en definitiva, de pensamientos, salí a la calle. Acaban de dar las ocho, la brisa del mar había preferido que esa mañana no la llamasen así y aumentó su intensidad, convirtiéndose en aire, en un intenso aire y el sol, escondido entre las nubes, parecía como si prefiriese ignorar mi presencia bajo su reinado.

Hice unos suaves estiramientos, puse el cronómetro a cero y encendí el reproductor de música… en mis oídos comenzó a escucharse los primeros de acordes de la canción “Ahí estás tú”, de Chambao…

Déjate llevar por las sensaciones,

que no ocupen en tu vida malas pasiones.

Esa pregunta que te haces sin responder,

dentro de ti está la respuesta para saber,

tú eres el que decides el camino a escoger,

hay muchas cosas buenas y malas,

elige bien

que tu futuro se forma a base de decisiones…

Mi cuerpo sintió un escalofrío de pies a cabeza y mi piel no pudo resistirse: se erizó. Mi dedo había pulsado el inicio del tiempo y mis piernas habían comenzado a correr, sin más. Despacio, con un trote suave, lento, cansino, monótono y mi piel volvió a su estado normal, mientras mi cabeza volvió a sentirse “visitada”.

Era como si hubiese abierto la puerta a una muchedumbre que, ansiosa e impaciente, espera para entrar al interior de un estadio, donde va a presenciar el concierto de su grupo favorito. La espera se les hace eterna, pero una vez despejado el camino, todos corren nerviosos, contagiándose unos a otros y ocupando los lugares que para ellos son los mejores, esos desde los que podrán dar rienda suelta a su entusiasmo y se entregarán a una velada inolvidable.

Intentaba ordenar la entrada de ideas en mi cabeza, pero resultaba imposible, se movían de un lado a otro, se mezclaban, salían, entraban, algunas paraban y apenas unos segundos más tarde desaparecían. Era como un caos, en el que cualquier intento por establecer un orden era en vano y dónde lo mejor era dejarme llevar y prestar atención a mi espalda.

Y mi espalda, callada, pero muy presente, me confirmaba lo que esperaba, a pesar de haber querido convencerme y creer que estaba en una fase de recuperación más avanzada. Dolía, era una molestia leve, pero continua y aunque el ritmo que mantenía era muy suave, cada zancada quedaba marcada en ella, retumbando en su interior y golpeando mi entusiasmo. Pero no dejé de hacerlo, seguí, continué mi marcha, queriendo sentirme durante un rato más conmigo mismo y con esa mezcla de libertad y soledad que tanto echaba de menos, que tanto echo de menos.

Fueron treinta minutos, ni uno más, ni uno menos y con mis estiramientos puse el punto final al breve entrenamiento. De nuevo había vuelto a correr y el sabor era agridulce, contento de haberlo hecho, pero preocupado e impaciente por querer sentirme del todo recuperado. Me senté en el suelo y miré al cielo, un cielo ya menos gris, en el que podía ver perfectamente el movimiento de unas nubes arrastradas por el viento y las observé bien, detenidamente, antes de darme cuenta que jamás volvería a verlas pasar… la canción con la que había comenzado a correr, volvía a sonar en mi cabeza:

Ahí estás tú,

tú.

Ahí estás tú…

(Ahí estaba yo)

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Ahí estás tú… bajo ellas.

Mezcla de sentimientos, de sensaciones y un deseo, una pasión: correr… ¿Conoces la canción de la que hablo?, seguro que sí, pero si deseas oírla y volver a leer mi palabras escúchala. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias

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