El monte perdido

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Nunca le había atraído el monte, pero desde hacía veintiún años se había convertido en una parte inseparable de su vida. Fue el matrimonio lo que, de manera indirecta, le hizo poner la mirada sobre él, ya que la casa donde habían decidido comenzar su vida de casados estaba justo a los pies de ese accidente geográfico de gran extensión y no mucha altura, pero la suficiente para permitirle perderse en él y sentir la sensación de ascender varios cientos de metros desde donde vivía.

Laura y él se conocieron mientras cursaban sus estudios de Derecho, en esos años en los que la vida de estudiante parecía ser lo más importante y duro del mundo; una creencia que el paso del tiempo se encargó de tirar por tierra, lamentándose entonces de no haber aprovechado esa época de “codos”, donde podían haber compaginado su responsabilidad con algo más de diversión.

Ambos eran de familias conservadoras, aunque sus mentalidades estaban poco enraizadas en esas creencias, decantándose más por pensamientos progresistas y liberales, donde la diferencia generacional entre sus progenitores y ellos era más que palpable. Por dicho motivo, nada más terminar sus carreras y gracias a la acomodada situación económica en la vivían decidieron irse a vivir juntos, aunque previamente a ese paso debieron pasar por el altar.

Una vasectomía, dos meses después del momento en el que habían decidido unir sus vidas, hizo firme el propósito de cortar cualquier posibilidad de tener hijos, evitando así cualquier embarazo no deseado. Embarazo cuya idea ahogaba más a Laura que a él, quien pasó por el quirófano sin mucha convicción, sólo empujado por el respeto a la que era la mujer de su vida y sin cuantificar realmente la importancia de dicha decisión.

Laura era poco amante de los animales y de la naturaleza en general, totalmente ajena a la conciencia de vida saludable por decisión propia y declarada combatiente contra el reciclaje selectivo, algo que consideraba un discurso populista y destinado a llenar las manos de quienes manejaban toda esa maquinaria ecológica. Era además una mujer firme en su principios, en sus creencias, fueran acertadas o no y sólo había dos tipos de personas, los “amigos”: aquellos que no le rebatían sus ideas y el “resto”: aquellos que opinaban de manera diferente.

Roberto era un lector empedernido, amante del ajedrez y un apasionado de la cultura egipcia, lo que le había llevado a pisar la tierra de los faraones en tres ocasiones. Respetuoso, afable, buen orador y mejor escuchador, era el tipo de persona que podía parecer distante, algo serio o incluso agrio, pero que tratado en confianza era todo un encanto y sobre todo una persona culta e inteligente capaz de hablar con conocimiento de cualquier tema.

A pesar de parecer dos polos opuestos había mucho en común entre ambos, sobre todo en el plano cultural, como era el gusto por las exposiciones de arte, los conciertos de música alternativa o las sesiones interminables visionando películas de cualquier género, desde clásicas, hasta las consideradas de autor. Dejando a un lado esos puntos de unión, habían muchos flecos que se enredaban entre ambos, pero eran tomados como anecdóticos y no les daban importancia alguna… eran los primeros años, pero el paso del tiempo fue cambiando la perspectiva entre ellos.

Cuando se casaron pasaron a ser una pareja de tres, algo que de manera disimulada incomodaba a Laura. Sin embargo la casa tenía terreno alrededor y el inseparable Bono, un Golden Retriever de color marfil, era el fiel amigo de Roberto al que no podía negarle la estancia, aunque fuera en su caseta de madera, junto a la cochera. Así y sin argumentos con los que poder negarse comenzaron, los tres, su vida en común.

La convivencia fue moldeando el carácter y la personalidad de cada uno, fue dando forma al día a día y aquellas pequeñas miserias a las que no daban importancia fueron colocándose entre ambos. La desgastada creencia que dice que la vida de casados es una balsa de aceite no pareció ir con ellos y esa balsa parecía ser más bien una mezcla heterogénea de aceite y agua, una sobre otra y siempre separadas.

Primero fueron los paseos con Bono, lo que le hizo darse cuenta que a un paso de casa tenía una gran extensión de terreno donde poder caminar y jugar con él. El monte era un lugar perfecto para ir con su incondicional amigo, hacer algo de ejercicio, respirar aire puro y alejarse durante un rato de la realidad. Una realidad que sin percibirla como tal, le asfixiaba, le consumía, le marchitaba.

El monte comenzaba a llamarlo en silencio, lo atraía hacia él calladamente y él comenzaba a encontrarse a gusto, perdido entre sus caminos, al abrigo de sus pinos, buscando sin saberlo algo que había ido perdiendo poco a poco: su ilusión y parte de sus sueños

Bono pereció durante el sexto invierno y tras él ya no hubo posibilidad de tener otro compañero que lo sustituyera, tanto porque sus doce años de vida lo habían convertido en insustituible, como porque Laura no estaba dispuesta a tener que aceptar la presencia de otro animal cerca de ella. Sin duda fue un duro golpe para él y fue a partir de entonces cuando el vacío de aquel perro sacó a flote el error que tal vez podía haber cometido dos meses antes de casarse, aquella tarde de marzo, en la que su escroto fue manipulado certeramente.

Su siguiente compañero fue femenina, inanimada y algo más costosa de lo que le hubiera gustado: una bicicleta de montaña, con la que poder hacer rutas monte a través. Con ella volvió a encontrar la libertad que había sentido con su amigo y las salidas, sin ser muy numerosas, sí que se hacían cada vez más largas. Era capaz de pasar varias horas subiendo y bajando por caminos y sendas, buscando sin saberlo una ruta que le mostrase un camino que conscientemente no quería encontrar.

Los años pasaban: exposiciones, conciertos y películas vietnamitas eran mezcladas con inexistentes diálogos, amenizados por bandas sonoras de grupos étnicos eslovenos y pakistaníes, que se mezclaban con rutas en bici cuatro veces por semana. Sus fluidos más íntimos se mezclaban apenas un par de veces al mes, incluso había veces que podía transcurrir todo el mes sin que sus cuerpos se rozasen y cuando eyaculaba parecía sentir en su conciencia el filo de aquel bisturí que cortó una ilusión que jamás llegó a crecer.

Una caída por exceso de confianza, durante una bajada tantas veces repetida dio con sus huesos en el suelo, dejando su clavícula fracturada y la bicicleta totalmente inutilizada. Dos operaciones y tres meses de rehabilitación posteriores consiguieron acabar con el calvario de una rotura con mala suerte y con su etapa como ciclista. De igual manera se acabaron sus incursiones por el monte y al cabo de un año, cuando ya estaba totalmente recuperado, volvió a sentir la llamada de ese silencioso compañero.

En esa ocasión optó por no depender de nada, ni de nadie y tras la visita a una tienda de ropa deportiva salió cargado con un par de zapatillas de running para practicar trail, un par de pantalones y otras tantas camisetas. Durante su etapa como ciclista se había cruzado a menudo con muchos corredores que compartían camino conjuntamente con él y una vez que ya se vio obligado a bajarse de la bicicleta tuvo claro cuál iba a ser la manera de perderse por aquel monte.

Comenzó caminando a un ritmo suave, siguió haciéndolo a un ritmo mayor, continuó llevando una carrera continuada y sin darse cuenta se encontró corriendo de manera sostenida entre cuestas y repechos, por tramos de asfalto, zonas de camino, sendas de tierra y otras salpicadas de piedras. En cada salida se esforzaba por nada en especial, solamente por el hecho de correr, de vaciarse físicamente, como si de un orgasmo se tratase, un orgasmo estéril, pero placentero.

El matrimonio llegó a su vigésimo aniversario y su relación amarilleaba aún más que la fachada de la casa. La rutina y el hastío se habían ido haciendo tan familiares que no habrían sido capaces de saber el momento exacto en el que había empezado a morir al mismo tiempo que ellos. Tal vez, incluso antes de aprobar la última asignatura, el Derecho Civil, ya había empezado a marchitarse la relación entre ambos.

Ella se fue refugiando cada vez más en sí misma, en realidad nunca lo había dejado de estar y sólo durante la juventud se había permitido darse un poco a los demás. No quería responsabilidades, obligaciones, ni cargas de ningún tipo, por eso siempre había rechazado la opción de tener descendencia y así lo hizo. Él se entregó por completo a ese espacio natural, que le entregó algo que nunca había buscado, ni imaginado: la compañía, la amistad y el amor.

Al año de comenzar a correr por el monte, subía casi a diario: entre semana lo hacía a medio día y los sábados sobre las nueve de la mañana. Así conoció a Ángela, una madre de gemelos, divorciada y amante del deporte y de la naturaleza… el monte los atrajo, el running los hizo conocerse y las carencias de cada uno terminó por unir aquellos dos corazones que latían a elevadas pulsaciones mientras corrían y poco tiempo después lo hacían mientras se entregaban al placer de unos cuerpos que pedían a gritos cariño.

Laura consiguió lo que anhelaba: soledad y Roberto unos hijos que sin ser suyos, llegó a querer como tal, junto al amor, el entendimiento, la amistad y la confianza de una auxiliar de enfermería loca por la música latina y el cine más comercial de la factoría hollywoodiense, amante de la cocina mediterránea, de las exposiciones de fósiles, una experta jugadora de ajedrez y además…

A ambos les gustaba el monte, correr por él y cada sábado en la mañana sus zancadas les recordaban cómo habían encontrado algo que sin saber siempre había estado perdido.

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El monte perdido

Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

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2 comentarios a El monte perdido

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Bonito relato y con un original final ; cuantos se identificarán con el ? Cuantos verán en el una vida mejor?.
    Al final lo q hace sentir bien a uno es con lo q realmente es feliz , no crees ?
    Saludosss .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cris! Ciertamente, todos somos diferentes y de ahí que cada uno seamos felices de una manera u otra, aunque lo verdaderamente importante es alcanzar esa felicidad.

      Muchas gracias por tus palabras, besos.

      Paco.-

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