Lo que pienso mientras corro (XXIV): Una mañana de sábado

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Sábado de julio, a esa hora en la que el sol apenas había dejado tiempo para despertarse y ya lucía casi con toda su fuerza e intensidad. Esa es la fuerza del verano, de un verano que va inseparablemente unido a él, en esos días en los que apenas se llega a percibir el acortamiento de luz que nos abocará sin remedio a un nuevo otoño y después a otro invierno. Pero para eso aún queda – pensé al salir a la calle.

Como un sábado más, por delante me esperaban unos sesenta minutos de carrera continua y de nuevo, como un sábado más, me había vuelto a emocionar; una inexplicable emoción, que me invadió al poner mis zapatillas, al atar sus cordoneras y al mirarme al espejo, preparado para correr, con una camiseta sin mangas y un pantalón corto.

¿Pero qué de especial puede haber en un sábado cualquiera?, ¿acaso se escondía algo diferente en ese caluroso sábado que tocaba con insistencia en las puertas de los hogares para que todos nos despertáramos? No, sinceramente creo que no; todo estaba en mi mente y en ese peregrinar que desde el mes de febrero comencé sin llegar aún a verle el final. Fue entonces cuando dije adiós al sueño de un nuevo maratón, Badajoz se alejó hasta las antípodas de un plumazo y hoy, casi cinco meses después, mis piernas, mi cuerpo y mi mente están infinitamente alejados de aquel objetivo. En realidad están a años luz de aquella forma física y de un pasado que parece situarse mucho más lejano de lo que realmente está.

Puse mi cronómetro a cero, esperé pacientemente a que comenzara a recibir los datos del satélite de turno, me puse las gafas de sol y empecé a correr. Nada era igual, nada es igual desde entonces, mi zancada había cambiado (con el único objetivo de mejorarla y hacerla más eficiente), mi respiración no mantenía la misma constancia y mis pulsaciones habían dejado de ser tan uniformes y acompasadas como antes. Todo mi cuerpo estaba descompensado, mi ritmo era lento, es lento, torpe y cualquier intento por mantener una cadencia elevada terminaba yéndose al traste… pero corría, un consuelo menor, lo sé, pero corría.

Mis pasos me llevaron callejeando durante algo más de diez minutos por la parte más céntrica del marmenorense pueblo de Los Alcázares y seguí por la carretera local que conduce hasta la cercana localidad de Los Urrutias. La costa del pequeño mar quedaba a mi izquierda y al frente el negro y monótono asfalto de una calzada cansada de recibir el tráfico que a diario la transita y que a esas horas era ocupada casi en exclusiva por ciclistas, que ataviados por completo marchaban en grupos más o menos voluminosos.

El reflejo del sol sobre las calmadas y castigadas aguas del Mar Menor era el presagio del caluroso sábado que había amanecido. Había acontecido un nuevo amanecer, pero con idéntico resultado final y mis piernas se movían, extrañas a mi mente, como divorciadas de aquel tiempo que ahora se me antojaba remoto, en el que entre ellas surgía la complicidad necesaria para que los kilómetros se preñaran de pensamientos y que ahora… ahora tan solo parece el fondo de un mar estéril, incapaz de ofrecer nada de él.

Diversas pruebas médicas, diagnósticos sin resultados de una importancia relevante y un peregrinar continuo en busca de la magia que consiga dar con la tecla que afine de nuevo mi cuerpo. Reposo, ejercicios de fortalecimiento y estiramientos diarios, la atención puesta en cualquier consejo que pueda arrojar algo de luz sobre un túnel que se está haciendo mucho más largo de lo deseado… esas eran, esas son, las únicas historias que se asomaron a mi mente, tiñendo de un gris monótono los minutos que iban pasando lentamente, tanto como los kilómetros que con más esfuerzo del deseado iban recorriendo mis piernas.

¿Ritmo?, qué estupidez pensar en el ritmo que llevo – me dije resignado. De nada sirve, de nada vale ese valor cuando lo verdaderamente importante se reduce a correr sin dolor, a no arrastrar molestias tras el esfuerzo realizado, a poder disfrutar sin más de este deporte que me sigue llamando, me sigue atrayendo, me sigue teniendo a su merced y yo, como un pelele pusilánime sigo cada día a la espera, tras entregarme a él, de no volver a tener las mismas sensaciones físicas que irremediablemente se repiten una y otra vez, se repiten una y otra vez.

Pero es sábado, demonios – me dije – y los sábados se empiezan a disfrutar desde bien temprano, corriendo y encontrándote contigo mismo – me convencí. En mis oídos comienza a sonar una canción que un buen amigo me recomendó para mi Maratón de Berlín y mi piel se erizó, mi mente se bloqueó y mi ánimo pareció caer al fondo de un pozo situado en el centro de mi pensamiento. Sentí ganas de parar, detener mi cuerpo y sí, no me avergüenzo de ello, también tuve ganas de llorar, pero esa opción no figura entre las elegibles y aunque disminuí mi ritmo, aún más, no dejé de correr, no dejé de sudar, no dejé de perseguirlo, de ir tras él… de ir tras de .

A mi cabeza se asomó la pregunta de cuánto tiempo durará esta travesía que me tiene a la deriva, cuánto resta todavía hasta que pueda volver de nuevo a esa senda por la que transitaba. Entonces no valía solo con correr, la meta estaba en conseguir hacerlo un poquito más rápido cada vez y ahora, irónica realidad, me importa un rábano si mis piernas son más o menos veloces. Mi meta ha cambiado y a pesar de lo que pueda parecer, es mucho más difícil de alcanzar que ninguna de las conseguidas hasta ahora… ya que ahora solo quiero correr, sin más y si es posible sin dolor.

Llegué a casa, acaba de completar sesenta y seis minutos de carrera y cómo no, el sábado seguía siendo sábado y la mañana aún caminaba en pañales. Todavía era temprano y por delante esperaba todo el día… la humedad existente había empapado mi camiseta, por mi piel resbalaba el sudor y mi mirada se clavó en la aguas de ese pequeño mar que tenía frente a mí:

Volverá a ser azul – me consolé – confío que volverá a ser azul. Y yo, seguiré persiguiendo esos pensamientos que ahora me dan la espalda, confiando en unas piernas que aún tienen mucho que decir y en lo hermoso que es un sábado cuando lo primero que haces para empezar el día es simplemente correr.

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Una mañana de sábado

Cuando algo nos gusta, nos llena, nos satisface, intentamos no renunciar a ello, aunque para eso tengamos que esperar con paciencia el tiempo que sea necesario y nos parezca que no va a alcanzarse nunca. No ha llegado aún ese momento que me haga comprender que en mi día a día no van a haber una zapatillas de por medio y como tal seguiré intentándolo, y cada sábado volveré a salir a la calle con la ilusión de regalarle una parte de mí, tan solo una parte de mí. Espero que te haya gustado este post, si es así y crees que conoces a alguien que puede gustarle, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Lo que pienso mientras corro (XXIV): Una mañana de sábado

  • Gustavo  dice:

    Paciencia Paco, que de todo se sale y por ganas, dedicación, disciplina y por tu edad más tarde o más temprano saldrás del “túnel”.
    No soy amigo de eso de “mal de muchos consuelo de tontos”, pero en mi caso correr o hacer deporte en general, hace años q está ligado al “dolor”. Pero, observando a Pelayo q tiene trucos para todo, yo tb tengo uno y ya no corro con dolor, simplemente son “molestias” y con ellas puedo vivir.
    Un saludo.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Gustavo! Muchas gracias por tu visita y por dejarme tu motivador comentario. Sí, sin duda, la paciencia es una de las virtudes que debemos cultivar, pero no solo en esto de correr, sino para todo en general y como bien dices de todo se sale, así que espero salir y volver a tener esas buenas sensaciones de antes. Respecto a ese consejo de Pelayo, ya me lo dirás, porque muchas veces son los más pequeños los que nos dan las claves que nosotros no somos capaces de encontrar.

      Un abrazo, sigamos corriendo y gracias, de nuevo, por leerme.

      Paco.-

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