Lo que pienso mientras corro (XXX): Miedo

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No tengo miedo

De nuevo una frase resuena en mi cabeza desde hace días, tantos como los transcurridos desde el pasado jueves 17 de agosto, cuando la cosmopolita Barcelona se convirtió trágicamente en noticia en todo el mundo, debido al atentado sufrido en sus conocidas y concurridas Ramblas. Más allá de cuestiones políticas o de otra índole, que rodearon esto luctuoso hecho, es lógico comprender que no entre en ellas por el corte deportivo de este blog, aunque sí quiero quedarme con el grito unánime que se pudo escuchar al día siguiente en la Ciudad Condal, durante la multitudinaria manifestación, y que he utilizado para comenzar mi entrada de hoy:

No tinc por

No tengo miedo

Caprichosa, la frase se asoma y me acompaña, de manera involuntaria y habitual, durante mis entrenos, mientras corro y me digo a mí mismo que sí, que yo sí tengo miedo. No me avergüenzo de reconocerlo, tengo miedo… pero no es ese miedo a estar en el lugar inapropiado, en el momento inoportuno, no, a eso no le tengo miedo, porque creo que por irreal o injustificado que sea, todos tenemos ese lugar y esa fecha escritos. Sí, es cierto que para alguien de ciencias no resulta muy lógico aceptar aquello basado en la pura intuición, sin un fundamento empírico, sin una base que sirva para demostrarlo, pero es una creencia y como tal creo que puede ser igual de válida que otra, porque en el fondo todas son creencias y se basan en teorías, de un mayor o menor corte religioso, pero cuyos cimientos se asientan en la fe, esa que nos permite tener la capacidad de creer aquello que no vemos.

¿Miedo entre kilómetros?… sí, el miedo parece como si se hubiese empeñado en ser el compañero asiduo de mis últimas salidas, en querer ser espectador de madrugadas preñadas de silencio, donde solo mis zancadas y mi respiración ponen la música de mi entrenamiento; ser espectador de madrugadas robadas a la oscuridad, que derrotada se refugia atrincherada en la frontera de la noche, que separa la línea dibujada por el torrente de luz artificial nacido de esbeltas e inertes farolas.

Pero este no es un miedo que asuste, que paralice, que me impida avanzar, no, claro que no, por extraño que parezca me hace seguir, me invita a correr, a no dejar de mirar hacia delante… creo que el miedo no debemos perderlo nunca, pero jamás dejar que se apodere de nosotros:

El miedo ayuda, si es bien concebido y mata, si no lo es.

Lejos de este razonamiento particular, no le tengo miedo a él, pero tampoco soy un valiente caballero ni un loco intrépido, claro que no, porque tengo miedo. Un miedo al que, mientras corro de manera automática, comienzo a conocer como a ese amigo que te acaban de presentar, y entre susurros me habla de él.

Es entonces cuando veo cuán distinto es el miedo, cómo crece, cómo muta con nosotros, cómo se transforma con el paso del tiempo, qué distintas caras parece tener pese a ser el mismo, únicamente preocupado de vestirse de formas diversas, de encontrar un lugar donde esperarnos en medio de nuestro camino, para saltar sobre nuestras espaldas e intentar detenernos, amedrentarnos, acobardarnos y cómo aquello que temíamos se esfuma por el simple paso del tiempo, ese tiempo que nos hace cambiar y dejar de padecer miedo a la oscuridad, para comenzar a tenérselo a la luz, aprender que lo desconocido no es motivo de miedo (sí de respeto) y sí aquello que conocemos (sabemos su magnitud)… miedo, simple miedo.

Y como un estúpido sigo corriendo, mis piernas aumentan su ritmo, queriendo escapar y de manera proporcional mi cabeza se va llenando de miedos, que se amontonan dentro de mí… me siento como una puerta abierta a través de la cual todo entra y dentro todo cabe o casi todo. Pero solo me quedo con aquello que de verdad respeto y me asusta. Es mi miedo, tan variado como numeroso, mío, solo mío…

Miedo a no aprender, a equivocarme, a no ver más allá del horizonte, a no despertar, a dejar de soñar, a soltar la mano que me sujeta, miedomiedo a no volver a encontrar, a perder aquello que tengo, a mezclar realidad e imaginación, a dejar besos presos, a confundir el sabor de las lágrimas, a no ver el color del arcoíris, miedomiedo a olvidar los recuerdos, a dejar de bailar, a no saber reír, a no sentir, a no reconocer el olor de la lluvia, a no tener velas que encender, miedomiedo a no tener fuerzas para dar un abrazo, a perder las ganas de besar, a vender mis argumentos, a quedarme sin palabras, a creer en ideas gastadas, a no escuchar el silencio, miedomiedo a no saber pedalear, a olvidar que existe el mar, a dejar de pelear, a contar un cuento sin final, a mirar y no entender, a comer sin ser un placer, miedomiedo a repetir lo repetido, a escribir lo escrito, a buscar lo escondido, a perseguir lo perseguido, a dar lo nunca tenido, a matar lo enterrado, miedomiedo a llorar tarde, a no pedir perdón, a mirar solo atrás, a no esperar, a una mañana sin despertar y una noche sin dormitar, miedomiedo a dejar de tener miedo.

Y mientras guardo, cuento y juego con mis miedos, sigo corriendo, escapando al tiempo, persiguiendo la soledad que me ayuda a perderme una y otra vez entre pensamientos, que esta vez se empeñan en ir vestidos con un traje cuyos bolsillos van preñados de miedosmiedos que palpo, acaricio, arrugo y tiro, unos, o guardo para siempre, otros. Mientras tanto, seguiré corriendo sin dejarlo atrás…

Prometo correr contigo, hacerte compañero de mi silencio, conocerte, escucharte, comprenderte, pero no esperes que me quede contigo, no, porque cada vez que pare quedaré liberado y será ya mañana, cuando vuelva a correr, cuando nos volvamos a ver, ¿quieres, miedo?

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Miedo

Esta vez mis pensamientos han tenido un único protagonista… y tú, ¿también tienes miedo o quizá dejaste de tenerlo hace mucho? Comparte qué te ha parecido este post y si crees que puede gustarle a alguien, compártelo. Muchas gracias.

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