El avituallamiento

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Era domingo, invierno y lo sabía, concretamente el primer domingo de febrero; sabía que era el día 4 concretamente y también sabía que la previsión meteorológica para toda la jornada iba a ser de un tiempo soleado, con temperaturas que oscilarían entre los -2 y los 10 grados centígrados. Era una parte de él, ese querer saber exactamente la hora y el día en el que se encontraba y el tiempo que haría, de ahí que todo el personal lo llamara cariñosamente Marcos El Suizo, por aquello de la fama de precisión que acompaña a los relojes de ese país alpino.

Antes de que sonase la alarma de su reloj ya estaba despierto. Se levantó sigiloso, evitando hacer cualquier ruido, pese a tener una habitación solo para él. Durante toda su vida había madrugado mientras en casa todos dormían y eso lo había hecho ser considerado, silencioso y de manera innata comenzaba cada día casi de puntillas. Entró en el baño, se lavó los dientes antes de nada y a continuación orinó y entró en la ducha.

Cinco minutos de agua muy caliente recorriendo su cuerpo enrojeciendo su manchada piel y el nuevo gel de avena con crema hidratante le dejó un tacto que pareció maquillar durante unos minutos las arrugas que lo vestían. Se miró en el espejo y aunque sabía a quién vería volvió a ver en aquellos ojos el brillo de aquellas mañanas de antaño. Respiró profundamente y su rostro dibujó una leve sonrisa, de complacencia, de experiencia, de resignación y al mismo tiempo de ilusión.

Salió del baño y sin perder tiempo se puso la ropa que cuidadosamente había dejado preparada la noche anterior, sobre la cómoda que había bajo la ventana. Se vistió sin perder un segundo y una vez que tuvo atadas sus zapatillas colocó el cronómetro en su muñeca derecha y permaneció uno segundos mirando por la ventana. La calle estaba desierta de vehículos y tan solo vio el deambular de un par de transeúntes paseando a sus canes. Se acercó un poco más al cristal y miró hacia la derecha, para comprobar que ya estaba instalado el puesto de avituallamiento.

– Está todo preparado –pensó. Cogió sus guantes, su braga para proteger su garganta, su gorra de las grandes ocasiones y el cortavientos. Apagó la luz de la mesilla y salió de la habitación, dirigiéndose con paso lento, pero decidido, hacia el comedor.

A diferencia de las otras mañanas, advirtió que tomaría un desayuno más completo, más consistente…

– Mañana tengo carrera, Doña Laura –le dijo a la directora, durante la visita que esta les hacía a los residentes en la comida de los sábados –Por lo que le agradecería que lo avisase a los chicos de cocina para que me dejen preparado el desayuno de las grandes citas –concluyó con una amplia sonrisa.

– Claro que sí, Marcos, ya lo tenía en cuenta, todos en el Centro lo sabemos, así que puede estar tranquilo. Además, también saben que mañana hay que abrir el comedor una hora antes del horario habitual, para tenerlo todo preparado a tiempo… pero siéntese, hombre de Dios, que está usted a medio comer y no me diga más Doña Laura, que me hace parecer mayor de lo que soy –le contestó la directora, de modo amable, mientras pasaba su brazo por los hombros del anciano y lo invitaba a sentarse de nuevo en su silla.

Así, aquella mañana, cambió su habitual desayuno de magdalenas mojadas en un vaso de leche con cacao por dos tostadas con mantequilla sin sal, un zumo de piña, un tazón de cereales, un puñado de frutos secos y un plátano. Era fundamental preparar el cuerpo para el desgaste que le esperaba y como buen corredor sabía cómo debía alimentarse para evitar un desfallecimiento o que la falta de energía le obligase a tener que bajar el ritmo de carrera previsto.

Estaba solo en todo el salón, miró la hora –Las ocho ya… en media hora dan el pistoletazo de salida –dijo en voz baja. Metió en su boca el último trozo de pan tostado y sin perder tiempo se apresuró con el resto de su desayuno, para evitar que se le hiciese tarde.

Los nervios le revoloteaban en el estómago y de nada servía la experiencia de más de cuatro décadas corriendo en aquellos momentos que precedían a los de una nueva cita, a los de un nuevo maratón. A sus 73 años eran innumerables las carreras en las que había participado, ya que jamás llevó la cuenta de todas las veces en las que tomó una salida. Algo que a nadie supo explicar, teniendo en cuenta lo meticuloso que era con todo aquello que hacía.

Apuró el desayuno, recogió los platos y los cubiertos y lo dejó todo sobre el mostrador donde servían las comidas. Carmen, la cocinera, se asomó por la puerta del obrador…

Marcos, ¿ya ha desayunado? Virgen Santa, qué hombre más silencioso es usted… como mi difunto Patricio, que jamás tuvo una pizca de delicadeza: labraba en vez de hablar, los portazos eran su manera de decir que había entrado o salido de casa, no cogía una silla, las arrastraba y nunca quitó un plato de la mesa; Dios lo tenga en su Gloria, que yo ya alcancé la mía el día que se lo llevó –disparó la cocinera, como si fuese una metralleta.

– Qué ocurrencias tiene usted, Carmen, es un torbellino… debía tener loco a su Patricio –dijo Marcos, con su habitual sonrisa –ande, no me entretenga con sus historias que se me va a hacer tarde –continuó diciendo.

– Eso, corra, corra, no se le vaya a escapar el tren, que no quiero yo que la Carmen sea la culpable. Luego saldré a verle, pero abríguese bien que hace un aire más frío que la nieve… ¡ay, la nieve!, me acuerdo cuando a mi Patricio le calló una nevada viniendo de Granada que lo dejó incomunicado durante tres horas. Al lumbreras no se le ocurrió nada mejor que salirse del camión y andar para ver qué pasaba y casi se queda allí congelado. Desde aquel día, el dedo gordo del pie derecho se le ponía blanco en cuanto llegaba el otoño y hasta la primavera no recuperaba su color –le contó de un tirón al viejo, que la dejó a medio hablar, porque si no sabía que no se iría de allí en toda la mañana.

Eran las ocho y media, la hora de la salida. Aceleró el paso hasta la recepción y antes de abrir la puerta se colocó las prendas de abrigo para protegerse del frío. Lo último en ponerse fue su gorra y antes de abrir la puerta se giró sobre sí mismo al escuchar la voz de Ginés

– Mucha suerte, Don Carlos. Disfrute la carrera y que vaya todo bien. Y abríguese porque hasta que el sol no empiece a calentar va a costar mantener el tipo –le dijo el conserje, tras abrir la ventana de su garita.

– Muchas gracias, amigo; sí, voy preparado, pero en cuanto empiece a calentar, no habrá frío que pueda conmigo. Anímate y sal un rato, te espero fuera –le contestó Marcos, con un guiño de ojos y, abriendo la puerta, salió al exterior.

Hacía frío y el aire, sin llegar a ser molesto, parecía que cortaba la cara. Comenzó a caminar con paso firme y miró nuevamente su reloj. Ya debían estar corriendo y no quería llegar tarde, aunque sabía que iba con tiempo de sobra. Sus pasos se volvieron zancadas, pequeñas, casi inapreciables, pero zancadas. Lo notaban sus piernas, su cuerpo y su mente. Unos quinientos metros después llegó al puesto de avituallamiento.

– Buenos días, ¿puedo echaros un mano? –preguntó nada más llegar.

Fabián, el responsable de ese puesto de avituallamiento se acercó hasta a él para atenderlo, puesto que no había oído sus palabras.

– Buenos días, dígame, ¿qué desea? –le preguntó amablemente.

– Hola, venía para echar una mano, si no os importa. Cuando empiecen a pasar los corredores toda ayuda es poca y hay que estar atentos para darles los líquidos –contestó con voz pausada.

– Tenemos muchos voluntarios, pero claro que sí, una mano más nos vendrá de perlas. Puede ponerse de los últimos, si le parece bien; al principio hay más aglomeración y todos quieren coger el agua al mismo tiempo. Al final del puesto ya no están esas prisas y se entrega con más comodidad. ¿Qué opina?… por cierto, me llamo Fabián –terminó diciendo y extendió su brazo para darle la mano.

– Me parece perfecto, no está uno para aglomeraciones y me sentiré más cómodo entregando este agua a los últimos de cada pelotón que vaya pasando. Mi nombre es Marcos –y estrechó la mano del voluntario.

– Lo mismo me equivoco, pero tiene usted pinta de ser un corredor con muchos kilómetros en sus piernas –le dijo el joven.

– Bueno, algunos llevan, no te equivocas, aunque ahora sean más bien un recuerdo –le confirmó Marcos.

– Recuerdo o no, está usted en plena forma, así que es un placer que quiera estar con nosotros. Aún falta para que empiecen a pasar, así que si quiere usted un café caliente o alguna otra cosa no tiene nada más que pedirlo, ¿de acuerdo? –le ofreció generosamente el chico.

– Muchas gracias, así lo haré. Lo único que me puede calentar es mover un poco estas oxidadas piernas, porque ya vengo desayunado, así que lo mismo troto un poquito por aquí detrás de vez cuando, hasta que no empiece a subir la temperatura y siempre que no moleste, claro –dijo el anciano.

– Por supuesto que sí puede y molestia, ninguna, al contrario, es un lujo tener un corredor de solera entre toda esta juventud inexperta –le contestó amablemente.

Era el puesto de avituallamiento del kilómetro 35, por lo que los primeros corredores tardaron en pasar por allí algo más de una hora y media. Mientras tanto, Marcos estuvo en su lugar designado, con un par de botellines en su mano. De vez en cuando trotaba un poquito, miraba el reloj y volvía a su punto de espera. Así hasta que la sirena de la policía anunció que se acercaba el inicio de la cabeza de carrera.

Los primeros corredores tenían su avituallamiento específico y los que le seguían tomaban el agua que le ofrecían los primeros voluntarios, por lo que el viejo alargaba sus brazos para ofrecer un agua que ninguno cogía, hasta que llegó el grueso de la prueba y los corredores se amontonaban por decenas. En ese momento empezaron a llegarle atletas ávidos del líquido elemento y él, entusiasmado, los avituallaba y animaba.

– Vamos, campeón, que no queda nada… lo tienes hecho… las piernas y la cabeza unidas… sigue, que vas fenomenal… eres un ejemplo… enhorabuena, maratoniana… bebe, regula y continúa… ánimo que la meta está a un paso –eran algunas de las expresiones con las que acompañaba ese botellín que entregaba, junto a una sonrisa que contagiaba.

La mañana fue transcurriendo y de nuevo el paso de corredores se hizo más lento; era el turno de los más rezagados y de nuevo volvió a quedarse con sus brazos estirado, esperando unas manos que le correspondiesen. Entre esos corredores estaban los menos capacitados físicamente y aquellos cuya edad era muy superior a la media, pero aun así tenían la fuerza, el coraje y la suerte de continuar enfrentándose a la prueba reina.

Él, pese a sentirse en plenitud de facultades, hacía un año que había tenido que rendirse a una artrosis crónica y bastante tenía con salir a trotar alrededor de veinte minutos cada mañana, por lo que la posibilidad de participar en esa prueba que amaba con toda su alma era ya una realidad completamente descartada. Sin embargo, eso no le impidió que volviera a vivirla como cada año y allí estaba, ilusionado como un corredor más, tan solo para sentirse cerca de su querido amigo: el maratón, y ofrecer a los valientes que se atrevían a medirse a él, un trago de agua y todo su ánimo.

Una chica de mediana edad, con evidente sobrepeso, era la que completaba el desfile de corredores. A su paso todos se volcaron en palabras de aliento, intentando darle así un último empujón que la llevase hasta la ansiada línea de meta. La obligatoria ambulancia cerraba la comitiva y marcaba el momento de desmontar el puesto de avituallamiento. Marcos recibió el agradecimiento de todos los voluntarios que, cariñosos, lo invitaron para que les acompañase en la edición del año siguiente.

– Aquí estaré, guardadme un sitio, chicos –se despidió de manera escueta, el viejo.

Tras la despedida, se recolocó la gorra, volvió a activar su cronómetro y comenzó a trotar suavemente de vuelta a la residencia, para descorrer los quinientos metros que le separaban de ella. Viudo desde dos años atrás, hacía ocho meses que había tomado la decisión de elegir esa residencia como su hogar hasta el final de sus días. La soledad siempre le había gustado, pero entendía que necesitaba unos cuidados que él solo era imposible atender, por lo que, desoyendo a sus hijos, ingresó en aquel lujoso centro, gracias a una pensión que le permitía una independencia económica y por extensión, una libertad de decisión.

Cuando llegó a la fachada del centro paró su cronómetro y, como siempre, repasó los datos de su reloj. Había acumulado algo más de cinco kilómetros con los pequeños intervalos de carrera que había ido haciendo y sus piernas se habían movido durante algo más treinta y cinco minutos. Se sintió muy animado, casi emocionado y antes de abrir la puerta de acceso se quitó la gorra que cubría su escasa cabellera cana.

Al entrar al edificio comenzó a sonar por megafonía, a todo volumen, el Highway to hell de los AC/DC y se encontró, justo frente a él, con un pasillo encabezado por Carmen, Ginés y el resto del personal, junto a parte de los compañeros de la residencia. Ese pasillo, de algo más de veinte metros, continuaba por el amplio recibidor y terminaba en el salón de actos, donde antes de llegar a él se levantaba un arco hecho de globos de colores con la palabra META escrita en lo más alto.

Tras ese arco de llegada pudo ver a sus hijos, sus nietos, algunos de los amigos que conservaba de toda la vida y a Laura, la directora del centro, que había sido la cómplice perfecta para rendir ese pequeño homenaje a aquel hombre que llevaba en su corazón y en su mente la pasión por correr, la pasión de un deporte al que amaría hasta el último de sus días.

Marcos, con las manos temblorosas asiendo su gorra y sus pupilas cubiertas de lágrimas, sintió como se erizaron, uno a uno, todos los poros de su cuerpo con los acordes de aquella canción que le había acompañado en la salida de tantas y tantas carreras. Todos le aplaudían, todos le vitoreaban y lo empujaban hacia la meta. Se colocó su gorra, le dio al play de su cronómetro y dio las pocas zancadas que le separaban de aquella llegada. Corría…

Al cruzarla recibió el abrazo de todos los que le esperaban y una vez más, ahora sí, volvió a sentirse de nuevo, por unos instantes, maratoniano.

*   *   *   *   *

Cuando una pasión anida en nuestro corazón no hay nada que pueda sacarla de él y aunque a veces no seamos capaces de disfrutarla como quisiéramos, siempre hay otras maneras para volver a disfrutar de ella. Marcos era un corredor, un rockero con alma de maratoniano y aunque apenas pudiera correr no dejaría de serlo hasta el final de sus días.

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El avituallamiento

Un avituallamiento puede ser el lugar perfecto para sentirse un corredor… si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

 

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