El regalo

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– Vengaaaaa, chicos, se ha hecho tarde, cerrad las libretas y os lleváis las divisiones para hacerlas en casa, y las corregimos mañana. Ahora dejad las mesas libres y vamos a terminar de hacer el regalo del Día del Padre, que mañana tenéis que llevároslo a casa.

El silencio de clase se rompió por un suspiro de alivio generalizado de la mayoría y a continuación se produjo un vocerío cada vez más intenso. Múltiples conversaciones se entremezclaban al unísono, sin permitir que ninguna fuera audible con claridad y todos, de pié, paseaban por en medio del aula, alargando el corto el trayecto que mediaba desde sus mesas hasta la estantería que había pegada a la pared del fondo, con la consiguiente vuelta al lugar que ocupaba cada uno.

– Dejaros las conversaciones y cada uno a su sitio… Juanfe, ¿qué haces ahí parado?, tienes el tuyo delante de tus narices. Cógelo, ¿a qué esperas?… Daviiiiiid, deja de hacer el tonto y siéntate ya… Raúl, sacaaaa los pinceles… Joooooose, ¿te quieres callar ya?… vaaaa, daos prisa, que sólo nos queda una hora y tenéis que dejarlos terminados a falta de envolverlos mañana, cuando volvamos de hacer gimnasia.

Seño, ¡¡no encuentro el mío!! Estaba aquí, lo dejé en este rincón y no está…

– A ver, ¿quién le ha cogido el regalo a Claudio? Dejaros de tonterías que no tenemos toda la tarde… míralo donde lo tienes, está justo debajo… vaya una empanada llevas encima.

Toda la clase rompió a reír y el pobre Claudio, acostumbrado a ser el despistado de turno se limitó a sonreír, sin poder evitar que sus orejas se sonrojasen de vergüenza y sintiese cómo el calor le subía por toda la cara.

Poco a poco se fue recuperando la calma y cada uno de los chicos se afanaba en dar los últimos retoques de pintura al portallaves de madera que iban a regalar, dos días después, a sus padres. Todos se concentraron en su regalo, excepto Pablo, que sin llegar a levantarse de su silla seguía haciendo las divisiones del día siguiente, ajeno a las manualidades que sus compañeros completaban una jornada más (la cuarta, concretamente).

De vez en cuando levantaba su cabeza, entre división y división, y miraba a sus compañeros, contemplando cómo daban color a aquel trozo de marquetería, mientras en su cabeza multiplicaba nueve por siete y le sumaba las dos que se había llevado de antes… cuatro al cociente y bajo la cifra siguiente.

– Recordad que mañana debéis traer un pliego de papel celofán del color que queráis para envolver el regalo y pensad en una frase para escribirla en la tarjeta que le vais a pegar… que al final os veo poniendo a todos la misma frase y eso que os lo he venido advirtiendo desde el primer día.

Seño, ¿esta frase vale?: “Papá, tomas las llaves y ábrete” – dijo, Jorge, el más descarado y espabilado de toda la clase.

La carcajada fue monumental y la profesora dudó un segundo entre ponerse a reír ella también, por la ocurrencia del chico, o echarle un rapapolvos para mantener el orden dentro del gallinero. Al final se decantó por la segunda opción.

– Muy bien, Jorge, ya has hecho la gracia. Siempre tienes que estar dando la nota, ¿verdad? Pues ale, mañana durante el recreo te puedes hinchar a pensar frases tan graciosas para el resto de tus compañeros, mientras ellos estén en el patio, por chistoso.

– Pero seño, jooooo, el recreo no, que tenemos un partido contra los de 4ºC

– Me importa un comino, así aprenderás a tener la boca cerrada. Y vamos, no perded tiempo, id dejándolos terminados que mañana no quiero prisas de última hora, vaaaa…

Pablo, acaba de terminar la penúltima división y antes de seguir con la que quedaba, abrió su libreta por la última hoja y escribió en una de las esquinas de la cuartilla una frase:

“A ver si te afeitas, que pinchas”

[2]

Lo recodaba como si hubiera sido el día anterior, incluso le parecía oler la pintura y el disolvente, que cada uno de sus compañeros tenían en pequeños vasos de vidrio, colocados sobre sus mesas. Incluso habría sido capaz de decir, sin equivocarse, el orden en el que estaban todos sentados en clase e incluso cómo eras los pendientes que llevaba la seño… esto último no era difícil, porque siempre llevaba los mismos – pensó.

Lo temprano de la hora y la festividad del día favorecieron a que apenas hubiera gente por la calle, por lo que su entrenamiento se convirtió en una relajante carrera de poco más de noventa minutos. Le gustaba salir a correr bien temprano, para ver amanecer y además, esa mañana, quería estar de regreso antes de que las niñas se despertasen, para que cuando abrieran sus ojos y lo llamaran a gritos, para felicitarlo, no se llevaran el chasco de su ausencia.

Nada más entrar en casa percibió el olor a pan tostado, por lo que supo que María ya debía estar despierta un buen rato. Aún así entró con el cuidado de cada mañana y llegó hasta la cocina, donde ella terminaba de desayunar, mientras ojeaba el correo en su móvil.

– Jelooouuuu – dijo él, en tono cariñoso.

– Buenos días, feliz día, papi – le contestó María, levantando su cabeza y estirando su cuello para recibir un beso en sus labios.

– No se han despertado, ¿no? – preguntó, seguro de la respuesta.

– No, aún no, pero no creo que tarden mucho. Llevan toda la semana deseando darte su regalo del cole, así que los nervios seguro que las despierta enseguida – le dijo, sonriendo.

De repente, como si hubieran estado escuchando la conversación, se oyó:

– Papáaaaaa, papiiiiiiii, papáaaaaaaaa – dos gargantas de desgañitaban y lo llamaban al unísono con tanta fuerza que eran capaces de despertar a todos los vecinos.

– Voooyyyy, voooyyyy, síiiii – contestó Pablo, intentando ahogar su voz – no gritéis más, que voy.

– ¿Vienes? – le preguntó a María.

, espera que me tome el último trago de zumo – dijo ella.

Paaaaaaapiiiiiii – llamaban con insistencia.

– Que voooyyyy, cariños, que vooooyyyy – venga, vente, que estas dos señoritas no hay quien las calle.

Nada más abrir la puerta de la habitación vio a las dos niñas sentadas sobre sus camas, con sendos regalos en sus regazos y dos sonrisas que parecían salirse de sus caras.

– Eeeeyyyy, ¿pero esto qué es?, cómo habéis madrugado tanto, dormilonas – preguntó, subiendo la persiana y dejando entrar la luz del día – anda apagad la luz de la mesilla.

FELICIDADES, PAPIIII – gritaron las dos al mismo tiempo – FELICIDAAAAAADEEEESSSS.

– Muchas gracias, campeonas. ¿Qué es eso que tenéis ahí?, ¿es para míiii? – dijo con tono interesado.

– Síii, ábrelo, ábrelo, verás que chulo, es un lapicero, para que lo pongas en tu mesa – dijo Marta.

– ¿Para qué se lo dices?, pareces tonta – le regañó su hermana mayor – Espera, papi, que yo te abro el mío.

– Anda qué bonitos son, un lapicero con tu foto, Marta y un delantal con una frase en inglés… ¿qué es lo que pone, Ana?, que no me acuerdo bien del inglés.

– “My dad is the best cook”: Mi papi es el mejor cocinero – respondió Ana, orgullosa.

– Me encantan, son preciosos, ahora mismo voy a tirar mi viejo lapicero y voy a ponerme el delantal para prepararos el desayuno, ¿vale? – le dijo con entusiasmo, contagiado por el brillo de aquellos cuatro ojos que lo miraban radiantes de felicidad.

– Sí, corre, corre, pero antes aféitate y dúchate, mientras se van quitando el pijama, se lavan la cara, se peinan… – le dijo María, dándole una palmada en el culo.

– Ok, vooooy pitando… qué regalos más chuuuuulos, ¡¡jó!! – se fue festejando por el pasillo.

[3]

Mientras se afeitaba recordaba el resto de aquella última división, esa que resolvió tras escribir en la última hoja de su cuaderno lo que habría puesto en la tarjeta de un regalo que no hizo y fue entonces, mirándose en el espejo, cuando comprendió que aquella inocente frase jamás debía haber sido de despedida, como tampoco fue justo que quince días bastaran para dejarlo huérfano de algo más que de esa ilusión por hacer su regalo cada Día del Padre y sí, fue entonces cuando vio a aquel niño dentro de sus ojos y tuvo la certeza plena de lo que la vida le había arrebatado a su padre y de todo lo que él nunca llegó a conocer… y se terminó de afeitar.

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El regalo

Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

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4 comentarios a El regalo

  • Fernando Murcia  dice:

    Enhorabuena Paco, un gran relato, triste pero esperanzador al mismo tiempo. Desde mis limitados conocimientos en narrativa, bien planteado y aún mejor resuelto. Por lo personal, espero que de autobiográfico contenga lo justo, caso de serlo demuestras una gran capacidad para plasmar unos sentimientos que deben ser muy fuertes y, caso de no serlo una gran sensibilidad para imaginar lo que debe ser esa situación. En cualquier caso, ¡enhorabuena! Un fuerte abrazo.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! Muchas gracias, una vez más, por hacer de este rincón un lugar de paso habitual y por dejarme siempre tus amables y acertadas palabras. ¿Qué contiene este relato?, me preguntas… habitualmente suelo mezclar parte personal, con parte creativa, con distintos porcentajes y en este caso he de confesarte que en esa mirada ante el espejo se encierra mucha realidad (aunque no fuera realmente un espejo el objeto que me hizo evocar el ayer).

      Muchas gracias, una vez más y espero seguir contando con tu incondicional presencia. Un fuerte abrazo.

      Paco.-

      • Fernando Murcia  dice:

        Pues bien que siento esa injusticia como perfectamente la denominas, Paco, y de nuevo te doy mi enhorabuena por haberla plasmado de forma tan emotiva y conmovedora. Un fuerte abrazo.

        • Paco Molina  dice:

          ¡Hola, de nuevo, Fernando! Muchas gracias por tus palabras… ¿sabes?, en ocasiones no eres consciente de lo que estás realmente viviendo en un momento determinado y no es hasta tiempo más tarde (días, semanas, meses o años), cuando descubres cuánto se perdió o se ganó en ese instante que tú creíste percibir de una manera y que silenciosamente estaba dejando una huella dentro de ti que no podías imaginar. Seguramente tú también habrás tenido esa sensación alguna vez (sea del carácter que sea), ¿verdad?

          Un fuerte abrazo, Fernando.

          Paco.-

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