La armónica

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– Ya puede dejar la armónica, ha entrado casi todo el mundo y deben estar a punto de llegar – le dijo amablemente Juan, con su característico timbre de voz, que parecía modulado de fábrica y era capaz de hacer sonar todas sus palabras siempre con la misma intensidad y entonación.

– Salgo en un minuto… vaya abriendo mientras las puertas, por favor.

– Sí, no se preocupe, iba a hacerlo una que vez saliese de avisarle.

Juan – le dijo antes de que el anciano saliese por la puerta – gracias, muchas gracias.

El señor, con una edad próxima a convertirlo en octogenario y un aspecto saludable, asintió con timidez y se perdió en la oscuridad del pasillo al que daba la pequeña puerta de la estancia. Sus pasos se oyeron alejarse y a lo lejos se pudo percibir el leve murmullo de la gente que esperaba.

Sentado sobre el viejo sillón, inquilino mucho antes de que él llegara allí, tenía sus pies cruzados, reposados sobre un pequeño taburete de plástico azul y en sus manos seguía sosteniendo su compañera metálica, a pesar de haber dejado de echar aire sobre ella. Acariciaba la superficie niquelada de aquella vieja y raída armónica, de la que jamás había conseguido sacar una nota afinada, pero era su amiga y confidente inseparable desde hacía muchos años, tantos como los transcurridos desde aquella época en la que los Reyes Magos aún seguían llegando de Oriente, en las confiterías se podían comprar cigarrillos de chocolate y el olor a castañas asadas era lo que de verdad anunciaba la llegada del invierno… claro que entonces todo era diferente.

[…

– Qué molona tu armónica, a mí los Reyes me han traído un monopatín… ¿y qué canción dices que es? – le preguntó Jorge, su compañero de pupitre.

– Es “Oh, Susana”, ¿no te suena? – le dijo Adrián, esperando una respuesta afirmativa.

– Macho, yo la única Susana que conozco es la del ratón y esa tuya no la he oído en mi vida, jajajaja – bromeó Jorge, que en voz alta preguntó a los compañeros que estaban alrededor – ¿Vosotros conocéis a Susana?

Sí, mi prima se llama Susana, ¿qué pasa con ella? – dijo Luis, al fondo de la clase

– Mi vecina, la que tiene el culo de pera, se llama Susana también – apuntó Fede, que estaba mirando cómo llovía al otro lado del cristal.

Susana, Susana… ¡¡me la agarra con gana!! – gritó Ángel, haciendo que todos rompieran a reír y se unieran a decir burradas propias de una edad a la que aún quedaba algo lejana la pubertad.

– ¡¡Capullos!! – dijo en voz baja Adrián, que guardó la armónica y siguió comiéndose el bocadillo de chorizo que le había hecho su madre para el recreo y que esa mañana, por culpa del mal tiempo, estaban pasando dentro de clase.

– No la guardes, ¿me dejas que la toque yo? – le pidió Jorge, que había desatado toda la algarabía.

– Pues no, no te la dejo, llevas las manos llenas de aceite, mayonesa en la barbilla y echas un tufo a atún que me llega hasta aquí… vamos, ni lo sueñes – contestó con seguridad.

– Y a mí, ¿me dejas que pruebe yo? – escuchó decir a sus espaldas. Era la inconfundible voz de María.

Adrián notó la mano de la niña en su hombro y se dio la vuelta sintiendo un tremendo acaloramiento que ascendía vertiginosamente por todo su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, que terminaría provocando el incontrolable enrojecimiento de sus orejas y provocaría la risa y la burla de alguno de sus amables amigos.

– Sí, sí, claro – balbuceó – toma, ¿sabes tocarla? – preguntó mirándola a los ojos.

A pesar de su timidez, jamás apartaba su mirada de los ojos de la persona con la que hablaba y no importaba sentir vergüenza, culpa, miedo u otro sentimiento que a cualquier niño de su edad le habría hecho bajar la mirada al instante. Ese era un rasgo de su personalidad y siendo tan sólo un bebé parecía atender y escuchar con atención todos los mimos que unos padres y abuelos entregados le proferían sin parar.

La niña cogió la armónica con las dos manos, puso sus labios sobre ella y empezó a hacer sonar el pequeño instrumento con una maestría increíble. Adrián no pudo disimular su admiración y toda la clase quedó en silencio, tan pronto como comenzó a escucharse el sonido metálico de la pequeña armónica“Oh, Susana” sonaba y en la calle llovía.

…]

Debía salir, la comitiva no podía tardar, sin embargo sólo quería seguir acariciando aquella vieja armónica. Sus ojos, cerrados, eran mudos espectadores de imágenes que iban desfilando por su mente y por un momento creyó reconocer la fragancia de su piel, mojada, recién salida del río, con el sonido de las cigarras a lo lejos y un sol, inquebrantable, colándose entre las ramas de los eucaliptos, en aquella época donde los días pasaban sin mirar las horas y las prisas se ahogaban en las transparentes aguas de un río que se secó para siempre, dejando sin baño al verano… claro que entonces todo era diferente.

[…

– Me pregunto quién te enseñó a tocar así la armónica, nunca me lo has querido decir – le dijo Adrián.

– Nunca te lo he contado porque nunca me lo has preguntado, tontorrón – le contestó soltando una carcajada y dándole un beso en la mejilla. Lo miró detenidamente y antes de continuar haciéndola sonar le dio otro beso, esa vez en los labios y le dijo – Como te pongas colorado no sigo tocando, ¡eh!

María… no hagas eso, por favor – le dijo ruborizado, una vez más, sintiendo como en su interior el corazón le latía cada vez más deprisa.

Las primeras notas de la famosa “Let it Be” de los Beatles comenzó a sonar entre la manos de la chica y la brisa pareció detenerse. Fue lo más parecido al susurro de un ángel que volara por el aire y como una pluma se posó sobre su cuerpo, para rodearlo por completo y empujarlo al vacío, dejando aparcados por un momento sus principios, sus modales y su ejemplar compostura. Esperó que terminase de sonar aquella melódica poesía y por una vez hizo caso a su instinto, a su deseo y no se contuvo, simplemente se dejó llevar, por una vez se dejó llevar.

La chica dejó caer la armónica sobre las manos de él, que con los brazos extendidos le pedían en silencio algo más que el menudo instrumento. De rodillas, frente a frente, se miraron sin articular palabra; sus rostros se acercaron, sus ojos se cerraron, sus manos se juntaron y sus olores se mezclaron… a lo lejos, las cigarras cantaban (no habían dejado de hacerlo).

…]

El sonido de la campana le hizo abrir los ojos y supo que había llegado el momento. Se puso en pie y guardó la armónica en el bolsillo derecho del interior de su chaqueta; pasó la casulla por la cabeza y se miró ante el espejo para evitar salir despeinado ante quienes le esperaban, pero sobre todo para que ella le viese en perfecto estado. Pasó su mano atusándose el pelo y le pareció escuchar sus palabras, antes de peinarle una y otra vez, riéndose y susurrándole al oído que siempre sería para él, en aquella época donde ya no existía el miedo a lo prohibido, donde la edad había borrado los trazos morales de la conciencia, como si éstos hubiesen estado garabateados sobre una arena al merced del viento, cuando los sentimientos habían ganado la batalla a los remordimientos y cuando la primavera se alargaba desde junio hasta marzo… claro que entonces todo era diferente.

[…

– ¿Y cuándo os vais? – le preguntó Adrián.

– En un mes, aproximadamente. A Julio lo han nombrado Director Autonómico y allí tiene mayor proyección, no sólo a nivel personal deportivamente hablando, sino que será fundamental para poner en marcha la escuela de atletismo con la que tanto tiempo lleva soñando – le explicó.

– Se lo merece, María, Julio es una gran persona y un deportista ejemplar. Seguro que allí se le reconoce su valía y llega hasta donde él quiera. Siempre ha sido un fuera de serie… recuerdo, en el instituto, que no había nadie que le hiciera sombra en las pruebas físicas. A todo esto, ¿has dicho un mes?, un mes parece muy poco tiempo, ¿no? – calló en la cuenta de repente.

– Sí, en realidad él se marcha la próxima semana, porque tiene que empezar antes del nuevo curso escolar, pero yo estaré hasta que deje formalizada la matrícula de las gemelas en el nuevo centro y además tengo que organizar la mudanza y todo – le aclaró.

– ¿Y casa?, ¿tenéis casa ya? – le preguntó sorprendido.

– Sí, la casa nos la facilita la Federación, nos la han buscado ellos, aunque el alquiler es cosa nuestra; ellos no pagan un céntimo, faltaría más, jajajaja – bromeó.

– Bueno, seguro que allí os irá fenomenal… – quedó a medio decir, sin dejar de mirarla a los ojos, como siempre había hecho y como hizo el primer día que la vio.

– Aún queda para que me marche, además, no me dejaré de estar a tu lado, porque tú sabes que a pesar de todo, mi lugar está aquí – hizo una pequeña pausa – ¿me dejas tu, nuestra, armónica?, por favor – le pidió, rodeándole el brazo por el cuello y besando su mejilla.

Sabía perfectamente dónde la guardaba, porque siempre iba con él. Se acercó hasta su cartera de diario, en la que guardaba todos los papeles y documentos con los que iba de aquí para allá, la sacó de su interior y se la entregó en la mano, aprovechando para acariciar sus dedos y le dijo – Sorpréndeme una vez más, ¿qué vas a tocar?

– Siéntate y déjame que me ponga encima de ti; ahora escucha, ¿vale?, sólo escucha… – dijo en voz baja.

Mirándolo a los ojos y con sus dos manos acariciando la vieja armónica, la llevó hasta sus labios y como quien besa a su amado, cargada de sentimiento, comenzó a dejar pasar el aire a través del instrumento… “Agárrate a mí, María” comenzó a sonar. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y el nudo en su garganta hacía cada vez más difícil el trabajo de sus pulmones. Adrián no apartó ni un segundo la mirada de esos labios que se deslizaban de un lado a otro de la armónica y sus brazos, firmes, rodearon su cintura, agarrándose a ella como si quisiesen retenerla a su lado para siempre.

…]

Entrelazó sus dedos y con los brazos situados entre el pecho y el estómago comenzó a andar, despacio, muy despacio. Salió de la sacristía y cruzó el oscuro tramo hasta llegar al templo, que repleto de gente guardaba respetuoso silencio. Todos se pusieron en pie y él anduvo por el pasillo central, para dar la bienvenida al féretro que esperaba ante la puerta de la iglesia. El sol de otoño, a medio camino de su ocaso, se colaba sin remisión en el interior y le impedía ver con claridad la silueta del ataúd y quiénes lo portaban. Una vez a su lado lo toco, hizo la señal de la cruz sobre él, sobre su propio pecho y dando media vuelta comenzó a caminar hacia el interior, pronunciando en voz baja:

YO soy la resurrección, y la vida, dice el Señor: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive, y cree en mí no morirá eternamente. Yo sé que mi Redentor vive […] Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. El SEÑOR dio, y el SEÑOR quitó; bendito sea el Nombre del SEÑOR.

Llegado al altar y mirando a todos los presentes, tragó saliva y comenzó la que iba a ser su misa más amarga… en su sermón habló de la muerte y resurrección de Cristo, del sentido de la muerte cristiana y de una fe que jamás se debe perder, aunque a veces cueste entender el porqué del adiós a personas que aún tienen casi una vida, terrenal, por delante. Todas ellas, frases y reflexiones dichas en numerosas ocasiones, siempre dolorosas y sentidas, pero que en aquella tarde de octubre resonaban aún más solemnes entre los muros de la vetusta parroquia.

Sus ojos, recorrían una y otra vez el ataúd, hasta llegar a Julio y las gemelas, su afligido viudo y las dos nuevas huérfanas, que con evidentes signos de desolación cogían a ambos lados las manos de su padre. Su voz sonaba inalterable, serena, pausada, reflexiva y comprensiva, era parte de su trabajo, pero en su estómago se había cortado la digestión de su vida, de una vida escondida y callada. Sus sentimientos no podían asomar, como nunca lo habían hecho, y ya no volverían a quedar al desnudo ante la mirada de María, que había cerrado sus ojos para no abrirlos nunca más.

No importaba el motivo de su muerte, eso era lo de menos, como no importa el vehículo en el que viajamos si al final llegamos a nuestro destino y ese destino, en su caso, se había malogrado para siempre. Seguía oficiando el entierro

Mi alma espera al Señor más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana. Espere Israel, al SEÑOR, porque en el SEÑOR hay misericordia; y abundante redención con El.

[…]

La ceremonia llegó a su final y antes de despedir a los asistentes una de las gemelas le hizo un gesto con su mano. Adrián entendió perfectamente que la joven quería dirigir unas palabras de agradecimiento a familiares y amigos, que habían querido acompañarlos a ellos y a la difunta María hasta la tierra que la viera nacer y que, por expreso deseo, quiso que se convirtiera en la tierra donde descansase para siempre.

Las chicas asintieron con su cabeza al pasar delante del Señor y se detuvieron ante el micrófono desde donde él se había dirigido a todos, frente la atenta y compasiva mirada de todos los presentes. Sólo habló Carlota, que comenzó dando las gracias por sentirse tan acompañadas y continuó hablando de su madre; lo hizo en presente y en futuro, dejando a un lado un pasado que para nada entendían como tal, sino más bien como una nueva manera de entender la vida, donde ella siempre les acompañaría y estaría a su lado, sin que para ello necesitasen de su presencia. Concluidas sus breves palabras, dejó el sitio a Delia, que con la mirada al frente sacó de su bolsillo una armónica y dijo:

“Esta canción es con la que tantas noches nos acunaste, nos quitaste el miedo o calmaste nuestro llanto. Una canción que aprendiste de pequeña y también de pequeñas, nos enseñaste a nosotras. En sus notas van tu sonrisa, tu mirada, tus palabras y cómo no, tus consejos y también tus enfados. Esta canción es para ti, mamá…”

Sus manos agarraron la armónica y la acercó lentamente hasta sus labios, cerró sus ojos y comenzó a soplar… ”Oh, Susana” se dejaba escuchar.

[…]

El otoño trajo el comienzo de un nuevo curso, volver a ver las caras de los compañeros, los días de lluvia y calor, los cielos de nubes y sol, los atardeceres tempranos, las mañanas frescas y los bocadillos de chorizo y salchichón. Los recreos en el patio, los exámenes de inglés y las ganas por crecer, porque sí, a pesar de lo que pudiera parecer cuando llegaba el otoño todo, lejos de dormirse, comenzaba a florecer, lejos de árboles desnudos y de los grises y marrones que podemos ver… claro que entonces todo era diferente.

Y a partir de ese otoño, también volvió a ser diferente, pero esa vez, para siempre.

[…]

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La armónica

En esta ocasión una armónica ha sido la protagonista de un relato donde el running simplemente tiene una presencia testimonial, como testimonial pueden a veces resultar las presencias de las personas y que en contra de lo que se pueda imaginar tienen un gran peso en la vida de quienes los rodean. María y Adrián cruzaron sus caminos y la vieja armónica puso la banda sonora a ese silencioso caminar. Si te ha gustado este relato breve o quieres contar alguna historia donde el running esté detrás, hazlo saber y compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a La armónica

  • Fernando Murcia  dice:

    Enhorabuena, Paco, muchas gracias por compartirlo con todos. Simplemente excepcional.
    Un abrazo.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! Muchas gracias, una vez más, por tu fidelidad y por tus amables palabras, como siempre; me alegra mucho que te haya gustado, es un placer compartir estas pequeñas historias.

      Un fuerte abrazo.

      Paco.-

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