Liliana

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– Que tengas felices fiestas, Liliana – dijo Alberto.

– Gracias, igualmente – contestó la entrenadora, con la frialdad que le caracterizaba y en un castellano que aún seguía dejando ver su origen extranjero, rumano concretamente – cuídense de excesos y nada de chocolates y dulces, que luego me toca a mí ser la mala.

– Descuida, Liliana, lo vigilaré de cerca – respondió Alberto con una sonrisa, mientras con su mano derecha cerrada llevaba sus dedos índice y corazón a sus ojos y de ahí señalaba al pequeño que, a un par de metros y ajeno a la conversación, charlaba con el resto de amigos, mientras abrochaba su sudadera para protegerse de la baja temperatura y evitar que se le enfriase el sudor de su cuerpo.

– Vamos, Dani, que se nos va hacer tarde y aún tenemos que pasar por casa de la abuela a recoger el encargo que le hice – le dijo al pequeño, que se despidió de sus compañeros y obedeció a su padre.

– Adiós, entrenadora – dijo Dani.

– Adiós, Dani, pórtate bien y entrena los días que te he dicho, ¡ah!, y que te traigan muchos regalos los Reyes Mágicos – se despidió Liliana.

– Jajajaja, papá, ha dicho Reyes Mágicos, son Reyes Magos, no Mágicos – dijo en voz baja a su padre el pequeño, mientras iban camino del coche.

– Síiii, Liliana cambia muchas palabras que para ella significan lo mismo, pero no te rías, anda, que ya me gustaría a mí verme hablar rumano, seguro que entonces sí que te ibas a reír bien – le contestó Alberto al chico.

– Pero lleva muchos años viviendo en España, ¿no papá? – preguntó Dani.

– Sí, llegó hace bastantes años, pero por su acento y por su forma de hablar parece como si fuera casi una recién llegada – dijo su padre.

– ¿Y qué tenemos que recoger en casa de la abuela? – se interesó el niño.

– Las tortas de pascua y los cordiales que siempre hace y que a ti no te gustan nada – contestó su padre.

– Puajjjj, papá, esto está malísimo, ¿has comprado turrón de chocolate? – preguntó dando un pequeño salto en su caminar.

– Sí, mamá lo habrá comprado esta tarde… lo llevaba apuntado en la lista con lo que hacía falta – aclaró Alberto a su hijo.

Liliana esperó a que todos los chicos se marcharan y antes de hacer lo mismo estuvo veinte minutos dando vueltas alrededor de la pista. Era algo que siempre hacía, una vez que había concluido su clase; le gustaba mover sus piernas y romper a sudar, para que pareciera que había hecho algo de ejercicio y así llegaba a casa para darse una ducha antes de tomar un bocado y acostarse pronto, como cada noche, con un libro en su mano, que le ayudaba magistralmente a conciliar un sueño que no necesitaba de estímulos externos que lo invocasen.

[…]

Nacida en Timisoara a primeros de los sesenta, era la menor de cuatro hermanas de una modesta familia de agricultores, con algunas cabezas de ganado para consumo propio. Excepto ella, que tuvo la oportunidad de ir al colegio, todas sus hermanas ayudaban a sus padres en la tierra y allí, en la tierra, encontraron su futuro junto a humildes trabajadores dedicados a las mismas labores.

Fue su paso por el colegio lo que brindó a oportunidad de adquirir los conocimientos más elementales y un poco de cultura, pero sobre todo le concedió lo más importante: descubrir sus cualidades para el atletismo, donde enseguida destacó a nivel escolar como velocista, dando el salto años más tarde a nivel regional y nacional. Su futuro parecía alejarla del de su familia, pero fue el régimen estalinista de Ceausescu el que se encargó de cercenar el lazo consanguíneo definitivamente, al hacer que sus padres y sus hermanas pasaran a engrosar la lista de los miles de decesos atribuidos al dictador.

Desde aquel momento luchó por salir de su país cuanto antes y una España socialista que parecía más preocupada por la movida y las libertades de las personas la acogió con los brazos abiertos, sin título de refugiada, sino como una inmigrante de las pocas que entonces venían a un país que empezaba a despegar… despegar, como ella misma deseaba, poniendo tierra de por medio y sin mirar atrás.

Sin mirar atrás se abrió un nuevo futuro, sobreviviendo como buenamente pudo y rozando en ocasiones la mendicidad y el autoabandono personal. Pero fue la Navidad de 1989 la que pareció poner un poco de luz en su cielo, al tener noticia de la revuelta en su tierra, junto con la caída y ejecución del matrimonio Ceausescu. Aquello, a pesar de estar a miles de kilómetros y en una tierra en la que ya nada le ataba, la hizo reaccionar y fue como si una espina hubiera salido de su alma.

De pedir limosna en la puerta de un supermercado pasó a echar una mano en un comedor social y de ahí a ayudar en la cantina de un campo de fútbol de tercera división. Allí volvió a verse cerca de una pista de atletismo y el destino le permitió encontrarse de nuevo con una pasión olvidada, sepultada bajo cientos de recuerdos que empezaron a ascender a la superficie, como las burbujas de aire que deja escapar un submarinista sumergido a decenas de metros bajo el nivel del mar.

Unas zapatillas de segunda mano con las que volver a sentir el tartán bajo sus pies, sus continuos consejos a chicos que veía correr en la pista y la agudeza de un preparador físico que le abrió los ojos, fueron los ingredientes necesarios que la animaron a sacar su carnet de entrenadora y lo que dio el pistoletazo de salida a una nueva etapa de su vida, como si de una carrera se tratara, pero esa vez no de velocidad, sino de fondo.

De carácter reservado y semblante serio, Liliana era todo lo contrario de cuanto mostraba al exterior, pero era su manera de esconderse ante los demás. Disciplinada, metódica y muy estricta, ayudaba a los pequeños a dar sus primeros pasos dentro del ingrato deporte del atletismo y les enseñaba no sólo la técnica que requiere esta disciplina, sino la mentalización y la confianza necesaria para hacer de ellos unos buenos corredores, unos buenos competidores y ante todo unos apasionados de ese deporte.

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Dani era el hijo único de una familia de las que se habría denominado acomodada años atrás y que ahora había recibía la etiqueta de clase media. Alberto trabajaba como técnico comercial en una empresa consolidada de equipos informáticos y Eva, la matriarca, trabaja como auxiliar administrativa para la consejería de educación. Dos buenos puestos de trabajo que, a pesar de haber sufrido recortes económicos, daban tranquilidad y despreocupación laboral, por tener asegurado su futuro profesional.

El chico llegó después de siete años de matrimonio intentando ser concebido, en los que no surtió efecto alguno los diferentes tratamientos de fertilidad a los que se sometió el matrimonio, hasta que un día, resignados a una vida en pareja sin prole, se encontraron con el milagro de la procreación y en nueve meses vieron colmados sus deseos de ser padres. Evidentemente, Dani era el rey de la casa, pero no por ello suponía que debiera ejercer un poder de tiranía y dominación paterna, todo lo contrario, tanto Alberto como Eva imponían, con muy buen criterio, las obligaciones y reglas de conducta que debe aprender un niño, las mismas con las que ellos habían sido educados.

– Papá, ¿qué vamos a hacer esta noche cuando terminemos de cenar en casa de los abuelos? ¿Vamos a ir a dar una vuelta o a casa de algunos amigos?, es que no quiero acostarme pronto y como los abuelos se duermen en seguida no podemos ni cantar villancicos, ni nada y a mí me apetece, jolines… – preguntó Dani, mientras volvían a casa tras haber estado corriendo un rato juntos.

– No sé, ya vereeeeeemos, no he hablado de eso con mamá… pero seguro que algo haremos. Eres tú muy marchoso, ¿no?, jajajaja – le contestó su padre en tono cómplice, como de amigo a amigo.

– Oye, papá, me he acordado de la entrenadora, ella está sola, ¿saldrá a cantar villancicos con alguien?, lo mismo nos la encontramos – se interesó de repente por Lilian.

– Pues la verdad es que no se me ha ocurrido, es cierto, ella vive sola… no sé, imagino que irá con alguna amiga a dar una vuelta después de cenar – dijo Alberto.

– Papi, te echo una carrera hasta casa y salimos ¡YA! – se apresuró a decir Dani, al tiempo que salía como una flecha sin dejar tiempo de reacción a su padre.

– Eeeyyyyy, eso no vale, tramposo… espera que como te pille te vas a enterar – protestó sobreactuando Alberto.

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Apartó a un lado de la mesa la flor de pascua que la presidía y puso el mantel cubriendo la mitad de ésta. Sacó un juego de cubiertos de los que un día se había comprado para ocasiones especiales, por si alguna vez lo necesitaba y que sólo utilizaba en noches como esa. Sobre ella colocó una copa de agua y una de vino, y toda su cena, a base de aperitivos y un plato principal formada por:

tres flores de queso Tête de Moine acompañadas de unas rosquillas; dos tostas de pan con sendas lonchas de salmón ahumado con queso duro troceado, cebolla y caviar; un plato con unas pocas almejas al ajillo; y una sopa típica de Rumanía, a base de pollo y verduras. Una botella a medio de vino tinto de la zona y de postre un polvorón y media docena de peladillas.

Había sacado su vestido preferido, sus mejillas dejaban ver un poco de colorete y en sus ojos se intuía un poco de sombra, a juego con un carmín cobrizo que ponía color a unos labios nada acostumbrados a ello. Su mejor perfume, el único, se mezclaba con el olor a incienso que desprendía una varita que se iba consumiendo lentamente sobre un quemador, mientras Frank Sinatra daba buena cuenta de su repertorio de villancicos en el radioCD situado junto al televisor.

– Por vosotros – dijo sin pronunciar palabra y bebió un sorbo de vino.

[…]

– Ssssshhhh, chicos, no hagaís ruído hombre, que aunque sea Nochebuena no podemos ir pegando gritos por la calle – les dijo Alberto.

– Eso, venga, haced el favor de portaros bien, sino nos vamos a casa y ni villancicos ni nada – apuntilló Carlos, el padre de Ángel, uno de los cinco amigos de Dani.

Los chicos iban cogidos por los hombros, con su gorro rojo de Papá Noel y su pandereta en la mano. Se les veía encantados, con ganas de pasárselo bien y con ganas de cantar a todo pulmón en cuanto sus padres, situados a un par de metros tras ellos, los dejaran.

– Son peores que ellos, parecen críos, ¿creo que no va a ser una buena idea?, y lo que mejor de todo es qué hacemos nosotras acompañándolos, en vez de habernos quedado en aquella terraza, con estufas y música – dijo Eva al resto de madres y esposas.

– Pues sí, llevas toda la razón… – confirmó Adela, la madre de Luis, otro del grupo de chicos.

[…]

Frank Sinatra había completado cinco veces su actuación y ya no quedaba mucho por hacer. La flor de pascua había vuelto a presidir la mesa, los platos de la cena escurrían junto al fregador de la cocina, la botella de vino sin acabar dormía en el armario despensero y hasta el carmín de los labios se había esfumado. Apagó la luz de la cocina y antes de apagar la del pequeño salón se vio reflejada en la única bola roja que adornaba el salón y pendía de la lámpara del techo… sonrió, sin saber por qué, sonrió.

El timbre de la puerta sonó de repente y no prestó atención pensando que había vuelto a hacer contacto de manera fortuita, como había pasado en más de una ocasión… recordó por un momento el tremendo susto la primera vez que lo hizo, en plena madrugada y al poco tiempo de haber alquilado la casa.

El timbre volvió a sonar, pero esa vez de manera repetida, como insistente y por un momento pensó que tal vez fuera alguien que llamaba a su casa de manera equivocada… no le dio más importancia. Pero el timbre sonó por tercera vez, con un toque largo y distinto a los anteriores… fue algo así como:

“diiiinnnnnnnn, doooooonnnnnnnnnn”

Liliana, extrañada se acercó a la puerta y abrió para ver quién aguardaba al otro lado. Al abrir la puerta comenzaron a sonar las panderetas, que compartían protagonismo con el sonido de manos haciendo palmas y ante sus ojos se vio a seis niños que con los ojos abiertos como platos y unas sonrisas de oreja a oreja, cantaban:

Caaaaampana sobre campaaaaaana

y sobre caaaaaampana uuuuuna,

áaaaaasomate a la ventaaaaaaana,

veeeeerás al niño en la cuuuuuuna.

Belén, campanas de Belén

Liliana se tapó el rostro con su manos y empezó a llorar como lo que aún seguía siendo, una niña, escondida bajo un cuerpo de mujer cuya edad se acercaba a los sesenta y todos los chicos se abalanzaron sobre ella, para abrazarla, al tiempo que coreaban una improvisada estrofa compuesta para la ocasión:

Hasta tu puerta hemos llegado,

para darte las gracias por todo lo que nos has enseñado.

Corremos, sudamos y nos esforzamos,

y en cada entrenamiento contigo disfrutamos.

Feliz Nochebuena, entrenadora.

Los padres de los chicos se miraban unos a otros, sin saber qué decir y las madres se lamentaban en silencio de haber cometido semejante estupidez yendo a molestar a aquella señora con la que apenas habían cruzado palabra y a la que le acaban de dar la noche.

La sombra de ojos se había quedado pegada en su manos, el colorete había maquillado sus lágrimas y los labios lamentaron la falta de carmín en ese momento… al descubrir su rostro una generosa sonrisa cubría toda su cara y las lágrimas que aún resbalaban por su piel salían de unos ojos con una expresividad como jamás lo habían hecho antes.

Feliz Nochebuena, chicos, y Feliz Navidad… pero no se queden ahí, que hace frío y como se pongan malos a ver a quién entreno yo. Vamos, vamos todos para dentro – dijo Liliana con su característico acento, invitando a todos a su casa.

[…]

Aquella noche se hizo más larga de lo esperado para todos y hasta Frank Sinatra terminó cediendo su hegemonía a los cánticos más populares y alegres de la Nochebuena, entre cortina y cortina, y con peces que bebían agua en el río junto al camino que llevaba a Belén, sólo para ver a Dios nacido…

A veces, sólo a veces, no somos capaces de vernos a nosotros mismos y nos escondemos en el peor lugar posible: nuestra propia espalda… y es que a veces la vida es la que parece empeñada en darnos precisamente eso, la espalda. Sólo tenemos que mirarnos, ya sea reflejados en la superficie esférica de una bola de Navidad, en los ojos de unos niños de diez años cuyo presente es la mejor razón para vivir o en el cariño de quienes cada día nos ven sin que nos demos cuenta… sí, sólo tenemos que parar un segundo y mirarnos, como lo hizo Liliana, mientras cubría su rostro y lloraba de tristeza al principio y de alegría al final.

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Liliana

¿Te gusta correr, te gusta soñar?, éste es un relato breve, sin nada en especial, pero con el que he querido desearos a todos una Feliz Nochebuena y una Feliz Navidad. Si te ha gustado este relato breve o crees que a alguien puede gustarle compártelo. Muchas gracias.

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