El sobre de azúcar

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– Un solo sin azúcar, por favor –pidió nada más sentarse sobre el único taburete que quedaba libre en la barra del bar. Un bar que pese a lo temprano de la hora y del día, ocho y media de la mañana de uno de los primeros domingos de primavera, estaba abarrotado de gente, con un mismo denominador común: iban vestidos con ropa de deporte, concretamente con ropa de running.

El camarero pasó la bayeta sobre la porción del frío acero donde se apoyaban sus brazos y con detenimiento observó sus movimientos autómatas, consecuencia de las cientos de veces que los repetía cada día: cargó la dosis de café molido, ajustó la empuñadura del brazo en la máquina, pulsó el interruptor que accionó el paso del agua caliente y comenzó a caer el aromático y humeante líquido en el vaso de cristal que había situado en uno de los fugaces preliminares que precedieron a este monótono ritual. Cortó el paso de agua, dejó vaso sobre el pequeño plato de porcelana blanca, sacó del primer cajón una cucharilla y cogió uno de los cientos de sobres de azúcar que había en el recipiente transparente de cristal situado a un lado de la cafetera.

Casi sin darle tiempo a pestañear presenció el último movimiento del eficaz camarero, que con un giro de ciento ochenta grados dejó sobre la barra su café solo humeante, con el inconfundible sonido del golpe de la porcelana sobre el acero inoxidable, al tiempo que mirando sobre su hombro preguntó a la chica que estaba a su espalda:

– ¿Qué vais a tomar? –les dijo.

La chica, acompañada de dos amigas, iba totalmente conjuntada y todas lucían una misma camiseta, perteneciente a un club o grupo de corredores, como parte inequívoca de su afición deportiva y la sospecha de su participación en la carrera que comenzaría en poco menos de una hora. Sus dorsales, pulcramente colocados los de sus amigas y completamente torcido el suyo, despejaban la única duda que pudiese albergar cualquiera sobre el motivo por el que las tres chicas vestían de corte deportivo. Samuel lo tuvo claro, eran tres amigas subidas al carro del boom de un deporte que cada día contaba con más aficionados.

– Ponte dos cortados y un manchado con dos sobres de azúcar, por favor –respondió la chica a la que se había dirigido el camarero con la mirada.

Las tres amigas continuaron con su conversación, que lógicamente giraba en torno a la prueba que estaban casi a punto de disputar. Su primer medio maratón podía suponer mucho más que un reto, aunque ya habían participado en numerosas carreras y si bien no habían llegado a esa distancia de manera oficial, sí que la habían superado en los entrenamientos de los fines de semana, por lo que la inseguridad propia de ser unas novatas en una prueba como esa, parecía diluirse en la fortaleza y confianza que generaba el grupo que conformaban.

Samuel continuó observando la habilidosa maestría del camarero preparando los tres cafés de las jóvenes, así como el frenético ritmo que había en general detrás de la abarrotada barra. De igual manera y pese al murmullo, que eras más parecido al típico jaleo de la hora del aperitivo, no pudo evitar su interés por escuchar la conversación de las tres amigas, que ajenas a todo el mundo hablaban distendidamente:

– Nenas, estoy fatal, creo que voy a tener que ir al baño, noto como si mi estómago estuviera centrifugando –confesó con cierto apuro Marina, la más joven de las tres, que a sus veintitrés años estaba a punto de terminar su carrera de enfermería.

– Jajajajaja, siempre te pasa igual, no hay prueba a la que vayamos en la que no tengas que hacer aguas mayores –dijo gesticulando, Paula, que mientras le guiñaba el ojo dio un pellizco en la nalga izquierda a su amiga. Paula era la mayor de las tres y a sus treinta y un años trabajaba como corredora de seguros para una importante compañía nacional.

– Coño, estoy de los nervios, a ver si este tío nos pone los cafés que le he pedido. ¡Vaya un pasmao! –se quejó Ofelia, para la que el tiempo parecía volar, fruto sin duda de la ansiedad que poco a poco se había ido apoderando de ella, conforme se acercaba el momento de la carrera.

Apenas si habían transcurrido un par de minutos cuando el camarero les advirtió que ya tenían sus cafés listos. Samuel se levantó del taburete y se hizo a un lado para que las tres muchachas pudiesen coger sus cafés.

– Joder, le he dicho que el manchado lo pusiera con dos sobres de azúcar –se quejó la mediana de las tres amigas, que a sus veinticinco años trabajaba como interina en un colegio público de la ciudad y se encontraba en pleno proceso de preparación para presentarse, un año más, a las oposiciones de magisterio que esperaba aprobar de una vez por todas.

– Ofelia, tía, tranqui, le pedimos otro, no pasa nada –le recriminó Paula, que a veces parecía ser la madre del grupo.

– Toma, yo no me lo voy a tomar, le he pedido un solo sin azúcar y me ha puesto un sobre –dijo Samuel, que de esa manera se acababa de colar en la conversación de las chicas.

– Ah, gracias, muy amable… –respondió entrecortada, Ofelia. Por un momento quedó encandilada al ver la tímida sonrisa que iluminaba la cara del chico, que con su mano extendida le ofrecía el pequeño sobre de azúcar.

– ¿Vuestra primera carrera? –preguntó antes de que la joven cogiese el azúcar.

– Eeeeesssto, no, no, que va, bueno es nuestro primer medio maratón, pero no nuestra primera carrera. Y tú, ¿no lo corres? –concluyó preguntando Marina, que aún seguía con sus molestos y audibles retortijones de barriga.

– No, ya me gustaría, pero hace unos meses me operaron de una insuficiencia coronaria y me pusieron un marcapasos –contestó un tanto afligido el chico.

– Ostras, ¡qué faena!, cuánto lo siento –dijo rápidamente Paula.

Marina, que se había quedado petrificada, solo acertó a decir que se iba al baño y Ofelia se limitó a sorprenderse y poco más.

– Que noooo, es coña, pero ¿verdad que os he quitado de golpe los nervios de la carrera? –bromeó Samuel, dejando a las dos amigas perplejas.

– Vaya, nos ha tocado el graciosillo del bar –hoy estamos de suerte, Pau.

– Perdonad, chicas, ha sido una torpeza por mi parte, solo quería romper el hielo –se justificó Samuel.

– Hostia, pues no lo has roto, lo has hecho añicos, tío y nos lo has echado por encima. Nos has dejado heladas –recriminó, de buen rollo, Ofelia.

– A veces tengo estas geniales caídas… el Bocas, me llamaban en el colegio –explicó.

– ¿El Bocas?, unos lumbreras los que te pusieron el apodo, jajajajaja –bromeó Paula.

– Bueno, ¿te vas a echar el sobre de azúcar o qué? El café debe estar ya más frío que el hielo ese de antes –dijo riendo el chico.

– Jajajaja, sí, desde luego… ¿pero al final corres, entonces, o no? – volvió a preguntar Paula.

– No, hoy no corro, he salido esta mañana temprano a entrenar y he venido a animar a unos amigos que sí participan… bueno y a animaros también a vosotras –dijo sonriendo y provocando un nuevo colapso momentáneo en los sentidos de Ofelia.

Paula, pendiente todo el rato de Marina, que estaba en la cola del baño, prefirió hacerse a un lado y decidió ir a hacerle compañía, a ver si con su evacuación intestinal conseguía echar fuera todos esos nervios que no la dejaban estar en sí.

– ¿Sabes que el exceso de azúcar no es buena y que la ingesta de leche tampoco favorece antes del ejercicio físico? –preguntó Samuel a la chica.

– Vaya, a ver si ahora va a resultar que eres dietista o algo por el estilo. ¿A qué te dedicas, Bocas? –le preguntó, con el desparpajo que caracterizaba a Ofelia.

– Soy un seminarista prófugo de la religión, un asesor laboral de cuarenta horas semanales y un violador de sentimientos que se esconde agazapado tras una sonrisa heredada, por parte de padre –respondió con aplomo y sin dejar de mirar a los ojos de la chica.

Ofelia habría sido capaz de tomarse el manchado de un solo trago y con dos sobres de sal sin percatarse de ello. Quedó totalmente atrapada en las palabras y la mirada de aquel bocazas que le había provocado en menos de cinco minutos unos sentimientos totalmente dispares e imprevisibles. Tal vez su espontaneidad, su seguridad encubierta o ese físico, que sin ser deslumbrante, la atraía de manera magnética e inexplicable, hicieron que se desatara la curiosidad por aquel chico del café solo.

El azúcar, uno de los llamados venenos blancos, los unió a través de un pequeño sobre de papel de apenas unos centímetros cuadrados. Los mezcló como si fuesen parte sólida y líquida lista para disolverse y el tiempo se encargó de dejar unos posos invisibles de apreciar, de esos que solo quedan a la vista cuando se ha vaciado completamente el vaso que los contiene. Un vaso que tardó poco más de tres años en llenarse de posos, amargos y oscuros posos, sin azúcar y llenos de veneno

Paula y Marina continuaron su vida en pareja y el paso de los años les convenció que los nervios jamás dejarían de estar presentes en su relación, ni en cada una de las carreras en las que participaban, como tampoco la complicidad y el amor que las unía. Sin embargo, su amistad con Ofelia se fue enfriando poco a poco, de manera directamente proporcional a cómo se fue calentando la relación entre esta y el chico del sobre de azúcar de aquella mañana de mayo.

Samuel, un depredador de la seducción por naturaleza, echó sus redes sobre una presa que, pese a su aparente fortaleza, supo detectar como débil y dependiente. Poco a poco la fue apartando de todo cuanto la rodeaba, convirtiéndose en el único azúcar de su vida, que la fue envenenando lenta y sutilmente sin que la confiada chica se diera cuenta de ello. Un veneno que se volvió humo y que de la misma manera que llegó, desapareció, borrando cualquier rastro de su existencia y haciendo que ese dulce sabor del azúcar se convirtiera en una droga tan necesaria como letal.

Aquel domingo de mayo fue la primera vez que estuvo tan cerca de unas zapatillas de running, como anteriormente lo había hecho de una exposición de pintura o una cata de vinos, completando esa caprichosa serie con situaciones similares en torno a un concierto de piano y un taller de poesía, en las que siempre hubo cerca un sobre de azúcar que le ayudó a endulzar las oscuras intenciones del animal enjaulado que se encerraba dentro de él.

La realidad escondía un seminarista prófugo de reformatorio, un asesor visceral de encubiertas intenciones a tiempo completo y un impotente reprimido de sentimientos con eyaculación precoz, todo ello escondido tras la grotesca máscara de una sonrisa dibujada a imagen y semejanza de un padre que jamás existió o mejor dicho, que jamás conoció.

*  *  *  *  *

– Un cortado, por favor –pidió la chica que acaba de entrar, sin prestar la menor atención, mientras escribía algún acalorado mensaje en su móvil, a tenor de sus gestos.

El camarero le sirvió su café, acompañado de un paquete con dos pequeñas galletas caramelizadas y con voz amable le dijo:

– Aquí tiene su café.

– Gracias –le contestó, sin dejar de prestar atención a su teléfono.

Cuando terminó la conversación escrita guardó su móvil en el bolso y antes de echarse el azúcar en el café apartó las dos galletas, dejándolas sobre la barra, cerca del borde interior, en clara señal de que no iba a comerlas.

– Perdona, esas galletas están deliciosas y son una manera estupenda de endulzar el café, en vez de echarle ese sobre de azúcar –le dijo el chico que acababa de sentarse en el taburete contiguo.

– ¿Alguien te ha pedido tu opinión? –preguntó de mala gana la chica, que detestaba los consejos gratuitos de desconocidos.

– Disculpa la torpeza, no era mi intención incomodarte, de veras –le respondió el muchacho, cruzando su mirada con los ojos marrones de ella.

– Perdona, creo que también he sido algo grosera, al saltar de esa manera –dijo que la chica, que se sin saber por qué esbozó una amable sonrisa.

– Nada que perdonar, me llamo Samuel, ¿y tú?…

*  *  *  *  *

El azúcar empezó de nuevo a disolverse, envenenando una vida que pasaría a engrosar la estúpida lista de unos crímenes invisibles… dulcemente invisibles.

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El sobre de azúcar

Un insignificante sobre de azúcar puede ser el vehículo perfecto para poner el punto de partida de oscuros deseos, que en ocasiones se esconden detrás de unos educados modales y una amable sonrisa. Si te ha gustado este relato breve o crees que a alguien puede gustarle compártelo. Muchas gracias.

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