La Feria del Corredor

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Llegó al hotel cuando su reloj marcaba las doce del mediodía, cogió la habitación y nada más dejar las maletas se fue hacia la Feria del Corredor. Era su cuarta participación y por segundo año repetía en esa misma ciudad. Allí fue donde se estrenó en la distancia reina y el recuerdo que guardaba era tan bueno que le animó a volver a inscribirse.

Comenzó a correr por recomendación médica, tras un análisis que mostraba niveles en sangre más propios de un varón treinta años mayor que él. El médico no dejó lugar a dudas, su recomendación a cerca de vigilar su alimentación y salir a caminar a diario fue tomada al pie de la letra y desde el día siguiente comenzó a cambiar sus hábitos de vida.

No era una persona excesivamente deportista, pero siempre se había preocupado de hacer algo de ejercicio físico y al menos dos veces por semana solía jugar algún partido de tenis, de padel o de fútbol sala. Pero el matrimonio, la llegada de los mellizos, el trabajo y la rutina fueron arrinconando esa sana costumbre y la vida sedentaria fue apoderando de su día a día.

Aquel toque de atención le hizo reaccionar y el salir a caminar lo animó poco a poco e hizo que sus pasos se convirtieran en zancadas, aficionándose a un deporte que siempre había pasado desapercibido para él. Y así comenzó a correr y sin darse cuenta fue quedando atrapado en él.

El taxi le dejó delante del Pabellón de Exposiciones, en cuyo interior se albergaba la Feria y antes de entrar se paró a contemplar las grandes pancartas que vestían la fachada, en las que se anunciaba la carrera, junto a las banderas y los cientos de globos que formaban una especie de túnel que conducía hasta la entrada al recinto. Como un niño parado delante de su colegio el primer día de curso, miró con detenimiento a su alrededor, intentando guardar en su memoria aquel instante y con la misma ilusión, pero cuarenta años mayor, sintió cómo se erizaba su piel y se dirigió al interior.

Los niños ya contaban doce años, iban a sus cosas y ni a ellos, ni a María, poco amante del deporte y sí de la literatura, les gustaba su tardía afición por el running, por lo que siempre acudía solo a cualquier carrera en la que participaba, ya fuera en su ciudad o a setecientos kilómetros de distancia, como era en esa ocasión. Para él era algo normal y mientras que a su alrededor veía parejas y familias que acompañaban a los corredores, él se movía solo de un lado a otro, sin importarle lo más mínimo, al revés, lo agradecía, porque le permitía encontrarse a sí mismo.

La Feria era espectacular, había crecido tres veces más con respecto a la que él había acudido la vez anterior, tres años atrás. El número de participantes también se había duplicado y eso había propiciado claramente ese crecimiento. Varios cientos de corredores se agolpaban de manera ordenada frente a la zona de recogida de dorsales, mientras otros tantos paseaban entre stands donde había ropa y calzado deportivo, suplementos alimenticios, bebidas isotónicas, relojes, planes de entrenamiento, fisioterapeutas, análisis de pisada y hasta puntos donde poder coger información de futuras carreras, a celebrar tanto dentro como fuera del territorio nacional.

Tenía la costumbre de no querer saber nunca qué dorsal le asignaban en las carreras y hasta que no llegaba el momento de recogerlo, mantenía una especie de ilusión por saber cuál sería. Era algo carente de sentido, pero para él formaba parte de sus hábitos frente a una carrera y lo hacía sentir bien. Una vez que miraba el dorsal que le correspondía en el listado de participantes, lo cogía de inmediato y fantaseaba con el número que le había tocado: “sumaba, multiplicaba, combinaba los dígitos, de manera que imaginase su ritmo de carrera, la posición en la que llegaría o en qué kilómetro le podría entrar flato, etc.”.

Recogido su dorsal (4352) y la bolsa del corredor, se perdió entre la gente para echar un vistazo por los diferentes expositores, mientras sus pensamientos se alejaron de la realidad para intentar encontrar qué mensaje guardaba en su interior aquellos cuatro números… levantó la mirada casi por intuición y se encontró frente a una atractiva mujer que, vestida con camiseta negra, vaqueros desgastados y unas llamativas zapatillas de running, le sonreía sin disimulo.

Unos grandes ojos marrones, densa melena recogida en una cola, labios pintados de un color tierra, manos cuidadas con uñas cortas y pintadas de rojo, estatura media y una complexión delgada, que a buen seguro sería atlética debajo de aquella ropa. Estaba al final de uno de los pasillos laterales, junto a un stand de complementos reflectantes para corredores y en su mano sostenía medio centenar de cuartillas impresas.

Él alargó su mano, de manera automática, para recoger una publicidad más que guardar en su bolsa, como toda la que había guardado ya. La chica alargó la suya para entregársela, al tiempo que le dijo:

– Hola, buenos días, es tu segunda participación aquí, ¿verdad?

Sorprendido, con la mano sosteniendo la hoja que le acaba de dar y su brazo aún estirado, le contestó tímidamente.

– Buenos días, sí, así es. Es la segunda vez que vengo a esta carrera, ¿cómo lo has sabido?, ¿llevo algún cartel que lo ponga? – preguntó, sonriendo amablemente.

– Jajajaja, no, tranquilo, no llevas ningún cartel colgado del cuello, ni nada por el estilo. Lo sabía, sin más. Como también sé que esta es tu cuarta participación en un maratón…

Aún más perplejo guardó el papel en el interior de la bolsa, sin llegar a mirar qué era lo que anunciaba y su sonrisa se hizo aún más amplia, a la vez que su voz se apoderó de unos nervios que le atacaron de repente.

– ¿Nos conocemos?, ¿eres de la organización o algo?, ¿cómo sabes eso?, me estás dando miedo, jajajajaja. – dijo, encontrándose extrañamente cada vez más a gusto.

– No, no, no formo parte de la organización y he venido hasta aquí sólo para verte a ti.

– ¿Para verme a ? – no podía salir de su asombro – Me estás dejando fuera de juego, lo sabes, ¿verdad?, mi cara debe ser un poema.

– Tranquilo, estoy acostumbrada. Cuando vengo a veros soléis poner caras como la que tú tienes ahora mismo. Jajajaja, es divertido.

– ¿Divertido?, ¿qué es divertido?, “vienes a vernos”, ¿a quién vienes a vernos?, no me entero de nada.

– Verás, es muy sencillo. Yo soy una corredora como tú, bueno en realidad lo fui, pero desde hace unos años ya no puedo correr. Sin embargo sí puedo venir a rodearme de todos vosotros: los corredores; vengo a empaparme de vuestros sueños, de vuestras ilusiones, de vuestros miedos y eso me mantiene viva. A cambio os concedo parte de esos sueños que guardáis en silencio y que os acompañan cada vez que corréis.

– Estás de broma, ¿verdad?, pero ¿sabes una cosa?, suena muy bien. Me pareces convincente, es más, te voy a decir cuál es mi sueño

– No, no lo digas, ya te lo he concedido y mañana verás como esto que estamos hablando te resultará aún más convincente. Sólo tenías que encontrarme y lo has hecho y a cambio vas a hacer realidad ese sueño. Yo me quedaré con él, con ese sueño que has guardado durante tanto tiempo y tú verás cumplida una meta. Yo seguiré manteniéndome viva y tú seguirás enganchado a este deporte, como yo lo estuve y lo estoy… es muy sencillo:

“Tú corres por mí y yo sueño por ti”

El anuncio por megafonía del comienzo de la Pasta Party le hizo girar la cabeza un segundo y al volverla hacia adelante para seguir hablando con la chica, se encontró solo. Dio un par de pasos hacia delante, miró a su alrededor y buscó con su vista dónde podría haberse metido aquella misteriosa joven, pero todo fue inútil. Caminó entre los diferentes pasillos y stands buscándola, pero no consiguió volver a verla, había desaparecido igual que había aparecido, sin ser capaz de darse cuenta.

Aquella noche, como cada noche previa a una carrera, lo dejó todo preparado para la mañana siguiente: zapatillas, calcetines, pantalones, camiseta, chip, cinta para el pelo y el dorsal (4352). Se acostó recordando la conversación con aquella guapa y misteriosa mujer y sobre la almohada creyó poner ese sueño que llevaba poniendo desde hacía tiempo y que esperaba poder ver cumplido al día siguiente… pero ese sueño ya no estaba allí.

Cuando regresó a la habitación estaba exultante, pletórico, había conseguido hacer una magnífica carrera y le resultaba imposible ocultar su sonrisa. Así, sonriente, se puso frente al espejo antes de desnudarse para entrar a la duchar y fue entonces cuando reparó en su dorsal, el 4352

No se había dado cuenta hasta ese instante, al verse reflejado en el espejo, se quitó su dorsal y con él en la mano lo comprendió. A él, que le gustaba fantasear con sus dorsales, se le había pasado por alto, ese 4352 le había estado diciendo de manera velada que aquella era su 4ª participación en un maratón y su sueño de bajar de la barrera de las cuatro horas se vería cumplido, en concreto ocho minutos por debajo. Miró su muñeca y el crono marcaba exactamente un tiempo de 3h:52’… un escalofrío recorrió su cuerpo.

Cogió entonces la bolsa que le habían dado en la Feria del Corredor, el día antes, para mirar entre todos los papeles y por más que buscó y rebuscó no encontró el que le había dado la chica; no había nada que no fuera publicidad de geles nutritivos, ropa técnica o propaganda de otras carreras. Es posible que todo hubiera sido fruto de su imaginación o… ¿tal vez no?

Lejos de esa habitación, perdida en el tiempo, aquella chica seguía barajando los sueños de tantos y tantos corredores y cuando al azar elegía uno lo hacía afortunado, a cambio sólo le pedía que hiciese por ella lo que más le había gustado en su vida: correr.

[…

En la Feria del Corredor, hay mucho más que corredores y artículos relacionados con el mundo del running, en esas ferias hay sueños, cientos, miles de sueños, tantos como corredores se situarán bajo la misma línea de salida, con el deseo común de ver cumplido su sueño. Unos llegan a cumplirse y otros no, pero eso no les impide soñar, no nos impide soñar… es la Feria del Soñador.

…]

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El dorsal afortunado (la Feria del Soñador)

 

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