Lo que pienso mientras corro (XXIX): Extraordinario

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Nunca pierdas la perspectiva y permitas que lo habitual deje de ser extraordinario.

Esta frase saltó a mi mente hará un par de semanas, así porque sí, sin previo aviso y si un motivo razonable que lo originase, sencillamente llegó y se instaló dentro de mí. Como es lógico y siguiendo el patrón habitual de esas otras veces en las que suele colarse alguna frase, esta empezó a dar vueltas en mi cabeza esperando que le concediese el sentido y la atención que se merecía. Ahí estuvo, agazapada, callada, sin hacer ruido y esperando pacientemente el momento donde cobrar protagonismo.

Los cuarenta minutos suaves marcados para la mañana del sábado representaban una salida cómoda, tranquila, relajada… algo así como una salida rutinaria, sin nada de especial y en las que las piernas y la cabeza se dejarían llevar, desconectándose de todo cuanto encontraran a su alrededor, al no tener que ir pendientes de ritmos o tiempos. En resumen, un rato sin nada extraordinario, sin nada de especial, anclado completamente a lo ordinario.

Junio regalaba el primero de sus cuatro sábados con una mañana de temperatura típicamente veraniega, pese a formar parte de la primavera más tardía, y mis gafas de sol eran el filtro perfecto para tornar su luz menos intensa y la ausencia de música, en esta ocasión, la mejor manera para dejarme contagiar de todo cuanto me rodeaba. Zapatillas bien atadas, cronómetro a cero y adelante: a correr.

Los primeros metros, los primeros minutos, como siempre, fueron los más incómodos, los más extraños, por aquello de no haber alcanzado aún ese estado de equilibrio donde el cuerpo vence el paso del estado estático al dinámico y de manera armónica se instala en una continua repetición de zancadas, mientras sin ser consciente deja de pensar en nada concreto, permitiendo que sean las ideas las que lo atrapen y lo lleven allá donde ellas deseen…

Nunca pierdas la perspectiva y permitas que lo habitual deje de ser extraordinario.

Saltó a la conciencia, abandonó su letargo y se plantó en medio del camino, en medio de mis pensamientos. Había llegado su momento y con él la obligatoria atención que merecía, la atención que demandaba. Todo es extraordinario, ¿todo es extraordinario?, ¿acaso todo o nada llega a ser extraordinario realmente y tan solo somos nosotros aquellos capaces de concederle o no ese carácter? Quizá, tal vez sea así… o no.

Esos cuarenta minutos de carrera continua eran la rutina de un sábado cualquiera, sin percatarme que hace un año habrían representado algo extraordinario. Aquella fue una mala y larga racha de lesiones, superada tan solo por mi cabezonería, por mi amor a este deporte y por mi negativa a quedarme de brazos cruzados ante los distintos reveses sufridos. Entonces tan solo caminaba y el hecho de haber corrido tan solo un minuto lo habría sido, sí, habría sido algo extraordinario.

Aquella sentencia me acabada de ayudar a darme cuenta de que algo tan evidente había pasado desapercibido y cómo dejamos de concederle la importancia que merece a tantas cosas que repetimos a diario, sencillamente por eso, porque forman parte de nuestro día a día y como tal no parecen dignas de recibir el calificativo de extraordinario

La almohada sobre una cama recién hecha, el humo de un plato hondo de comida, el olor a colonia en la ropa después de un abrazo, el tacto de una mano que ase otra mano, el cepillo que saca todo el brillo a la crema de los zapatos, el olor a palomitas después de cenar, los problemas de matemáticas y las conjugaciones del verbo ser, el beso de “buenos días” y de “buenas noches” y de… los besos, el papel de aluminio en el bocadillo del recreo, la sombrilla de la playa y la arena pegada a los pies, lavarse los dientes después de comer, arroz tres delicias y pollo al limón, nazarenos de caramelo y piruletas de colores, Murcia y su calor, las mañanas de los sábados en la plaza, fregar las tazas del desayuno, comprar una barra de pan, dejar encendida la luz del pasillo…

Son pequeños instantes, fugaces, efímeros, muchos incluso unos perfectos desconocidos para ellos mismos, incapaces de saber la entidad que tienen, ni lo que representan. Vulgares, rutinarios, como extras de reparto de una película que se va proyectando fotograma a fotograma sin recibir la atención de nada, ni nadie. Son instantes maravillosos, simplemente por tener ese carácter baladí, que transforma lo ordinario en extraordinario.

Sin embargo, pese a tener ese valor extraordinario resulta paradójico cómo nos dejamos contagiar por lo que verdaderamente nos domina y nos gobierna: nuestro día a día. La rueda que nos mantiene dando vueltas nos emborracha con su balanceo y nos convierte en unos perfectos necios, incapaces de detenernos un minuto y percatarnos de qué es realmente importante, qué es extraordinario.

Como siempre sucede, tendremos que perder, dejar de tener, para abrir nuestros ojos y entonces sí, convencernos que eso que ya no tenemos y que era una parte más de nuestro día a día, era algo sencillamente extraordinario. Somos los animales más perfectos de la creación y al tiempo los más estúpidos que habitamos en nuestro querido planeta, capaces de conceder y restar importancia a todo lo que nos rodea a nuestro libre albedrío, la mayoría de veces sin estimar ni cuantificar dónde está lo que de verdad merece la pena.

Y por si todo eso fuera poco, además de torpes, dicho desde un sentido perceptivo, también somos animales de costumbres, de repetir y repetir aquello que hacemos a diario, integrándolo como una parte más de todo cuando nos rodea, llenando de posos el fondo del mar en el que vivimos y que a menudo debemos agitar para evitar que acaben convirtiéndose en sedimentos solidificados y nunca vuelvan a subir a la superficie… esa perteneciente a nuestra memoria.

Los cuarenta minutos tardaron precisamente eso, cuarenta minutos en pasar y mientras lo hicieron mis piernas corrieron, mi cuerpo sudó y mi cabeza se llenó de pensamientos, agitando mi mar y abriéndome los ojos para ver que, como un estúpido más, hay muchas cosas que debo despojar de sus ropas y ponerles el traje con la etiqueta de extraordinario.

Al entrar en casa el silencio la inundaba por completo… el silencio y los sueños que dormían acostados sobre tres colchones, que convirtieron a ese sábado en un sábado sencillamente extraordinario… ya no tuve ninguna duda, entendí perfectamente porqué aquella frase se coló en mí y en silencio me lo repetí:

Nunca pierdas la perspectiva y permitas que lo habitual deje de ser extraordinario.

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Extraordinario

Todo cuanto nos rodea es extraordinario, no permitas que nada te lo haga olvidar y de vez en cuando, mientras corras, aléjate un poco de ti mismo, para tener otra perspectiva y observar con mayor nitidez que entre el amanecer y el anochecer todo cuanto acontece lo es, es sencillamente extraordinario… si te ha gustado este escrito compártelo. Muchas gracias.

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