De la mano

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Agárrate a mi mano, no la sueltes y cógela bien fuerte, que nos vamos…

Las manos son mucho más que unas herramientas de trabajo, son las fieles aliadas de tantos y tantos de nuestros habituales y rutinarios gestos, esos que nos acompañan desde que despertamos, hasta que nos volvemos a dormir… apagar el despertador, abrir el grifo de la ducha, abrochar los botones de la camisa, tomar el desayuno, cepillar los dientes, dejar una nota escrita, cerrar la puerta de casa, marcar un número de teléfono, abrir un paraguas… son sólo algunos ejemplos.

Pero una mano es mucho más que eso, mucho más que la extensión de nuestro cuerpo con la que podemos hacer tantas y tantas cosas… cuando nacemos nos sirve para calmar la desazón que sufren las encías, provocada por el crecimiento de unos dientes de leche que años más tarde diremos adiós para siempre; sin aprender a hablar, nos ayuda a señalar aquello que queremos y poco después se convierte en la mejor aliada para aprender a contar del uno hasta el diez.

Lógicamente crecemos y nuestras manos siguen ayudándonos a hacernos mayores, así, nos permiten aprender a montar en bicicleta, a dibujar una casa con tejado y una chimenea, de la que siempre sale humo; también son ellas las que lían y lanzan una y mil veces la peonza, botan la pelota y hacen aviones de papel; sin olvidarnos que gracias a ella podemos pedir permiso en medio de clase para hablar o ir al baño para hacer pipí.

Con el tiempo, esas manos nos enseñan a decir muchas cosas sin necesidad de pronunciar una palabra y descubrimos que una simple caricia puede desatar un torrente de emociones; la misma mano que levantada en alto puede decir de la igual manera hola y adiós, o un simple nos vemos luego. Es su lenguaje mudo, ese que permite hablar a quien no oye y permite escribir a quien no puede hablar… nuestra mano, nuestras manos.

Y cuando hablamos ellas no quedan mudas, nuestras palabras no son las únicas que se pueden escuchar, porque nuestras manos también hablan por nosotros y con cada frase, con cada entonación, ellas gesticulan, se mueven y expresan, comunican, en definitiva hablan y nos permiten decir mucho más de lo que nuestra boca es capaz de pronunciar.

Son también ellas las primeras que se estrechan cuando conocemos a otra persona, las que complementan el abrazo entre dos amigos y las que ayudan a levantar a quien se ha caído. Con una mano protegemos si la ponemos sobre una cabeza, consolamos si descasa en un hombro y seguramente inquietaremos si la posamos sobre el muslo de la persona con la que hablamos.

Nuestras manos, esas que cuidamos, pintamos, a las que adornamos con anillos, tatuamos y sobre las que el tiempo deja la huella de su paso. Esas mismas sobre las que muchos creen ver escrita la línea de la vida, donde pasado, presente y futuro de juntan en un palmo de piel, mientras que para otros son una parte de más de su cuerpo, sobre las que arrugas y manchas de sol dejan escrita la única verdad.

Sin ellas, sin las manos, cuántas novelas se habrían quedado sin escribir, cuántos cuadros dejarían de existir o cuántas gloriosas sinfonías jamás habríamos llegado a oír. Y el arte, ¿cómo sería hoy el arte de no haber sido por ellas?, tal vez no sólo le faltaran las manos a la Venus de Milo, ni el nombre de David se relacionase con el de Miguel Ángel, como tampoco habría un Pensador y hasta es muy probable que Van Gogh nunca hubiera perdido parte de su oreja.

Sí, esta vez más que nunca, os estaréis preguntando si me he vuelto loco, porque aún no he hecho mención ni una sola vez al protagonista en torno al cual gira este blog y que no es otro que el running, ¿verdad? Pues aunque reconozco que hay ocasiones en las que pierdo un poco la cabeza, no ha ocurrido eso en este caso y todo el palabrerío que habéis leído tiene su explicación.

Adrede he pasado por alto, entre tantas y tantas manos, ese gesto que simplemente consiste en agarrar la mano de otra persona y que para mí alcanza, dentro del mundo de este deporte, una dimensión que va más allá de esas dos manos que se asen. No son dos manos cogidas en un momento cualquiera, no, ni mucho menos, me refiero a dos manos que se funden en una cuando se unen mientras van corriendo, compartiendo zancadas, sudor y esfuerzo, y que alcanza su mayor expresión cuando tiene lugar en los últimos metros que preceden al paso por la línea de llegada.

Es la comunión de sentimientos afines, la celebración de un momento de triunfo, de victoria, de satisfacción por el logro de haber conseguido alcanzar una meta, muy alejada y tan diferente a esa cuyas letras aparecen escritas sobre un voluminoso arco hinchable que indica el final de una carrera. Esos corredores que se dan la mano están uniendo mucho más que sus manos, están comulgando de la misma celebración, donde su pan es la recompensa a todo el trabajo de sus piernas, su mente y su cuerpo, por ser capaces de conseguir aquello que se habían propuesto.

Y dentro de esas manos unidas mientras cruzan la línea que marca el final de una prueba, me quedo con la unión que te hace erizar cada poro de la piel, esa que te hace sentir el mejor corredor del mundo, esa que te hace subir al cielo y no detenerte, esa que te llena de orgullo, de emoción, de alegría, esa capaz de arrancarte lágrimas, de regalarte un momento de los que quedarán para siempre guardado en la memoria y en el corazón, ese que darías todo lo que fuera por saborearlo un millón de veces…

Es ese momento, a escasos metros de la meta, cuando un niño espera con el brazo extendido y su pequeña mano bien abierta, con una mirada desbordada de ilusión y una sonrisa que ilumina toda su cara. Es entonces cuando a ese corredor no le importa si viene de correr cinco, diez, veinte, cuarenta o cien kilómetros, cuando el cansancio ha desaparecido de un plumazo, cuando el mundo se detiene y cuando no hay nada más allá de esa pequeña mano y la suya, unidas; y siente su fuerza cogido a él y no se detiene, sigue corriendo, pero ya no lo hace solo, porque de su mano va entonces otra manouna que jamás soltará.

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De la mano

Cuantos sentimientos pueden surgir de unas manos, cuántas palabras pueden decir y cuantas emociones pueden provocar… y correr no está ajeno a ellas, a esas manos calladas que pueden hacernos cómplices y compañeros de otras manos, que como las nuestras, sienten este deporte de la misma manera. Anímate y deja un comentario donde las manos tengan algo que decir y si te ha parecido interesante este post, compártelo. Muchas gracias.

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