¿Cuándo?

¿Cuándo?

Querer saber simplemente cuándo es una de las preguntas fundamentales que ha estado presente desde el principio de los tiempos en el ser humano, inquieto desde siempre por esa acuciante necesidad de poner cota al momento en el que se va a producir aquello que espera, alimentando así su apetito por tener continuamente fecha de todo lo que le preocupa en mayor o menor medida. Y en ese afán por saber cuándo no dudo al creer que si en su mano hubiera estado, habría llegado incluso a ser capaz de buscar la respuesta a algo tan crucial como saber cuándo iba a tener lugar el día de su muerte, de nuestra propia muerte.

Pero gracias a Dios y a todos los Santos, semejante pregunta no figura entre las que habitualmente tenemos la costumbre de hacernos, dejando así de lado a ese funesto día en el que desgraciadamente ya no pensaremos en esos otros cuándos que sí nos preguntamos a lo largo de toda nuestra vida, desde que tenemos uso de razón, hasta nuestro ocaso.

Así, desde muy pequeños pensamos en cuándo echaremos a andar, en cuándo se nos caerán los dientes de leche (estos cuándos no los recordamos, pero a buen seguro que los pensamos), en cuándo nos saldrá barba (sólo para nosotros, lógicamente), cuándo podremos tomarnos nuestra primera cerveza (después, una vez que la pruebas te das cuenta que sabe a rayos), cuándo tendremos una pareja (con esa ignorancia de no saber tooooodo lo qué implica eso), cuándo sabremos conducir, cuándo tendremos nuestro primer trabajo (ya sea como becario o como empresario), cuándo nos casaremos, cuándo tendremos un hijo, cuándo seremos abuelos (si es que llegamos a serlo algún día) y es entonces, casi al final del viaje, cuando ya no nos preguntamos cuándo moriremos, por muy cerca que esté la fecha.

Lógicamente, existen otros mucho más cuándos que nos preguntamos y cuya respuesta no tienen una importancia vital en nuestra vida, son esos otros cuándos de carácter trivial, del día a día, como por ejemplo: cuándo llegará el autobús, cuándo me tocará el turno en la cola de la pescadería, cuándo lloverá, cuándo empieza el cine, cuándo vienen tus padres a comer seguido de un “¿¡cuándo has dicho!?” (a esa pregunta casi siempre le suele seguir la réplica de manera instantánea), cuándo toca la revisión del coche, cuándo tengo la cita con el dentista o cuándo te vienes a la cama, entre miles, millones de cuándos diarios, que no nos marcan la vida, pero sí ese día a día.

Y entre tanto cuándo y tanto cuándo, me asaltó uno el otro día que ha rondado por mi cabeza en más de una ocasión y al que lejos de prestarle atención ignoré con un disimulo casi de maestro, tal vez porque en mi interior piense que su respuesta queda aún muy, muy lejana o simplemente, porque mi subconsciente no quiera oír hablar de él. Ese cuándo es muy sencillo y evidentemente tiene que ver con el protagonista de este blog:

¿Cuándo dejaré de correr?

Sí, lo sé, sé que no es una pregunta de vida o muerte y es muy probable que para muchos pensar en la respuesta de la misma tenga poca o nula importancia. Sin embargo, cuando ese deporte forma parte de tu día a día, cuando su presencia es una parte muy importante de tu vida y cuando su práctica te aporta un beneficio que va mucho más allá del que se puede obtener del ejercicio físico puro y duro, es entonces cuando ves en esa pregunta una respuesta a la que no quieres poner fecha, a pesar de saber que ese día llegará, tarde o temprano, pero llegará.

Ese día llegará y con él perderé tantos y tantos placeres que un día (que no coincide con el primer día que salí a correr) descubrí y con los que comencé a sentir y a disfrutar. Ese día llegará, irremediablemente llegará y entonces mis piernas no se martillearán constantemente contra el suelo, mi respiración no se volverá más acelerada, mi cuerpo no empezará a sudar, ni mis brazos se balancearán de atrás hacia delante; no, ya no, como tampoco clavaré mi mirada en un amanecer o un atardecer mientras mi corazón late fatigado, no, no sentiré la molestia del viento soplando contra mí con toda su fuerza, ni volveré a dejarme mojar por las gotas de lluvia que caigan de un cielo gris, cuajado de nubes; no, nada de eso volverá a suceder.

No, ya no me perderé callejeando por el corazón de mi querida Murcia, o persiguiendo la fragancia del azahar por sus carriles de huerta de regreso a mi Alberca, no recorreré sendas escondidas en ese monte que algunos llaman Perdido y en el que tantas veces he encontrado la compañía de la soledad, ¿y qué decir del cauce de un Segura que con su escasa agua siempre te acompaña en cada zancada?, no, a él tampoco lo seguiré, como no volveré a mirar a la Fuensanta antes o después de subir hasta su Santuario, sencillamente dejaré de correr.

Cuando llegue ese cuándo tal vez ya no broten estas palabras y no sólo mis piernas sean las que queden calladas, tal vez mis ideas se pierdan para siempre y esa inspiración generosa que con frecuencia me visita mientras corro decida marcharse para nunca volver, dejándome solo, detenido en mitad de un camino donde no haya horizonte que mirar, motivos por los que avanzar o meta que alcanzar. Tal vez, sólo tal vez, cuando llegue ese cuándo sentiré el vértigo del vacío, la angustia por la falta de su compañía y echando la vista atrás me volveré a ver con él, con este deporte que solamente es eso: correr.

Ahí están y estarán para siempre algunas de mis imágenes en las que vestido con un simple pantalón, una camiseta y una gorra blanca, aparezco con los brazos abiertos, otras donde mis piernas parecen no tocar el suelo y también aquellas en las que me abrazo con amigos; todas ellas forman parte de un mosaico de colores, a las que se suman muchos dorsales, algún que otro trofeo, un buen puñado de zapatillas gastadas y la banda sonora de tantas canciones que me han acompañado durante kilómetros, durante mucho kilómetros.

Pero hoy no quiero pensar en ello, no ha llegado el momento de preguntarme por ese cuándo, es más, nunca me haré esa pregunta, como jamás me llegaré a plantear cuándo dejaré de respirar. No quiero saberlo, no me importa, prefiero mirar para otro lado y cuando llegue ese momento aceptar, no sin pesar, que esa unión ha finalizado. La vida no se habrá acabado, ni mucho menos, todo seguirá su curso y es en su curso cuando dejará de ser presente y futuro para convertirse en pasado y cada vez que piense en él lo haré con una sonrisa en mi cara, la misma que provoca en mí cada vez que corro en su búsqueda, cada vez que ato mis zapatillas y entonces simplemente me diré cuán feliz fui…

cuando salía a correr.

¿Cuándo?

¿Cuándo?

Como escribiera el inmortal Antonio Machado: “Todo pasa y todo queda… “, sí, todo pasa y todo llega y cualquier cuándo, tarde o temprano llegará, sin poder evitarlo llegará. Y un día dejaré de correr, sin más, pero eso es algo que nunca me preguntaré. Y tú, ¿te los has preguntado alguna vez?, anímate y deja tu punto de vista y si te ha parecido interesante este post, compártelo. Muchas gracias.

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