Dos minutos, cincuenta y dos segundos… locos por imitar

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Que el tiempo se mide en segundos, minutos y horas, como unidades más pequeñas, no es nada nuevo. Sabemos que más allá de esas medidas, siguen otras de mayor magnitud en las que ya interviene la unidad del día, transformándose esa medición en semanas, meses, años y de ahí en adelante. En definitiva, medidas y más medidas, creadas por ese afán que, desde el inicio de los tiempos, siempre ha caracterizado al ser humano: el de encapsular el tiempo.

Siguiendo con esa cualidad, casi enfermiza, de medir y medir, nos gusta medirlo todo, absolutamente todo, no solo el tiempo. Medimos distancias, temperaturas, volúmenes, presiones, decibelios, humedades, voltajes, intensidades, resistencias, pH´s, durezas, etcétera. Y si puestos a medir somos capaces de unir dos variables, obtendremos otras tantas magnitudes cuyos valores dependerán de las primeras. Así, si medimos, por ejemplo, distancia frente a tiempo, obtendremos velocidades; si lo que medimos es velocidades frente a tiempo, estaremos refiriéndonos a aceleraciones… vale, ¡¡YA, STOP!! Se acabó de hablar de magnitudes y variables, porque de lo contrario vais a pensar que estamos en una clase de iniciación a la física, y no es esa mi intención.

Retomando el título de esta semana, todos o casi todos sabréis a lo que me refiero con él ¿verdad? Sí, las palabras que sirven de enunciado recogen un tiempo, exactamente el tiempo medio empleado en correr una distancia, concretamente de mil metros. Una distancia de mil metros de un total de cuarenta y dos mil ciento noventa y cinco metros, por cierto. Exacto, es la velocidad media a la que corrió el keniano Eliud Kipchoge el domingo, dieciséis de septiembre, durante la celebración del Maratón de Berlín y que le valió para batir el récord del mundo de esta distancia, marcando un registro final de 2h01’39’’.

El lograr ese tiempo en correr un maratón es una auténtica locura, hasta ahí estamos de acuerdo, pero decidme:

¿Por qué extraño motivo estamos presenciando en las redes sociales los intentos y propuestas de tanta gente empeñada en correr a esa estratosférica velocidad, durante un kilómetro o al menos durante un minuto? ¿Qué pretendemos comprobar o demostrar al intentar igualar en una cuadragésima segunda parte lo que el bueno de Kipchoge hizo durante todo el maratón?

Sinceramente, creo que no son necesarios esos intentos o esas demostraciones gratuitas realizadas con el afán de sentir durante unos instantes qué pasa por nuestro cuerpo cuando corremos a esa inconcebible velocidad, como tampoco es preciso hacerlo para comprobar y/o demostrar lo inalcanzable que es, para cualquier mortal, lo que Eliud consiguió a ojos de todo el mundo en la capital bávara. Es una pregunta a la que, por más vueltas que le doy, no consigo responderme de manera razonable y es que para cualquiera que esté familiarizado con este deporte sabrá lo que representa esa hazaña.

Quizá por eso, me pregunto si los corredores o los runners (permitidme que en este caso utilice ese término, que ya apenas uso) somos tan frikis como la gente nos ve, si detrás de nuestros extraños comportamientos

De esa particular manera de vestirnos de corto, del desaforado afán por las carreras, de la empatía por todo aquel que lleve un pulsómetro en su muñeca, de esa querencia a la sección runnera de unos grandes almacenes, del entusiasmo por convertir a cualquier amigo o conocido en uno de los nuestros, de la enfermiza costumbre por contar cuánto corremos…

Si detrás de todo eso y más, sí, a ver si también va a resultar ahora que también somos tan flipaos como para creer que podemos, aunque sea por unos segundos, correr como el récordman de la distancia reina.

Porque, a ver, corregidme si estoy en un error, pero yo no recuerdo haber visto a ningún nadador intentando hacer cien metros emulando a Michael Phelps, de la misma manera que tampoco he visto a ningún aficionado al tenis partirse el brazo empeñado en sacar con la potencia de Roger Federer o tirarse cinco horas pasando pelotas por encima de la red, como si de un Rafa Nadal cualquiera se tratase… ¿o lo mismo sí?

Quizá esté completamente equivocado y ese afán por imitar a nuestros ídolos, a nuestros referentes, no sea una manía exclusiva de nuestra tribu deportiva y simplemente responda a una especie de necesidad del ser humano. La necesidad de imitar, de comparar, de tener en nuestros referentes o nuestros ídolos un espejo en el que mirarnos, con los que identificarnos y sentir la importancia de conectar con esos campeones a los que intentamos parecernos, aunque tan solo sea en nuestra imaginación.

Y es precisamente ese intento por emular, ese querer sentir o realizar lo mismo que nuestros ídolos son capaces de hacer, lo que nos permite darnos cuenta de algo muy sencillo:

la dificultad y su grandeza.

Nada como hablar el mismo idioma para comprender, para entender y para saber con certeza, la valía y la magnitud de aquellos a quienes todo el mundo denominan como números uno. Portentos físicos, con mayor o menor talento innato, pero con algo en común: su capacidad de trabajo, de mucho, mucho trabajo. Son ganadores, cuyas ganas de ganar lo hace ser aún más grandes.

Por todo ello, me quedo con una lectura de toda esta palabrería y no es otra que la importancia por nuestro trabajo, nuestra constancia, nuestro tesón… en definitiva, nuestras ganas. Podremos imitar y quizá hasta ponernos durante unos segundos a la altura de nuestros ídolos, pero no debemos perder de vista que lo verdaderamente importante está en nuestra actitud, en nuestro deseo por continuar haciendo aquello que nos gusta e intentar, en la medida de lo posible y siempre con cordura, llegar un poquito más lejos. Por eso si en vez de alcanzar esos dos minutos, cincuenta y dos segundos, tan solo somos capaces de llegar a acariciar los cuatro minutos, no importará, porque…

lo importante estará en nuestro esfuerzo.

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Locos por imitar

¿Tú también eres de los que has intentado correr por debajo de tres minutos el kilómetro?, si es así, como si no lo es, anímate y deja tu punto de vista sobre este post y si te ha gustado, compártelo. Muchas gracias.

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