La pancarta de Alicia

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Ali, levanta la pancarta, sube, súbela que viene papá por allí – le dijo su madre, apresurada.

La pequeña levantó sus brazos, entre los que sujetaba la pequeña pancarta y asomó su cabeza por debajo, en un gracioso gesto nada más darse cuenta que sólo veía el revés de aquella cartulina naranja brillante e iba a perder el ver a su padre.

– Papi, papi, corre, corre – gritó dando pequeños saltos sobre sí misma, tan nerviosa que tuvo que sujetar su madre la pancarta para que pudiera leerse lo que en ella estaba escrito:

VAMOS, PAPI

ERES EL MEJOR

– Hola, mi vidacorro tesoro, corro – dijo saludando con ambas manos a la niñairos para meta, Paloma, os da tiempo a verme llegar – se aceleró a decir a su mujer y madre de la pequeña.

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Los gritos de la niña no pasaron desapercibidos para él, como para casi ninguno de los corredores que pasaron al mismo tiempo por ese punto y sin darse cuenta esbozó una amplia sonrisa, contagiado sin duda por los emotivos gritos de ánimo que daba la pequeña al ver pasar a su padre. No puedo evitarlo, se emocionó y por un momento se imaginó como destinatario de aquella muestra de cariño tan pura e inocente, tan fresca, tan sincera y tan inmensa.

Giró su cabeza para volver a mirar el asfalto que tenía bajo sus pies y continuó dando zancadas. Estaba en el último tercio de la carrera y se encontraba mucho mejor de lo que había imaginado, algo que le motivó e hizo subir el ritmo de sus piernas, casi con la certeza de poder completar sin problemas la distancia a la que se estaba enfrentando por primera vez.

De repente recordó a la niña de la pancarta anaranjada y jugó a adivinar quienes de los corredores que lo acompañaban se había llevado aquel trofeo sin haber terminado aún la prueba. Pero fue inútil saberlo y comprendió que al acelerar su marcha debía haber dejado atrás a aquel hombre que, tras aquel encuentro, seguro que estaría corriendo como si sus pies no tocasen el suelo.

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Allí estaba, como cada año, la pancarta de Alicia… la niña y su pancarta – pensó César. Estaba donde siempre, un poquito antes de llegar al kilómetro dieciséis, justo nada más salir de la redonda que daba paso a la amplia avenida que desembocaba en el paseo marítimo, por el que transitaba la carrera hasta llegar al arco de meta, situado a un lado del puerto deportivo. Y sí, como siempre, aquella pancarta volvía a poner lo mismo:

VAMOS, PAPI

ERES EL MEJOR

Era el mismo mensaje, de hecho era la misma cartulina que llevaba viendo desde aquella primera vez, con su color naranja y aquellas cinco palabras, desteñidas, pero que aún podían leerse. Los brazos agachados sujetando el pliego con ambas manos y la mirada perdida entre tantos y tantos corredores.

Para él era su vigesimocuarta participación en aquel medio maratón, al que acudía ininterrumpidamente desde que debutó en esa distancia, cuando apenas era un novato en eso de correr y lo de pensar en veintiún kilómetros era algo que le generaba inseguridad y le hacía dudar de su propia capacidad física. Era algo normal, como normal también se había vuelto que la perspectiva con la que afrontaba aquella distancia fuera muy diferente, tras el tiempo transcurrido y los cientos, miles de kilómetroscorridos.

Lógicamente, después de todos esos años eran muchas las ciudades y pueblos en los que había corrido, muchos aplausos y gritos de ánimo los que había oído y muchas muestras de cariño de quienes acuden a una carrera a esperar con santa paciencia el paso de ese amigo o ser querido al que apenas ven unos segundos, pero que recogen con apetito voraz esas palabras o gestos de aliento que les regalan.

A pesar de la experiencia de esos años, sentía una especial debilidad por la pequeña pancarta de aquella chica. Chica a la que, de manera inevitable, había ido viendo crecer con el paso de los años, pero sin reparar en lo mucho que él también había cambiado durante todo ese tiempo transcurrido. Pasar del umbral de los treinta al ecuador de la decena de los cincuenta es un cambio que se evidencia físicamente, aunque eso fuera algo totalmente ajeno a Alicia, que jamás se había percatado de su presencia todos esos años en los que, pancarta en mano, presenciaba aquella carrera.

La recordaba menuda, con su cara sonriente iluminada por dos enormes ojos azules y un gorro de lana rojo, que dejaba asomar su pelo castaño por los lados. Y sus manos, pequeñas y con unos guantes de color amarillo, también de lana, sujetando paciente aquella pancarta que parecía casi tan grande como ella, para mostrar con orgullo y cariño al paso de su padre… la recordaba espigada, con el pelo cayendo sobre medio lado de su cara, intentando esconder el azul de sus ojos, un jersey dos tallas más grandes que llegaba hasta medio muslo, una chaqueta vaquera descolorida y unas viejas Converse de color azul. Y sus manos, con dedos repletos de anillos, sujetando la pancarta que esperaba enseñar a su padre y que su padre esperaba ver…

La recordaba… y cada año la buscaba, justo antes de llegar a ese kilómetro dieciséis. Sabía que allí estaría y siempre, al pasar a su lado, la miraba y sonreía. Le encantaba verla y envidiaba a ese hombre, a ese padre, que año tras año recibía el ánimo de su hija, siempre en el mismo lugar, demostrando así su cariño y su apoyo. Alguna vez se había llegado a preguntar quién sería aquel afortunado e incluso se había planteado esperar antes de pasar por ese punto de la carrera y ver qué corredor recogía la sonrisa de la chica. ¿Y qué más da quién sea? – se decía – lo importante es que es un tipo con suerte – concluía. Simplemente era un padre, un esposo y por supuesto un corredor, como él, sí, un corredor y poco más.

¿Y su nombre?, ¿acaso importa su nombre? – se preguntó al pasar nuevamente a su lado – No, claro que no importa – se respondió con total convicción. Y mientras iban acortando los metros que le separaban de la meta fantaseaba con historias en las que la chica y su desconocido padre eran los protagonistas.

Imaginaba los instantes en casa, preparándose para la carrera, creía verlos de camino hacia la prueba, él de corto y ella con su pancarta bajo el brazo, claro que tal vez fuera solo hacia la línea de salida y ella alargarse un poco más su descanso y marchara más tarde para esperarlo en aquel rincón, un poquito antes del kilómetro dieciséis. Es posible que corrieran juntos entre semana y ella, contraria a tomar parte en carreras, disfrutara viéndolo pasar como cuando era niña, pero ahora como una amante más de ese deporte. ¿Y quién no le podía decir que quizá ya no vivían bajo el mismo techo y aun así continuaba manteniendo aquella tradición de verlo pasar, entre la multitud, el primer domingo de marzo, como lo había hecho siempre desde que tenía uso de razón e incluso cuando aún no lo tenía? Quizá podía ser así o quizá podía ser de cualquier otra manera que su mente deseara.

Suposiciones, historias sin respuestas que le acompañaban desde bastantes días antes de acudir a la prueba y que año tras año le daban de nuevo la bienvenida a aquella localidad en la que se sentía como en casa. Era su pequeño juego, un pequeño misterio que no había compartido con nadie y que a nadie tenía intención de contar, porque en parte se sentía ridículo y porque objetivamente reconocía su miseria y su carencia afectiva, esa que echaba en falta y que veía cubierta, aunque fuera de manera efímera, cada vez que veía esa pancarta y a esa chica.

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Atrás quedaron las bodas de plata de sus participaciones en aquella carrera, las ediciones fueron aumentando y como cada año siguió yendo a correr esa prueba que para él se había convertido, mucho tiempo atrás, en parte de su vida. Los cincuenta dejaron paso a los sesenta y el contador de sus piernas empezó a bajar la cantidad de kilómetros que corría. Los dorsales quedaron casi como un recuerdo de antaño y sólo había una prueba al año en la que se lo ponía. Sí, era allí donde había debutado en medio maratón, allí donde no había fallado ni un sólo año, allí donde aquella niña y su pancarta lo habían atrapado para siempre.

Tomó la salida por última vez, cruzó la línea de meta por última vez y cómo no, casi en el kilómetro dieciséis volvió a sonreír, también por última vez, a aquella mujer que sostenía desplegada entre sus manos una cartulina totalmente descolorida, con unas palabras que intuirlas parecía todo un acto de fe. Aquella mujer, con un pelo que había perdido el color de la niña que fue, pero cuyos ojos seguían tiñendo de azul su mirada; esa misma mirada que se perdía entre la multitud de los corredores, esperando el paso de un padre que debía rondar su misma edad y al que siempre había envidiado.

– Hasta siempre – pensó y de camino a meta, sin saber por qué o tal vez sí, lloró.

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La llegada a meta nunca llegó a producirse y aquellas pequeñas manos, aferradas a la pancarta quedaron para siempre a la espera de esas otras manos que le habían saludado de forma tan efusiva cinco kilómetros atrás. Una insuficiencia coronaria no detectada movió el arco de llegada más allá del kilómetro diecinueve, donde aquel padre orgulloso se desplomó sobre el asfalto sin tener conciencia de ello. El sonido de la sirena de una ambulancia no hizo presagiar a Paloma que la carrera ya había terminado y sonriendo calmaba la impaciencia de Alicia, que a partir de entonces comenzó a imaginar su propio mundo, aquel en el que no habían maravillas, ni reinas, ni chisteras, sino tan sólo un corredor al que esperaba ver pasar de nuevo ante sus ojos para mostrarle su pancarta y que éste le dijera:

– … iros para meta, os da tiempo a verme llegar.

Pero nunca llegó y en el camino Paloma voló aceptando, no sin dolor, la pérdida del que había sido su marido, mientras Alicia se tomó todo ese tiempo, el mismo que otorga toda una vida, para volver a verlo pasar… y pasaba, César pasaba cada año, imaginando su propia fantasía y regalando su sonrisa, recordando aquella que un día vio asomar por debajo de una pancarta de color naranja.

Sólo eran dos sentimientos encontrados, de espaldas uno del otro. Dos vidas cruzadas que nada tenían en común, dos historias paralelas tan divergentes como dependientes, dos pensamientos y cinco palabras escritas, que nunca más volvieron a ser levantadas en alto por unos brazos que aún hoy esperan asir la mano que la lleve a cruzar su línea de meta.

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La pancarta de Alicia

 

Que diferente parece a veces la vida y cómo esperamos que nuestras ilusiones se conviertan en realidades. Si te ha gustado este relato breve o crees que a alguien puede gustarle compártelo. Muchas gracias.

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