Guadalupe

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Ser hijo de sepulturero fue algo que le concedió un cierto protagonismo gratuito del que siempre intentó huir por todos los medios, sobre todo de niño. En aquellos años de infancia, no le resultaba extraño tener que soportar las burlas de los que se referían a él como el Hijo del Entierramuertos, en clara referencia al oficio de su padre, de la misma manera que también estaba acostumbrado a oírse llamar el Ánima sin Ánimo, por su carácter introvertido y callado. Para él, vivir pegado al cementerio del pueblo era algo tan normal como el que crecía teniendo al lado la peluquería, la farmacia o el estanco.

Familiarizado a pasear entre tumbas y nichos, con sus hermanos y primos, había jugado al escondite entre panteones e incluso había improvisado un campo de fútbol, flanqueado por cipreses. Para él era su lugar de juego y su divertimento, aunque enseguida comprendió que, para el resto de la gente, aquel fuera un lugar de oración y recuerdo de sus seres desaparecidos. Ese doble sentido lo había dotado de una sensibilidad especial y de una capacidad extraordinaria para afrontar, con la misma naturalidad y espontaneidad, cualquier aspecto que tuviera que ver con la vida o con la muerte.

Jamás llegó a oír gritos, lamentos, ni susurros de difuntos atormentados, que reclamasen la atención de sus parientes desde el otro mundo, como tampoco llegó a ver nunca el halo misterioso de alma errante alguna, que vagase atrapada en ese limbo situado a medio camino entre el cielo y el infierno.

– Esto es como un parque cualquiera, pero en vez de tener columpios y un quiosco, tiene crucifijos, lápidas de mármol y coronas de flores –solía decir a menudo.

La infancia dio paso a la irrefrenable adolescencia y lo de ser descendiente de un funcionario de la muerte no le reportó buena popularidad entre el género femenino, más bien lo contrario. Con frecuencia tenía que soportar los cuchicheos de las chicas, cada vez que se acercaba a entablar conversación con alguna de ellas, de ahí que su primera experiencia carnal con una fémina tardara en llegar. Aquello sucedió durante las fiestas de agosto, cumplida su mayoría de edad y la joven fue una chica que viajaba con su familia, de gira, por España. El padre, enviudado desde hacía años, formaba parte de un reconocido grupo de mariachis oriundos de Querétaro y ella, junto a sus dos hermanas, hacía los coros. Guadalupe era su nombre.

La madrugada del diez de agosto, tras concluir la verbena de esa noche, se fueron juntos a contemplar las estrellas y a esperar, pacientes, el caprichoso y fugaz desfile de las Perseidas. El lugar elegido para aquella velada no podía ser otro que su querido cementerio y allí, sobre una lápida de matrimonio permanecieron tumbados, con la vista clavada en la oscuridad del cielo. Ella hablaba con una musicalidad que encandilaba y él, acostumbrado a callar, la escuchaba. Descubrió por qué en México viven la muerte y honran a sus difuntos como en ningún otro lugar del mundo, casi al mismo tiempo que descubrió cómo un orgasmo era capaz de hacer estallar en el cielo más estrellas fugaces que todas las noches de agosto juntas.

A la mañana siguiente esperaba de nuevo la carretera, otra plaza de pueblo y más actuaciones. No volvió a saber nada más de Guadalupe y como si hubiese sido fruto de un sueño, recordó aquella noche durante muchos años, tantos como los que pasaron desde los lejanos dieciocho y los que acaba de cumplir, treinta y seis años después.

La vida no se había portado mal con él y a pesar de su licenciatura en Historia del Arte, terminó heredando el oficio de su padre, dada la escasa salida laboral de sus estudios y la tristeza que le provocaba saber que si él no lo continuaba se perdería una tradición familiar de cuatro generaciones. Como tío y padrino, cuidó los hijos que nunca llegó a tener y volcó su amor, su vacío de amor, en su única familia.

Jamás contó a nadie su lluvia de estrellas de aquel lejano verano, como jamás manifestó la curiosidad que desde entonces despertó en él la celebración del Día de Muertos, en la tierra de la recordada Guadalupe. Él, acostumbrado a vivir entre muertos y a presenciar solo manifestaciones de dolor y tristeza de apenados familiares, nunca terminó de imaginar cómo sería una auténtica fiesta en torno a los difuntos. Nunca, hasta que un impulso incomprensible lo llevó a reservar en la agencia de viajes una estancia de seis días en la ciudad de Querétaro y vivir así, en persona, un primero de noviembre diferente.

Cualquiera imaginará que allí, tantos años después, se reencontraría con Guadalupe o al menos conocería a alguien que le hablase de ella, pero no. Allí no encontró a Guadalupe, ni halló rastro alguno que le hiciese recordar a la única mujer con la que había sido capaz de sentirse un hombre. Su deseo, ahogado hasta para él mismo, no asomó a su conciencia y como un turista más paseó e inmortalizó, en decenas de fotos, algunos de los espectaculares altares con retratos, flores y velas, que presidían casas cuyas puertas, abiertas, invitaban a pasar.

La música, el jolgorio y el tequila corrían a su alrededor y como si nada perdiese se dejó llevar por la algarabía. Habría estado bebiendo hasta perder el conocimiento, pero una insuficiencia cardiaca le paró el corazón antes de que eso sucediese. Eran las tres de la madrugada… la misma hora en la que, treinta y seis años antes, se salió de la carretera el pequeño automóvil que conducía Guadalupe, rumbo del pueblo donde aquel extraño chico la había besado como nadie… la misma hora en la que, de nuevo, se volvieron a encontrar.

Ella hablaba con la misma musicalidad de entonces y él la escuchaba sin dejar de mirar el cielo, en busca de aquella estrella a la que agradecer el haberle concedido su deseo: un amor en la eternidad.

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La vida y la muerte, pese a ser iguales para todos, no siempre son entendidas de la misma manera. El Día de Muertos es un buen ejemplo de ello. Si te ha gustado este relato breve, compártelo. Muchas gracias.

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