La nevera

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La puerta de su nevera estaba completamente repleta de imanes; parecía una pequeña exposición de esos pequeños trocitos de formas y colores tan dispares, adheridos a la puerta de color blanco de su electrodoméstico, y puestos de manera ordenada, en tal número que se podían contar por decenas. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el mueble cacerolero y abrazando las piernas flexionadas contra su cuerpo, miraba fijamente aquel mural en el que parecía haberse convertido la vieja nevera.

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Cada uno de aquellos imanes tenía su propia historia, eran parte de él y representaban no sólo el lugar donde había participado en alguna carrera, sino también guardaban un trocito de él, porque cada prueba era algo más que eso, una simple prueba. Recordaba cómo había comenzado con aquella colección particular, concretamente fue en el Medio Maratón de Granada, veinte años atrás, como un obsequio más de la bolsa del corredor recibida aquel día. Así se encontró con su primer recuerdo imantado.

– Veinte años – pensó. Era un novato que se enfrentaba por primera vez a esa distancia, sin ningún tipo de respeto, con la confianza y la seguridad que sólo concede la juventud y que a veces te hace no medir las consecuencias de algunas actuaciones que pueden ser algo precipitadas. Sin embargo, todo salió bien y fruto de ello fue enganchándose cada vez más a aquel deporte que le hacía mantener alta su autoestima, gracias a su lenta, pero paulatina superación personal.

Después fueron sucediéndose más y más carreras, más y más ciudades y lógicamente, más y más imanes, que iban quedando pegados a su nevera, como pequeños trofeos a los que adoraba más que las medallas que recibía como premio en algunas de las pruebas disputadas.

– Las medallas son todas iguales, todos tienen la misma medalla, pero los imanes no los tiene nadie. Para alguien que tenga uno igual, seguro que no tiene tantos como yo y mucho menos, repetidos – solía decirse a sí mismo a menudo, mientras desayunaba su diario tazón de leche con cacao, mojando una docena de galletas en la láctea bebida… siempre doce galletas.

Reservado, meticuloso, tímido y lógicamente introvertido, aplicaba su cuadriculada personalidad a todo lo que hacía, de ahí que no resultara extraño que se decidiese por estudiar delineación, una vez concluidos sus estudios de bachiller. Allí encontraba no sólo la perfección geométrica de las formas, los planos y los espacios, sino también era la manera más ordenada de llevar al plano laboral su manera de ser y de pensar.

Amigo de su amigos, de sus pocos amigos, llevaba marcada, sin saberlo, la huella de una educación demasiado descuidada, casi desatendida, lo que provocó que desde bien niño se hiciera a sí mismo, cerrándose al resto de la gente y encontrando en la relaciones personales una asignatura pendiente, que pasaba suspensa de curso en curso, pero que evidentemente no aparecía reflejada en su currículo escolar.

Sus ojos recorrían de izquierda a derecha y de arriba abajo cada uno de aquellos pequeños souvenirs, deteniéndose al azar en este o en aquel, hasta llegar al final y volver a recorrerlos en sentido contrario, y vuelta a empezar. Sus ojos se negaban a desviar su atención de la nevera y parecía como si todo cuanto había a su alrededor hubiera desaparecido por completo.

– Granada, Albacete, Badajoz, Sevilla, Barcelona, San Sebastián, Oviedo, Madrid, Oporto, Málaga, Valencia, Zaragoza, Murcia, Alicante, Lisboa, Soria – pronunciaba en voz baja, de manera monótona y pausada.

– Allí fue donde corrí mi primer maratón; cuatro horas y veinte minutos. Hacía mucho frío, incluso llovió durante parte del recorrido… la gente nos ofrecía tazas de café, en vez de agua y hubieron algunos que hasta se colocaron bolsas de basuras que ofrecían en los puestos de avituallamiento. Quién lo iba a imaginar, con el sol tan espléndido que hacía cuando tomamos la salida.

– ¿Tú no corres?, ¿practicas algún deporte? No, creo que no, no tienes pinta de eso. El deporte debería prescribirse por receta médica y así no habría tanto odio y tanto rencor, porque la gente gastaría su energía corriendo, saltando, nadando, montando en bicicleta o haciendo lo que fuera y seguro que todo iría mejor.

– En esa carrera fue la única vez que tuve que abandonar; me caí en la salida y a pesar de ser tan sólo quince kilómetros no pude recorrer más de cuatro. Me había hecho una doble fractura de cúbito y radio de mi brazo izquierdo, al caer contra un bordillo… para que veas, las piernas me iban perfectamente, pero el brazo lo llevaba colgando y dolía a rabiar. Comprendes por qué hay dos imanes de la misma ciudad, ¿verdad?, sí, al año siguiente volví y pude correr la prueba completa.

Nunca había tenido mano con las chicas y mientras que para algunas era simplemente un bicho raro, para otras era lo más parecido a un gay reprimido, incapaz de sacar a flote su verdadera sexualidad. Claro que también las había que solían reírse de él a sus espaldas, cuchicheando si tal vez sería una bestia sexual, capaz de montárselo con tres a la vez y saciarlas a todas, tal y como habían leído que parecía suceder con los chicos más introvertidos, que eran capaces de tener un comportamiento totalmente opuesto del que aparentaban.

Sea como fuere, nadie sabía de chica alguna que hubiera tenido algún contacto sexual con él, aunque según había contado en cierta ocasión, aseguraba haber perdido su virginidad con apenas dieciocho años, con una amiga de su madre, que había ido a pasar diez días a casa durante el verano de transición a la universidad. Las malas lenguas decían que en realidad aquella amiga de su madre era una antigua amante del padre y que nadie sabría jamás lo que de verdad pasó esa semana y media entre las cuatro paredes de aquella casa.

Lo cierto es que a partir de ese verano fue cuando empezó su afición por correr y cuando la poca relación que mantenía con algunos amigos y vecinos se fue haciendo cada vez más esporádica. Sus estudios, sus continuas carreras y una vida aparentemente monótona, plana y sin aspectos relevantes que pareciesen ponerle algo de chispa a la misma, eran la tónica habitual de su anodina vida. Sin embargo y contrario a lo que todos podían pensar, no necesitaba nada más, según él mismo se auto convencía, no precisaba de nada más.

– No, mi padre murió mientras instalaba el tendido telefónico provisional de una nueva urbanización, en las afuera de la ciudad; fue arrollado por un camión que daba marcha atrás, que lo hizo precipitarse al vacío desde una altura de tres metros, con la mala fortuna de caer sobre una arqueta de hormigón y abrirse la cabeza igual que un melón. Me pregunto de qué vale llevar un casco de seguridad si cuando caes lo pierdes por el camino, ¿no te parece? – hablaba sin parar, en voz alta.

– ¿Y mi madre?, a ella le dio igual, hacía años que su cabeza andaba por otros mundos, perdida en una realidad que sólo ella veía y entendía. La verdad es que no se enteró e incluso aún hay veces que me pregunta por él cuando voy a verla al sanatorio – hizo una pausa – está fuerte, sana, sigue tan guapa, pero la miro a sus ojos y no es ella. Hace tiempo que dejó de ser ella, lo cierto es que creo que nunca la llegué a ver… – terminó de decir.

– El último imán es de hace apenas dos meses, sí, es el más reciente… no, claro que no lo ves en la nevera, es el que tienes . Pero no creas que te lo vas a quedar, ni lo sueñes. Alguna vez os habéis llevado alguno, pero ha tenido fácil solución, he vuelto a correr allí al año siguiente y lo he repuesto. Ese último fue de una carrera en la que lo pasé bastante mal, muy mal; apenas había podido descansar, por culpa de los planos topográficos de un nuevo plan parcial que me tuvieron quince días echando hora extras. Llegué falto de sueño y con la cabeza en otra cosa, me faltó concentración, lo sé, pero aún así me salió un buen tiempo – seguía hablando sin parar.

– Bueno, ¿y ?, cuéntame algo de ti, que sólo hablo yo. Por el anuncio creí que serías más atractiva, aunque estoy acostumbrado a contar con vuestras mentiras y con esa jodida manía de exagerar unas cualidades que no tenéis. Eres del Este, ¿verdad?, tu acento te delata, aunque hayas hablado poco. No he entendido tus prisas y no querer escuchar lo que te estaba contando, no, no te has portado bien. Sólo tenías que atender mi amable conversación, pero parecía que lo único importante era hacer tu servicio y salir corriendo – continuaba diciéndole.

Bajó su mirada de la nevera al suelo, a medio camino entre él y aquella especie de santuario al que veneraba. A menos de dos metros de él, yacía inmóvil, con sus ojos aún abiertos, como si estuvieran mirándole fijamente y su cara, cuidadosamente maquillada, contrastaba con la grotesca mueca que había quedado dibujada en su rostro, ante la escasez de aire que llenara unos pulmones que no habían recibido su demanda de oxígeno.

Su cuerpo, desnudo y bien formado, no habían conseguido captar la atención de su cliente y él, con su historia particular, no había conseguido transmitir lo que necesitaba de ella. Era sexo lo que le ofrecía, pero era compañía lo que precisaba y ambos intereses se vieron enfrentados.

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– ¿Estás enfermo, tío?, a mi no me importan una mierda las batallitas de tus infantiles imanes, ¿follamos o te la chupo? A ver si ahora me vas a servir un té con pastas, vamos… – le dijo mientras cogía de la puerta de la nevera el último trofeo de su colección.

– Por favor, deja ese imán donde estaba – le pidió pausadamente.

– ¿Quieres tu imancito?, pues cógelo, corazón – dijo metiendo su mano bajo el pantalón y alojándolo entre el tanga y su sexo.

La reacción fue instantánea: la ropa saltó por los aires, hecha jirones y el pequeño recuerdo se alojó en la garganta de la joven con una violencia que le sorprendió y ante la que no tuvo tiempo de reaccionar. Intentó zafarse de él, haciendo inútil cualquier intento por liberarse y en apenas un par de minutos su corazón dejó de latir, justo después de que su pulmones intentaran en vano su intento por inflarse.

– No me gusta que me ignoren, que me metan prisa y tú lo has hecho. ¿Tanto trabajo te costaba escucharme? – le preguntó, sin esperar una respuesta – por cierto, aún no me he inscrito para la próxima carrera. Si te gustara correr, podríamos ir los dos.

Se agachó hasta pegar su rostro contra el suelo, abrió la mandíbula de la chica e introduciendo los dedos en su boca consiguió recuperar el imán que había alterado su calma. Lo lavó minuciosamente y volvió a colocarlo en el lugar que correspondía. Miró la hora en su reloj y se dio cuenta que se le había hecho demasiado tarde para salir a correr.

– Ves, encima me has entretenido más de la cuenta. Bueno, no importa, tú ya no tienes prisa y a mí no me espera nadie – dijo sonriendo.

– ¿Sabes a quién conocí en esta carrera? – dijo señalando uno de los imanes.

Esquivó el cuerpo de la chica y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra el mueble cacerolero y abrazó sus piernas, flexionándolas contra el cuerpo, sin dejar de mirar fijamente aquel mural en el que se había convertido, desde hacía años, la vieja nevera.

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La nevera

A veces algo insignificante puede ser un preciado tesoro, no por su valor en sí, sino por lo que representa, por lo que se esconde detrás de él. Un imán pegado a una nevera puede ser el recuerdo de un viaje o ir mucho más allá, puede ser parte de la razón y el sentido de una vida. Si te ha gustado este relato breve o quieres contar alguna historia donde el running esté detrás, hazlo saber y compártelo. Muchas gracias.

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4 comentarios a La nevera

  • Fernando Murcia  dice:

    Muy bueno, Paco. En esta ocasión no te preguntaré qué tiene de autobiográfico el relato… jejeje, tal vez la costumbre de comprar un imán en las ciudades en las que corres, y ya!!!! Yo lo hago en general en las ciudades que visito, costumbre desde hace más de quince años cuando estaba algo menos de moda que ahora, ¿no es cierto?
    En definitiva, me ha gustado mucho el relato, enhorabuena y gracias por regalarnos un rato de lectura “fresca” (por la de la nevera) y entretenida.

    Un abrazo, Fernando.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! Muchas gracias, por tus palabras y me alegro, una vez más que hayas podido pasar un rato “refrescante” gracias a la lectura de este relato corto 😉 Como buen observador que eres, algo que llevas tiempo demostrándome en tus comentarios, la parte autobiográfica de esta historia está en guardar algún que otro imán para la nevera, aunque si te digo que en mi nevera no se pueden pegar imanes, ¿cómo te quedas?… lo dejaré ahí, y sólo te diré que la idea de este post surgió precisamente al ver la puerta de uno de estos imprescindibles electrodomésticos, pero no siendo éste el mío.

      Un fuerte abrazo y no dejes de cultivar esa costumbre por guardar pequeños recuerdos imantados de las ciudades que visitas, como tampoco dejes de correr, ni de asomarte por este rincón. Gracias, una vez más.

      Paco.-

      • Fernando  dice:

        Sencillo: tienes la nevera “encastrada” o como se diga, panelada como el resto de la cocina, por eso no se pueden pegar imanes!!! Jejejejjee

        • Paco Molina  dice:

          ¡Hola, Fernando! Pues en contra de lo que puedas creer, no tengo la nevera panelada, encastrada, ni integrada con el resto de muebles de la cocina… ¿misterio?, podrás pensar; para nada, en cuanto nos veamos te saco de dudas, jajajaja.

          Un abrazo.

          Paco.-

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