El Perla

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Diego, conocido por todos como El Perla, ocupaba el sexto lugar de nueve hijos, dentro una familia marginal del extrarradio de una gran ciudad. Era menudo, de complexión delgada y mirada penetrante, como queriendo no perder nunca detalle de todo cuanto sucedía a su lado. Desde bien pequeño aprendió los malos vicios de sus hermanos mayores y para él los pequeños era como si no existieran, a los que ignoraba casi de modo natural.

Con una madre alcohólica y un padre que se definía a sí mismo como “funcionario de prisiones”, por las continuas y largas temporadas que pasaba en la cárcel, cumplía todos los requisitos para ser carne de presidio, un delincuente más a sumar en la lista de la familia. Y así fue, El Perla ya comenzó a apuntar maneras desde bien pequeño y los augurios de su tío abuelo no iban desencaminados cuando al verlo andar por primera vez dijo de él:

– Éste tiene una cara de canalla que no va a haber quién lo pare, sus ojos de zorro lo dicen todo y va a llegar donde quiera… Josefa, vaya un hijoputa que has echao, tu Manuel cada vez te los hace con más inquina, será que eso de estar cada dos por tres en el trullo le pone mala la leche.

– No le digas eso al crío, que mi Diego no va a ser como los otros – respondía su madre, entre trago y trago de anís.

Pero sí, El Perla, a pesar de lo que deseara su madre, se crió en un entorno que sólo favorecía a los malos comportamientos y así lo certificó con sólo sietes años, cuando en su tercera semana de colegio le rajó las cuatro ruedas al coche del profesor, sólo porque éste lo había castigado sin recreo. Pero eso no fue lo más grave, sino que le advirtiera sin rubor que volvería a hacerlo si de nuevo lo castigaba.

En menos de tres meses comenzó y terminó su etapa escolar y a partir de ese momento quedó al amparo de la calle, donde encontraría la verdadera escuela de la que aprendería todo aquello que necesitaba, eligiendo él mismo sus propias lecciones, convirtiéndose en su propio profesor y poniéndose sus propios exámenes: robos de ciclomotores, tirones de bolso, asalto en cajeros, intimidaciones con navaja… todo un variado ramillete de fechorías que a cualquiera lo habría llevado a un centro de menores a las primeras de cambio, pero del que él se libró por esa cualidad de correr que lo hacía ser un felino cuando iban tras él.

Conforme iba creciendo lo hacían también sus delitos y los pequeños palos de poca monta se fueron haciendo más serios y no había farmacia o joyería que no se escapara a los caprichosos deseos de El Perla, pasando así a formar parte de la amplia lista de negocios asaltados. Escurridizo como una culebra, aprovechaba el más mínimo descuido para entrar en los locales, robar el dinero de la caja o cualquier pequeño objeto de valor que vieran sus ojos y salir corriendo, con un sigilo asombroso y una velocidad endiablada. Corría como una gacela y sus pequeñas piernas se movían tan rápido que costaba trabajo poder contemplarlas.

A pesar de esa debilidad por delinquir no era de los considerados “peligrosos” y podía definirse más como un sin vergüenza, inadaptado, cuyos pecados no iban a más allá de robos en los que nunca hizo daño a nadie. A pesar de sus bravuconerías y amenazas jamás llegó a herir a ninguna de sus víctimas, claro que su semblante serio y mal encarado era una suficiente carta de presentación para que sus víctimas no se atreviesen a hacerle frente.

Como era de esperar, nada dura eternamente y las fechorías de El Perla dieron con sus huesos en la cárcel. Contrario a su manera de pensar, se había encoñado con una inmigrante lituana que había entrado como turista en España cuatro meses atrás y juntos decidieron emprender una vida. Ella había conseguido salir de su país y él, cansado de aliviarse con chicas de tez morena, había encontrado una mujer cuyo color de piel rosada le atraía y le excitaba.

Fría y sin escrúpulos lo animó a robar en una caja de ahorros, algo que no le seducía en exceso pero a lo que accedió después de una noche en la que lo hizo subir y bajar del cielo tres veces. Lo que podía haber sido un robo más en su trayectoria se convirtió en el primer y único asesinato sobre sus espaldas. Kristina sacó un revólver que pilló por sorpresa a El Perla y la actitud del vigilante de seguridad, que quiso convertirse en héroe, hizo el resto. La chica perdió los papeles y disparó al guardia, que en su agonía dejó salir dos balas de su arma: una fue directa al cuello de la joven y la otra al hombro de Diego, que quedó sobrepasado por los hechos.

El cadáver de la joven fue repatriado a su país y El Perla recibió, lógicamente, todo el peso de la ley. Un juicio previamente sentenciado, la inexperiencia de un abogado de oficio y la fama que atesoraba fueron un cóctel perfecto para hacer justicia, por lo que su entrada en la cárcel se hizo por la puerta grande, con delitos como el robo con violencia y la complicidad en un homicidio, que casi le cuesta su propia vida. Veinte años por delante le esperaban.

Completamente contrario a estudiar, se dedicó a hacer trabajos de limpieza y lavandería, con los que entretener parte de las eternas jornadas huérfano de libertad. Poco dado a hacer amistades con el resto de presos, sólo se movía en pequeños círculos y solía pasar casi desapercibido, como queriendo no ser molestado a cambio de no molestar a nadie. Los cuatro primeros años fueron duros, los peores y la asfixia que le provocaba el estar encerrado le recordaba cada día lo estúpido que había sido al encapricharse de aquella rubia. Cuántas veces había resonado en su cabeza el único consejo de su abuelo paterno:

“Las mujeres sólo traen problemas, Dieguito; acuéstate con ellas, con todas las que puedas y si es con varias al mismo tiempo mejor, pero a la mañana siguiente anda y vete corriendo, no seas julai, que te pierdes”

No había podido crecer con un consejo más machista, pero al final, caprichos del destino hizo que creyera aún más en aquellas palabras. Palabras que allí dentro ya no tendrían sentido y que tardarían mucho tiempo en volver a pasar por su cabeza. Una cabeza que empezó a pensar en qué poder invertir el tiempo para hacer más llevaderos los días apartado de una sociedad a la que había robado todo cuanto le había apetecido y que ahora le quedaba tan lejos.

Una mañana, mientras permanecía sentado en el patio, al abrigo de unos rayos de sol que apenas llegaban a calentarle, miró al cielo y le pareció una ironía que esas nubes que veía tan cerca estuvieran tan lejos, como su libertad, de la que tan sólo le separaba las paredes de aquel presidio. Cerró los ojos y cuando estaba a punto de perder la conciencia oyó una voz que le decía:

– Tú, Perla, ¿quieres unirte al grupo?

– ¿Qué grupo? – preguntó, casi sin poder abrir los ojos, protegiéndose con la mano, para poder ver a quién le hablaba.

– Estamos haciendo un grupo para una especie de Olimpiadas Penitenciarias, a ver si así movéis el culo de una vez y dejáis de permanecer como lagartijas tumbadas al sol. De ti dicen que corrías delante de los polis como una liebre, ¿es cierto eso? – le dijo uno de los guardias de patio, que con un block y un bolígrafo lo miraba esperando su respuesta.

– No sé, lo que pasa es que ningún madero corre una mierda y escaparse de ellos siempre es fácil. ¿De qué va el rollo ese? – preguntó El Perla, poniéndose de pie.

– Se están organizando unas jornadas para promover el deporte entre la población reclusa, de manera que os sirva de incentivo y al mismo tiempo os permita concederos privilegios como permisos y cosas así. Además, ¿y si descubrimos algún Carl Lewis entre tanta mugre?, ¿imaginas? Jajajaja, me parto el culo… bueno, ¿te apunto o qué?

– Vale, apúntame. No sé de qué va a servir eso, pero bueno, al menos haré algo diferente y me moveré algo más.

Sin saberlo, El Perla acababa de cambiar su vida. Aceptar aquella propuesta, que estuvo a punto de rechazar, le permitió no sólo encontrar una nube a la que subirse y volar por aquel cielo, escapándose y pudiendo sentir la libertad, sino que abrió ante él un mundo hasta entonces desconocido.

Aquella facilidad para escapar de sus perseguidores, cada vez que cometía un robo, no sólo era fruto de la adrenalina que le provocaba el momento del robo en sí, así como tampoco se debía a la lentitud de los agentes de seguridad. El Perla tenía unas cualidades físicas idóneas para la carrera a pié de corto y medio fondo y con aquella iniciativa puesta en marcha por el Ministerio de Interior, demostró a todo el mundo de lo que era capaz.

Arrasó en las pruebas de 400 – 1.500 y 10.000 m, donde no hubo rival que se le aproximara; pero lo más sorprendente no fue vencer entre una población con unas aptitudes físicas mermadas, fruto de vidas acostumbradas a los excesos, sino que sus marcas rápidamente despertaron el interés de los profesionales del mundo del atletismo, a nivel local y nacional.

Sus triunfos y sus mejoras en los tiempos fueron suculentos botines que le animaron a seguir corriendo con más ilusión, con más convencimiento y con más fe en sí mismo. El Perla comenzó a hacerse conocido entre todas las cárceles del país y su fama se hizo aún mayor tras la celebración de la Jornada Europea Olímpico-Penitenciaria, donde se dieron cita diferentes países miembros de la Unión Europea: España, Portugal, Francia, Italia, Alemania, Holanda, Grecia y Bélgica se unieron a esta iniciativa.

De nuevo volvió a arrasar en las tres disciplinas donde tomó parte y todo el mundo quedó sorprendido ante el potencial de aquel ladrón de poca monta y cara de pocos amigos, que corría como los ángeles, con unas aptitudes innatas que lo hacían invencible, gracias a su espíritu competitivo y a un hambriento apetito por vencer, vencer y vencer.

Aquella fue la primera y única jornada olímpica que se celebró entre presos, tanto a nivel europeo, como a nivel nacional, jamás se volvió a repetir algo así, pero fue el pasaporte que permitió a aquel “canalla malasombra” cambiar el rumbo de su vida y poder demostrar que bajo ese semblante serio había un corazón que latía y sentía más rápido que su veloces zancadas.

La condena quedó reducida a poco más de diez años y su reinserción a la vida laboral como miembro de la Federación Española de Atletismo fue un hecho sin precedentes que recibió innumerables críticas desde distintos sectores de la sociedad y no dejó indiferente a nadie. Su falta de estudios y de conocimientos no podían hacerlo entrenador, ni preparador, pero su carácter, su coraje, su personalidad y su voraz deseo por el triunfo lo convirtió en un motivador perfecto de cuantos jóvenes pasaban por su lado. Su experiencia en la cárcel era un aliciente más que reforzaba su “historia” y la fuerza que transmitía era tal que se convirtió en toda una institución dentro de la Federación.

Nació en el seno de una familia difícil y el entorno le concedió un sello invisible de “canalla” que le marcó sus pasos en la vida; y fue precisamente esa mala vida la que le brindó la oportunidad de cambiar el rumbo de la misma, ofreciéndole esa posibilidad de poder decidir por sí mismo su futuro y que aprovechó para elegir el acertado camino hacia su libertad. No se lo pensó y echó a correr tras ella, rápido, muy rápido, tanto como sus piernas le permitieron y cuando le dio alcance descubrió dónde estaba su verdadero lugar.

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La historia de Diego “El Perla”

Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

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Un comentario a El Perla

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Un post un tanto original, me ha gustado mucho y soy de las que piensa que todo el mundo se merece una segunda oportunidad y depende en dinde te eduques y la motivación que te den sacaras todo lo que llevas dentro , como tu, si??? Ves??? Tu escritura es muy buena y por ello te doy mis felicitaciones.
    Un abrazo con beso Agur .

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