La Escuela de Peter

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Si me refiero a la Escuela de Peter, no lo estoy haciendo a una escuela cualquiera, sino a una concreta en la que, para considerarse alumno de ella no es necesario comprar material escolar, sentarse tras una pequeña mesa, ni prestar atención durante largas horas de clase. Tampoco hay que formalizar matrícula alguna y la mensualidad por formar parte de ella no cuesta nada, absolutamente nada, es gratuita. En la Escuela de Peter todos son, somos, bienvenidos, no existe distinción alguna que impida el acceso a quienes así lo deseemos y no hay condicionantes en cuanto a sexo, política o religión, ni incluso tampoco influye que tengamos un mayor o menor carácter deportivo.

Formar parte de la Escuela de Peter es formar parte de la vida que nos rodea, simplemente eso. Sencillo, muy sencillo, ¿verdad? Sin embargo, todos sabemos que existen miles, millones de maneras distintas de entender esta vida de la que todos formamos parte, tantas como los miles, millones de seres que habitamos el planeta. Por eso, resulta lógico comprender que haya distintas interpretaciones de aquello con lo que convivimos, de aquello con lo que nos encontramos a diario.

Estamos acostumbrados al día a día, a la rutina y sin darnos cuenta aceptamos como normal, como correcto, comportamientos, pensamientos o actuaciones tan familiares, tan habituales, que ya ni nos acordamos en qué momento dejaron de ser como antaño, cuándo cambiaron a lo que son hoy. Por eso, no hay nada como pararse de vez en cuando y charlar con tu compañero de pupitre, ese que todos los días se sienta a tu lado mientras asistís, como dos alumnos más, a un día más de clase en la Escuela de Peter.

Durante esos encuentros, en esas confesiones entre alumnos, es cuando te das cuenta de cuánto has aprendido a lo largo del tiempo y de cómo has comprendido que las lecciones que ayer resultaban fundamentales, hoy han dejado paso a otras que difieren sustancialmente de aquellas. Tus ojos miran a su alrededor y se percatan de elementos que forman parte de un paisaje que antes resultaban, simplemente, invisibles.

Algunos lo llaman paso del tiempo, otros, madurez, aunque también hay quienes se refieren a ello como ley de vida. Sea como fuere y denominado como mejor le parezca a cada uno, la gran verdad es que tus principios, tus prioridades, tus preocupaciones, tus inquietudes, tus obligaciones, tus responsabilidades, tus derechos cambian, todo cambia, bien porque tú has cambiado o bien porque todo ese cúmulo de factores han obligado a ello.

Son esos cambios precisamente los que nos permiten asociarnos unos con otros, los que hacen que nos unamos entre afines y nos distanciemos entre ajenos, dando lugar a grupos entre quienes tenemos valores semejantes y maneras de interpretar las lecciones que cada día nos enseñan en la Escuela de Peter. Lecciones, algunas, indiscutibles; difíciles de interpretar, otras; incompresibles, muchas; inaceptables, otras tantas… hasta las hay que, por sabidas, no dejan de ser suspendidas, una y otra vez.

Pero, ¿qué lecciones podemos etiquetar como indiscutibles, interpretables, incomprensibles o inaceptables?, por ejemplo. Pregunta de difícil solución y cuya respuesta más idónea siempre será aquella que resulte más aceptada, por más repetida, no siendo pese a todo, una garantía que avale la certeza en sí misma. En cualquier caso y con la duda, o no, de estar equivocados, nos asimos a nuestro razonamiento, a nuestro punto de vista y como si de rivales se tratase, nos atrevemos a cuestionar todo o casi todo lo que sale a nuestro paso.

Tal vez por eso, no encontramos inmersos dentro de una sociedad que cada día va más en contra de sigo misma, capaz de ser la más tolerante y la más insolidaria, capaz de darlo y quitarlo todo, y de aceptar con la misma facilidad que niega… una sociedad que tan solo parece empeñada en mirar para sí, tan inocente como desconfiada, tan generosa como egoísta, tan dócil como brava, tan veraz como falsa… fiera y presa, al mismo tiempo.

Cuestiones sociales, políticas, morales, religiosas, culturales, deportivas y algunas más, todas ellas salen a flor de piel cuando charlas en la Escuela de Peter, cuando debates e intentas comprender el porqué de esas lecciones que aprendemos cada día. Dónde estamos, dónde vamos, qué perseguimos, qué deseamos… cuestiones que te paran, que te detienen por un momento y te hacen posar los pies en el suelo, ese que pisas cada día, casi sin verlo, pero al que a veces debemos contemplar.

El mar, calmado, invitaba a no salir de él, y el sol, sobre el horizonte, reclamaba ser contemplado. La Escuela de Peter preparaba las mesas para la noche, mientras un ancla se durmió con el silencio del atardecer…

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La escuela de Peter

En mi escuela, la de Peter, todos formamos parte de ella, aprendiendo y enseñando. Anímate y deja tu punto de vista sobre esta metáfora y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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