Las zapatillas

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Llevaba casi seis meses con las mismas zapatillas y por la cantidad de kilómetros que les había hecho sabía que le tocaba renovarlas. Sus rodillas también habían empezado a notarlo y ante los primeros síntomas nunca lo dudaba, se pasaba por la tienda de siempre y se hacía con un par nuevas. Era algo que había aprendido con los años, al igual que otras tantas cosas que la vida te va enseñando queriendo o sin querer.

Al doblar la esquina se llevó una desagradable sorpresa, “su” tienda se había convertido en un establecimiento donde vendían frutos secos y cientos de golosinas, de diferentes colores, formas y tamaños. Por un momento se quedó aturdida, parada frente al llamativo y apetitoso escaparate, observando el interior y leyendo los diferentes carteles de ofertas, recordando de manera inequívoca su reciente inauguración.

“Bueno, no es el fin del mundo”, pensó en voz alta. Contraria a sus principios, sabía que le tocaría “morir” en una de las macrotiendas deportivas que tanto detestaba y en las que tenía la sensación que lo único importante en ellas es la venta del producto y no el asesoramiento y el consejo que había encontrado en aquella modesta tienda. Modesta, pero muy especializada y capaz de conseguirle cualquier par de zapatillas o prenda deportiva que hubiera visto a través de Internet.

La zona destinada a running era la que mayor superficie ocupaba y la cantidad de zapatillas que habían expuestas sobrepasaba ampliamente la centena. Lo cierto es que era admirable la amplísima oferta que tenían y aunque llevaba la idea clara de las que compraría, no dudó en echarle un vistazo a todas o casi todas. La pared parecía un lienzo, adornado con una variedad cromática que la dotaba de una descuidada armonía, haciéndola sentir atraída por ella.

Había de todo tipo de zapatillas: para pista, para trail, para asfalto, para competición, para paseo, para rodajes largos, para velocidad, para tallas grandes, para niños… de repente, un recuerdo se abalanzó sobre ella, igual que un animal hambriento sobre su presa…

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Desde tres semanas antes no paró de preguntarle si ya había comprado su regalo y durante el mismo tiempo estuvo recibiendo un “no” por respuesta. Quería con todas sus ganas saber qué sería, aunque en silencio confiaba que fuera lo que ella deseaba. Y así esperó impacientemente hasta el día de su cumpleaños, contando cada día que pasaba como un día menos para saber qué recibiría.

Aquella mañana no hizo falta subir la persiana y repetir el habitual despertar que, como ocurría cada día, era un ritual que padre e hija habían adoptado de forma natural desde que ella naciera. Él entraba silencioso, con cuidado dejaba entrar la luz a través de la ventana y mientras le daba sus “buenos días” se acercaba hasta su lado, para besar su mejilla y susurrarle cariñosas palabras cargadas de afecto. Pero no, aquella mañana no hizo falta entrar con cuidado en su habitación y nada más abrir la puerta la vio sentada sobre la cama, con los ojos como platos y con una sonrisa que alumbraba la oscura habitación.

– Papi, hoy es mi cumpleaños, ya es mi cumpleaños… ¿qué me vas a regalar, qué me vas a regalar?

– Buenos día, terremoto… ¿es que no has dormido esta noche o qué?

– Papi, que es mi cumpleaaaaañooooosssss – dijo mientras se abrazó a su cuello y le dio un apretón bien fuerte.

– Muchas felicidades, cariño. Sí, por fin ha llegado tu cumpleaños… pero vamos a lavarnos la cara, por lo menos y desayunar o ¿no?

– Joooo, vaaaaa, quiero ver mi regalo.

– Venga, no le hagas esperar más, anda, que te gusta hacerte de rogar – dijo mamá, entrando en la habitación y dándole su beso de felicidades.

– Desde luego, si es peor la madre que la hija, así es lógico que sea una impaciente. Bueno vale, aquí tienes tu regalo – y de debajo de la cama sacó un paquete envuelto con un papel de color rojo eléctrico y un pequeño lazo blanco.

Prácticamente no dio tiempo a dárselo, en décimas de segundos saltó el lazo por los aires y el papel desnudó sin oposición alguna lo que ocultaba. Era una caja de cartón de color marrón, en cuyo lateral llevaba el nombre de una marca deportiva que de manera inequívoca hacía imaginar lo que guardaba en su interior. Levantó la tapa, retiró el papel y por fin las vio:

Eran negras, con toques en los laterales y la puntera de un color verde lima, con el canto de la suela en blanco y un diseño muy atractivo. Era su primer par de zapatillas.

Antes de bajar los pies al suelo ya las llevaba puestas, de hecho no se las quitó durante todo el día y con una felicidad contagiosa levantaba su pierna (unas veces la derecha y otras la izquierda) para enseñarles a todos su mejor regalo de cumpleaños.

Aquella noche, su primera noche con ocho años, se quedó dormida con la luz encendida y su mirada fija puesta en aquel par de zapatillas que, junto a la mesilla, había deseado tener con tantas ganas. Sus ganas por correr era algo que llevaba innato, de hecho con apenas nueve meses no había aprendido a andar, directamente aprendió a correr.

Al contrario de cómo suele suceder, la pasión de una hija “enganchó” a un padre y aquel par de zapatillas fue como ese disparo que marca el comienzo de una carrera… carrera en la que, desde entonces, ambos compartieron muchas horas, muchos kilómetros y muchos sueños juntos. El amor y el cariño que ambos se profesaban era mutuo, incondicional y desde ese día hubo algo más que los unió para siempre: la pasión por correr.

…]

No puedo evitar que su vista se nublara con aquel recuerdo, que su piel se erizara y que aquellas escenas, evocadas de antaño, dibujaran en su rostro una sonrisa. Su corazón, encogido por la emoción, pareció latir más despacio y la presión que sintió en su pecho fue con ese fuerte abrazo que recibió aquella mañana de su octavo cumpleaños.

[2…

Estaba a punto de cumplir los setenta y ocho años y desde hacía seis había tenido que dejar de correr. Sus huesos, repetidamente golpeados contra el suelo, durante más de cuarenta y cinco años, habían llegado a su límite y lo obligaron a tener que dejarlo, si no quería terminar en una silla de ruedas. Aún así, aunque ya no pudiera hacerlo, no faltaba a una carrera donde ella participaba y a su manera la acompañaba, como había hecho durante tantos años. Antes a su lado y ahora desde el otro lado, animando y aplaudiendo.

Mamá, sí, claro que sí, el domingo como con vosotros. ¿Cómo se me va a olvidar el cumpleaños de papá?

Llegó a mediodía, casi a mesa puesta y nada más entrar en casa supo lo que había de comer. El aroma a curry era inconfundible y delataba sin lugar a dudas que su plato preferido sería la estrella de la comida: pollo al curry con cuscús de pasas y dátiles… todo un manjar.

Una conversación cotidiana, distendida, sin prisas, en una agradable comida donde el aperitivo dio paso a la ensalada, servida para acompañar al pollo y la piña fue la fruta que llegó una vez los platos estuvieron terminados. Sólo quedaba la tarta y la botella de sidra (siempre sidra), para encender el siete y el ocho sobre ella y que de esa manera sellara el paso a un nuevo año, el que lo dejaba a la puerta de la octava decena.

Sopladas las velas, hecha la foto, terminados los tres trozos de tarta y tras el brindis, llegó el momento de darle su regalo. Se levantó hasta el pasillo de la entrada para coger la bolsa que había dejado allí y volvió al comedor con ella.

– Muchas felicidades, papá, muchas felicidades… toma, esto es para ti – dijo mientras lo rodeaba con sus brazos y le daba un fuerte apretón.

– Pero hija, no tienes por qué. Yo no necesito nada y tu madre me tiene a cuerpo de rey, ¿no ves cómo estoy?, hecho un chaval… y no puedes gastar dinero así como así.

– Venga, no hables más y ábrelo, ¿o te lo abro yo?

– Siempre tan impaciente, vale, voy…

Sacó de la bolsa una caja envuelta con un papel de color rojo eléctrico y un pequeño lazo blanco. Por un momento se paró, levanto la cabeza para mirarla y allí estaban esos dos ojos, abiertos como platos y con una sonrisa que alumbraba aún más el luminoso comedor.

La impaciencia de la infancia contrastaba con la serenidad de la vejez… el lazo no saltó por los aires, el papel fue retirado con sumo cuidado y con serenidad dejó al descubierto una caja de cartón de color marrón, en cuyo lateral llevaba el nombre de una marca deportiva, que de manera inequívoca hacía imaginar lo que guardaba en su interior. Cuando la destapó allí estaban:

Eran negras, con toques en los laterales y la puntera de un color verde lima, con el canto de la suela en blanco y un diseño muy atractivo.

Era aquel par de zapatillas de la talla 32 y que treinta años atrás él le había regalado a ella. Apenas si podía verlas bien, sus lágrimas se lo impedían y su corazón, acostumbrado a latir ya a menos pulsaciones, lo hacía entonces a ritmo de carrera.

…]

Ninguno de los dos había olvidado aquel día, entonces ella dejó grabada en su retina la imagen de aquellas zapatillas y él grabó en la suya la cara de felicidad de ella… y aquella escena volvió a quedar grabada en sus retinas para siempre, pero ahora fue él el que guardó la imagen de aquellas zapatillas y ella la que jamás olvidó la cara de agradecimiento de su padre.

Un padre, una hija, una pasión, una vida y unas zapatillas… símbolo del afecto, la unión, el respeto y el cariño que nació entre ellos desde el primer día.

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2 comentarios a Las zapatillas

  • Cristina  dice:

    Un relato fácil de leer , expresa muy bien su argumento y por ello parece que realmente lo estés viviendo o viendo , también es una narrativa que engancha y hace llevar al lector lo que realmente cuenta . Espera haber sido objetiva y te sirva de algo .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cristina! Gracias por dejarme tus impresiones a este relato breve. Tus visitas y comentarios son un verdadero regalo y al mismo tiempo me sirven para saber qué es aquello que más te gusta en ellos.

      Gracias mil, saludos.

      Paco.-

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