Lo que pienso mientras corro (XXVII): Agua, bendita agua…

post_agua

El agua de lluvia golpeaba en la luna delantera y lejos de activar el parabrisas del coche me quedé hipnotizado viendo como las gotas cubrían, una a una, toda la superficie transparente. Era una lluvia débil, casi imperceptible, pero su huella iba quedando de manera indeleble y en unos minutos apenas se podía apreciar con claridad que había más allá del cristal. Las gotas, ajenas unas a otras, se fueron juntando, estableciendo lazos de unión entre ellas y la visibilidad fue aumentado poco a poco con el paso de los minutos. Todo el cristal delantero se convirtió en una película perfectamente visible y el agua no fue más que un filtro permeable y el exterior se abrió ante mi pupilas… no dejaba de llover.

Desperté

No más de cinco minutos pasaban de las ocho de la mañana y la escasa luz que entraba por las rendijas de las persianas entreabiertas de la habitación me anunció lo que rato más tarde pude comprobar al salir a la calle: un cielo completamente gris daba los buenos días al primer domingo de diciembre. En el horizonte tonos de grises aún más plomizos auguraban lluvia y el suelo mojado era la mejor evidencia de una noche que también había sido algo lluviosa.

Después de cinco largas semanas volvía a ponerme las zapatillas, en esa ocasión para evolucionar del paso a la zancada y hacer que caminar diese el relevo a corrercorrer, de nuevo correr. Un nuevo comienzo o quizá tan solo la continuación de una etapa protagonizada por intermitentes períodos de obligado descanso, demasiados. En cualquier caso, eso no importaba, puesto que lo importante era volver a estar ahí… seguir ahí.

Una camiseta térmica de manga larga para abrigar mi pecho, una braga para proteger la garganta y un simple pantalón corto que dejaba al descubierto mis piernas. El frío de la mañana erizó mi piel nada más salir a la calle y recibir el bofetón del salto térmico que aguardaba fuera. Apenas fueron unos segundos, tan solo los necesarios para aclimatar mis extremidades inferiores a la baja temperatura, durante los cuales me quedé inmóvil en medio de la calle. Bajé mi mirada al asfalto sobre el que se posaban mis pies y después clavé la vista al frente, contemplando la misma calle que veo cada día. Mi piel se volvió a erizar, pero esa vez no por una razón térmica… no, esa vez no.

Corría

Llévate el paraguas, no pises los charcos, abrígate bien, no respires por la boca, ponte los guantes, ¿has cogido el almuerzo?, que no se te olvide el billete de autobús… ¿te has echado colonia? Dame un beso, corre, que se te va a hacer tarde…

Mis piernas iban despacio y mis emociones, ajenas a ellas, volaban como si se acabaran de escapar de un cuarto donde hubiesen estado presas: un incontenible escalofrío de libertad recorrió todo mi cuerpo. Familiar y ansiada sensación de libertad que me hizo creer que flotaba a tan solo dos dedos del mojado asfalto. Qué pronto olvidamos algunas de esas sensaciones que nos acompañan cada día y qué extraños nos encontramos al volver a percibirlas, extraños y dichosos… pensé.

La tierra húmeda, empapada por el agua caída durante la noche anterior, se dejaba a oler con intensidad. Su fragancia se coló sin permiso por cada poro de mi piel y mis recuerdos se contagiaron de su olor…

El sonido de las gotas sobre el impermeable resonaba en los oídos, de igual manera como lo hacen los tostones dentro de una olla. En la boca aún el sabor a foigrás del bocadillo… “pásala, pásala, que estoy solo… como se meta en el agua yo no la saco… Pitufo, chuta, chuta, chutaaaaa… el que meta gana… y una mierda, le has dado tú el último, ha sido tuya… está sonando el timbre, corre… empates, mañana seguimos… ¿te sabes el examen?”…

La ausencia de aire y un cielo cada vez más encapotado parecían anunciar un agua que no debería tardar en caer; como un niño caprichoso, deseé en silencio que la lluvia se precipitara cuanto antes para presenciar así como mojaba a su paso todo cuanto me rodeaba y sentirla sobre mí, hacerla mía, robando así el protagonismo y el deseo a una tierra reseca, más acostumbrada al polvo que al barro, cansada de mirar al cielo y resignada a morir de sed un poco cada día.

Mis piernas corrían, despacio, sin minutos, ni tiempos, no había velocidad, ritmo o distancia, solo el placer y el sufrimiento de correr, la oportunidad de desplazarme a golpe de zancada, como un nómada primitivo que tenía en sus pasos su único tesoro y en el camino un futuro incierto, sin horizonte al que llegar, ni meta alguna que alcanzar: correr para sobrevivir, nada más. La vida sin más pretensiones y con un único instinto, el de continuar disfrutando de ella.

El cielo pareció escuchar mis plegarias y transcurridos casi treinta minutos desde que comenzara mi carrera comenzó a caer sobre mi cabeza… despacio, casi de manera imperceptible, pero sin cesar, empecé a sentir las primeras gotas de agua en mi cara. Mis ojos buscaban captar esa lluvia que precipitaba, atraída por la gravedad del suelo, pero el intento era en vano, aun así me mojaba, muy lentamente… me mojaba.

Llovía

Las gotas no dejaban de caer, el sudor comenzó a mezclarse con el agua de esa lluvia de domingo y la humedad del ambiente me rodea, convirtiéndome en un islote de tierra en medio de un inmenso océano. El agua fue ganando la partida, mientras mis piernas continuaban con sus zancadas y mi cuerpo, sin la menor oposición, se dejaba mojar un poco más con cada una de las pequeñas gotas que regalaba el cielo. Agua, bendita agua… fuente de vida, bien escaso, querida compañera… de repente, un día sucede y la vida decide que ha llegado el momento… su momento.

Nuestro viaje comienza tras un buen puñado de semanas sumergidos en el mar más hermoso de la creación, ese que nos transporta a la vida que conocemos. Después el agua nos concede nuestro segundo nacimiento… en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… y toda nuestra vida depende de ella, simplemente porque ella es vida. Tal vez por eso, estar bajo ella durante su imparable camino hacia la tierra, sea lo más cercano que jamás vaya a estar de un milagro.

Mi cuerpo se fue empapando, despacio, siempre despacio, y hasta mis huesos parecieron estar calados, borrachos de ella… de esa agua que pareció conceder un nuevo bautizo, un nuevo comienzo o simplemente el deseo, la ilusión o la fantasía de un hijo de esa agua que un día lo trajo a la vida.

El camino me llevó al punto de partida y ya detenido bajé mi mirada al asfalto sobre el que se posaban mis pies; de nuevo clavé la vista al frente, contemplando la misma calle que veo cada día. Mi piel se volvió a erizar, por tercera vez; no lo hizo por aquella razón térmica, ni tampoco por esa otra razón emotiva, simplemente fue al sentir como las gotas de lluvia resbalaban por unas piernas confiadas que habían vuelto a correr… mis piernas.

Y en el suelo, las gotas comenzaban hacer pompas en los charcos…

post_agua

Agua, bendita agua…

En esta ocasión fue la lluvia, ese agua que nos regala el cielo, mientras corría, la que me hizo pensar más allá de mis zancadas y darme cuenta que sin ella no existiría esta vida que nos concede un lugar a cada uno, ya sea corriendo, andando o simplemente soñando. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

¡Comparte!

Deja una respuesta