La carta

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Por tercera vez se sentaba frente a aquel papel en blanco. Papel en el que quería plasmar las palabras de una carta que no sabía cómo empezar, ni cómo terminar. Cuarenta y un años era un período de tiempo lo suficientemente largo como para concluirlo con apenas media docena de renglones, pero al mismo tiempo sentía que cuanto más extensa fuera su lista de explicaciones, de argumentos, para terminar con aquella relación menos creíbles resultarían, puesto que costaba creer que si tenía de tantas razones hubiese esperado tanto tiempo.

Y así, con la mirada fija en el cristal de la ventana que tenía frente a él, no conseguía ver qué había más allá de aquel cerramiento antaño transparente. Sus ojos no eran capaces de percibir la luz de la tarde, ni el azul del cielo que empezaba a atenuarse y permanecía hipnotizado ante la carta que con determinación se había propuesto escribir de una vez por todas.

El sonido de las cigarras era imperceptible por culpa del monótono rumor del viejo aparato de aire acondicionado de su habitación, cuyos más de diez años le daban derecho a mantener un penetrante rumor que se colaba en los oídos sin ser apreciado, con la misma elegancia que un ladrón es capaz de robar en una casa, ante los ojos de sus propietarios sin ser visto… eso y la escasez de revisiones técnicas que de haber pasado cada año a buen seguro habrían alargado su rendimiento y reducido su quejido metálico. La carta seguía sin contener una sola palabra

Se levantó de la silla y fue hasta la cocina para echarse un vaso de horchata; los platos de la cena de la noche anterior y de la comida de ese domingo reposaban dentro de fregador, de manera desordenada y con los restos de comida aún sin limpiar. Los botellines vacíos de vidrio marrón apenas tenían un dedo del resto de cada una de las cervezas belgas que habían contenido en su interior y un par de tenedores y cuchillos se mantenían erguidos dentro del vaso de tubo en el que mojó sus labios para beber varios ginlemon la noche anterior, mientras en el televisor ofrecían sin parar fantásticos artículos en la llamada teletienda.

¿Qué queréis ser de mayor?… preguntó en voz alta Doña Encarnita, la señorita de cuarto de EGB, nada más entrar a clase el último día del curso. Era algo así como dejar por escrito lo que esperaban del futuro y ante lo que fue incapaz de responder tras cerca de hora y media de aparente concentración, en la que en realidad tan solo pensaba en las vacaciones que estaban a punto de comenzar y en las que, como cada año, no saldría del barrio, excepto las dos semanas del mes de agosto en la que iría con sus padres y sus hermanas a los Picos de Europa, a un pequeño caserío con el que la empresa donde trabajaba su padre agradecía a los cuatro responsables de producción las maratonianas jornadas de trabajo en la fabricación de fibrocemento.

Agente de seguros, médico, profesor, comercial, vendedor de cortinas, fontanero, carpintero y hasta un taxista, sin faltar por supuesto algún futbolista y un piloto de motociclismo… profesiones de lo más variado y en las que mayoritariamente tenía mucho que ver con lo que los chicos veían en casa, en la figura de su padre. Un padre, el suyo, al que prácticamente no conocía y del que durante esos quince días al año, en plena naturaleza, intentaba no despegarse ni un minuto, como queriendo ganar en ese breve espacio de tiempo todo lo que no podría disfrutar durante los doce meses siguientes.

¿Qué queréis ser de mayor?… resonó en su cabeza, mientras aliviaba su vejiga. La taza del inodoro, ennegrecida por la falta de higiene, presentaba salpicaduras de orín de un amarillo amarronado y la ausencia de tapa estaba en consonancia con un lavabo que hacía de improvisada repisa, sobre el que se amontonaban varios desodorantes vacíos, alguna espuma de afeitar, un par de maquinillas desechables, un vaso de plástico amarillo con tres tubos de dentífrico y un cepillo de dientes raído, dos colirios, un frasco con vaselina, dos pequeños frascos de antidepresivos y una caja de tiritas de tela.

El suelo de toda la casa hacía meses que no había sentido la caricia de una fregona que le sacase brillo y todo cuanto había entre aquellas paredes que habitaba era el reflejo de un estado de ánimo… de su estado de ánimo y de una situación que inevitablemente estaba llegando a un punto de no retorno.

Se volvió a sentar sin el menor convencimiento de ser capaz de comenzar tan siquiera aquella carta y dirigiendo su mirada, otra vez, a través del cristal de la ventana que le observaba comenzó a escribir, sin darse cuenta, comenzó a escribir

Voy a ser pintor y haré cuadros de todos los tamaños, unos gigantes y otros diminutos. Los pintaré de un color cada uno y también de todos los colores a la vez, con soles, lunas, estrellas, barcos, el mar, las montañas, gente riendo, algunos, llorando, otros, con niños, con madres y con padres, con coches y camiones, con un cohete espacial, llenos de cuadrados y triángulos, con mesas y sillas de madera, con un ciprés, con media docena de vasos, con pies y con manos… voy a dibujar todo cuanto pase por mi cabeza, todo cuanto vean mis ojos y todo cuanto sueñe mientras duerma o mientras esté despierto. Los haré sobre telas, en sábanas, en papel, en cartón…

Siguió enumerando una lista interminable de todo aquello que pintaría, de todo aquello que quería ver hecho realidad, de espaldas y ajeno a la verdadera realidad que le había tocado vivir o que tal vez, sin darse cuenta, había elegido vivir… los anuales quince días de verano nunca fueron suficientes para eliminar las secuelas en los pulmones de su padre, sometidos a tantas horas de trabajo con aquel mortal material, como tampoco fueron suficientes para estrechar unos lazos paternos que siempre había anhelado con toda su alma. Continuar con la vacante laboral de su predecesor tampoco fue una buena elección, pero sí la única cuando la ausencia de estudios no auguraban un próspero porvenir. La fábrica se vio obligada a cerrar sus puertas, la indemnización dio para poco más de varios millones de pesetas, antes, convertidas en euros después y el tiempo fue pasando mientras su vida quedaba atrapada en un lienzo que nunca parecía ver el color, ni la luz.

… azul, verde, rojo, amarillo, naranja, blanco, negro…

Pareció como si los colores se hubiesen acabado, como si aquella lista hubiese llegado de manera inevitable a su final y sin saber cómo, ni por qué, descubrió lo que acababa de dibujar, entre las líneas de esa carta, llenas de palabras que habían surgido a borbotones, fue capaz de ver el color y la luz que tantos años había deseado. Tantos como los cuarenta y uno que contaba, sin familia propia y ajeno por completo a unas hermanas que habían emigrado, solo con el recuerdo de unos padres que lo trajeron a esta vida y sin nada, ni nadie que lo esperara, decidió que era el momento de marcharse y se fue.

El papel en blanco destinado a contener una carta de despedida, de su despedida, se cruzó con una pregunta que llevaba muchos años sin responder y sin llegar a saber bien qué es lo que quería ser de mayor comprendió, al menos, dónde debía estar.

Los Picos de Europa lo estaban esperando desde la primera vez que fue, una pequeña casa con un trozo de tierra y un pequeño establo se convirtieron en la parte material de un dinero recibido a costa de su salud y allí, entre aquella naturaleza que le había enamorado buscó el recuerdo de unas tardes de agosto llenas de luz, la misma que faltó en su vida y que a partir de entonces había encontrado. Allí volvería a caminar, esta vez en soledad y quizá, por qué no, ese caminar lo enseñase a correr… a correr en su nueva vida y comenzar a escribir a partir de entonces una nueva carta.

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La carta

En ocasiones el destino puede quedar escondido en una pregunta sin responder y basta con encontrar la respuesta que un día debimos darle para descubrir dónde está nuestro lugar. La vida está llena de cartas por escribir, llena de cartas por recibir y quizá, en alguna de esas, nos encontremos a nosotros mismos. Si te ha gustado este relato breve, donde en esta ocasión la presencia de nuestro querido running es puramente anecdótica y fugaz, compártelo y si tienes alguna historia que quieras contar, anímate y hazlo, seguro que será interesante. Muchas gracias.

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