De necesidades y placeres

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Los seres humanos, como animales que somos, racionales sí, pero animales al fin y al cabo, tenemos nuestras necesidades, esas más elementales, iguales como las de cualquier animal que forma parte de la extensa fauna que habita sobre la capa de este planeta que nos alberga, llamado Tierra.

Si nos preguntasen por alguna de las necesidades más primitivas, todos responderíamos sin dudar que éstas pueden ser: alimentarse y reproducirse, ¿verdad? Son los dos pilares básicos dentro del ciclo de la vida, tal y como recuerdo que nos enseñaban siendo niños en el colegio:

Los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y mueren

Lógicamente, en esa afirmación se entiende perfectamente que para crecer lo primero que deben hacer es alimentarse y en un segundo escalón, no menos importante, está lo de reproducirse y morir. También nos encontramos escrito, en una parte de la Biblia, aquel famoso pasaje que dice lo de:

Creced y multiplicaos

Dejando a un lado cuestiones de creencias y de fe, algo de lo que no pretendo hablar aquí, ni mucho menos, lo que coincide en ambos casos es esa “obligación” de crecer, para lo que no sólo basta con alimentarse, sino que también es fundamental el saber cuidarse, esto es, salvar el pellejo en situaciones de peligro, para poner el “culo a salvo” y poder llegar lo más tarde posible a eso de “morirse”.

Hace miles de años, cuando aún todos los humanos iban en taparrabos y emitían sonidos muy alejados de lo que cientos de años después se convertirían en el lenguaje, esas dos necesidades se conseguían básicamente gracias a un simple gesto: correr. Correr, para ir tras la presa que terminaría cazando y devorándose, como sustento de su alimentación y correr, para ponerse a salvo de peligros y otras bestias que viesen en ellos un plato apetecible de su menú del día. Por lo tanto, correr era el vehículo para conseguir la más básica de las necesidades: alimentarse.

Hoy en día, salvo en tribus de algunos rincones del planeta, que siguen viviendo de manera ancestral, correr ha dejado de ser el vehículo para llegar a conseguir esa necesidad y ha pasado a formar parte de uno de los múltiples placeres que forman parte de nuestro día a día. En este caso, en el de los placeres, a diferencia que ocurre con las necesidades, existe un amplio abanico de ellos y lo que para uno puede representar todo un placer, para otro puede resultar del todo insignificante.

Pero antes de seguir hablando de placeres, ¿qué se entiende por un placer? ¿Cómo lo definiríamos? Para mí es cuando una necesidad básica, estando cubierta, pasa a una segunda dimensión, donde nos produce una sensación de bienestar, de satisfacción, diversión o entretenimiento. Así, por ejemplo, la acción de comer, de alimentarnos, se eleva a placer cuando garantizada esta necesidad disfrutamos con ella… no creo que sea necesario descubrir ahora el amplio y apasionante mundo de la cocina, del conocido buen yantar, como muchos años atrás lo denominaban nuestros ilustrados más insignes del Siglo de Oro.

Otros placeres son todos aquellos relacionados con el mundo de las artes, como la literatura, la música, la pintura, el baile… en todos esos casos, originariamente eran maneras de expresar, de transmitir información, maneras de comunicación entre miembros de una misma comunidad. Pero la evolución y el paso del tiempo han permitido la materialización de esas necesidades en placeres, que podemos ver y disfrutar con la lectura de un libro, asistiendo a un concierto, al contemplar un cuadro o sencillamente presenciando la representación de un baile. Son placeres, sin más.

El hombre, a lo largo de la historia, ha ido satisfaciendo sus necesidades y paralelamente ha ido descubriendo, inventando, placeres con los que hacer más reconfortante su paso por la vida. Sin ir más lejos, la básica y imprescindible necesidad de la procreación se ha convertido en todo un disfrute carnal para él, o la necesidad por descubrir y conocer nuevos lugares ha hecho del viajar uno de sus mejores placeres, y así sucede con tantos y tantos placeres que nos acompañan en nuestro día a día.

Pero no buscaré más placeres y volviendo a fijarme en aquella lección que nos enseñaban en el colegio, la del “nacen, crecen… y mueren”, una de las premisas del ser humano, la de morir, es un miedo con el que ha vivido siempre y en el camino ha ido cultivando una creciente afición por la actividad deportiva como base de su salud, para disfrutar de esa manera de una óptima condición física. Y dentro de la variopinta actividad deportiva que existe hoy día, recupero la citada anteriormente, la de correr, cuyo sentido original se cayó por el camino.

¿Y por qué correr?, dentro del amplio abanico de deportes que existen, ¿por qué elegir correr?… pues tal vez porque es precisamente un deporte que nació como una las primeras necesidades de nuestros antepasados; tal vez porque puedes practicarlo allá donde vayas, sin limitación de horario o de lugar; tal vez porque mientras lo practicas puedes ser espectador de amaneceres o atardeceres increíbles, o contemplar los más bellos paisajes; tal vez porque sientes el efecto de la naturaleza sobre ti, sea en forma de viento, frío, calor, lluvia o nieve; tal vez porque te permite disfrutar de una soledad voluntaria, que puede llegar a convertirse en tu mejor aliada; tal vez porque ese superarse a sí mismo mejora tu autoestima; o tal vez por cualquier otra razón, que junto al resto ha convertido a este deporte en uno de los mayores placeres que puedes llegar a descubrir.

¿Exagerado?, tal vez, ¿acertado?, es posible; sí, puedo ser una o las dos cosas al mismo tiempo, pero por encima de todo tengo muy claro que debemos buscar todo aquello que represente un placer para nuestra vida y si ese placer se consigue corriendo, bienvenido sea. Cubramos primero nuestras necesidades y después atendamos a nuestros placeres y si entre ellos, está el correr, pues corramos, no dejemos de correr, porque recordad que esta vida

no corre, vuela.

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Necesidades… placeres

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