Lo que pienso mientras corro (XXVIII): Carnaval de vida

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¿Existe mayor carnaval que la vida, un carnaval que se repite sin cesar de enero a diciembre, de invierno a invierno y en el que todos, cada uno a su manera, nos disfrazamos día a día para bailar en él?

En esas estaba mi cabeza el pasado domingo, cuando me disponía a hacer la habitual tirada larga, esa que suele ir asociada al último día de la semana. Como es habitual, me levanté con el sigilo de siempre y en poco más de veinte minutos salí a la calle. Una calle totalmente libre de coches aparcados, sin duda debido a las diferentes señales de tráfico verticales que así lo prohibían y que, altivas, se mostraban anunciando del desfile de carnaval que esa tarde transitaría por ella… carnaval, de nuevo carnaval.

La mañana, fresca y algo nublada, era ideal para correr y los 90’ que me aguardaban prometían ser algo largos, sobre todo porque hacía muchos meses que mis piernas no se enfrentaban a esa distancia. Volver a estar hora y media corriendo era una idea que me encogía mentalmente, casi en la misma proporción que me motivaba especialmente:

Tengo que mirar cuándo fue la última vez que hice una tirada como esta –me dije, sin articular palabra.

¿Importaba realmente la respuesta de esa pregunta?, no, claro que no, en esos momentos no, de la misma manera como hasta ahora tampoco me ha interesado dar contestación a ella. Corría, tan solo corría y por delante minutos y minutos donde volver a hacer de la soledad la mejor compañera, la mejor consejera. Callada, siempre callada, experta en escuchar y sabia en los instantes donde las palabras parecen convertirse en tímidas mensajeras de pensamientos, de ideas o de simples recuerdos.

Recuerdos que en esta ocasión cabría esperar que llevasen disfraz de carnaval y que sin embargo, pese a la canción que resonaba una y otra vez en mi cabeza, se asomaban sin rubor alguno desnudos de adornos… quizá porque nunca he llegado a encontrar el sabor de esta multitudinaria fiesta o tal vez porque el carnaval me enseñó que tras su careta siempre se esconde una mueca grotesca…

Ay, no hay que llorar,

que la vida es un carnaval,

es más bello vivir cantando…

Sí, tal vez sea más bello vivir cantando y aprender, como bien dice esa famosa canción, aquello de…

… el que canta su mal espanta

Un mal tantas veces caprichoso, injusto y severo, implacable, capaz de llevarse por delante al más valioso caballero y al luchador más incansable, de igual manera como lo hace con el héroe más inexperto y el débil más indefenso. No importa la condición de aquel sobre el que ponga su guadaña, como tampoco importa la trágica sentencia con la que nos condene a todos, porque por encima de todo está nuestra fortaleza, esa que no debemos perder y que nos convierte tan fuertes como seamos capaz de imaginar.

Un leve aroma a azahar me hizo pensar por un instante en la cercana primavera, esa que en menos de un mes volverá a estar entre nosotros, removiendo emociones, provocando sensaciones y haciendo estallar mil colores, mil olores a cada una de sus mañanas…

Pero eso será después, de momento disfrutaré de ti, querido invierno –pensé.

Un invierno que esta vez sí, ha sido algo más frío, y no ha venido disfrazado, ni ha llevado careta alguna con la que engañarnos, regalando días de lluvia, de frío y hasta de nieve, sí de nieve, después de muchos años también nos ha regalado nieve.

Nieve, blanca y pura, que contrastaba en mis recuerdos con el gris del cielo que me cubría, el mismo gris de la ceniza que ahoga cada miércoles, siempre miércoles, el rumor del carnavalceniza, símbolo del arrepentimiento, de la penitencia, de la conciencia de la nada, de la muerte… de nuevo volvía a asomarse a mis pensamientos y de nuevo lo hacía con su máscara, esa bajo la que esconder su mirada vacía, su cobardía y su miserable grandeza. Una grandeza única, capaz de medirse a la vida y derrotarla cuando esta se descuida.

Mis piernas seguían corriendo, el asfalto había dejado paso a la tierra y tras cuarenta minutos volvía a sentir el monótono tacto del gris aglomerado bajo la suela de mis zapatillas… mi reflejo al pasar frete al escaparate de un establecimiento de compra venta de coches me hizo fijar la vista en mí, en mi figura. Un reflejo pasajero, de apenas unos segundos, una ráfaga efímera guardada en mi retina, invisible, inexistente para el resto del mundo, igual que el rostro escondido bajo un antifaz de carnaval, al que podrás imaginar sin ser capaz de ver y cuyo recuerdo se escapará entre los surcos de tu memoriacarnaval, un egocéntrico carnaval, acaparaba toda mi atención.

Sentía la mirada de dos ojos asomados a través de su máscara imaginaria e hipnotizado por ellos no podía dejar de pensar en él: carnaval, jodido carnaval. Bufón callejero, burlón y mentiroso compañero, que escondes la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, mientras juegas con el agua y el fuego. Embaucador experimentado, que emborrachas de fiesta para que al despertar todo haya sido un recuerdo o simplemente una fantasía. Del bullicio al silencio… de la vida a la muerte.

Antagónicas rivales, enfrentadas toda la eternidad y unidas desde el principio de los días hasta el final de estos. Una deseada, otra denostada, una celebrada, otra llorada, pero ambas respetadas, ambas admiradas, porque el sentido de todo está en su existencia o ¿quizá daríamos tanta importancia a la vida si no tuviera rival?, o ¿lloraríamos a la muerte si no supiéramos qué perdemos con ella? No, claro que no, por supuesto que no, igual como no seríamos capaces de admirar los colores del arcoíris si en la paleta faltase el gris más negro o el negro más gris.

Llegaba a casa, mi entrenamiento tocaba a su fin y al doblar la esquina de nuevo vi la calle vacía, solitaria, silenciosa, huérfana de todo y pensé en la alfombra de sonido y color que horas más tarde la cubriría… sería como pasar de la muerte a la vida o quizá fuese al revés:

¿Dónde está el lugar de cada una?…

Paré mi cronómetro, mis pulsaciones comenzaron a desplomarse tras el esfuerzo y la calma volvió a hacer que mi sangre corriese por mis venas con su ritmo habitual. Mientras, en mi cabeza seguía sonando la misma canción y entonces lo supe, tuve más claro que nunca una realidad:

El mayor carnaval no es otro que la vida.

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Carnaval de vida

Sorprende, a veces, cómo nuestra mente es capaz de ver más allá de lo que nos rodea, llegando a convertir nuestros pensamientos en caprichos del presente que vivimos. Un presente que esta vez ha estado disfrazado de carnaval, de idéntica manera como será capaz de ponerse el traje que menos imaginemos, pero siempre con algo en común: la soledad, dueña y señora de tantos kilómetros corridos y por correr. Y a ti, ¿qué te inspira esta fiesta del año?, anímate y deja tu punto de vista, y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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