El sueño de Andrés

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– Esta tarde no creo que tenga mucho sueño –dijo Montse, la monitora más joven de cuantas estaban al cuidado.

– ¿Y eso? –preguntó Andrea con una media sonrisa, mirando a la chica con curiosidad.

– Pues porque después de la hora del almuerzo se ha sentado en el sillón y no ha levantado cabeza. Vaya un dormilón está hecho –contestó, mientras le entregaba la pequeña mochila con sus pertenencias.

– ¿Sabes lo que pasa? –preguntó respondiéndole al mismo tiempo –que por la noche no hay quien lo acueste. Se sienta a ver la televisión y ni pestañea… nada, que no hay manera de llevárselo a cama –argumentó en un tono complaciente, lejos de parecer una queja protectora.

Andrés, estás hecho un trasnochador… de eso nada, ¡eh!, que luego pasa como hoy, que te echas una siesta de tres horas y tienes a todos tus amigos esperándote para jugar contigo a la oca o al parchís –le regañó con dulzura la joven.

– No, esta noche me acuesto temprano –le contestó despacio, sin apartar la mirada de los grandes ojos marrones de la chica.

– Así me gusta, Andrés, pero no te pongas tan serio, hombre, que no estoy enfadada contigo, ni mucho menos, pero no me gusta que perdáis el tiempo durmiendo mientras estáis aquí –dijo Montse, pasando su brazo por encima del hombro de Andrés y dándole un beso en su mejilla derecha.

Los ojos de Andrés, abiertos, muy abiertos, igual como los tenía en todo momento, no dejaron de mirar a la chica, mientras Andrea cogió su mano y lo ayudó a salir a la calle.

– Que tengas una buena tarde, bombón, a ver si mañana me cuentas de una vez ese sueño del que tantas veces hablas, pero nunca nos cuentas –le dijo Sonia, otra cuidadora, asomándose por la última sala que había en el pasillo, justo antes de salir a la calle.

– ¿Sueño?, vale, sí, te lo cuento mañana –afirmó de manera entrecortada, casi de manera incrédula, como quien asume la culpa de aquello que no ha hecho, pero que sin embargo se niega a reconocer.

– ¿Qué sueño es ese? –le preguntó Andrea una vez en la calle, de camino hacia el coche, que se encontraba aparcado a pocos metros del Centro.

– No sé, un sueño… un sueño, no sé –balbuceó un poco avergonzado, queriendo esconder para sí el deseo de algo que no desease compartir.

– Vaaaale, no me lo digas, no te voy a insistir, pero si quieres… ya sabes, me encantará saber de qué va ese sueño –dijo Andrea, dándole un fuerte abrazo y dejando pegada en su piel la ácida y fresca fragancia del perfume que llevaba.

Andrea miró el reloj:

– ¡Uy!, se ha hecho tarde, y seguro que Sandra y Rubén tienen que haber salido ya del comedor. Vamos, vamos, que con tu siesta nos hemos entretenido más de la cuenta y ahora nos toca correr.

Correr –articuló Andrés, sentado ya en su asiento, mientras Andrea le abrochaba el cinturón de seguridad.

La chica cerró la puerta, se puso su propio cinturón, arrancó y salió a toda prisa sin percatarse de la palabra que acaba de pronunciar…

Correr – volvió a repetir Andrés, sin apartar la vista de la carretera.

– ¿Qué? –preguntó Andrea, bajando el volumen de la radio, en la que en ese momento sonaba una versión de la melancólica Peces de Ciudad.

Correr –dijo una vez más.

Correr, ¿qué?, ¿quieres correr? –preguntó Andrea sin apartar la mirada del tráfico, que abarrotaba las calles del centro –verás a qué hora vamos a llegar, y encima la gente parece que va de paseo… ¡venga!, hombre, acelera, ¿no ves que te está dejando pasar? –los nervios empezaban a dejarse notar.

– Corría… –dijo en esa ocasión –el sueño, corría –se animó a decir.

– ¿Cómo que corrías?, ¿has soñado que corrías? –preguntó girando su cabeza hacia él, aprovechando la parada obligatoria de un eterno semáforo que parecía empeñado en hacer llegar tarde hasta al propio tiempo.

– Sí, corría… había más gente y yo… todos corríamos –continuó diciendo Andrés sin pestañear, ni apartar su mirada del salpicadero del coche.

– ¿Y qué más pasaba en ese sueño? –preguntó Andrea.

Andrés se miró los pies y vio el par de zapatillas de color azul eléctrico que se asomaban bajo los pantalones del chándal. Sus manos, arrugadas, se apoyaban sobre sus delgados muslos y mirando de nuevo al frente repitió una vez más:

Corríamos, todos corríamos.

Andrea volvió girar su cabeza hacia él y tuvo la certeza de que ya no contaría nada más, por lo que no quiso volverle a preguntar. Ignoró aquellas cuatro palabras y justo cuando iba a decirle qué era lo que prepararía para cenar esa noche, se sorprendió:

– Hacía frío, el suelo estaba mojado de la lluvia de la noche anterior y todos esperábamos la salida. Éramos poco más de doscientos o trescientos a lo sumo y no parábamos de dar saltos para calentarnos el cuerpo. Parecíamos un puñado de chalados vestidos en calzoncillos y la gente nos miraba con cara de curiosidad y de sorpresa –el tono de Andrés seguía siendo lento, pero mucho más fluido y sus palabras se adornaban con la callada emoción de quien habla desde el corazón. Continuó:

– Era la primera edición, mi primer maratón y salvo alguno que había corrido ya esa distancia en otra ciudad, ninguno sabíamos a lo que nos enfrentábamos, pero estábamos completamente seguros que lo terminaríamos. Cuarenta y dos kilómetros nos esperaban y nadie podía ocultar sus nervios, su ilusión, sus miedos

Mamá estaba allí, junto a la línea de salida, de igual manera como después estuvo esperándome en la línea de meta… al poco de salir comenzó a llover. El escaso sudor que apenas había dado tiempo a expulsar se mezcló con el agua y en seguida se llenaron de charcos todas las calles. Al principio intentaba esquivarlos, pero era inútil, la calzada se volvió un enorme charco y cualquier intento por evitarlos era una estupidez.

– El frío y el agua entumeció la musculatura, que pese al esfuerzo acusaba la baja temperatura. Algunos improvisados espectadores nos dieron bolsas de plástico con las que protegernos de la lluvia y evitar que nos enfriásemos aún más. Otros nos daban vasos de té caliente e incluso algunos nos ofrecían guantes, para protegernos las manos. Unas manos que apenas podía articular, agarrotadas por el frío, enrojecidas y que apenas si podían asir los botellines de agua que habíamos preparado en cuatro avituallamientos, esa misma mañana.

Corríamos junto a los coches que circulaban a poco más de un par de metros de nosotros y los conductores nos miraban sin dar crédito, unos y curiosos, otros. Ánimos, aplausos, mofas y hasta algún que otro insulto… ninguno quedaba indiferente.

– Mi reloj de pulsera se paró poco después de las diez y cuarto de la mañana, cuando llevaba algo más de una hora corriendo. El agua no era buen amigo entonces de los pequeños señores del tiempo y desde ese momento dejé de saber cuántos minutos llevaba en carrera. Únicamente tenía la referencia de la distancia que iba completando, gracias a las marcas que se habían pintado sobre el asfalto y que señalaban los siete, catorce, veintiuno y así hasta los cuarenta y dos kilómetros finales.

Andrea prestaba atención a cada palabra, sin descuidar ni un instante su manejo del volante. No recordaba cuántos años habían transcurrido desde que escuchara aquella historia por primera vez y sentía como si fuese completamente nueva. La circulación seguía siendo lenta, muy lenta y Andrés no dejaba de hablar… lentamente.

– Sobre el kilómetro treinta y cuatro tuve el primer calambre. El gemelo de mi pierna derecha se había subido casi a la altura de la rodilla y un fuerte dolor me hizo pararme en seco. Seguía lloviendo y sentado sobre un río de agua apoyé mi pierna en el bordillo, para aliviar la molestia. Un par de atletas que corrían juntos se pararon para ayudarme y entre los dos consiguieron que mi gemelo volviese a su lugar. Solo acerté a darles unas escuetas gracias y un fuerte abrazo a cada uno… a continuación seguí corriendo.

– Pasada la referencia del kilómetro treinta y cinco, la penúltima referencia, y con la sensación de tirar por la borda todo el esfuerzo en cualquier momento, recé cada metro por llegar a cruzar la línea de meta. Solo importaba llegar, alcanzar la meta, eso era lo importante.

– El roce de los calcetines mojados me habían producido ampollas en ambos pies y en uno de ellos notaba la sangre que debía estar produciéndome el pico de una uña mal cortada, que poco a poco se iba clavando en la carne del dedo gordo.

– De repente vi la marca en el suelo del último kilómetro… solo 195 metros me separaban de aquel sueño. A lo lejos se oía el murmullo de la zona de llegada y un estruendoso altavoz narraba de manera épica la llegada de cuantos iban completando la distancia… mis piernas se pararon, cuando apenas quedaban poco más de cincuenta metros. Me quedé como una estatua, con la mirada perdida y la voz de tu madre me hizo reaccionar:

– Estoy embarazada, Andrés… estoy embarazada –me dijo con lágrimas en los ojos –sigue, cariño, sigue. Ya has llegado.

– La miré y rompí a llorar, como un niño pequeño, lloré sin parar… mi corazón dio un vuelco, la cogí entre mis brazos y comencé a correr cuanto pude. No fui capaz de ver mi paso por la línea de meta. Mis lágrimas y la lluvia que arreciaba aún más me nublaron por completo la vista, pero no así mi alma, que pareció subir por encima de las negras nubes que nos cubrían… ya estabas allí con nosotros, Andrea. Fue la primera meta que cruzaste conmigo.

Andrea lloraba, sin consuelo, en silencio, contenida… era la primera vez que escuchaba aquella historia por completo y sin preguntárselo sabía que tal vez no volviera a oírla nunca más o quizá sí, quién sabía. Aquel era el sueño de Andrés, un sueño que en su interior se asomaba cuando menos lo esperaba, para apartarlo por unos momentos de una realidad que desde hacía cuatro años se había convertido en toda su irrealidad.

– ¿Qué hay de cenar esta noche?, ¿me toca baño luego? –preguntó Andrés, ajeno de nuevo por completo a cuanto le rodeaba.

Andrea lo miró con una sonrisa enjugada entre lágrimas y acariciando su mejilla le contestó:

– Esta noche voy a hacer una tortilla de patatas, poco cuajada, como a ti te gusta, pero antes ya sabes que tienes que bañarte, ¡¿eh?! –concluyó besando su frente –Voy a por Sandra y Rubén, vuelvo ahora mismo.

Andrés se quedó sentado en su asiento, mientras Andrea entraba en el colegio, para recoger a los niños. Volvió a mirar al suelo y observó sin la menor atención las zapatillas que cubrían sus pies. A continuación giró su cabeza a un lado y vio a un niño corriendo… sus pies se movieron sobre su sitio y él solo atinó a decir:

Correr.

Los dos niños irrumpieron en el coche como el ímpetu de un huracán y al unísono gritaron:

– ¡Hoooooolaaa, aaabuuuuuu!

Andrés los miró, sin decir una palabra, con los ojos bien abiertos y sonrió… solo les sonrió. Andrea arrancó el coche y puso rumbo a casa, como también puso sin saberlo rumbo a ese sueño que se repetía en la cabeza de Andrés y que era la única conexión con una vida que había olvidado por completo. Una vida borrada de su memoria, como ese fotograma velado por culpa de una luz aparecida en el momento menos oportuno… una vida reducida a tan solo un sueño, a su sueño: al sueño de Andrés.

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El sueño de Andrés

¿Cuán lejos puede estar un sueño de nuestra realidad?, nadie lo sabe, pero tal vez es posible que nuestra realidad quede sumida mañana a un bonito sueño que un día se hizo realidad. Si te ha gustado este relato breve, donde el running vuelve a ser protagonista, compártelo y si tienes alguna historia que quieras contar, anímate y hazlo, seguro que será interesante. Muchas gracias.

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