La huida

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Dicen que la mejor huida es aquella que se hace hacia delante y muchas veces es la que elegimos, sin ni siquiera ser conscientes de ello. Eso al menos es lo que descubrió Andrés con el paso del tiempo, que su escapada le había cambiado la vida por completo y ese cambio había sido para bien.

Hijo único de una acomodada familia, quedó huérfano siendo muy pequeño y el amor de su madre, que pasaba la línea de la sobreprotección, le hizo ser un niño algo diferente al resto. No se manchaba, no jugaba al fútbol, no corría, siempre por miedo a que se cayera o se resfriara; no bebía agua del grifo y por supuesto, el almuerzo siempre era un bocadillo con doble servilleta, una para cogerlo y otra para limpiarse.

De adolescente estudió Ciencias Empresariales en la universidad privada y sabía que cuando terminara tenía su puesto de trabajo en la asesoría que muchos años atrás habían creado su padre y su único tío, hermano de su padre. Como socios a partes iguales, él tenía asignado seguir la estela de la truncada carrera de su padre, al ponerse al frente de la sociedad. No era algo que se planteaba, lo sabía desde bien pequeño y su madre se lo recordaba con cada beso de cumpleaños: “Ya te queda un añito menos, cariño, para ocupar el puesto de papá”.

El universo femenino también era algo especial para él y aunque había tenido alguna que otra amiga, como un par de compañeras de clase y otra chica con la que había compartido horas de biblioteca, no se sentía demasiado cómodo entre ellas y su timidez siempre le ganaba la partida. En este caso de nada servían las aduladoras palabras de su madre: “Hijo mío, con lo guapo que eres, vas a poder elegir a la mujer que quieras, igual que tu padre me eligió a mí… y mira que llevaba locas a unas cuantas”.

Los años pasaron, tan monótonos y anodinos que al echar su vista atrás le costaba encontrar algo que los diferenciara, algo que le dijera que el paso del tiempo de verdad había sucedido y que a pesar de la rutina, la vida había seguido su paso. Y en uno de esos pasos, quedó huérfano al completo, otorgándole la verdadera soledad que hasta ese día había disfrutado en compañía.

Y siguió la rutina, entre balances, informes de empresas, análisis de costes, declaraciones trimestrales etc. El trabajo marchaba viento en popa, lo que obligó a contratar a un contable, que sacara parte de las tareas que iban quedando retrasadas. Así se podría continuar dando el servicio al que los clientes estaban acostumbrados y tener un mayor volumen de trabajo, aunque ello supusiera un gasto extra.

David era un joven licenciado en Dirección de Empresas, que ante la falta de experiencia y como algo temporal, había decidido probar suerte en aquella asesoría que le quedaba al lado de casa. De esa manera esperaba sacar algo de dinero, mientras terminaba el Máster de Postgrado y comenzaba a tomar contacto con el mundo laboral.

Tras unas sencillas pruebas de selección, se hizo con el puesto de trabajo y durante tres tardes a la semana comenzó a desempeñar sus primeras tareas laborales. Eran las tardes de martes, miércoles y jueves, las mismas en las que al salir se iba hasta la pista de atletismo, para dar clases del deporte con el que había crecido desde niño: correr (como a él le gustaba llamarlo).

Era monitor de tres grupos de chavales, de edades comprendidas entre 10 y 16 años. Los educaba en la disciplina de un deporte que le apasionaba, enseñándoles ejercicios de velocidad, cambios de ritmo, técnicas de calidad, además de motivarles e inculcarles valores como la constancia, la disciplina, la capacidad de sacrificio y la paciencia.

Tras los tres meses de prueba, Andrés tuvo claro que quería seguir contando con aquel muchacho y la renovación fue instantánea. De todas maneras, sabía que no haría carrera allí y más bien temprano que tarde seguiría un camino para el que había estudiado y estaba formándose. Tal vez por eso no quería que la confianza entre ambos fuera más allá de la meramente laboral.

A pesar de todo y por caprichos del destino, junto con la curiosidad que despertaba esa mochila negra que todas las tardes veía justo detrás de su mesa, Andrés se interesó por saber qué deporte era ese que su empleado practicaba. Esperaba que fuese fútbol sala, baloncesto, natación, balonmano o quizá musculación, pero nunca imaginó que dentro de aquel petate se guardaran varios pares de zapatillas de running.

Y poco a poco, entre “deberes y haberes”, se fue interesando por aquel deporte, como atraído de manera inexplicable por una disciplina en la que jamás había reparado. David lo enganchó al contarle su experiencia en todos los años que llevaba corriendo, junto con los logros de los chicos que tenía bajo su tutela, haciendo así que las silenciosas jornadas laborales se convirtieran en charlas donde uno transmitía, contagiando su pasión y otro hacía algo que dominaba como nadie, escuchar atentamente e interiorizar aquellas vivencias.

Terminada la jornada laboral, cada cual seguía su camino: uno, vestido de corto bajo potentes focos que alumbraban en medio de la noche y otro, preparando su comida del día siguiente, con las noticias del mundo como música de fondo. David enseñaba a correr y a saber cómo perseguir los sueños, mientras Andrés buscaba los suyos, removiendo a fuego lento, con la mirada perdida y el olfato dormido.

Aquellos dos mundos antagónicos se cruzaron, se mezclaron y lo empujaron a dar ese paso adelante que nunca había dado. Cuando David llegó aquella tarde, se encontró una mochila justo donde él dejaba la suya cada día y antes de darle tiempo a pensar, Andrés se acercó hasta él y le dijo que le enseñara a correr. Quería probar ese deporte, ya que a tenor de todo cuanto le había escuchado contar debía ser algo increíble.

Necesitaba que algo le sacase de su letargo, de esa vejez prematura que lucía desde antes de terminar su infancia, si es que la había tenido, como si de un traje de diario se tratase. Y la pasión de David lo contagió, le hizo dar un pequeño paso, el primero, que sirvió para comenzar a alejarse de la soledad que le rodeaba.

Para David fue toda una alegría, un motivo más de satisfacción, al descubrir que su pasión había empujado al hombre para el que trabajaba a lanzarse a probar el deporte que tanto amaba. Su edad quedaba fuera de la franja de los chicos que preparaba, pero aún así entrenaba con ellos, con un ritmo y variedad de ejercicios totalmente diferente.

Andrés comenzó andando y andando pasó a trotar, a correr… a volar. Fueron muchos meses asimilando todo cuando debía dar a este deporte, mucho antes de pensar que sería capaz de recoger algún fruto. Siguió al pie de la letra todo cuando David le dictaba: ropa deportiva, alimentación, elección de ejercicios, chequeos médicos, motivación y confianza, entre otras cosas.

En algo más de un año corriendo, ya se había probado en alguna que otra carrera de corta y media distancia y su próxima meta era enfrentarse a su primer medio maratón. Prefería ir paso a paso, no quería mirar más allá, como tampoco quería mirar hacia atrás. Aquella mochila negra lo había sacado de su soledad y sin darse cuenta lo hizo relacionarse con otra gente con la que compartía la misma afición y poco a poco empezó a ver la luz, su luz.

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La huida

“Comenzó a correr para huir de sus miedos y sin saberlo terminó encontrándose con sus sueños…”

 

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4 comentarios a La huida

  • Aniram  dice:

    Magistral relato!! He disfrutado mucho leyéndolo.Creo firmemente que el running ha llenado vacíos e insatisfacciones a muchas personas como el protagonista.Sigue escribiendo así.Lo haces muy bien ;-).

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Aniram!

      Muchas gracias por tus palabras de ánimo y como siempre digo, por asomarte a este rincón. Coincido contigo que el running, al estar tan de moda hoy por hoy, ha servido para llenar muchos huecos o vacíos. En cualquier caso, este breve relato sirve como ejemplo de un motivo que puede empujar a una persona a engancharse a este deporte y seguro que hay tantos motivos como personas salimos a correr casi a diario.

      Agradezco tu ánimo a que siga escribiendo y son estos comentarios, como el tuyo, los que me hacen seguir con esta afición de “juntar palabras” y como no, de correr, intentando unir ambos.

      Un abrazo y felices kilómetros (si también disfrutas de esta “loca” pasión).

      Paco.-

  • Cristina  dice:

    Hola Paco :
    Es increíble tu capacidad de contar ,expresar y transmitir historias como esta , me ha gustado un moton y por ello me quitó el sombrero.
    Además de transmitir lo que uno siente en dicho deporte , muchas gracias y seguiré leyendo tus post por qué cada una es increíble .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cristina! Agradezco mucho tus visitas y que compartas tu punto de vista, diciendo qué te ha parecido cada una de mis entradas, de esa manera no sólo me animas, sino que me ayudas a saber qué tipo de post son los que más pueden gustar a quienes entráis a leerme.

      Muchas gracias, nuevamente. ¡Saludos!

      Paco.-

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