Lo que pienso mientras corro (XXXII): Bendita la luz

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Apagué la luz antes de salir y me quedé pensativo: cerca de tres meses, desde la última vez que había atado mis zapatillas para salir a la calle en plena madrugada, era tiempo, mucho tiempo…

La ceguera inicial del paso instantáneo de la luz a la oscuridad, se fue diluyendo y mis pupilas poco a poco se adaptaron a la penumbra en la que me encontraba. La rutina de unos movimientos tantas veces repetidos y mi costumbre por memorizar cada paso, me llevaron de manera mecánica y si necesidad de luz alguna hasta la puerta de entrada; giré la llave y salí al rellano de la escalera. Pulsé la tecla del mecanismo comunitario y la luz bañó las tres plantas del edificio, desde la primera hasta la última. Salí a la calle, como tantas veces y miré al cielo, como tantas veces: noche cerrada.

La madrugada gastaba sus últimas horas y por muchas que fuesen las veces que nos habíamos visto, nos sentimos extraños. No lo pude ver, pero lo sentí: me miraba… no lo pudo ver, pero lo sintió: la miraba. Su oscuridad representaba mi luz y mi presencia tan solo eso, mi presencia. Como siempre, preparé mi cronómetro para empezar a correr y la música comenzó a sonar en mis oídos. Todo volvía repetirse, todo volvía a ser como siempre… o casi, puesto que el largo parón sufrido habría dejado su huella en una forma física que en ese momento era lo que menos me preocupaba. De nuevo iba a correr y eso, eso era lo único que importaba.

No lo pude evitar, mi cuerpo se erizó y hasta mis lágrimas parecieron querer ser protagonistas de ese instante. Daba mis primeras zancadas, torpes, faltas de compás y de armonía

me sentía como un amante torpe, intentando disimular su falta de confianza y su escasa destreza; me sentía como ese aprendiz de ladrón, que se muestra altivo para esconder su falta de experiencia; me sentía como el pescador que elige la roca más lejana del espigón, para que nadie vea su cubo vacío de peces… pero pese a todo, corría y aun de noche, todo se bañaba de luz.

El silencio de siempre, ese frío de las mañanas de primeros de marzo y la oscuridad, ni más, ni menos, pero nada nuevo… de repente sonó ella:

Bendita tu luz

Y más allá de su pegadiza y melódica letra, sin saber cómo, mi cabeza comenzó a llenarse de luz, que entraba y salía, que me rodeaba y me dejaba… bendita la luz… esa luz que comenzaba a asomarse tras el horizonte de mi imaginación y en el cual me veía haciendo aquello que llevaba más de dos meses anhelando: correr. Un tiempo, sin atarme mis zapatillas, pesado como una losa y cuyo efecto había hecho mella en mi estado físico, pero aún más en el psíquico

¡¡Estúpido caprichoso!!

Fue como una explosión de razón, un baño de luz cegadora que me arrebató del estado de complacencia en el que me encontraba. De repente me sentí avergonzado, ridículo e incómodo, todo al unísono, por mi lamento, más propio de un niño mimado que ha perdido su juguete, que de un adulto. ¿Acaso tenía derecho a sentirme como lo había estado por haber perdido esa luz, simbolizada en zancadas, reclamo de la libertad y la soledad que siempre promulgo? ¿Acaso no existen otras privaciones de luz mucho más importantes que la mía? Carencias de luz imprescindibles de verdad, necesarias como aire que se inhala para respirar, sin las que la vida pierden su calidad. Sí por supuesto que sí, claro que existen, sin embargo yo había pedido clemencia por volver a hacer algo tan insignificante e importante, al mismo tiempo, como lo que de nuevo hacía: correr.

Una luz intrascendental, carente de importancia para cualquier otro y que busco cada vez que pierdo, pero ¿quién dice, quién decide, qué luz es la que debe bañarnos para hacer de nuestra vida una rutina que nos alegre cada día? ¿Dónde está esa diferencia entre la necesidad vital y esa otra, puramente espiritual, tan necesaria como la primera y quizá menos perseguida, menos entendida? No, no seré yo el que dé respuesta a pregunta alguna de estas, simplemente porque cada uno entenderá como necesaria una luz que para aquel otro resulte del todo insignificante.

Y mientras tanto, durante el transcurso de ese absurdo debate en el que me encontraba, corría y volvía a sentir lo ingrato que es este deporte cuando dejas de dedicarle el tiempo que solías. Es la parte física, esa que te hace descolocar de nuevo todo tu cuerpo, intentando encontrar ese otro equilibrio que solo él te da, desajustando cada parte de tus articulaciones y haciendo que cada músculo se vuelva a adaptar y a educar a su disciplina: a correr. Por el contrario, en la parte psíquica, percibes como se vuelve a ordenar todo en tu cabeza, transformando y posando aquello que desde entonces ha estado dando vueltas en tu universo cabal.

Me sentía a años luz de mí mismo, torpe, ajeno a cuanto me rodeaba, por muy familiar que me resultase el momento y a pesar de haber escuchado a la luna preguntarle a la madrugada:

Cuánto tiempo, ¿dónde habrá estado?

He estado aquí, aunque creyeses que me había marchado… te observaba cada noche, esperando y preguntándome cuándo volvería a mirarte de reojo y sí, cuándo volvería a estar bajo tu luz… bendita la luz.

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Bendita la luz

Esta vez no me asaltaros pensamientos, recuerdos, escenas o imágenes guardadas, esta vez tan solo sentí, pensé y me di cuenta que volvía a ver esa luz que persiguen, sin saber, mis zancadas, como una imaginaria estela sobre el suelo que pisan. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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