Lo que pienso mientras corro (XXV): Piedras…

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Piedras, somos piedras… con ese pensamiento me desperté hace un par de domingos. Era temprano, casi como cada domingo; la ropa de correr me esperaba paciente desde la noche anterior, casi como cada domingo, y junto a ella mis zapatillas también me esperaban, casi como cada domingo. El ritual se repetía… Piedras –pensé, una vez más.

Cerré la puerta de casa con el sigilo de un polizón que se encontrase subido a ese barco en cuyo rumbo espera encontrar un nuevo mundo, una nueva vida. Silencio, calma, el día aún por amanecer, mientras la fresca brisa de la mañana acariciaba las ramas de las palmeras. Esperé que el cronómetro detectase mi ritmo cardiaco, me puse las gafas de sol para proteger mis ojos de sus rayos y miré al cielo: apenas un pequeño grupo con una docena de nubes, pequeñas, redondeadas, solas en medio de la inmensa bóveda que comenzaba a tomar color… Piedras –pensé otra vez, porque así me lo parecían.

Setenta y cinco minutos me esperaban y con ellos un puñado de kilómetros, un puñado de pensamientos, un puñado de sensaciones: tópicos repetidos, casi como cada domingo. Sí, tópicos repetidos, nada nuevo bajo un sol que ya lavaba su cara para dar los “buenos días” y yo, invisible a todo cuanto me rodeaba, comencé a correrEmpecemos –me dije, sin articular palabra.

Mis piernas se movían, corrían sobre el asfalto, el negro, monótono e inerte asfalto, que parecía hablar bajo mis pies, mientras mis pensamientos fueron llenando mi mente de piedras, de todas las formas y colores: pequeñas, unas, diminutas, otras… piedras. Invisibles si solo miramos al cielo, ajenas a todo y a todos, pero que siempre estarán ahí, en ese suelo que pisamos, como parte de nuestro camino. Piedras… ellas son nuestros recuerdos, son la alfombra del pasado, las huellas de nuestro paso por esta vida, mientras caminamos, mientras corremos, mientras vivimos.

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Pacorri, cómete el bocadillo, que sino no hay helado… Superman… te acompaño en el sentimiento… hazme unos tostones, abuela… solo es tu obligación… ¿quieres salir conmigo?… mañanas de sábado en Verónicas… has madrugado mucho… bien, Molina, bien… ¿tomamos un café?… colorao y morao… Ford Fiesta… una Fanta de naranja y una cerveza… Tetris… diez son tres más siete… con locurísima… para mí, si… no me he hecho pipí… gusanos de seda y hojas de morera… no me pises los zapatos… Carrusel Deportivo… bocadillo de tortilla de guisantes… logaritmo neperiano… 127 blanco… chavetas y charnelas… tercio y Martini blanco… Santa Pola… buenos días, princesa… Formentera…

…]

Cada recuerdo, como piedra que cayese del cielo de mi memoria, iba cubriendo el asfalto, el negro, monótono e inerte asfaltopiedras llenas de vida: pequeños momentos, instantes fugaces, guardados para siempre, insignificantes e imprescindibles, necesarios todos para formar un puzzle de piezas infinitas, sin final, ni principio. Porque nada tiene final y tan solo tiene el principio que le conceda nuestra memoria, ese que lo haga finito en una vida infinita.

Mis piernas seguían corriendo, ese era su único cometido para empezar ese domingo, casi como cada domingo, y mi mente seguía llenándose de recuerdos, como piedras y sin saber por qué me sentí una más de ellas. Quizá la falta de oxígeno en mi razón, que casi en su totalidad debía estar repartiéndose en la sangre que llegaba a los músculos implicados en eso de correr, quizá la sinrazón de un loco que se cree mucho más allá que un simple corredor, quizá un poco de todo o un todo de nada, no soy capaz de poderlo asegurar pero me sentí piedra, por un instante me sentí piedra y me di cuenta que mañana, cuando ya no lluevan más recuerdos de mi memoria, cuando ya no hayan más kilómetros que correr, cuando mi paso por esta vida tan solo sea uno más de esos recuerdos en otras memorias y nadie sepa que un día existí, seré piedra

[…

Seré piedra, una más de las cientos, miles, que te encuentres en la orilla. Y allí permaneceré inmóvil y callada, o ¿acaso puede una piedra hacer algo más allá de eso? Esperaré tu presencia, mientras las olas me acaricien, el sol me ilumine y la noche me acune. Seré piedra, eternamente piedra, ajena al tiempo, expuesta e ignorada al presente, olvidada al pasado e inexistente para el futuro… lejos de miradas, de palabras, de caricias, de sentimientos, de silencios y de deseos.

Seré piedra, inerte e impasible piedra a los ojos del mundo, estéril e inútil piedra varada a los pies del mar, una más de las cientos, miles, que te encuentres en la orilla. Y allí permaneceré, es lo único que podré hacer, hasta ese día en el que llegues y en tu descuidado caminar te agaches y sin saber por qué de entre todas me elijas a mí. Entre tus dedos volveré a nacer, al sentir el latido de un corazón, de tu corazón… yo no dejaré de ser piedra, una piedra más de las cientos, miles, que te encuentres en la orilla y tú, tras mirarme me volverás a dejar sobre la arena y seguirás tu camino.

Y allí quedaré, para siempre, al arrullo de un mar a veces en calma, a veces bravío, pero siempre inmenso, como mi amor por ti, esperando ese día en el que tú también seas piedra y a mi lado sientas sobre tu roma superficie el cosquilleo de la espuma del mar, de ese mar que en su murmullo te susurrará la realidad de un sueño, de mi sueño, ese ajeno al día y a la noche, ajeno a todo y a nada, que se habrá vuelto realidad al sentirte a mi lado y saber que entonces ya no nos perderemos ni un solo amanecer.

Seré piedra, una más de la orilla y tú, a mi lado, serás piedra también, otra más de la orilla… la vida y la muerte seguirán, antagónicas, unidas de la mano, inseparables, de espaldas en un mismo camino, en su mismo camino.

Seremos piedras, inútiles piedras, insignificantes piedras, lunares invisibles en un mundo finito, dentro de un universo infinito, sin límites, sin reglas, sin signos, sin notas musicales, sin colores, ni arcoíris, rodeadas del silencio más atronador jamás imaginado, sin tiempo, sin luz, ni día, ni noche… aparente vacío, aparente nada. Me sentiré piedra, te sentiré piedra… seremos piedras, unidas para siempre y para entonces tan solo pediré estar a tu lado.

…]

El tiempo se había acabado, mis piernas se pararon y hasta el esclavo cronómetro se paró… mi entrenamiento terminó y en mis kilómetros de ese domingo quedó escrita una frase:

Seremos piedras… para siempre, piedras.

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Piedras…

Tal vez un día fuimos y volveremos a serlo: piedras… ese fue el resultado del delirio de kilómetros corridos una mañana de domingo, como casi cada domingo o tan solo el fruto de los pensamientos de un estúpido corazón con alma de piedra. En cualquier caso, corramos, pensemos, sintamos… vivamos. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Lo que pienso mientras corro (XXV): Piedras…

  • Fernando Murcia  dice:

    Saludos, Paco.

    No puedo dejar esta entrada en tu blog, después de leerla, sin comentarios. Los blogs se nutren de entradas como la tuya, tu blog tiene una alimentación rica y equilibrada, pero los comentarios creo que son las chucherías o los dulces, pequeños caprichos que no necesitamos pero que necesariamente “engordan” el ego del autor del blog. No te preocupes que tu quemarás de sobra las calorías de más, que en mi caso serán pocas, que puedan aportarte este mísero comentario.

    Así, me obligo a contestarte cada vez que puedo leerte, últimamente menos de lo que quisiera, y te digo que cuidado con las pequeñas, diminutas piedras que se acumulan, no solo en la vesícula o el riñón (hay que ver lo que duelen), sino también en las suelas de nuestras zapatillas de correr. Pueden dañar su suela, estropeando los tacos o sistemas de amortiguación o hasta haciendonos resbalar si tenemos la mala suerte de pisar justo donde se ha quedado enganchada la dichosa piedra.

    Dicha esta “tontá”, para terminar decirte que quedo una vez más asobrado de lo mucho que “piensas mientras corres”, es curioso que yo lo que busque del correr sea precisamente lo contrario, ya te dije alguna vez que una de mis frases favoritas relaccionadas con esto es que “correr es la mejor manera de no pensar sin estar durmiendo”.

    Un fuerte abrazo.

    Fernando.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! ¡Qué alegría volver a encontrarme con un nuevo comentario tuyo, amigo!, muy agradecido por ello… me resulta curioso que definas como tontá parte de las palabras utilizadas, cuando si hay algo que tienen siempre tus comentarios es sentido y cordura a raudales. Las piedras, entedidas como yo lo hago en este escrito, lógicamente no representan problema alguno, pero es cierto que pueden ser molestas compañeras si se encuentran en nuestro organismo o en nuestra suela. En cualquier caso y lejos de querer volverme muy plasta, esas piedras siempre estarán ahí, esperándonos en la orilla, mientras que las otras podrán o no dejar su huella, su pequeña huella, en nuestra vida, ¿no crees?

      Espero que sigas dejándome con tus palabras, cada vez que lo desees, esas chucherías virtuales que alimentan este rincón y mi ego, como bien dices y aunque no lo creas, a pesar de tanto como pienso mientras corro, también hay veces en las que esos pensamientos vuelan, dejando un vacío en mi interior.

      Un fuerte abrazo y gracias, una vez más, por tus palabras.

      Paco.-

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