El abuelo

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Las palabras de su abuelo resonaban en su cabeza, como tantas veces y en el recuerdo se volvía a vestir con un mallot granate, un raquítico tutú y unas zapatillas de tela en color rosa. Un moño recogiendo todo el pelo y su cara de enfado por no querer ir a hacer algo que detestaba…

– ¿Pero es que no veis que a la criatura no le gusta ir a danza?, dejadla ya tranquila – preguntó de modo afirmativo su abuelo.

– Ginés, tú cállate, a ver qué tienes que decir. Hablas poco, hijo, pero cuando lo haces sube el pan. Si su madre dice que tiene que ir, va y punto – le recriminó su abuela en tono despectivo.

– Su madre puede querer lo que sea, pero ¿es que no tenéis ojos en la cara? Vaya ganas de meterle algo a la fuerza a la pobre. No le gusta y va con mala cara, dejadla que se ponga los deportivos y se vaya a correr por ahí con los chicos; eso sí que le gusta – concluyó su abuelo, al tiempo que dio media vuelta y se marchó por el pasillo, camino de las habitaciones.

– Tu padre es un boceras, nunca se mete en nada y tiene que venir ahora con éstas… – refunfuñó la abuela.

– Mamá, tal vez lleve razón. Lleva cuatro meses y cada vez va con menos ganas… mírala, parece que la llevo a la horca. Anda hija, haz lo que quieras. ¿Quieres irte a correr con los chicos y parecer una marimacho?, pues corre, vete, yo no voy a pelearme más. Al menos mi conciencia la tendré muy tranquila. Corre, corre, gira… – le soltó su madre con desgana y con un tono malhumorado que denotaba una mezcla de enfado e impotencia.

En ese instante su abuelo volvió a aparecer por el salón, sosteniendo en las manos sus zapatillas deportivas de color blanco, con rayas fucsias. Se acercó hasta ella, con su brazo extendido y le dijo:

– Toma, cariño, póntelas.

Laura se quedó parada con aquel par de zapatillas entre sus manos, mirando a su madre, a su abuela y a su abuelo. Aquel hombre, de pocas palabras, pelo canoso y mirada serena, le acaba de hacer una demostración de afecto que quedó grabada en su memoria para siempre. Cambió las zapatillas de tela por los deportivos en apenas unos segundos y con su pelo recogido y aquel tutú que parecía cansado de hacer fouettés, se abrazó a su abuelo, en señal de agradecimiento. Fue un abrazo fuerte, de apenas cinco segundos en ese instante, pero eterno en la memoria, y sin mediar palabra entre ambos lo miró y salió corriendo a la calle, sin importarle lo más mínimo lo ridícula o cómica que podía resultar verla correr con aquel delgado cuerpo vestido de bailarina.

Para su abuelo era una gacela, un saco de huesos, una liebre de campo o simplemente, una Pataslargas; todos calificativos cariñosos que a ella le provocaban una sonrisa de oreja a oreja y a él la satisfacción de ver a la niña hacer algo con lo que disfrutaba, algo que llenaba su rostro de felicidad y que a él lo contagiaba y lo hacía sentir vivo.

Lo que comenzó siendo “salir a correr con los chicos” se fue convirtiendo poco a poco en un deporte: primero en el colegio, donde arrancaba el rubor de los compañeros a los que vencía en las pruebas de velocidad de las clases de gimnasia, y después en la vieja pista de atletismo que rodeaba al campo de fútbol, donde comenzó a llamar la atención por su espigada figura y su inconfundible moño, recogiendo siempre su rizada melena.

Siempre con sus manos apoyadas en el vallado del colegio o sentado, en las escalinatas de hormigón del pequeño graderío, allí estaba la atenta y callada mirada de su abuelo. Daba igual que hiciera frío o calor, sin un reloj que marcase la hora y con la única satisfacción de verla correr, convenciéndose cada día más de algo que supo ver antes que nadie.

– Mírame a los ojos… cuando corras olvídate de todo, piensa que eres una hoja que lleva el viento y haz que tus piernas se muevan todo lo rápido que puedas, casi como si fueses a despegar del suelo.

Abuelo, ¿tú no has corrido nunca?

– No, nunca, pero es que yo no tuve unas piernas como las tuyas, mira ¿tú crees que estas “patas” habrían valido para correr? – decía riéndose, mientras remangaba la pata de su pantalón – pocos tienen unas piernas como las tuyas y eso no se puede desaprovechar, Pataslargas. Ven, dame un abrazo.

Laura abrazó a su abuelo con todas sus fuerzas, tanto que sintió que perdía la respiración durante unos instantes; luego lo miró, se miraron, y con una amplia sonrisa le dio un beso que hizo saltar las lágrimas de aquel viejo de pocas palabras.

– Venga, corre, que van a empezar a entrenar.

– Hasta ahora, abuelo. Te quiero.

Cuarenta minutos más tarde, un infarto fulminante y casi tan veloz como sus piernas, que en ese instante hacían una serie de cuatrocientos metros con un ritmo endiablado, partió en dos el corazón de su abuelo, dejando el suyo con una cicatriz imborrable. Sentado sobre la escalinata dijo adiós a este mundo, llevándose como última imagen la de aquellas piernas volando sobre el descolorido y desconchado tartán.

Los años pasaron y la vida, a veces caprichosa, a veces generosa, a veces ingrata, pero siempre vida, dejaron aparcadas las zapatillas, la pista de atletismo y aquellas piernas se calzaron un par de zapatos de tacón, a conjunto con un traje de confección en serie, con el que comenzó a ganarse la vida como vendedora en unos grandes almacenes, de diez de la mañana a diez de la noche. En casa una boca que alimentar y los continuos reproches maternos, por no haber sabido poner medios y haber evitado un embarazo con poco más de veinte años.

Decidida, valiente y segura de sí misma, tropezó en repetidas ocasiones, pero fue buscando y encontrando el camino que le hacía sentir a gusto. Los grandes almacenes dieron paso a otras tiendas más pequeñas, pero a sueldos y responsabilidades mayores. Una modesta casa alquilada y la libertad de vivir bajo un techo en el que no ya tenía que abrir ese paraguas que le había protegido, durante años, de la fina y constante lluvia que ahogaba su ánimo… el tiempo pasaba.

La boca que alimentar pasó a ser una boca a la que escuchar, intentando educar y enseñar todo aquello que ella había aprendido: lo bueno, para imitar y lo malo, para conocer y descartar. El ecuador de la treintena le dejó la herencia de su madre, con la que pudo poner su propia boutique y firmar una hipoteca a quince años. Una vivienda con dos habitaciones en un edificio de reciente construcción en la zona nueva de la ciudad, rodeada de zonas verdes e instalaciones deportivas.

Misma melena rizada, mismos ojos y unas piernas que parecían idénticas a las suyas. ¿Por qué no?, tal vez tuviera sus mismas cualidades y aquella ilusión guardada, arrinconada durante años en el altillo de su corazón, le hizo comprar dos pares de zapatillas: unas de danza, las otras de running. La docena de años de Andrea era un buen momento para poner ante ella esos dos caminos y las velas en su tarta de cumpleaños fueron el prólogo a su deseo callado.

Puffff… feliz cumpleaños, cariño.

El público llenaba las gradas, la temperatura apenas sobrepasaba los veinte grados y por megafonía anunciaban la inminente carrera de los 1.500 m en categoría femenina. Al borde de pista, los entrenadores daban los últimos consejos a las atletas y desde la escalinata de tribuna, Laura, con los brazos cruzados, miraba intentando no dejar nada fuera del alcance de su retina.

Con pantalón y camiseta roja, dorsal 115 y un moño recogiendo toda su “mata de pelo”, dando saltos e intentando templar sus piernas, estaba Andrea. Concentrada, con semblante serio y la mirada puesta en la pista. La prueba estaba a punto de comenzar y aquellos instantes parecieron detener el tiempo

– Pataslargas, no dejes de correr, mueve las piernas como tú sabes – la voz de su abuelo resonaba en su cabeza, silenciando el griterío de una muchedumbre que de repente desapareció de su alrededor. Se vio en la vieja pista del barrio, con un calor sofocante y la figura de aquel hombre que con sus pocas y acertadas palabras le demostraron un cariño y un afecto que se enraizaron en su corazón. Un cariño y un afecto que había intentado transmitir a esa joven atleta, sangre de su sangre, que estaba a punto de poner su corazón a muchas pulsaciones por minuto.

– Gracias, abuelo, gracias por darme tu cariño y esa seguridad que nadie fue capaz de concederme – dijo mentalmente, intentando no perder la visión al humedecerse su grandes ojos marrones con recuerdos, que no con lágrimas – Ves, de nuevo en una pista de atletismo, pero esta vez no corro yo… esta vez miro y pongo mis sueños en otra Pataslargas, como tú lo hiciste entonces conmigo. Te quiero.

El pistoletazo de salida la devolvió a la realidad y los ánimos de la gente comenzaron a crecer conforme se iba completando la distancia. El sonido de la campana marcando la última vuelta, los cuatrocientos metros finales, hicieron levantar al público de sus asientos, mientras ella permaneció sentada, sin moverse, con la mirada puesta en su hija, que aparecía y desaparecía a su vista, entre las personas que aplaudían y animaban… no pudo contenerse por más tiempo: se levantó.

Y ahí estaba, vio como en los últimos cien metros aquellas piernas volaron, como se despegaron del tartán, tal y como su abuelo le dijo a ella. Andrea levantó los brazos, alzó la vista al cielo y agradeció las palabras de aquel viejo que su madre también había hecho suyas. , había ganado.

Se volvió a sentar, mientras en la pista las atletas se abrazaban y felicitaban deportivamente. Tal vez fuera la primera de muchas victorias o tal vez no llegara a ganar ninguna prueba más, quién lo sabía. Ni ella, ni nadie, sabía que le tendría preparado la vida a aquella joven, que sonriente buscaba a su madre entre la gente, para lanzarle un beso… pero no importaban, porque fuera lo que la vida le deparase, iba a estar a su lado, haciendo lo mismo que su abuelo hizo con ella siendo una niña y que fue la mejor lección que nadie le había dado:

Apoyarla, animarla y creer en ella

…]

Las palabras de su abuelo resonaban en su cabeza, como tantas veces y en el recuerdo se veía vestida con un mallot granate, un raquítico tutú y unas zapatillas de tela en color rosa. Un moño recogiendo todo el pelo y su cara de enfado por no querer ir a hacer algo que detestaba…

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El abuelo

Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

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2 comentarios a El abuelo

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Un relato muy emotivo , tengo que admitir que casi me salen las lagrimas al imaginarme ciertos momentos de dicho relato.
    Bueno de eso se trata no?? De emocionarse leyendo algo tan lindo y bonito como este post.
    Gracias por tus palabras y que sepas que me ha encantado.
    Muxus y abrazos .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cristina! Como siempre, es un honor “tenerte” por aquí, muchas gracias por tus palabras y me alegra mucho que te haya gustado este relato.

      Un fuerte abrazo, besos.

      Paco.-

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