El sabor de los kilómetros

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¿Os habéis parado a pensar qué sabor tienen esos kilómetros que hacemos cada día? Sí, esos kilómetros que nos esperan ahí fuera, ya sea en la calle, en la playa, en el monte, en un jardín o simplemente en una cinta estática, dentro de cuatro paredes de un gimnasio. ¿Qué sabor tienen esos kilómetros?, si es que realmente saben a algo.

Detrás de camisetas, zapatillas y demás complementos, detrás del esfuerzo, del sudor, del cansancio, de la sed, detrás de la soledad de tantos kilómetros o de la compañía de otros tantos, detrás de cada madrugón o de cada filigrana por cuadrar un horario que nos permita vernos con ellos, con los kilómetros, detrás de todo ello está su sabor.

Un sabor que se va inyectando en nuestro torrente sanguíneo de manera lenta, como ese gotero pinchado en la vena, cuya dosis es casi imperceptible, casi tanto como implacable. Y es entonces, al recorrer todo nuestro cuerpo, mientras pasa desde los pies hasta la cabeza, cuando esos kilómetros dejan un sabor que riega todo el organismo, es cuando comenzamos a sentirnos enganchados a él, a su sabor, y es que una vez probado no se puede renunciar a él, al placer de su sabor… al sabor de los kilómetros.

Los hay que saben a ausencia, a distancia, a lejanía, a palabras desteñidas, a te quiero olvidados, a abrazos guardados para siempre, esperando un momento que la razón nunca fue capaz de ver o que el exceso de orgullo nunca permitió dar. Es un sabor congelado en el tiempo, que jamás volverá a enjugar aquel paladar que mezclaba palabras con besos, mientras las manos dibujaban sobre la piel los rayos de un sol que marchitó el recuerdo.

También los hay que saben a duda, a incertidumbre, al temor de una decisión que no se deja atrapar, a porqués que van y vienen, a la caprichosa inseguridad que se empecina en tener un protagonismo que martillea la consciencia, haciendo añicos la lucidez de una razón que siempre ha regado de cordura la respuesta de cada pregunta. Es un sabor ácido, incómodo, que tan pronto desaparece como de nuevo se deja sentir con más intensidad y con el que su ingesta no es garantía de haber acabado con él.

No pueden faltar aquellos que saben a ilusión, a deseo, a esperanza, a miradas que se pierden de camino al horizonte, a sueños que despiertan al dormir pero no duermen al despertar, a confianza vestida de hada madrina en cuya mano sostiene una varita mágica capaz de hacer realidad todo aquello que se anhele. Es un sabor envuelto por colores robados al cielo, antes de anochecer y al mar, antes de amanecer, mezclados al libre albedrío en la paleta de la imaginación.

En otras ocasiones saben a culpabilidad, a arrepentimiento, a reconocimiento de un error cometido, a la falta de sensatez, incapaz de haber puesto la luz precisa en el instante necesario, a esa emoción que rompe el equilibrio de unos sentimientos que fatigan y hacen más costoso los latidos del corazón. Es un sabor amargo, en cuyo poso se encuentran los azúcares que pide el cuerpo a gritos y que sólo debe saber agitar, para mezclar como es debido y endulzar un trago que resulta imposible de pasar.

Otras tantas veces son las que saben a sonrisas que preceden al despertar, a abrazos sin fecha de caducidad, a palabras que se graban sin voluntad, a la fresca inocencia que crece tan rápida como llega a su pérdida, a cientos de razones por las que no dejar de jugar, a besos uno a uno guardados. Es un sabor dulce, sin empalagar, agradable, que poco a poco madurará con el tiempo y dará lugar a la mejor cosecha, esa que sólo se consigue regando cada mañana con las gotas más hermosas de rocío, manteniéndola al amparo del frío y al resguardo de todo aquello que pueda echarla a perder.

Inevitable resultan los que saben a pérdida, a despedida, a días tan distintos a los de hoy, a ese adiós que nos llega sin dejarse escuchar, al vacío que queda de manera irremediable e irreparable, a consejos que ya sólo se repetirán en el recuerdo, a nostalgia vestida de media sonrisa, a cariño detenido junto a muchos instantes. Es un sabor intenso, que ahoga y asfixia al principio y que sólo el tiempo es capaz de suavizar con su paso, restando brillo e intensidad a unos colores que a pesar de envejecer jamás se borrarán.

Son distintos sabores, provocados cada vez que salimos a correr por nuestros propios pensamientos, por nuestros sentimientos. Correr no es sólo un deporte, es un estado de ánimo, y como tal hace que nuestros kilómetros se tiñan de aquello que nos preocupa, nos alegra, nos inquieta o nos ilusiona. Y es al correr cuando ese estado de ánimo, ese sabor, se inyecta y se reparte por todo nuestro cuerpo y es con cada zancada cuando todos los poros de la piel respiran el mismo oxígeno y juntos buscan ese bálsamo que alivie, explique, consuele o celebre aquello que nos mantiene vivos, aquello que nos mueve.

Sí, sé que muchos lo estaréis pensando, es muy probable que para muchos de los que estéis leyendo estas líneas los kilómetros no tengan más sabor que aquel que deja el esfuerzo físico, durante un entrenamiento, pero también sé que todos, absolutamente todos de cuantos corremos, hemos compartido y seguiremos compartiendo nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, con nuestros kilómetros, porque es un monólogo que una vez descubierto no puedes dejar de practicar, una y otra vez… una y otra vez.

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El sabor de los kilómetros

¿Coincides conmigo que al correr los kilómetros no tienen siempre el mismo sabor?, ¿hasta qué punto puede ese sabor contagiar nuestro rendimiento mientras corremos? Anímate, deja tu punto de vista referente a este post y si te ha parecido interesante compártelo. Muchas gracias.

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