Lágrimas derramadas

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Las lágrimas, nuestras lágrimas, son la materialización física que utiliza el organismo para expresar algún sentimiento que nos embarga. Son el reclamo, la evidencia de que algo pasa en nuestro interior, emocionalmente hablando… hoy vamos a derramar unas cuantas de ellas, ¿os apetece?

Llorar es una de las primeras acciones que realizamos nada más nacer, aunque bien es cierto que no siempre ese llanto de vida, prólogo en cada nuevo alumbramiento, tiene porqué ir acompañado de lágrimas, de la misma manera que también estaría por demostrar si durante las cuarenta semanas en las que fuimos tan solo un feto llegamos a soltar alguna lágrima que otra dentro del líquido amniótico en el que nos sumergíamos. Más allá de ese simple cambio de medio físico, en lo que no existe duda es que nuestras lágrimas se convierten desde el primer día en una moneda de cambio como reclamo de las necesidades más primitivas que precisamos. Entiéndase: ingesta de alimento, descanso, aseo, atención, entre otras.

Con el paso del tiempo, de poco tiempo, comenzamos a adquirir las habilidades del leguaje, corporal primero, y hablado después, por lo que esas lágrimas dejan de ser la moneda de cambio para seguir consiguiendo aquellas necesidades básicas. Sin embargo, nuestras queridas lágrimas siguen estando ahí y son el vehículo perfecto, y casi exclusivo, cuando sentimos dolor, miedo, rabia o tristeza, por ejemplo. En esos casos, nada como unas lágrimas para solucionar esa carencia.

Y ese tiempo sigue pasando, sigue y sigue pasando, como variable incansable e inapelable que es, y con él vamos creciendo y las lágrimas que solíamos derramar casi a diario dejan ser unas compañeras habituales, haciendo acto de presencia como ligazón de emociones y sentimientos. Alegría, tristeza, emoción, rabia, impotencia… son algunas de las causas que harán brotar las lágrimas mejillas abajo, precipitándose de manera irremediable atraídas por la insalvable fuerza de la gravedad.

Lágrimas, derramadas en público, ante las miradas de conocidos y extraños, sin pudor, ni rubor alguno; lágrimas, dejadas caer en soledad, ocultas bajo manos, protegidas como preciados tesoros que no se desean compartir…

lágrimas sin consuelo, consoladas, incomprendidas, entendidas, malgastadas, robadas, fingidas, invisibles, estériles, preñadas de ilusiones o de dolor. Lágrimas, pequeñas gotas de nuestro alma escapadas para siempre, pequeños ríos que se aferran a la piel en un último intento por agarrarse a nosotros, antes de alcanzar su desembocadura sin retorno.

¡Basta!, os estaréis diciendo en vuestro interior. Que pare ya esta secuencia inacabable de lágrimas y llantos, ¡por favor! Tranquilos, hasta aquí he llegado con mis lágrimas, os lo prometo. ¿Y por qué de ellas?, os preguntaréis… la respuesta es muy sencilla y tiene que ver, como no podía ser de otra manera, con nuestro querido deporte de correr. Toda esta amplia introducción ha servido para dar paso a un tipo concreto de lágrimas, derramadas en torno a este deporte y por un motivo muy específico.

Las lágrimas a las que me voy a referir no son las que representan el triunfo o la satisfacción por alcanzar una meta soñada, no; tampoco son las que dejamos caer por el dolor de una lesión o ese imprevisto que nos para en seco, echando a perder nuestro estado de forma; ni mucho menos son lágrimas por haber sido incapaces de superarnos en una carrera, como jamás reflejarán el no haber tenido la suerte de conseguir dorsal para participar en esa prueba soñada, claro que no. Las lágrimas que protagonizan mi post de hoy son lágrimas que van más allá de él, más allá de correr y son las que, como yo, sé que habéis sentido muchos de vosotros en alguna ocasión.

Mis lágrimas son aquellas que brotan de manera espontánea como reflejo de la emoción que embarga tu cuerpo cuando vuelves a correr tras un período parado por algún tipo de lesión. Por supuesto no me refiero a una lesión que te mantiene alejado de tus zapatillas una semana o dos, ni mucho menos. Hablo de una lesión donde el tiempo parado se haya hecho más duradero de lo imaginado y la rutina de tu día a día se haya visto alterada por completo; donde tu mente se haya sentido vacía y huérfana de esa necesaria sensación de salir a correr; donde tu cuerpo haya sufrido la abstinencia por la falta del sudor en tu piel y la ausencia de cansancio en tus piernas te hayan hecho sentir culpable; donde tu humor y hasta tu estado de ánimo se hayan sentido subidos en una montaña rusa donde tan solo habían bajadas… hablo de esa sensación, tan solo de esa sensación que precede a toda esa vorágine de emociones, de esas contrarias emociones.

Esas son mis lágrimas, las que no puedes contener al volver a sentirte en libertad. No te importa nada más en ese preciso instante, en el que de repente comienzas a dar unas zancadas. Tu mente se convierte en lo más parecido a una caja hermética, incapaz de trasvasar nada entre el exterior y su interior, se siente parada, detenida por un momento; es lo que llevaba tiempo deseando hacer y no quiere que nada interrumpa ese momento:

Corres, tus ojos brillan, no los puedes ver, pero sabes que brillan y sonríes… lo haces como un niño y cada centímetro de tu piel se eriza, como si un continuo escalofrío te recorriese de pies a cabeza. Corres, te vuelves a sentir corriendo y el temor, el miedo, se apodera de ti. Ha sido como volver a dar una calada a un cigarro, pero no quieres que el viento lo apague. Corres.

¿Dos, cinco, diez minutos, quizá?, no importa el tiempo que has vuelto a hacerlo, el tiempo que has vuelto a correr, eres incapaz de precisarlo y solo tienes la constancia de que tus lágrimas se han escapado, sin más, enseñándote que existe otro motivo más para llorar, que hasta entonces desconocías:

El de volver a sentirte en libertad y en soledad al mismo tiempo, esa mezcla única que solo te da correr.

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Lágrimas derramadas.

¿Has tenido tú también esa sensación alguna vez, has notado cómo se saltaban tus lágrimas tras volver a correr después de un parón de tiempo sin poder hacerlo? Cuenta tu experiencia y si este post te ha parecido interesante o diferente, compártelo. Muchas gracias.

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