La Calle del Idiota

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En la calle del idiota no había una placa que rezara como tal:

Calle del Idiota

No, claro que no, pero todo el mundo se refería a ella de esa manera y a nadie hacía falta darle señas de dónde se encontraba. Incluso los había que desconocían cuál era su verdadero nombre, sobre todo entre los más jóvenes del pueblo, para quienes el idiota que daba nombre a esa calle era bien conocido y sin embargo se habrían quedado totalmente perplejos de haberles dicho alguien que esa no era su verdadera denominación.

El idiota que daba el nombre a esa calle tenía algunos años menos de la cincuentena y desde antes de nacer ya fue bautizado con ese cariñoso apodo, no en vano su madre era María la Idiota y él llevó con honor ser el Hijo de la Idiota, hasta que ésta falleció víctima de las fuertes riadas que asolaron el pueblo a principios de la década de los ochenta. Una mala previsión por parte de las autoridades, la rotura de una presa que no pudo soportar más presión y las calles anegadas de agua, con decenas de cuerpos de vecinos flotando en ellas, que se vieron sorprendidos en sus casas, durmiendo, ajenos a su cruel destino.

Desde ese día pasó a ser el Idiota a secas y como quien asume con total normalidad su destino, llevó con orgullo y dignidad que todo el mundo se refiriera a él de esa manera, incluso si alguien le hubiese llamado por su nombre es muy probable que no hubiese girado su cabeza. Él era el Idiota del pueblo y a pesar de lo que muchos pudieran imaginar, ostentar ese título era todo un honor, por el recuerdo perenne a su madre.

El Idiota era apuesto, bien parecido, aunque la costumbre de llevar siempre los ojos bien abiertos reforzaba su apodo, como si estuviera permanentemente asustado o simplemente pareciese un idiota… parecía asustado o tal vez no quería perderse una y siempre estaba bien atento, para no dejarlas pasar y captar todo cuanto pasaba a su alrededor.

Trabajador, callado, responsable y hogareño, formó su propia familia con Adela la Pinchaculos, hija única del practicante del pueblo, que creció con ese mote en clara y evidente referencia a la profesión de su padre. Ambos se conocieron tras la inundación, cuando el padre de Adela tuvo que estar durante quince días visitándolo en casa de sus tíos, poniéndole inyecciones que salvasen al Idiota de una fuerte gripe contraída. Ella le ayudaba después de venir del colegio y durante aquellos días los dos adolescentes comenzaron a sentir una atracción que los unió para siempre.

Como suele suceder en una habitual historia de amor, la amistad les llevó al noviazgo y años más tarde se prometieron amor eterno en la vieja ermita del pueblo, ante los ojos de la Patrona del pueblo, en una ceremonia que despertó la máxima expectación, por lo de ser las nupcias del Idiota del pueblo, ni más ni menos. Más allá de eso y sin saberse bien si fue por parte de la Pinchaculos o por parte del Idiota, el caso es que no pudieron tener descendencia y a pesar de los múltiples viajes a la capital a someterse a tratamientos de fertilidad no consiguieron culminar con un vástago el amor que se profesaban.

Fue allí, durante los viajes a Madrid de fin de semana, en los que Adela quedaba ingresada en la clínica de fertilidad, donde el Idiota descubrió la afición de la gente por caminar y sobre todo por correr. Sus tempranos paseos dominicales por El Retiro le sirvieron para cruzarse con cientos de personas que practicaban ese deporte y él, sentado junto al lago, con sus ojos bien abiertos observaba y observaba.

Así, no consiguieron traerse de la ciudad un hijo en sus entrañas, pero por el contrario descubrieron una afición que compartirían juntos a partir de ese momento y que los llevaría a dejarse ver practicándola por las calles del pueblo, siendo los pioneros de ese deporte, mientras todos los miraban y se reían sin disimulo…

– ¿Has visto al Idiota y a la Pinchaculos corriendo?, parecen dos atletas, jajajajaja. Él lleva una cinta en la cabeza y ella va con gorra; vaya par de infelices, dónde se pensarán que van a llegar, jajajaja, lo mismo se salen del pueblo y no saben volver – decía alguno.

– Mañana vente conmigo a comprar churros, que vas a ver pasar a dos miembros del equipo olímpico español… sí, hombre, ¿no los has visto?, claro, son la Adela y el Idiota, que les ha dado por correr ahora, ¿qué te parece? Me parto de risa de verlos: él va delante y ella detrás, como un perrico faldero. Creo que su padre, con tanta inyección, le tuvo que poner alguna y dejarla medio tonta, porque mira que casarse con el Idiota… vaya pareja – comentaba otro.

– ¿Os habéis enterado?, esta año la Antorcha Olímpica pasa por aquí… qué sí, hombre, sale de Atenas y viene directamente hasta el pueblo, para hacer el primer relevo en la Calle del Idiota, jajajajaja… pongo el pito doble y cierro, ¡a hacer leches! – se mofaban.

Aquella pareja soportaba las risas y burlas de sus convecinos como si nada de eso fuera con ellos, que indiferentes hacían caso omiso a los cuchicheos, sin importarles los diles y diretes de unos y otros, como tampoco les importaba que tal vez el nombre de la calle donde vivían debía ser muy diferente al que ostentaba, debido sin duda a los méritos cosechados por algunos de los múltiples habitantes de la conocida calle

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Al principio de la Calle del Idiota, sin ir más lejos, estaba Julián, el dueño de la tienda de ropa, quien bajo su apariencia moderna y actual, siempre con ropa de marca y perfumado hasta el exceso, perdía los vientos por Mercedes, la chica que iba a hacer los arreglos todas los martes por la tarde y que en más de una ocasión extendió esos arreglos más allá del hilo y la aguja. Claro que para Julián, aquello era parte del trabajo de la chica, como meter bajos o poner hombreras, mientras su ignorante mujer se desvivía por tener su casa hecha un palmito y ponerle cada día en la mesa el mejor plato de comida, que siempre cocinaba con espero.

También en la Calle del Idiota residía Fátima, que por la falta de trabajo de su marido debió ponerse a cuidar a alguno de los muchos ancianos del pueblo. Bajo su sonrisa y una modélica actitud, de lo más servicial y atenta, escondía una incontrolable debilidad por apropiarse de lo ajeno, sobre todo por joyas y objetos de plata, que con el disimulo y la habilidad de una profesional iba hurtando a las pobres viejas, sin importarle un bledo si sus pensiones les daba o no para llegar a final de mes.

En una de las pocas casas en bajo que aún quedaban en la Calle del Idiota, habitada por la familia Marín, vivían Diego y Andrea, que tampoco quedaban fuera de la nutrida lista de candidatos a poner nombre a la conocida calle. Sus continuas muestras de amor en público, con continuos arrumacos y besos más propios de quinceañeros y no de un matrimonio próximo a las bodas de oro, terminaban nada más atravesar el umbral de la puerta de la calle, cuando sin nadie que los observase cogían del perchero del recibidor el amplio surtido de reproches, insultos y malos tratos con los que convivían cada día, mientras sus dos hijos fumaban porros y tocaban la guitarra en su cuarto, sin importarles una mierda las peleas de sus viejos o las palizas que se daban.

Justo encima de la tienda de ropa de Julián, la Calle del Idiota tenía el honor de contar entre sus vecinos con el mismísimo Don Francisco, el párroco del pueblo, que vivía en un modesto apartamento que la Diócesis tenía en propiedad, dada la pequeña y modesta Iglesia que tenía el pueblo, que no permitía poder dale un techo para dormir junto al mismo Templo. Allí, en aquel espartano piso, el cura hacía de la soledad su confesora y en su cuarto se santiguaba antes de masturbarse cada noche, recordando los castos pecados de las inocentes jóvenes, a las que con arte y maestría les arrancaba, bajo secreto de confesión, sus secretos más íntimos.

La Calle del Idiota era tan conocida como transitada y como tal no podía faltar en ella una taberna, donde cualquiera podía tomar un aperitivo a mediodía o un trago al caer la noche. Miguel, su dueño, hombre afable y orgulloso exalcohólico confeso, no era un maestro en el arte de las tapas, pero sus buenos vinos de la tierra siempre conseguían mantener una clientela fija. Clientela que cuando se marchaba dejaba la taberna sorda de murmullos y voces, escuchándose tan sólo la repetitiva música de la máquina tragaperras, que empujaba a Miguel a malgastar toda la caja del día, intentando conseguir un premio que jamás le habría saciado sus ansias por jugar y que más bien retrasaba la llegada a casa, donde debía compartir lecho con una mujer a la que ya no amaba.

El rincón más dulce de la toda la Calle del Idiota estaba al final, haciendo esquina con la Calle del Pino, que debía su nombre al centenario árbol de esa especie que había estado allí antes incluso de la creación del pueblo, según decían los más viejos del lugar. Ese rincón era la Confitería Ojeda, donde Felipe, el mejor maestro pastelero de la zona, un asalariado con contrato fijo, terminaba cada mañana más borracho que los bizcochos que bañaba y preparaba como nadie, poniendo en peligro un puesto de trabajo que más pronto que tarde terminaría perdiendo, fruto de su debilidad por el alcohol desde aquellos días que era monaguillo, cuando Don Francisco le daba alguna copa de más.

Tampoco podía faltar la figura del solterón del pueblo, que vivía en la esquina opuesta a la confitería y que no era otro sino el incorregible Damián. Bien plantado, de elegante figura y con un desparpajo que llevaba locas a gran parte de la féminas del pueblo, pero que bajo su apariencia de mujeriego y acostumbrado a alardear de continuas conquistas, en sus habituales viajes por toda España, como representante de la fábrica de aceitunas del pueblo, escondía una irrefrenable atracción por el mismo sexo, dando rienda suelta a sus deseos más inconfesables en tugurios trasnochados de las grandes ciudades, donde encontraba aquello que de verdad anhelaba y callaba.

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Todos éstos y algunos más, dormían y despertaban a un nuevo día en la Calle del Idiota, pudiendo ser dignos merecedores de dar nombre a esa calle que todos habían bautizado desde el principio como la del Idiota, pero que sin embargo tenía en el Idiota al menos idiota de todos cuantos vivían en ella y que bajo esas apariencias de normalidad escondían sus vergüenzas, sus miserias y lo que era peor, mantenían una cínica actitud con la que hacían de esa pareja el bálsamo de sus mentiras, la válvula de escape para reírse de todo aquello con lo que vivían cada día, sin querer ver que las mayores de las burlas eran las que ellos mismos se ocultaban unos a otros.

Mientras tanto, el Idiota y Adela la Pinchaculos, seguían haciendo su vida, sin ruido, apoyándose el uno en el otro, ajenos a miradas y palabras que salían de bocas que tenían mucho más que callar, pero no importaba, eso no importaba… como tampoco importaba el verdadero nombre de esa calle y que debido al gratuito protagonismo del Idiota había quedado ignorado. Un nombre que bien podía haber sido Fidelidad, Soledad, Tristeza, Lascivia, Libertad, Ilusión o simplemente:

Calle de la Verdad

Esa verdad que se escondía detrás de disfraces con mil máscaras distintas, pero que a pesar de todo no podían disimular cuando en soledad y en silencio se despojaban de sus ropas, se miraban ante el espejo y ya no sentían ganas de reír, no ya no, porque entonces sólo estaban ellos y su verdad.

Mientras tanto en la Calle del Idiota seguirían presenciándose mofas a la pareja del Idiota y la Pinchaculos, y de puertas para dentro, aunque no se vieran, continuarían los coitos entre alfileres y dedales, los robos en casas con olor a rancio, los insultos conyugales, el onanismo sin sotana, la ludopatía del desamor, el sabor a coñac de madrugada, el miedo a desnudar los sentimientos y otras tantas verdades, tan desconocidas como escondidas.

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La Calle del Idiota

Cuántos engaños se esconden detrás de apariencias que jamás imaginaríamos, cuántas historias se repiten cada día en calles como la del Idiota, donde la realidad duerme tras sutiles cortinas tejidas con el humo de la mentira. Si te ha gustado este relato breve o quieres contar alguna historia donde el running esté detrás, hazlo saber y compártelo. Muchas gracias.

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