Entre Palmas y Ramos

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Eran palmas, eran ramos… a lo largo del año hay algunos días marcados en el calendario que por un motivo u otro son especiales para mí. Son días en los que el estado de ánimo se ve contagiado de cierto nerviosismo injustificado, pero que está propiciado por la ilusión de ese niño, que dormido, se esconde en mi interior y a veces se deja sentir.

En esta ocasión, ese día en concreto fue el Domingo de Ramos, un domingo que hace muchos años marcaba el inicio de la Semana Santa, el comienzo de los ecos de tambores en las calles, de sonidos de trompetas, de bandas de música, de olor a incienso, de silencio de pasión y del jolgorio huertano de las procesiones murcianas.

Y cómo no, como es habitual, este domingo también me tocaba hacer un entrenamiento de larga distancia; una salida próxima a las dos horas que comencé pasados unos minutos de las ocho de la mañana, bajo un cielo que vestía con un azul de gala, para recibir como se merecía un día tan señalado.

Comencé a correr con la intención de transformar los kilómetros de esa mañana en una ruta especial y aunque tal vez no llegara a ser diferente, sí esperaba que tuviera algo que quedara guardado en mi interior. Así, me dirigí hacia Murcia, entre carriles de huerta y embriagado por el perfume de azahar que los inunda en primavera; al llegar al río, lo seguí durante un buen tramo en un sentido y otro de su orilla y entré en la ciudad junto al Paseo del Malecón, guiado por el rumbo que la Torre de la Catedral marcaba a mis zancadas, como ese faro que alumbra en la oscuridad de la noche.

Fue entonces cuando mis piernas se desviaron para pasar por delante de la Iglesia de San Pedro, donde una decena de puestos ambulantes vendían palmas de todas las formas y tamaños. Apenas eran las ocho y media de la mañana y lo que en otro domingo debía ser una hora dormida, en esta ocasión era una hora donde el aire se arremolinaba a la puerta del templo, como si quisiera entrar el primero para ver los tronos expuestos en su interior y que en apenas diez horas pasearían en procesión por la calles más céntricas.

Y eso hice, seguir mi carrera haciendo el mismo recorrido por el que horas más tarde desfilarían los pasos de la Cofradía del Cristo de la Esperanza. Pasos llevados a hombros y escoltados por una legión de nazarenos, vestidos con sus túnicas verde aceituna y que acapararían la atención, el fervor y la pasión de todos cuantos se acercasen a contemplarlos.

La calle Jara Carrillo me hizo cruzar Gran Vía y por la calle Sol y la otrora transitada calle Frenería desemboqué en la Plaza del Cardenal Belluga, donde me pareció que la Catedral de Santa María me daba los “buenos días”, tal vez embelesado al contemplar la belleza de la que para mí es la fachada barroca más bonita del mundo. Seguí por los Soportales y en la Plaza de la Cruz tomé dirección a Trapería, la querida y siempre concurrida Trapería, que solitaria acarició mis pasos. Al final me esperaba Santo Domingo, con la Casa Cerdá y su ficus centenario, el Convento de las Claras y tras dos giros me encontré pasando por la Plaza de Julián Romea. Cuando quise darme cuenta dejaba tras de mí la Iglesia de San Bartolomé y frente a mí se asomaba Santa Catalina y la Plaza de las Flores, dos de los lugares donde un murciano se siente como en casa y de nuevo… San Pedro y esa brisa que continuaba jugando entre las palmas de los puestos, esperando el momento de entrar a ver sus Imágenes.

Acabé el recorrido, pero no así el entrenamiento y seguí mi carrera en dirección sur de la ciudad, para volver a casa siguiendo la estela de la Cordillera Sur, donde esta vez se mezclaron el olor de la huerta con los pensamientos que habían quedado dando vueltas dentro de mi cabeza.

[…

Pasaban algunos minutos de las siete y cuarto de la tarde, cuando el silencio se hizo en la calle. Los puestos de palmas habían dejado su lugar a cientos de personas que, agolpadas, esperaban atentos que apareciera la figura de la Virgen de los Dolores. Y allí asomaba Ella, esta vez bajo un manto verde esperanza, con su mirada perdida y su brazos entreabiertos, como queriendo entender el por qué de su infinito dolor, el por qué de su eterna pena.

La banda de música tocó los acordes del himno nacional, las campanas replicaron que ya estaba en la calle la Madre de Jesús y los aplausos de la gente fueron el preludio de una tarde-noche llena de ilusión y de fervor.

…]

Lo que por la mañana fueron poco más de seis minutos, por la noche se convirtieron en algo más de cuatro horas y media; un mismo punto de salida, coincidente con el mismo punto de llegada; dos maneras distintas de hacer la misma distancia, tan antagónicas como encontradas: dos motivos, dos sentimientos, dos pasiones.

Llevo doce años corriendo, porque un día así lo decidí, algo de lo que me alegro cada vez que ato los cordones de mis zapatillas y llevo cinco años como nazareno, porque un día Ángel Marcos (con su etiqueta de primo político, pero bajo la cual se esconde mucho más que un amigo y el mejor hermano) me animó y consiguió por mí, para mí, algo que nunca llegaré a agradecerle lo suficiente: ser un andero más de La Dolorosa. Gracias, Angelito.

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Entre Palmas y Ramos (pasiones…)

¿Y tú, has participado este fin de semana en alguna carrera o has comenzado ya a vivir la Pasión de la Semana Santa? Mezcla deporte y fervor, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Entre Palmas y Ramos

  • Cristina  dice:

    Hola Paco :
    Ya ves aquí leyendo tus post otra vez , el inicio de este post me ha enamorado , empieza como una poesía y eso ,tengo que admitirlo ,es un toque al post muy original ; Por otra parte no soy partidaria de esas celebraciones pero las respeto mucho y ya por último no es uno de los mejores post que te he leído pero me ha gustado simplemente y sigue escribiendo , no lo dejes nunca por que esa habilidad no la tiene cualquiera .Saludos

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cristina! Muchas gracias por tu nuevo comentario. Reconozco que este post, a diferencia del resto, es bastante personal y a ello se le junta la celebración de ciertas tradiciones que no tienen por qué ser compartidas o entendidas. Aún así, agradezco tus palabras de cariño y el apoyo que das a mis escritos, por lo que espero seguir contando con tu presencia por este rincón.

      Un abrazo, besos.

      Paco.-

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