El columpio

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Eran poco más de las tres de la madrugada y el aire mecía el columpio del jardín que había justo al lado de casa. Desvelado, miraba tras el cristal de la ventana del dormitorio, sentado en el borde de la cama, mientras escuchaba el programa de radio que tan familiar le resultaba, ya que no le era extraño interrumpir su sueño en más de una ocasión, durante la noche.

Continuada mirando aquel columpio, al tiempo que escuchaba el lamento amargo de una mujer, que aireaba en antena la infidelidad confesa de su marido, al cual había perdonado por tener la valentía de confesarle algo que ella lleva años sospechando. Después siguió la nada original historia de un adolescente que pedía consejo para ser capaz de superar su timidez y cómo debía hacer para declararse a la compañera de clase que se sentaba tras él.

El aire se hacía más intenso, casi de tormenta y el columpio se movía de manera descompasada, dando pequeños bandazos de derecha a izquierda, como queriendo soltarse de la condena que lo ataba de manera perenne a aquel travesaño de hierro. Él seguía mirando el extraño baile de aquel columpio y a su mente asomaron recuerdos de muchos años atrás, recuerdos que últimamente se repetían de manera muy continua.

Jubilado desde hacía muchos años, siempre había mantenido una calidad de vida envidiable. A sus 78 años no perdonaba un día sin hacer sus ejercicios: tres días de piscina y dos días de carrera. Lógicamente, la intensidad y la duración de sus entrenamientos distaban mucho de parecerse a los de antaño, pero aún así era capaz de estar algo más de treinta minutos nadando o recorrer cerca de ocho kilómetros cada vez que se ponía sus zapatillas.

Padre de tres varones, éstos habían encontrado su vida lejos de la tierra que los viera nacer y Bruselas, Frankfurt y Viena eran las ciudades que había conocido gracias a las visitas que les solía a hacer durante los meses de verano. Padres de nuevas familias, habían encontrado el futuro lejos de allí y sus raíces estaban tan profundas que tenía muy claro que aquella soledad sería su única amiga que estaría a su lado el día que pereciera.

Las señales horarias anunciaron que eran las cuatro de la mañana y un nuevo boletín de noticias le acercaba una actualidad, mientras sus ojos no podían apartarse de aquel columpio. El viento bajaba y subía en intensidad, como sus recuerdos, que iban y venían, entraban y salían… dirigió su mirada sobre la mesilla y se quedó contemplando la foto de Paloma, de “su” Paloma, como a él siempre le gustó llamarla.

Viudo desde hacía algo más de nueve años, superó mucho mejor de lo que hubiera imaginado la muerte de su fiel compañera, su confidente, su amante, la madre de sus hijos y siempre, siempre su amiga y esposa. Un infarto quiso apartarla de su lado una noche, mientras ambos dormían y al despertar, como si lo hubieran dejado sobre la mesilla, recogió el amargo cambio de su estado civil.

Nunca quiso rehacer su vida, no por rechazo a tener otra mujer a su lado, sino porque sentía que su vida ya no necesitaba a nadie con la que compartirla. No quería una extraña de la que no supiera en qué estaría pensando cuando callase, no le seducía la idea de acariciar una piel que él no había visto envejecer, ni que lo miraran unos ojos que jamás serían capaces de ver algunas de las imágenes que guardaba en su retina, en definitiva, quería estar solo.

El boletín informativo terminó con la previsión meteorológica, que anunciaba la llegada de un fuerte temporal, a cuyo paso dejaría lluvias torrenciales en la zona. Tras él continuó el programa que estaba oyendo, pero no escuchando. Su mirada seguía clavada en aquel juego infantil e intentaba recordar si alguna vez había llegado a saber balancearse por sí solo, ya que siempre habían tenido que ayudarle para darle impulso, un impulso que acaba perdiendo.

Fue precisamente un impulso el que lo hizo ponerse en pie, por su cabeza acaba de pasar una idea y no estaba dispuesto a dejarla escapar. Se fue hasta la cómoda, cogió una camiseta, un pantalón de chándal y una sudadera. Del cajón de su mesilla sacó un par de calcetines y por último fue al armario del pasillo, del que cogió sus zapatillas de salir a correr. Se vistió tan rápido como su anciano cuerpo le permitió, aunque de haber sido por sus ganas habría salido en un santiamén.

Un inmigrante denunciaba en las ondas cómo había sido injustamente despedido, así como los malos tratos a los que había estado sometido durante el tiempo que había permanecido trabajando en una cafetería, teniendo que soportar los insultos y las vejaciones de un “patrono” xenófobo y agresivo. De nada le habían servido los tres años sometido a la tiranía del dueño, que le pegó la patada por una joven inexperta de apenas dieciocho años, pero cuyos encantos parecían ir más allá del servicio de la barra.

Se echó las llaves al bolsillo y cerró la puerta de la calle, dejando tras de sí el largo pasillo de casa, con un silencio roto por el continuo murmullo del programa de radio y una oscuridad que quedó salpicada por el resplandor que se colaba a través del cuarto de baño, cuya luz dejó encendida por descuido, cuando había entrado a orinar y echarse un poco de agua en la cara.

Nada más salir a la calle sintió más frío del que realmente hacía y es que el aire provocaba que la temperatura pareciese inferior a la que realmente había. No obstante el frío tampoco era excesivo, acaba de comenzar el mes de octubre y aún quedaba bastante tiempo para que llegara el frío de verdad. Comenzó a caminar por la acera y en apenas un par de minutos trotaba sobre el asfalto, con un ritmo continuo, lento y cansino, pero que a él no le parecía así.

Aquellos instantes, en los que dejaba volar su imaginación mientras hacía ejercicio, se habían convertido en la única terapia de los últimos años, en los que la compañía de esos recuerdos era el mejor rato del día. Caprichosa, la mente le hacía ejercitar su memoria, al mezclar recuerdos lejanos con otros más recientes, como queriendo que mantuviera en forma no sólo su lado físico, sino ese otro lado que no se aprecia a simple vista y que es capaz de arruinar la vida de una persona en sus últimos años, el lado psíquico.

Dio un par de vueltas alrededor de la manzana e impaciente, que no cansado, se paró junto al columpio que había estado mirando desde su ventana. El aire había cesado y el aumento de su temperatura corporal le hizo sentir acalorado, mucho más de lo que realmente estaba. Se acercó hasta el inerte juguete que yacía quieto, pendiente y paciente, esperando a algún niño que pusiera su cuerpo sobre él y comenzar a mecerse lentamente.

En esa ocasión no fue un niño el que tomó asiento sobre él, al menos el aspecto exterior no lo era, sin embargo bajo aquella piel de aspecto desgastado brotó la ilusión de un niño, que dormido durante décadas se sintió revivir. Comenzó a balancearse hacia delante y hacia atrás, con un movimiento lento, algo torpe, desacompasado… paró, puso sus pies sobre el suelo, como queriendo fijar su posición, agarró las dos cadenas con firmeza y comenzó, nuevamente a mecerse. Encogió sus piernas como buenamente pudo para no rozar el pavimento de goma bajo sus pies y sintió cómo empezaba a ir y venir subido sobre aquel moderno columpio.

Cuando iba hacia atrás ponía la mirada sobre sus zapatillas y al impulsarse hacia el frente levantaba su mirada hacia el cielo. Un cielo blanquecino, cubierto de nubes y que parecía estar a punto de romper a llover. Sonreía, se sentía extraño, por primera vez en su vida estaba columpiándose o al menos así lo habría jurado y estaba disfrutando. Desde hacía muchos años estaba sonriendo por el simple hecho de sonreír, no como gesto de cortesía o de educación, como cuando se cruzaba con vecinos o amigos. Sonreía y recordaba…

Paloma caminaba hacia él, radiante, con su vestido blanco y una mirada que enamoraba, bajo un velo que con paciencia esperó poder levantar… la matrona puso a Daniel sobre sus brazos, que lloraba a pleno pulmón, con su cuerpo aún manchado de sangre de placenta, mientras no era capaz de contener sus propias lágrimas… aquel incendio en el piso arriba, que los sacó a la calle en plena madrugada y en pijama, con los tres niños en brazos, asustados y sin parar de llorar… bajo la Torre Eiffel se reían como dos adolescentes, por haberse colado en la visita guiada durante sus bodas de plata…

Iban y venían, recuerdos y más recuerdos y con ellos sentía como si estuviese corriendo la carrera más rápida y placentera de su vida. Volvió a mirar sus pies para asegurarse que llevaba sus zapatillas puestas y siguió balanceándose. El cielo no pudo aguantar más, se precipitó en forma de finas gotas y comenzó a mojar su rostro, que se había dirigido hacia lo más alto. Sus lágrimas se mezclaron con la lluvia y de repente se vio cruzando bajo un amplio arco de meta, tras el que le esperaba animando Paloma, con la mejor de sus sonrisas y aplaudiendo de manera serena.

Dentro de casa… en el pasillo se escuchaban las noticias de las ocho de la mañana, la luz del nuevo día amortiguaba el resplandor de la luz artificial del interior del baño. Fuera de casa… la lluvia seguía cayendo lentamente, de manera continua, calando poco a poco todo cuanto tocaba y en el jardín del barrio una Unidad Móvil de Emergencia firmaba la defunción por infarto de un varón de avanzada edad, sentado sobre un columpio, con ropa deportiva, los ojos abiertos y una amplia sonrisa.

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¿Cuánto hace que no te subes en uno?

Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

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2 comentarios a El columpio

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Relatos y más relatos , fantásticos y entretenidos , pero todos llegan a la misma conclusión , los sentimientos del corazón no pueden ser desplazados , tarde o temprano a uno le invaden y …
    Bueno cada uno que saque lo mejor de si por que como lo que dicta el corazón no hay mayor sentir .
    Hasta la próxima .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cris! Sí, otro relato más y de nuevo los sentimientos son los protagonistas, mezclados con algo de running, una pasión que une a tanta gente y que no entiende de edad.

      Muchas gracias por leer y comentar, saludos.

      Paco.-

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