La sardina Pardina

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Murcia amanecía, aún dormida, comenzaba a iluminarse con los rayos de un sol tímido, escondido tras la Cordillera Sur, que comenzaba a desperezarse, dibujando en el cielo una paleta de colores degradados que iban desde el tono de azul más oscuro, hasta un naranja amarillento casi brillante. Todo un espectáculo de la naturaleza, sin duda.

La mañana del último domingo del mes de abril se abría paso, tras la resaca de la noche pasada, en la que se había puesto el punto final a la Fiestas de Primavera que la capital había celebrado como cada año, con la tradicional quema de la Sardina, símbolo por excelencia de la algarabía, la diversión y la generosidad de un pueblo que siente y vive sus fiestas con entusiasmo y alegría.

Habían pasado poco más de seis horas desde que concluyera el Entierro de la Sardina y como tantos domingos, me había puesto mis zapatillas y perdido entre mis pensamientos corría por la calles de la ciudad. Aún me parecía oler a la pólvora del castillo de fuegos artificiales, en mis oídos retumbaba el atronador sonido de miles de pitos que no dejaron de sonar durante todo el día anterior y hasta el humo que desprendían las antorchas de los hachoneros, parecía flotar en el ambiente.

Tras callejear por el centro y con ese regusto que da el recordar lo momentos de un gran día, me alejé del asfalto para coger la mota del río, en el tramo que discurre bajo los puentes que unen la dos partes del núcleo urbano, comenzando por el Puente de los Peligros, donde se dan la mano Gran Vía y el Barrio del Carmen, hasta llegar al Puente de la Fica, junto al Auditorio Víctor Villegas y la explanada donde se instala el Recinto Ferial.

Esta vez, esos pensamientos entre los que me perdía me hicieron preguntarme por el origen del Entierro de la Sardina y cuál sería el significado por el que todo el mundo ese día quiere un tener un pito. Un sencillo y modesto pito de plástico, de cualquier color y que todos hacen, hacemos sonar, bien fuerte, como símbolo de una fiesta que hace años atravesó la frontera nacional, para darse a conocer al mundo entero.

Fue entonces cuando me encontré una caña tirada en medio del camino, huérfana de su dueño y cuyo sedal, aún dentro del poco cauce que llevaba el río, tiraba de ella, señal que me hacía pensar que en su final algún pez debía estar “pescado”. Paré mi marcha y me acerqué hasta la caña; creo que era la primera vez que tenía una en mis manos y con torpeza comencé a recoger el carrete. De repente un pequeño pez plateado quedó a mi vista, moviéndose con brío para intentar librarse de esa trampa, que en forma de anzuelo, le había dado caza.

Al cogerlo en mis manos, me miró, guiñó un ojo y con una gran sonrisa, para lo pequeño de su tamaño, me dijo:

– Hoa, uenos días. ¿erías tan amable de acarme est’anzuelo, por avor? – me dijo el pequeño pez.

No daba crédito a mi ojos, ni a mis oídos, ni a mis manos que sostenían un pececillo que con una mirada jovial me acaba de dirigir la palabra. Miré a todo mi alrededor para ver si estaba siendo fruto de una broma y me di cuenta que seguía tan solo como creía. Me di toda la maña y prisa que pude y saqué el anzuelo que se encontraba alojado en su minúscula boca. Tiré lejos la caña y me apresuré en devolver el pez al agua cuando de repente me volvió a dirigir la palabra.

– Muchas gracias. ¡Puf!, me estaba haciendo polvo ese dichoso anzuelo y para colmo me tenía aquí parada, sin poder continuar con mi camino.

Me quedé petrificado y sin querer escucharme a mí mismo, le pregunté, casi tartamudeando:

– Pero, ¿tú quién eres?, los peces no guiñan los ojos, ni sonríen, ni mucho menos hablan…

– Perdona que no me haya presentado antes, pero me costaba articular palabra con ese artilugio del demonio metido en mi boca. Me llamo Pardina y como puedes ver soy una sardina. Estoy muy agradecida por haberme salvado y encantada de conocerte, ¿cómo te llamas?

En ese momento ya no sé ni lo que pasaba por mi cabeza y absorto completamente del mundo, comencé a hablar a la pequeña sardina.

– Encantado, Pardina. Me llamo Paco y perdona si me ves con cara de pez, pero no estoy acostumbrado a hablar con peces, ni con animal alguno, vamos – dije, mientras me sentaba en el suelo, no para descansar, sino para evitar que el temblor de piernas que tenía me hiciese perder el equilibrio.

– Por lo de la cara de pez no te preocupes, estoy harta de ver muchas así todos los días y lo de no hablar con animales… dejémoslo ahí, eso es porque no sabéis escuchar – y volvió a esbozar una sonrisa que era todo ternura.

Alrededor de tres cuartos de hora, minuto arriba minuto abajo, fue el tiempo que estuvimos hablando Pardina y yo… bueno, más bien hablaba ella y yo escuchaba atentamente. Fue una conversación que no olvidaré jamás y gracias a la cuál pude dar respuesta a esas preguntas que, un buen rato antes, mi pensamiento se había hecho mientras corría junto al río.

Cuando me despedí de ella, lo hice con una gran abrazo (lo que se puede entender por “gran abrazo”) y su boca minúscula besó mi mejilla. La dejé de nuevo en el río y antes de marcharse me volvió a agradecer que la librara de aquel anzuelo perdido y con un nuevo guiño de ojo se marchó nadando. Y gracias al reflejo de los rayos del sol sobre su plateado cuerpo pude ir viendo cómo se alejaba, al mismo tiempo que una sonrisa se iba dibujando en mi cara.

Ella siguió su camino y yo continué con el mío, no dejando de pensar ni un segundo en lo que acababa de escuchar… Y, ¿qué es lo que me contó esa pequeña amiga?, os preguntaréis. Pues me contó el verdadero origen del Entierro de la Sardina y de por qué todo el mundo hace sonar su pito y pita, pita, pita, pita y pita durante ese día y esa noche.

La historia, punto por punto y contada fielmente, dice así…

[…

Hace mucho tiempo, en un mar muy lejano vivía una sardina muy alegre y salada, de nombre Pardina. A la sardina Pardina le gustaba mucho viajar y así un día decidió dejarse llevar por una corriente marina y que ésta la llevara a un lugar que nunca jamás hubiese imaginado. Después de tres largos días de viaje la corriente la llevó a un mar de aguas más cálidas y nadando, nadando, entró en un río que desembocaba en ese nuevo mar.

Como Pardina era tan salada no tuvo problemas en nadar por esas aguas tan dulces y además como el agua de aquel río era tan Segura no tuvo miedo de ir nadando por fondos que no conocía. Después de un día de viaje llegó a un lugar donde se oía mucho ruido y había mucho alboroto, sorprendida miró a la orilla del río y vio a dos niños sentados que pescaban en silencio. Se acercó a ellos y se presentó:

– Hola, soy Pardina y vengo de muy lejos, no sé dónde estoy y qué es todo ese jaleo que se oye, ¿vosotros me podéis ayudar? – dijo Pardina.

Los dos niños se miraron y rápidamente sacaron sus cañas de pescar del río para no lastimar a su nueva amiga. A continuación le dijeron:

– Hola Pardina, yo soy Capirote y este es mi amigo Zaragüel. Has llegado a Murcia y estamos en días de fiesta.

– ¿Fiesta… qué tipo de fiesta? – preguntó Pardina, que era muy curiosa.

– Estamos celebrando la Semana Santa y también celebramos que por fin ha llegado la Primavera – respondió Zaragüel.

– ¿Quieres venir con nosotros y conocer nuestras fiestas? – preguntó rápidamente Capirote.

– Sí, estaré encanta de poder ir con vosotros y conocer vuestras fiestas – aceptó muy ilusionada Pardina.

Así, los dos niños y la sardina cogidos de la mano se alejaron poco a poco del río y durante los siguientes días disfrutaron juntos de todas las procesiones de Semana Santa, comieron cientos de caramelos que les regalaron los nazarenos y jugaron con otros niños en la barracas que encontraban por la ciudad, mientras comían morcillas, zarangollo y paparajotesPardina estaba maravillada y muy contenta de haber conocido a sus nuevos amigos, pero habían pasado los días y debía volver a casa, que estaba en ese otro mar muy, muy lejano. Sin embargo, no se quería marchar sin regalarles algo a todos esos niños y por eso la tarde antes de marcharse les dio a cada uno de ellos un pito y les dijo:

– Este es mi regalo en muestra de agradecimiento por todo lo que me habéis dado. Me siento muy feliz y quiero que hagáis sonar estos pitos mientras me aleje nadando río abajo de regreso a mi casa, para poder oíros mientras me alejo – dijo Pardina con su gran sonrisa.

Y así lo hicieron, al día siguiente Capirote, Zaragüel y todos los amigos que la habían conocido comenzaron a sonar su pitos mientras Pardina se iba por el río: “pi pi pi pi pi piiiiiiiiiiiiiii…”

– Adiós Pardina, adiós – gritaban los niños.

…]

Y por eso, cada año desde entonces, la sardina Pardina viene a Murcia para disfrutar de sus fiestas y todos, niños y mayores, nos despedimos de ella celebrando el Entierro de la Sardina y lanzando al cielo el sonio de miles de pitos.

¡Ah!, por cierto, si alguien ha venido a Murcia y no conoce a Pardina, que eche un vistazo al río cuando cruce sobre el Puente de los Peligros, que lo eche…

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La sardina Pardina

 

Salir a correr es más que un deporte y gracias a él hay veces que descubres mundos que no imaginas. Si te ha gustado este artículo, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a La sardina Pardina

  • Cristina  dice:

    Hola Paco :
    Fascinante , no tengo palabras , una historia muy original y muy muy divertida .
    Sólo decirte que , que razón tienes cuando uno sale a correr se puede encontrar con cualquier aventura, además cuando uno corre mentalmente se crea sus propias historias y vas en tu mundo , gracias por compartir esta pequeña y Amena historia .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cristina! Muchas gracias por tu nueva visita y por dejarme tu comentario. Sin duda, cuando salimos a correr pasamos mucho tiempo donde nuestra cabeza se deja llevar y en ocasiones, fruto de ello, salen algunas historias… pero no te equivoques, que en este caso, ésta es real ;-)).

      Saludos.

      Paco.-

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