La sirena del Mar Menor

post_sirena

…] Allí estaba ella, aquella sirena, sentada a la orilla de su mar, de su Mar Menor…

Un nuevo día estaba a punto de despertar y como tantas y tantas mañanas, salí a correr. Esta vez, aprovechando unos días de descanso, decidí hacerlo por la orilla de la playa, aún a sabiendas de la dificultad y el cansancio que supone el hacerlo sobre la arena, sobre todo si ésta es abundante y no está uniforme.

Correr al amanecer es correr en calma, es hacerlo sintiendo la tranquilidad de un nuevo día que comienza, es sentir el sosiego y la paz que precede al bullicio y al ajetreo del día a día. En definitiva, es como preparar el cuerpo para la jornada que comienza a asomar en el horizonte y afrontarla con la energía que aporta una sesión de entrenamiento madrugadora.

Si a esa paz se le suma el hecho de hacerlo en un día de vacaciones, donde las obligaciones y las responsabilidades laborales han quedado aparcadas y le añades también el hecho de elegir la orilla del mar para correr esos kilómetros, entonces es como si atravesaras la línea entre lo real y lo imaginario.

Como real o imaginario fueron los sesenta minutos que estuve corriendo en paralelo con el mar. Jugaba con el leve balanceo de las olas, que apenas llegaban a avanzar sobre la arena mojada, esquivando con mis zancadas su intento por mojar mis zapatillas. Sólo me separaban unos metros del paseo marítimo, que comenzaba a poblarse de gente, una caminando y otra corriendo y sin embargo me sentía muy alejado de él, era como si la perspectiva fuera tan diferente que me hacía sentir que estaba a kilómetros de cualquier lugar habitado.

El sol comenzaba a asomarse sobre el horizonte que tenía frente a mí, pareciendo como si emergiera de lo más profundo del mar: tembloroso, tímido, apenas cálido, con las tonalidades rojizas que acompañan su despertar, siguiendo su eterno movimiento de ascenso sobre las cabezas de quienes vivimos gracias a él cada día.

Iba ensimismado, abstraído por el ritual de la mañana, lo que hizo que casi llegara a tropezar con una chica que permanecía sentada en la arena, con sus piernas dentro del agua, sintiendo el armónico movimiento de las olas como un masaje terapéutico y relajante. Mi última zancada tuvo que ser más larga y con un impulso mucho mayor que el resto, para poder así saltar el cuerpo de la muchacha. Al brincarla, me detuve un segundo, giré mi cabeza hacia atrás y tímidamente le dije:

– Buenos días, lo siento, no te he visto.

– Buenos días, no te preocupes, su salida suele captar toda vuestra atención.

– ¿Nuestra atención?

– Sí, el sol os atrae, os hipnotiza y su salida y su recogida suelen ser dos momentos que intentáis dejar grabados en vuestras retinas.

– ¿Es que a ti no te atrae, no te llama la atención?

– ¿A mí?, sí, claro, pero no siempre estoy aquí fuera.

En esos momentos había interrumpido momentáneamente mi carrera y con el sol tras de mí, me encontraba hablando con una chica de pelo corto, mirada atrayente y un color de piel levemente tostada, iluminada por la luz de los primero rayos del astro rey. Me acerqué un poco más a ella, para seguir con aquella conversación que acababa de comenzar, mientras ella, con un gesto afable y cercano, me sonreía. Sus piernas, largas y delgadas seguían recibiendo la caricia de las olas y sus manos, apoyadas sobre la arena, se mostraban parcialmente.

– ¿No estás siempre aquí fuera?, eso significa que estás de vacaciones, ¿no? Yo también – le dije.

– ¿Vacaciones?, no, que va. Sólo he salido un rato para respirar un poco vuestro aire y cruzarme con algún marinero, como tú.

– ¿Marinero?, jajajaja… no, yo no soy ningún marinero. Me han llamado muchas cosas, pero “marinero” es la primera vez.

– Te gusta el mar, ¿verdad?…

– Claro, como a tantísima gente y eso no me hace ser un marinero o ¿dónde ves que haya dejado mi barco?

– Tu barco lo llevas anclado a ti, no se ve, pero está varado en la orilla, un poco más allá y muchos días te subes a él para perderte en este pequeño mar. Este mar de aguas calmadas, cuyo encanto enamora y cuya coquetería atrae y engancha a partes iguales…

Aquel encuentro casual estaba empezando a despertar en mí una mezcla de curiosidad e incredulidad. La joven del bikini amarillo había conseguido captar mi atención, eso era indudable, pero tenía la sensación de estar manteniendo una conversación poco creíble. Aún así me mantuve de pie a su lado y deseoso de seguir escuchándola, le pregunté:

– ¿Y qué te hace pensar a ti que este mar me tiene “enganchado”?, tal y como dices.

– No es difícil darse cuenta de ello, lo demuestras muy abiertamente… por las mañanas, nada más despertar, lo primero que haces es mirarlo; sueles meterte en él bien temprano, te sumerges en sus aguas para nadar, para bañarte y en ocasiones dejas tu cuerpo “muerto” sobre él, entregándote a él, para que te sostenga en sus brazos, quedando a su merced, cerrando los ojos y tratando de alcanzar con tu imaginación eso donde la realidad no te permite llegar – dijo, mientras captaba más mi atención.

– En otras ocasiones, como hoy, sales a correr pegado a él y aunque no lo digas sientes como si cada zancada la estuvieses dando sobre su superficie. Imaginas que corres sobre él, que te adentras rumbo al cercano horizonte que este mar ofrece y te pierdes por sus aguas, corriendo a su alrededor, dejando que tus pensamientos queden a medio camino entre su azul y el azul del cielo, que comienza a iluminarse por el sol – terminó de decir, justo en el instante que me sentaba a su lado.

– ¿Sabes?, acabas de decir cosas que jamás han salido de mi boca, pero que sí han escapado de mi mente. Me pregunto cómo puedes saberlo o tal vez no deba plantearme esa duda. ¿De dónde has salido?, porque algo me dice que tú no vienes de ahí atrás – dije, señalando con mi mano derecha hacia el paseo, por donde paseaban decenas de personas.

– Estás en lo cierto, no vengo de ese lado, sino de éste otro que contemplamos – dijo, sacando de la arena la mano que tenía más cercana a mí y haciendo un movimiento de derecha a izquierda terminó posando su mano sobre mi pierna.

Su mano estaba fría, cálidamente fría. Resultaba muy extraño sentir sobre mi piel aquella mano, cuya baja temperatura producía al mismo tiempo una sensación de calor. Su mirada se cruzó con mi mirada y mi pregunta, más cercana a una afirmación, no tardó en salir de mis labios:

– Eres una sirena acaso o ¿algo por el estilo? – dije.

– Digamos que sí, soy algo parecido a lo que vosotros conocéis como tal. Así que dejémoslo en que soy “algo por el estilo” – me respondió, con una carcajada final que me hizo reír a mí también.

– Pero, no te veo escamas por ningún lado, ni tienes el pelo largo que sirva para cubrir tus pechos desnudos, como tampoco tienes una cola por extremidad inferior – le comenté en tono socarrón.

– Cierto, no tengo nada de esos estereotipos que nos atribuís. En realidad ninguna tenemos esa forma como tal y todas somos bastante más “normales” de lo que podáis imaginar.

– ¿Normales, imaginar, todas?… para, para, para, te estás quedando conmigo, ¿verdad?

– ¿Crees que me he quedado contigo al decirte lo que sé de ti?, ¿de veras lo piensas? Me puedes explicar entonces, ¿cómo puedo saber que estás totalmente enamorado del mar, en general y de este mar, en particular? En silencio sueñas con despertar cada día pegado a él, que tus ojos sean lo primero que vean al despertar y que el sonido de sus olas sea la nana que te acune cada noche al dormir – dijo y continuó diciendo.

– Sueñas con tener un pequeño velero, algo poco más grande que un cascarón, en el que subirte y dejar que el viento te lleve lejos de su orilla, pero no mucho, sólo lo justo para que puedas tener esa sensación de soledad controlada, que tantas veces buscas cuando sales a correr y que tantas veces consigues disfrutar. No buscas grandes sueños, sólo repasas aquello que haces cada día, intentando poner solución a tus errores, aprender de quien te vas encontrando en el camino y mostrar a quienes quieres aquellos valores que tú consideras son tan necesarios, como imprescindibles.

A esa altura de la conversación, o mejor dicho, a esa altura de la explicación, había olvidado por completo que estaba hablando con una sirena y sin pestañear seguía prestando atención a su palabras.

– Por tu mirada me da la impresión que estás creyendo lo que te he dicho de mí, pero te diré algo más… mi aspecto, este que ves, es el que tú me has otorgado. Eres soñador, pero tienes los pies en el suelo. No crees en hadas, ni en cuentos de fantasía, de ahí que me hayas “vestido” tan cercana a la realidad, a tu realidad.

– Somos criaturas silenciosas y vivimos en el fondo del mar, en ese lugar donde los rayos del sol no son el reloj que marca nuestro tiempo, ni pone el límite entre el día y la noche, tal y como tú lo conoces. Nuestro día y nuestra noche son tan diferentes a los vuestros… no hay luz, no hay tiempo, no hay presente, sólo hay sueños, cientos, miles de sueños que a veces son pescados y escapan de lo más profundo del mar. Tal vez no lo creas, pero en ocasiones se cuelan sueños perdidos, que llegan hasta allí en busca de un dueño que los rescate algún día.

– ¡¡Pero no pongas esa cara, hombre!!, jajajajaja – dijo la muchacha, que debía ver en mi cara una expresión lo más cercana a “ser un poema”.

– A ver, no te sientas ofendida, pero he estado a punto de caerme y por un momento me da la sensación que he llegado a hacerlo, porque estoy escuchando tus palabras y no sé si es fruto de haberme dado un buen golpe.

– Sabes que no, sabes que mis palabras son tan reales como tú y como yo, pero comprendo que sea difícil asimilar una conversación como ésta. Sólo he querido ponerme en tu camino para tengas conciencia de mí, para que sepas que tus sueños están bien cuidados y para que tengas la plena seguridad que sólo creyendo en ellos y trabajando por ellos, llegarás a conseguirlos, sólo así tu caña bajará hasta esa profundidad donde me hallo y conseguirás sacar a la superficie aquello que de verdad anheles.

No me dio tiempo a articular palabra alguna más, sus labios se acercaron a los míos y me besó suavemente. Mis ojos se cerraron y al abrirlos me encontré con la cara totalmente llena de arena, al igual que mi cuerpo, que permanecía tirado sobre la húmeda arena de la mañana.

– ¿Te has hecho daño?, vaya un tropezón que te has pegado. Desde luego, la culpa no es de los zagales, sino de los padres, que se ponen a hacer hoyos con ellos en la orilla y se creen que son ingenieros de caminos, ni el Calatrava ese, vamos – me decía una señora cuya edad debía superar los sesenta años y que amablemente me ayudaba a levantarme del suelo.

– Gracias, muchas gracias. No, no ha sido nada, una caída tonta, me habré despistado – le contesté de modo aturullado.

– Hijo, lleva cuidado, matarte no te vas a matar, pero un “esquince” de tobillo te haces en un periquete.

– Muy amable, llevaré cuidado, muchas gracias – volví a agradecer.

La simpática señora se fue hablando sola y yo, mientras intentaba limpiar la arena que había quedado pegada a mi cuerpo, me quedé mirando el mar. Por un momento me pregunté que había sido de esa conversación que acababa de tener con mi sirena particular: ¿todo había sido fruto de mi imaginación o quizá no? Me sentía aturdido, tal vez por el golpe o tal vez por saber que había escuchado unas palabras que estaban más cerca de la realidad de lo que podía imaginar.

Pudo ser un canto de sirena, de una sirena de ese mar de aguas calmadas, de ese mar de pequeñas dimensiones… mi mirada se quedó clavada en un punto de su superficie y unas ondas aparecieron dibujadas sobre él, provocadas por el gorgoteo de unas burbujas de aire que se escaparon de su interior, liberando un suspiro o simplemente, un sueño.

Allí había estado ella, aquella sirena, sentada a la orilla de su mar, de su Mar Menor y el sol… el sol ya estaba bastante en lo alto […

post_sirena

La sirena del Mar Menor

 

Salir a correr es más que un deporte y gracias a él hay veces que descubres mundos que no imaginas. Si te ha gustado este artículo, compártelo. Muchas gracias.

.

¡Comparte!

2 comentarios a La sirena del Mar Menor

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Emocionante, adictivo, precioso, muchas maneras de expresar lo que he sentido al leer tu post, aunque más que un post lo consideraría una pequeña historia que engancha a su lectura y sigues leyendo pero no quieres que se acabe.
    Hoy te doy un diez, sigue escribiendo y haciendo lo que haces, por que además de hacernos pasar un bien rato y satisfacer nuestras ganas de leer algo bonito y tan bien explicado, llenara tu vida de alegría y felicidad y eso es lo que ha uno le hace sentir bien y satisfecho con sigo mismo.
    Un beso con abrazo y hasta la próxima .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cris! Gracias, como siempre, por tu lectura y comentario, pero en esta ocasión te agradezco aún más las bonitas palabras que has dedicado a esta modesta historia que salió de mi cabeza, esa mañana que corría junto a la arena. Recibir ese diez es un premio excesivo y para mí el premio más grande es saber que estas historias, mis historias, son leídas… podrán gustar más o podrán gustar menos, pero al fin y al cabo son como pequeños sueños (tal y como me dijo esa sirena), que a veces pesco del fondo del mar y dejo aquí plasmados, negro sobre blanco.

      Saludos.

      Paco.-

Deja una respuesta