Lo que pienso mientras corro (XXXI): De padres e hijos

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En el nombre del Padre y del Hijo y

Dije mentalmente, mientras mi mano derecha hacía la señal de la cruz sobre mi rostro y mi pecho. Un gesto siempre repetido cada vez que salgo a correr y sobre el que deposito una fe mayor cuando esa salida es a horas en las que sé que apenas me cruzaré con alguien en el camino. Sí, por mi educación recibida me considero un cristiano más, pese a tener una visión particular y ser consciente de no cumplir de manera práctica con los hábitos o costumbres que marca esta religión. Quizá, tan solo sea una manera de protegerme y ahuyentar cualquier peligro que pueda poner en riesgo mi integridad física: Cosas de la edad… pensé.

Lejos de lo que pueda parecer, no es la religión, la fe o las creencias místicas, lo que protagoniza esta nueva entrada de una familia que ya ha entrado en la tercera decena y sí, por el contrario, cedo ese papel principal a esas otras cosas, las de la edadla de una edad temprana, olvidada por completo, y la de esa otra edad que gobierna mi conciencia… cosas que ponen y quitan luz a lo días que se van sucediendo sin cesar, sin prisa, pero sin nada ni nadie que los pueda contener, que los pueda detener.

Silencio, calma, sueños escapando por ventanas cerradas, tras persianas bajadas y cortinas corridas… la noche, con su hermosura, su quietud y su misterio… la noche.

Sí, son cosas de la edad y tal vez por eso me vino a la cabeza el estribillo de aquella pegadiza canción ochentera del grupo musical Modestia Aparte… puse el cronómetro en marcha, mis piernas empezaron a correr y aquellas cosas de la edad comenzaron a retumbar en mi cabeza, por encima de la canción que intentaba hacerse su hueco a través de los auriculares colocados en mis oídos. Una vez más, corría

Por fin sentía frío, frío de verdad, de ese que llevaba muchos meses esperando y bajo el refugio de un gorro que cubría mis orejas comencé a correr, como si quisiese colarme entre medias del relente que bajaba la temperatura de la madrugada hasta valores cercanos a los cero grados. El vaho exhalando de mi boca, el movimiento rítmico de mis piernas y la música inundando mi silencio… sí, corría.

De manera inesperada se mezclaron cosas de la edad, de mi edad, con pensamientos y recuerdos de tantas edades, en las que protagonizaba el papel de hijo casi de manera automática con ese otro papel que, desde hace una docena de años, desempeño: el de padre. Difíciles papeles, diferentes guiones… ¡tan diferentes! Primero hijo, después padre; primero entender, aprender, y después enseñar, ayudar… hijo y padre, padre e hijo… mano que ase mano, abrazos de ida y vuelta, inocencia cambiada por cien miedos, mañanas hechas noches… diferentes papeles, mismo cuerpo, diferentes personas… diferentes capítulos de una misma historia.

Explosión para los sentidos, que se vieron inundados por sabores, olores, sonidos e imágenes, todos ellos guardados allí donde solo el capricho de un niño es capaz de esconder, ajenos a la estúpida torpeza de un adulto empeñado en mirar, sin perder detalle de cuanto sucede a su alrededor, ensimismado y olvidando, tantas veces, a todo lo que almacena su corazón. Emociones, recuerdos huérfanos de palabras, alimentos para esos cinco dioses que nos gobiernan, capaces de erizar cada una de las terminaciones nerviosas de nuestra piel y hacernos recordar aquellas cosas de la edad

Esa edad en la que, de repente un día, te das cuenta de que eres hijo, que llevas siendo hijo desde que naciste, pero sin tener la percepción exacta de ello hasta ese otro momento en el que te conviertes en padre. Sí, te haces padre ignorando por completo lo que supone, de idéntica manera como desconocías en toda su extensión qué eras al llamarte hijo. Y es entonces cuando el tiempo y tu hijo, ese que para siempre te llamará padre, te hacen cambiar, te hacen comprender y te hacen saber qué fuiste y qué eres, si todavía tienes la suerte de seguir llamándote hijo.

La vida te pone patas arriba, patas abajo, te da tres vueltas y no deja de hacerte girar… tus miedos son entonces sus miedos, tus miserias parte de sus miserias, tus alegrías se convierten en sus alegrías y te das cuenta que todo eso no puede ser así, pero nadie te ha dicho cómo debes hacerlo, de la misma manera que, por mucho que te dijeran, por mucho que te enseñaran, no es hasta hacerte padre cuando te das cuenta de qué es ser hijo y de tantas cosas que debiste, o no, de hacer. Es entonces cuando comienzas a comprender, a darte cuenta de la lección que te enseña la vida, esa en la que por mucha teoría que tengas no sirve de nada, o casi nada, hasta que llega el momento de ponerlo en práctica.

A partir de ese instante concedes un valor diferente a tu vida, esa que tanto te ha importado y te sientes capaz de perderla en un segundo para entregársela a ese corazón que late, junto a ti, como parte de ella, de tu vida. El orden de las leyes que rigen tu universo cambia por completo, la estrella en torno a la que girabas queda arrinconada y todo tu mundo comienza a orbitar alrededor de ese hijo, de esos hijos, que la naturaleza, el destino o tu Dios, han querido concederte.

El frío de la noche se había vuelto inocuo a mi cuerpo que, sudado, se bañaba de forma artificial bajo el haz anaranjado de esbeltas farolas, impasibles soldados de acero, escoltas perennes de carreteras y caminos, testigos del paso a su pies de vehículos y vidas, muchas vidas… todo parecía cobrar vida y mis piernas seguían corriendo, queriendo contagiar todo a su paso de aquello que bullía en mi cabeza, queriendo ver en cada lugar padres e hijos, hijos y padres.

Padres e hijos… la vida nos hace hijos, nos hace padres y un poco más tarde nos deja tan solo como padres. Es el orden natural de la vida, el orden lógico de una secuencia que no debería existir de otra manera, el ciclo natural de esa vida que se mantiene gracias a ellos, a padres e hijos; un ciclo que se hereda, se aprende, se enseña, fruto de la extrema generosidad de quien un día quiso hacernos presente, hacernos realidad… el milagro de la vida, de padres e hijos.

Y los miras, de la misma manera que un día te miraron a ti; y los besas y sientes entonces aquellos besos que recibiste; y los abrazas y notas la calidez de los brazos que te rodeaban por completo; y dices aquello que está bien, aquello que está mal, y ves en la atención de sus ojos los tuyos, sin pestañear, sin dejar de mirar; y secas lágrimas que recuerdan las que no hace tanto tiempo corrían por tus mejillas… y crecen, no puedes evitarlo… sientes como crecen cada día, cada noche, casi cada segundo y haces todo lo posible por intentar detener ese tiempo que hace de ellos la mejor evidencia de su paso, de la misma manera que ayer lo hizo contigo, cuando eras hijo y tu padre, entonces, era quien miraba, quien quería detener ese tiempo e igual que tú, no podía evitarlo… no pudo evitarlo… tan solo son cosas de padres e hijos, cosas de la edad.

De igual manera, sin poder evitarlo, regresé a mi punto de partida, dejé de correr, volví al lugar de salida y de nuevo, sin poder evitarlo, eché la vista atrás… en el tiempo… al entrar en casa sentí su presencia esperándome en medio del pasillo, desafiante, altivo y seguro de sí mismo… me sentí padre, me sentí hijo y comprendí, de manera irremediable, que él era el único testigo de todo ello: el tiempo. Un tiempo de padres e hijos, un tiempo para padres e hijos

En el nombre del Padre y del Hijo y… (estaba de nuevo en casa).

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De padres e hijos

De padres e hijos, de hijos a padres… esta vez una simple señal me llevó a correr entre mis recuerdos, para intentar comprender y aprender aquello que hago cada día, como padre, como hijo. Participa dejando tu punto de vista sobre qué te ha parecido este post y si crees que puede gustarle a alguien, compártelo. Muchas gracias.

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