José, El Unodotrés

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Uno, dos, tres, uno, dos, tres, uno, dos, tres… esos eran los números que pronunciaba repetidamente José, conocido por todo el pueblo como El Unodostrés. José, era el mayor de tres hermanos de una humilde familia, dedicada por completo a la agricultura y la ganadería, con cerca de diez hectáreas de árboles frutales y varios cientos de cabezas de ganado ovino, vacuno, porcino, así como una pequeña granja y cuyo conjunto era el sustento económico que permitía salir adelante a la unidad familiar.

La naturaleza había sido caprichosa con él y le regaló un cuerpo envidiado por todos: alto, de ojos azules y mirada atractiva, con un cuerpo atlético y una capacidad física fuera de lo normal. Sin embargo, en su cabeza algo no terminaba de conectar del todo bien y a pesar de su aparente normalidad, estaba muy limitado en su capacidad de raciocinio, era incapaz de tomar de decisiones por sí solo y sus aptitudes numéricas se limitaban a tres números: el uno, el dos y el tres.

Para José, todo se quedaba reducido a esos tres números y para él no había ninguno más allá de ellos. Así, no era extraño verlo sentado junto a la mesa de piedra del patio, con una bolsa llena de garbanzos frente a él y contando sin parar. Vaciaba la bolsa y empezada a hacer pequeños montones de tres unidades: “Uno, dos, tres” (y los apartaba), “uno, dos, tres” (y los apartaba)… así hasta completar cientos de montones. A continuación iba juntando montones de tres unidades: “Uno, dos, tres” (y los apartaba), “un, dos, tres” (y los apartaba)… así hasta terminarlos y volvía a repetir la operación hasta llegar a juntarlos todos en un solo montón, para volver a empezar.

Era capaz de trabajar el campo de sol a sol y el cuidado de los animales no le quedaba ajeno, dando vuelta diariamente para mantener limpios los establos, el gallinero y el pequeño cebadero. El momento de reponerles la comida era el que más satisfacción le producía, al ver cómo se acercaban a él, rodeándolo y dando muestras de sus ansias por comer, mientras él les repetía: “Aquí tenéis la comida, animalicos, uno, dos, tres; ale, a comer: uno, dos, tres…”.

Servicial, amable, generoso, todo bondad, amabilidad y cariño, así era El Unodostrés. Para su padre, era un dolor, saber que aquel apuesto hombre jamás sería capaz de valerse por sí mismo, a pesar de su aparente normalidad. Para su madre, era un ángel que le había regalado el cielo y cuyas cortas luces no eran para ella sino una muestra de su gran corazón. Y en sus dos hermanos despertaba sentimientos mezclados de amor (por su nobleza e incondicional predisposición a ayudar), lástima (por su limitación intelectual) y admiración (por su capacidad de trabajo, su inagotable vitalidad y su belleza).

Cuando comenzó a hablar, con poco más de diez meses, no lo hizo diciendo “papá” o “mamá”, sino con esos tres números que les acompañarían a lo largo de toda su vida: “Uno, dos, tres”. Su madre le levantaba el dedo índice y le decía: “¿Cuántos años va a cumplir, José?, uno, va a cumplir uno y después, dos, y tres… y se va a hacer muy grande y muy fuerte, ¿verdad, amor mío?”. Y él pequeño José repetía: “uno, dos, tres…” y sonreía, al tiempo que daba palmas con sus pequeñas manos. Mamá se lo comía a besos y mientras desde la cocina se escapaba el aroma del guiso que preparaba cada día.

Otra de las peculiaridades de José era la de correr siempre de un lado a otro, desde bien pequeño. Era como si el mundo se acabase y hubiera que hacerlo todo rápido o de lo contrario ya no daría tiempo. Así, de niño hacía los recados corriendo, iba y venía del colegio corriendo y al salir de misa soltaba la mano de sus padres y hermanos para llegar a casa a toda prisa; ya de mayor, seguía con su hábito y lo que para cualquier persona podría ser una señal inequívoca de suceder algo, al verlo pasar corriendo y vestido de calle, para los vecinos del pueblo era algo normal, algo a lo que estaban acostumbrados.

Simplemente era El Unodostrés, querido por todos, que provocaba ternura para la mayoría y burla para los menos. Sí, a pesar de su simpleza y simpatía, no faltaban los que se referían al él como José El Tonto, El Correntillas, El Cercanías o El Zatopek, todos términos que hacían referencia a su incansable hábito de correr, correr y correr. Incluso mientras corría iba repitiendo en voz baja “… uno, dos, tres, uno, dos tres…” al ritmo de cada una de las zancadas que daba.

Tal vez, de haber vivido en otro lugar y otra época podría haber sido, sin duda, un corredor que habría llegado a escribir su nombre dentro de panorama del atletismo, pero ni la mentalidad, ni los recursos, ni el resto de factores eran fecundos para haber hecho de aquel alma alguien conocido, salvo para sus vecinos y para los tres pueblos cercanos, donde su particular cualidad no era ajena.

Uno de los momentos que más le gustaban al Unodostrés era la festividad de la Virgen de Agosto, donde el pueblo se engalanaba de guirnaldas y se hacía una procesión, que él se encargaba de ir encabezando (curiosamente la única vez que no iba corriendo) y mostrando su bonachona sonrisa, mientras saludaba a todos los que aplaudían al paso de la comitiva, que cerraba Don Fulgencio, el querido y respetado párroco.

Junto a esa fiesta religiosa, se celebraban dos actos que nunca se perdía José, uno de ellos era la habitual verbena, donde se daban cita los habitantes de las tres localidades y que hacía que hubiera una multitud fuera de lo habitual. Él se reía, saludaba a todos y hasta se animaba a bailar alguna que otra canción, pero siempre sin acercarse a ninguna chica; era tímido por naturaleza, hasta el punto de llegar a orinarse encima, sólo con pensar que alguna pudiera dirigirle la palabra.

El otro festejo que esperaba con ansia cada agosto, era la suelta de la vaquilla. No era el típico encierro, donde los mozos corrían y mareaban a la res, sino que consistía que en soltarla en campo abierto y tras dejarla marchar un minuto todos iban corriendo tras ella, para darle alcance y el que conseguía subirse a su lomo y tirarla al suelo era el ganador de aquella antigua tradición.

Como es de imaginar, conociendo su aptitud para correr, era José quien siempre le daba alcance primero a la bestia, pero en vez de subirse en ella le daba juego, dando tiempo a que llegase el resto de participantes. Tras un buen rato de juego con el animal y con algún que otro revolcón de los jóvenes, la vaquilla era doblegada y lo celebraba como si él mismo se hubiera subido a su lomo. José reía, aplaudía y daba palmadas en la espalda al ganador.

Sin embargo, aquel año, todos los vaquilleros (así era como se llamaba a los que participaban en aquel particular festejo) tenían claro que por una vez sería El Undostrés el que se llevaría los aplausos. Todos coincidían que José debía ser el que por una vez recibiera los vítores que él mismo regalaba con entusiasmo cada año al ganador. Para la mayoría sería un momento muy emotivo, aunque no faltaban aquellos para los que sería la excusa perfecta de reírse a costa del pobre José, al que imaginaban subido a la grupa de la vaquilla, como si de un caballero andante se tratase.

El cohete dio el pistoletazo de salida y el animal quedó libre de su jaula, corriendo sin parar, azuzado por continuos disparos al aire, que lo hacían alejarse más rápido. Al minuto salieron todos los mozos y José, como cada año corrió el primero en busca de la presa. Estaban acostumbrados a verlo y nadie reparaba en su manera de correr, pero era elegante, de zancada larga, tronco algo echado hacia delante, braceo leve y una pisada tan ligera que parecía flotar sobre el suelo.

Cuando le dio alcance al animal, tiró de su rabo para darle vueltas, cambiar el sentido de su carrera y entretenerlo hasta que llegasen todos. Corría alrededor de ella, como toreándola y esquivando con habilidad cada intento de la vaquilla por envestirlo. Una vez todos arremolinados en torno al joven toro, empezaron a gritar:

“Uno, dos, tres, uno, dos, tres, uno, dos tres… súbete José, súbete José. Es tuya, vamos, súbete… uno, dos, tres, uno, dos, tres…”.

A José se le encendió la mirada aún más si cabe y sin pensarlo se subió sobre el animal, rápido, ágil y certero. A lomos y con sus pies tocando el suelo, sólo quedaba doblegarlo tirándolo al suelo. Ligeramente inclinado, rodeó con sus brazos el cuello de la vaquilla y ésta, al sentirse atrapada se puso sobre sus patas traseras, intentando liberarse del aquel peso que la inmovilizaba. José perdió el equilibrio y sin soltar al animal cayó hacia atrás, llevando a “Loquita” con él…

Sus ojos quedaron abiertos, el animal, libre, salió corriendo y todos quedaron mudos. La caída fue letal para José y su cuello quedó roto al instante. Tendido sobre el suelo, con una sonrisa en su rostro, parecía mirar al cielo, mientras la muchedumbre, atónita, no daba crédito a lo que acaba de presenciar. Lo cogieron en volandas y en minutos iba camino del Puesto de Socorro que había a escasos kilómetros de allí, pero toda prisa fue inútil. Su cuerpo había dejado de respirar en el preciso instante que había tocado el suelo y cualquier intento fue en vano.

Al año siguiente, la procesión ya no contó con la sonrisa de El Unodostrés abriendo paso, ni la verbena tuvo la presencia de aquel tímido bailón y por primera vez se dejó de dar caza a una vaquilla y a cambio se celebró la primera carrera popular, que discurría entre los tres pueblos vecinos y cuya distancia de poco más de 12 kilómetros era el homenaje que todos habían querido rendir a aquel pobre tonto que era mucho más que un simple vecino. En la programación de los festejos rezaba:

1er. Memorial José El Unodostrés – Corre y sé feliz

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José, El Unodostrés

Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gusta leerlo. Muchas gracias.

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6 comentarios a José, El Unodotrés

  • Aniram  dice:

    Bonito relato con final triste pero muy ameno hasta el final.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Aniram! Muchas gracias por leer y comentar este relato breve… cierto, es triste, lo sé, pero en ocasiones la vida, a pesar de tu tristeza o dureza, nos enseña y nos hace aprender muchas cosas, como en este caso el cariño y el respeto por los demás, seamos como seamos cada uno.

      Un beso y hasta otra.

      Paco.-

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Como siempre , sabía q lo leería no me iba a decepcionar , ha sido fascinante, emotivo y muy muy bonito , triste final pero lindo relató .
    Uno se pone a leerlo y se tele transporta a un escenario vivo y paralelo, se para el tiempo y estas solo y viviendo en vivo está preciosa historia .
    Haces q por un momento uno se olvide de todo y además de leer, que es una de mis aficione y aparte de correr, disfrute con ello , gracias y hasta la próxima .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cris! Te has vuelto una incondicional y no sé cómo agradecértelo, sinceramente, mis “gracias” se quedan cortas… me alegro mucho que la historia del bueno de José te haya gustado. ¿Sabes?, mientras la escribía sentía por él un aprecio y un cariño que espero que haya quedado reflejado en mis palabras. Sin duda es una historia triste, mezcla de afecto y pena y el final lo dice todo, pero en ocasiones, las cosas no son todo lo bonitas que nos gustaría, ¿no?

      Un fuerte abrazo y felices kilómetros, corredora.

      Paco.-

  • Sergio  dice:

    Muy bonito Paco. Triste pero emotivo. No sé si será una historia real o si proviene de tu imaginación, de cualquier forma está escrito con mucho gusto y delicadeza. Enhirabuena. Un abrazo

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Sergio! Todo un placer recibir tus comentarios… llevas razón, reconozco que con este relato me salió la vena triste y el poso que deja después de leerlo no es nada alegre. Es una historia inventada y en ella he querido dejar mezclados distintos tipos de sentimientos y emociones, diferentes según las personas, pero sentimientos al fin y al cabo.

      Un abrazo y me alegro mucho que te haya gustado esta breve historia.

      Paco.-

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