Desayunando diamantes

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Hace unos días me vino a la cabeza la imagen de la bella Audrey Hepburn en su inolvidable Desayuno con diamantes… no fue por ver una reposición de esta delicia del séptimo arte, no fue por encontrar imagen alguna de la magnética e incomparable belleza de una de las mujeres más hermosas que hayan existido, como tampoco fue por escuchar la célebre Moon River, tema principal de la banda sonora de tan magistral cinta, no, no fue por nada de eso. Tan solo desayunaba en la cocina de mi casa, de pie, solo, como tantas mañanas, a esa hora en la que el sol aún continúa dando vueltas en su lecho y al día aún le queda un buen rato para comenzar.

Tomaba una naranja, tan solo una naranja, que a continuación acompañé de un plátano y un par de cucharadas de miel, por aquello de cuidar mi garganta y protegerme para no caer como una víctima más de la temida gripe, que pululaba por nuestro alrededor esos días. Sí, sin razón aparente se mezcló todo el glamour y la magia de ese Desayuno con diamantes con la simpleza de mi frutal ingesta matutina. Fue entonces, mientras explotaba en mi boca el zumo de dos gajos de naranja, cuando los elevé a la categoría de diamantes y empecé a divagar si la razón oculta tras el título de esa película quizá fuese tan solo la recomendación de hacer de la primera comida del día la más importante de todas, por aquello de tener la energía suficiente para afrontar con garantías la jornada que nos espera por delante, o si en realidad tan solo respondía a una manera romántica con la que maquillar la transformación del amor en un deseo puramente material.

Estúpida cuestión la que se libraba en mi cabeza a esas tempranas horas del día y que a pesar de todo no me producía extrañeza alguna. Mis manos quitaron la moteada piel amarillenta del pequeño plátano que había elegido como parte de mi menú matutino y empujado por el recuerdo busqué en mi móvil esa Moon River, para escucharla a través de mis auriculares mientras completaba mi desayuno particular… con diamantes. Obra maestra, que dijera aquel… preciosa canción. Cerré los ojos y la saboreé, como quien degusta un exquisito manjar. Fue ahí cuando apareció la razón

Me vi en la calle, en medio de la noche, como un animal más de su oscuridad, corriendo mientras esa maravilla de banda sonora sonaba solo para mí…. la noche con su silencio, la música en mis oídos y kilómetros esperando para mis piernas.

Esos son mis verdaderos diamantes de cada día, los que suelo desayunar casi todas las mañanas, el alimento fundamental de mi dieta… kilómetros para mis piernas, para mi cuerpo, para mi mente. Pequeñas piedras preciosas sin ningún valor que para mí representan la manera de comenzar un nuevo día; la manera de entender mi particular filosofía de vida, hecha a través de los años y de cientos, miles de kilómetros. Son como pequeños diamantes que quedan en mi mano tras minutos de esfuerzo, de cansancio, de sudor y de pensamientos. Son la parte imaginaria de esa soledad a la que tantas veces me refiero y que tantas veces busco. Una soledad diferente a cualquier otra y solo comparable con esa otra soledad que me alimenta cada vez que me siento, como ahora, frente a un folio digital y me entretengo en dejar escrito sobre él parte de ellos, de mis pensamientos.

En esta ocasión bien podría haber recogido este post como uno más de esa descarada familia que un día, sin saber por qué, me sorprendió escribiendo sobre ella (Lo que pienso mientras corro), sin embargo mi nuevo parón me obliga a continuar andando mi camino, en vez de hacerlo corriendo y no puedo evitar echarlo de menos, como tampoco puedo evitar referirme a ello… lo sé y siento repetirme sobre algo ya escrito. En cualquier caso, forma parte de mí y esta semana mi argumento para escribir un jueves más se ha hecho tan pobre que he tenido que referirme a una burda metáfora donde mezclo diamantes, kilómetros y pensamientos. Quizá para vosotros, esos diamantes no tengan nada que ver con los míos, incluso puede que nunca hayan formado parte, ni formen parte, de vuestro desayuno.

Todos tenemos motivos con los que desayunar cada día, motivos tan valiosos o no como esos diamantes, capaces de poner con ellos la banda sonora a nuestra vida. Los míos son esos que recojo por el camino mientras corro, recordando, pensando, buscando explicaciones, persiguiendo respuestas, entre las que a veces me encuentro conmigo mismo. Por eso, tal vez solo por eso, cuando se interrumpe mi rutina me siento perdido, desordenado, falto de ese momento donde me escucho, me rebato, me corrijo, sin dejar de sudar, de sufrir y de cansarme. Esos son mis diamantes, los que suelo desayunar casi a diario, los que al llegar a casa guardo en el cajón de mi imaginación y los que sin darme cuenta se han hecho tan necesarios.

Tal vez sea un estúpido coleccionista de kilómetros, de pensamientos, de momentos… en definitiva un coleccionista, un fantasioso y charlatán coleccionista más que tan solo los guarda como si fuesen valiosos diamantes.

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¿Qué desayunamos hoy?

Y tú, ¿qué tomas para desayunar?, ¿cuáles son tus diamantes particulares? Más allá de desayunos, de películas y demás gaitas, ¿acaso ves también en los kilómetros que corres pequeñas piedras preciosas que guardas como parte de un tesoro? Anímate, deja tu punto de vista sobre qué te ha parecido este post y si crees que puede gustarle a alguien, compártelo. Muchas gracias.

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