El hotel (Hab. 407)

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Las cuatro horas de viaje, previas a la llegada al hotel, transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. La ilusión y las ganas por la carrera del domingo le tuvieron ocupada su mente durante gran parte de trayecto y a pesar de no querer sentirse obsesionado, sus pensamientos volvían una y otra vez al mismo punto de encuentro. Iba a correr su tercer maratón y a diferencia de las dos veces anteriores, se lo había preparado a conciencia, por lo que no podía evitar sentirse seguro, pero al mismo tiempo temeroso de no ser capaz de plasmar sobre el asfalto todo cuanto había soñado.

El checkin

La recepción del hotel, moderna y minimalista, reproducía fielmente las imágenes de la página web del hotel, algo que en ocasiones no se aproxima a la realidad y ya hace pensar que tal vez “todo” no sea como uno se ha imaginado.

El chico que atendía tras el monolítico mostrador de mármol verde, lucía una sonrisa perfecta, vestía de manera impecable un traje negro sin corbata y en un francés perfecto atendía a una mujer con vestía vaqueros desgastados. Por el aspecto juvenil de ella, debía tener no más de treinta años, aunque su perfil mostraba alguna pequeña arruga que hacía pensar que tal vez estuviera más cerca de la cuarta decena.

Sus nociones de francés se habían oxidado con los años, fundamentalmente por el desuso que había hecho de este idioma, pero aún así pudo medio entender que la chica iba a estar en la ciudad hasta el lunes. Se interesó por el Palacio de Ferias y Exposiciones y también le pareció entender que preguntaba sobre cómo llegar desde allí al parque de la ciudad.

Cuando se dio la vuelta descubrió que era mucho más atractiva de lo que su perfil le había permitido imaginar: rasgos faciales marcados, un color de ojos de un verde atrayente, pelo moreno corto que ensalzaba aún más su esbelto cuello y una sonrisa que mezclaba seguridad, timidez y una amabilidad con un toque de distancia.

Al pasar a su lado pudo comprobar lo alta que era: debía rondar el 1,70 m de altura, a pesar de llevar calzado plano. Cortés, la saludó con un educado “buenas noches”, que ella correspondió con un asentimiento de cabeza y un gesto entrecortado, que mostraba cansancio.

– Señor, sea bienvenido a nuestro hotel…

El desayuno

Se despertó pasadas las siete y media y había salió a correr por los alrededores del hotel durante algo más de media hora. Era su último entrenamiento antes de la cita del día siguiente y a pesar de sentirse seguro y no querer pensar en ello habían vuelto a asaltarle las dudas, los miedos y los temores que preceden las horas antes de una cita con un maratón.

Tras ducharse y vestirse, sólo restaba desayunar y poner rumbo a recoger el dorsal y pasear por la ciudad, sin más. Había mirado un par de lugares turísticos para visitar durante en día y esperaba que ello le tuviera entretenido y con la mente ocupada durante el mayor tiempo posible.

Eran ya poco más de las nueve de la mañana y sólo, de pie junto al tostador, esperaba que sus dos rebanadas alcanzasen el tono justo del marrón pardo que le gustaba en el pan y sobre el que añadiría un buen chorro de aceite y sal. El salón de desayuno, coqueto y siguiendo con la misma línea minimalista de todo el hotel, daba a un patio interior acristalado en cubierta, que servía de paso desde recepción hasta el ascensor.

Mientras bebía un zumo de naranja, entre bocado y bocado de sus tostadas, vio pasar a la chica de la noche anterior. Por la ropa deportiva que vestía no quedaba duda alguna que le hiciese pensar lo contrario, la chica venía de correr y por un momento lo tuvo claro, tal vez ella se alojase en ese hotel por el mismo motivo que él o tal vez le gustaba hacer deporte, sin más y había salido a practicar un poco de ejercicio.

Dio por finalizado su desayuno con un buen tazón de frutos secos y mientras acaba el zumo se entretuvo un rato leyendo la sección de Cultura de uno de los periódicos de tirada nacional que había cogido de recepción. Al salir casi se tropezó con la chica justo en el paso entre el patio y el salón; de nuevo volvió a saludarle educadamente con un “buenos días” que ella, con una amable sonrisa, devolvió con un “hola, buenos días”, en un sonoro castellano con innegable acento francés.

La incidencia

El recinto ferial era imponente, enorme, insultantemente grande pensó, cuando el taxi lo dejó en la explanada de entrada. En el interior, un par de pabellones acogían todo el “circo” del maratón y la cantidad de público empezaba a ser muy numeroso, a pesar de ser poco más de las once de la mañana.

Durante cerca de una hora estuvo dando una vuelta por la gran cantidad de stands, curioseando entre una amplia variedad de prendas deportivas, ojeando novedosas aplicaciones de móvil en planes de entrenamientos, en definitiva, entreteniendo a su mente, que de nuevo había vuelto a pensar en la prueba del día siguiente.

Cansado de dar vueltas recogió su dorsal y con algo de malestar comprobó que habían errado en el color del mismo, puesto que le habían asignado uno que no correspondía con su tiempo de carrera, lo que le haría situarse en un cajón de salida más “lento”. Preguntó en el mismo punto de recogida cómo podían solucionar ese pequeño fallo y le indicaron que debía acercarse a Incidencias, donde podía exponerles el problema.

Cuando llegó al mostrador de Incidencias cuatro amables muchachas, deportivamente vestidas, atendían con una simpatía calcada a todo el que se acercaba. Amabilidad y simpatía de la que hicieron gala, no sólo pidiéndole disculpas por un error que había ocurrido lamentablemente más de lo que la organización hubiera deseado, sino solucionándoselo de manera eficiente, colocando sobre el dorsal una pegatina identificativa que le permitiese ocupar su cajón adecuado al día siguiente.

Aliviado y agradecido se dio la vuelta y tras él se encontró con su compañera de hotel, que con dorsal en mano iba a solucionar la misma incidencia que la suya. Ambos se sonrieron… en este caso la educación y la amabilidad de no conocerse parecieron perder la vergüenza y se saludaron con efusividad, sorprendidos y agradados al mismo tiempo.

Sería difícil saber si fue la cortesía de él, ofreciéndose a ayudarle con ese pequeño contratiempo o la cercanía de ella, dejándose acompañar por aquel hombre con el que se había cruzado tres veces en menos de veinticuatro horas o tal vez la coincidencia en la pasión por un deporte, que los había llevado hasta esa ciudad. Pero lo cierto es que entre ellos surgió una atracción que los hizo unir sus pasos durante el resto del día.

El paseo

Se marcharon caminando juntos, con sus respectivas bolsas del corredor, con sus respectivos dorsales y con las mismas ilusiones que los había llevado hasta allí. Pasearon por el centro de la ciudad, charlaron de running, cómo no y así tuvieron conocimiento de cuánto tiempo llevaban corriendo, cuántos maratones habían corrido hasta ese día (sin contar el que les esperaba con los brazos abiertos) y qué representaba para ellos ese amado y querido deporte.

El paseo les abrió el apetito y comieron al aire libre en la terraza de un pequeño restaurante italiano. Una ensalada y dos platos de pasta adornaron la mesa y entre medias supo que la chica con la que conversaba venía de St. Etienne, al sur de Francia. De padre italiano, madre francesa y abuelos españoles y griegos, llevaba una mezcla sin duda puramente mediterránea, lo que respiraba por todos los poros de su piel.

La comida dio paso a un café y la conversación que había comenzado horas atrás no parecía tener fin. Ambos se encontraban a gusto y ambos lo sabían. Sus miradas se hicieron cómplices casi en el mismo momento que se habían saludado la noche anterior, en la recepción del hotel, pero faltaba saber si aquel impulso brotado en sus corazones era sólo eso, un impulso o podía verse madurado y materializado en algo más.

Ninguno habló de su vida personal, ninguno preguntó, no lo necesitaban. Sólo sabían de dónde venían y qué les había llevado hasta allí. Con el transcurrir de las horas ambos fantaseaban, en silencio, con un momento de pasión donde dar rienda suelta a su imaginación y liberar parte de la tensión que los tenía dominados por la carrera del próximo día.

La sobremesa

Si le hubieran preguntado a ella, habría destacado sin dudarlo su mirada, sus exquisitos modales y ese aspecto entre hombre dominante y sensible que le volvió loca conforme compartían conversación juntos. Físicamente tampoco estaba nada mal y su marcada afición por el deporte dejaba ver su huella sólo con mirar sus antebrazos, nada exagerados, pero sí marcados por una musculatura justa.

Si le hubieran preguntado a él, habría confesado en primer lugar la belleza de su cuello. Fue lo primero que le llamó la atención, de hecho siempre era un rasgo en el que se fijaba cuando veía a una mujer. Junto a eso, unos labios carnosos, aquel verde de sus ojos que le sorprendió, su sensualidad, sus delgadas manos con unas uñas “correctas” y ese acento, entre francés y un español italianizado que le embriagaba.

Antes de que la tarde terminase de caer, las miradas de ambos hacía tiempo que habían dejado de escuchar las palabras que se decían y sentados con el sabor aún del segundo café en sus labios, tuvieron claro dónde iban a dirigir sus pasos una vez que dejaran el local donde habían alargado una sobremesa, que les hizo aumentar y confirmar aún más el deseo de ambos.

Habitación 407

Cuando cerró tras de sí la puerta de la habitación, se comportaron como si aún continuasen en aquella cafetería que habían abandonado hacía apenas diez minutos. Ella corrió las cortinas para dejar entrar la poca luz del exterior, que empezaba a cambiar su estado natural por la artificial de las farolas públicas.

Él se acercó hasta ella y le rodeó la cintura con sus brazos, dirigiendo sus labios hasta su cuello, que besó suavemente, mientras cerró sus ojos para sentir en toda su magnitud el olor del perfume que le había tenido atraído desde el momento en el que le había dado aquellos dos besos, una vez resuelta la pequeña incidencia del dorsal.

Ella se dejó abrazar, es más, lo llevaba pidiendo en silencio desde que habían decidido tomar aquel segundo café. Giró su cuello para besar sus labios y con sus brazos rodeó los de él… se besaban.

Sus cuerpos se situaron frente a frente y entre besos y caricias comenzaron a entregarse a un deseo natural, ese que había surgido entre ellos y que no iba más allá de aquellas cuatro paredes. Sin condicionantes, sin preocupaciones, sin nada que tuviera que ver con lo que podía suceder fuera de ese momento y de ese lugar, solos ella y él.

La madurez de sus edades no dejaba cabida a nervios por parte de alguno y con la serenidad y la calma que da el paso del tiempo, empezaron a desvestirse mutuamente. Entre besos y caricias fueron despojando sus cuerpos de la ropa y tras unos largos diez minutos sólo la piel era el único abrigo que cubría sus deseos. Dos cuerpos bien formados, equilibrados y que al descubierto mostraban los efectos del paso del tiempo, pero que aún así eran perfectamente envidiables por cualquiera más joven que ellos.

Los labios no dejaban de jugar en sus bocas y sus manos comenzaban a hacer sonar la sinfonía de dos cuerpos ávidos de deseo, preparados para entregarse al placer más natural que puede existir, el placer del amor. Sin prisa, como si el tiempo y el mundo se hubiesen detenido fuera de allí, siguieron el ritmo que marcaban sus instintos, que se compenetraban de manera sorprendente.

Entre besos habían llegado hasta la cama y sobre ella yacían desnudos. Ella tendida boca arriba, entregada al momento y él recorriendo de manera minuciosa cada poro de su piel. Sus pechos, excitados de emoción, sentían la delicadeza de unos labios que lentamente los besaba, jugando al tiempo con sus manos, que los acariciaba con suavidad y firmeza al mismo tiempo.

La seguridad y el trato de él le excitaban mucho más de lo que había imaginado y era incapaz de tomar parte en el juego, sólo quería dejarse hacer y sentir el calor de aquel hombre que se rendía ante sus encantos. Así, sumisa, dejó y disfrutó de cada una de sus caricias, de cada uno de sus besos y tuvo la completa seguridad de haber perdido el conocimiento, durante unos instantes, cuando sintió en su entrepierna la respiración profunda y el sutil movimiento de una lengua que parecía sacada del mejor de sus sueños.

Su excitación estaba en cotas muy altas durante largo rato y aquel seductor compañero se estaba comportando como un amante increíble. Acostumbrada a “mandar” se sentía paralizada o más bien entregada y sólo quería ser una sumisa compañera en aquellos momentos. Tras no dejar zona de su cuerpo sin besar, sin acariciar, la puso en pié y la dirigió hasta la ventana. Había anochecido ya y ligeramente apoyada sobre el cristal sintió cómo su cuerpo recibía el deseo de su amante.

Sutil, con un movimiento perfecto y con mil caricias que le hacían potenciar aún más aquella postura, cerró los ojos, mientras él entraba y salía de ella, sin dejar de besar ese cuello que le había enamorado. En ocasiones ella giraba su rostro y sus lenguas se unían mientras sus cuerpos seguían fundidos en uno sólo. Sin prisa, despacio, dejándose sentir en cada balanceo y entregando al silencio susurros de placer que los hacía excitar aún más.

Hacía tiempo que no hacía el amor de aquella manera, que no hacían el amor de aquella manera y ella no tardó en tener el primero de los diversos orgasmos que se repitieron, mientras él se concentraba para que su cuerpo fuera capaz de “resistir” la fuerte pasión que sentía y hacer disfrutar a su compañera de placer.

El juego se alargó de manera excepcional y ambos hicieron de sus cuerpos el triunfo de sus deseos. Ella, tras su comportamiento sumiso dejó claro que también sabía tomar las riendas en ese terreno y entonces fue él quien perdió todo contacto con la realidad, cuando aquellos carnosos labios dieron buena cuenta sobre su parte más intima de su anatomía.

Se hicieron el amor sólo una vez, aunque les pareció como si hubieran sido múltiples ocasiones, gracias a la imaginación que ambos aportaron y las diversas maneras en que se entregaron el uno al otro. Ella quedó rendida boca abajo sobre una cama que se había convertido en muda testigo de aquel encuentro y él, a su lado y también boca abajo, pasaba una pierna sobre las de ella y con su brazo rodeaba su cintura. Ambos desnudos, ambos, quedaron dormidos.

Todo eso se mezcló y se unió entre las cuatro paredes de aquella habitación de hotel, pero todo quedó allí, nada más entró y nada más salió de allí. Su pasión, su deseo y su entrega quedaron allí dentro, guardando un silencio que sólo se había roto por los susurros de ambos.

A la mañana siguiente… tocaba correr y lo hicieron, pero cada uno por su lado, desde el cajón que les correspondía.

El checkout

Cuando dejó la habitación y pagó su estancia en el hotel, había una nota que el chico de recepción le entregó amablemente. En el pequeño sobre ponía: “Hab. 407”. Al abrirlo sacó un papel manuscrito con una bonita letra en tinta de color verde (como sus ojos), donde podía leer el nombre de:

Un hotel, una fecha y un nuevo maratón.

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El hotel

Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

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2 comentarios a El hotel (Hab. 407)

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Maravilloso relato , un tanto sensual y a la vez romántico , dentro de esas cuatro paredes…
    Por supuesto que hay q compartirlo conlis demás
    Por qué merece la pena leerlo , interpretarlo y a la vez sentir parte de el mientras lo lees .
    Un saludo y hasta otra .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cristina! Este relato tiene ese puntito de sensualidad, pasión y romanticismo que tú destacas y es que un encuentro entre extraños puede tener todos esos ingredientes, a pesar del desconocimiento del uno con el otro, al menos así lo dejo reflejado en este breve relato. Me alegra mucho que te haya gustado y al mismo tiempo, que lo hayas compartido.

      Saludos.

      Paco.-

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